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Metáforas de Nasrudin

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by

mayra valencia

on 29 October 2013

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Transcript of Metáforas de Nasrudin

Metáforas de Nasrudin
Una capa pesada
Una noche la gente oyó un ruido espantoso que provenía de la casa de Nasrudin. A la mañana siguiente y apenas se levantaron lo fueron a visitar y le preguntaron: "¿Qué fue todo ese ruido?". "Mi capa cayo al suelo". Respondió Nasrudín.

Pero: "¿Una capa puede hacer tal ruido?" Le cuestionaron:

"Por supuesto, sí usted está dentro de ella, como yo lo estaba"

El costo de aprender
Nasrudín decidió que podía beneficiarse aprendiendo algo nuevo y fue a visitar a un renombrado maestro de música:

- ¿Cuánto cobra usted para enseñarme a tocar la flauta? - preguntó Nasrudín.

- Tres piezas de plata el primer mes; después una pieza de plata por mes - contestó el maestro.

-¡Perfecto! - dijo Nasrudín; - comenzaré en el segundo mes.
La mujer perfecta
Nasrudin conversaba con un amigo.

- Entonces, ¿Nunca pensaste en casarte?

- Sí pensé -respondió Nasrudin. -En mi juventud, resolví buscar a la mujer perfecta. Crucé el desierto, llegué a Damasco, y conocí una mujer muy espiritual y linda; pero ella no sabía nada de las cosas de este mundo.

Continué viajando, y fui a Isfahan; allí encontré una mujer que conocía el reino de la materia y el del espíritu, pero no era bonita.

Entonces resolví ir hasta El Cairo, donde cené en la casa de una moza bonita, religiosa, y conocedora de la realidad material.

- ¿Y por qué no te casaste con ella?

- ¡Ah, compañero mío! Lamentablemente ella también quería un hombre perfecto.


Las apariencias
Cuenta el sufi Mula Nasrudin que cierta vez asistió a una casa de baños pobremente vestido, y lo trataron de regular a mal y ya para salir dejó una moneda de oro de propina.

A la semana siguiente fue ricamente vestido y se desvivieron para atenderlo...y dejó una moneda de cobre, diciendo:

-Esta es la propina por el trato de la semana pasada y la de la semana pasada, por el trato de hoy.


Gratitud
Cierto día, mientras Nasrudin trabajaba en su granja, una espina penetró su pie. Increíblemente él dijo: "¡Gracias Dios mío, gracias!" y prosiguió:

“¡Es una bendición que el día de hoy no estuviese con mis zapatos nuevos!"


¿Educar es simplemente transmitir conocimientos?
El maestro Nasrudín contaba siempre una parábola al finalizar cada clase, pero los alumnos no siempre entendían el sentido de la misma…

- ­ Maestro ­- lo encaró uno de ellos una tarde – ­ tú nos cuentas los cuentos pero no nos explicas su significado…

-­ Pido perdón por eso. ­ – se disculpó el maestro ­ – Permíteme que en señal de reparación te convide con un rico durazno.

- ­ Gracias maestro ­ – respondió halagado el discípulo.

- ­ Quisiera, para agasajarte, pelarte tu durazno yo mismo. ¿Me permites?

- ­ Sí. Muchas gracias ­ – dijo el alumno.

- ­ ¿Te gustaría que, ya que tengo en mi mano el cuchillo, te lo corte en trozos para que te sea más cómodo?

- ­ Me encantaría,… Pero no quisiera abusar de tu hospitalidad, maestro…

-­ No es un abuso si yo te ofrezco. Solo deseo complacerte… Permíteme también que te lo mastique antes de dártelo.

-­ No maestro. ¡No me gustaría que hicieras eso! ­ – se quejó sorprendido el discípulo.

El maestro hizo una pausa y dijo:

-­ Si yo les explicara el sentido de cada cuento… sería como darles a comer una fruta masticada.
Un regalo de Dios
Nasrudín había salido a pasear cuando una abeja le picó en la nariz. La picadura empezó a hincharse de forma alarmante y se fue corriendo a ver al médico. Cuando cruzaba el bazar, un guasón le vio y dijo riendo:

—¿Dónde conseguiste esa nariz?, ¿de un burro?
—Sí
—contestó el mulá
—Cuando Dios dividió al asno, te dio a ti su inteligencia, y a mi, su nariz.
Manzanas
Mulá Nasrudín estaba una vez trabajando como recogedor de
manzanas. Después de todo un día de trabajo agotador, su
jefe
—que era un avaro
— se negó a pagarle el salario acordado.

—No tengo dinero para darte, pero vuelve mañana a trabajar y
puedes comer todas las manzanas que quieras.
El mulá volvió al otro día y siguió cogiendo diligentemente la
fruta de los árboles. A la puesta del sol, trepó al árbol más alto
y empezó a comer manzanas con tal deleite que el avaro se
alarmó.
—¿Por qué no comes de las ramas inferiores?
—le gritó desde el suelo.
—Empiezo desde arriba y voy bajando poco a poco
—gritó Nasrudín
—Con casi todo un huerto de manzanas para comer, debo ser
sistemático.


De cuatro patas
Haga que se provea de sustento a los cuadrúpedos- ordenó un afectado e imperioso noble, desmontando en el patio de la casa de Nasrudín – y condúzcame a las recámaras inductoras
de tranquilidad, donde pueda agasajárseme con nutrimento apropiado.

Como era difícil negar algo a tales miembros de la corte del Sultán, Nasrudín corrió a satisfacer su pedio. Cuando el intruso estuvo acomodado en el mejor canapé y sorbiendo el café de Nasrudín, éste llevó al Kasi [Magistrado] para presentárselo.

-¡Oh, gran noble!- le preguntó Nasrudín-, ¿tiene usted tierras?
-Un millón de jaribs.
-¿Y usa cuadrúpedos para ararlas?
-Si, por supuesto.
-¿Me compraría usted dos docenas de cuadrúpedos al precio de cinco piezas de plata cada uno?
El patricio sabía que el valor de los animales para arar era de cien piezas de plata. Aceptó de inmediato. Nasrudín salió y compró veinticuatro conejos a razón de una pieza de plata cada uno. –Le presentó estos cuadrúpedos al noble. Este apeló al Kazi.
-Debemos atenernos a la letra de la ley- contestó el Magistrado-, y yo apoyo la aseveración de que los conejos son cuadrúpedos.

Sal no es lana
Un día el Mulá llevaba al mercado una carga de sal, que era
transportada por su burro. Al atravesar un arrollo, la sal se disolvió. Nasrudín estaba enfurecido ante la pérdida de su
carga, y el burro retozaba con alivio.
Cuando acertó a pasar nuevamente por allí, llevaba una carga
de lana. Luego que el animal hubo atravesado el arroyo la lana
estaba empapada y el peso de la carga había aumentado
significativamente. El burro también tambaleaba bajo la mojada
carga.
-¡Ah!- gritó el Mulá-, suponías que siempre que pasaras por
agua saldrías alivianado, ¿no es cierto?

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