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LA ALEGRÍA DEL EVANGELIO

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on 3 September 2014

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Transcript of LA ALEGRÍA DEL EVANGELIO

La alegría
del Evangelio

1. LA TRANSFORMACIÓN MISIONERA DE LA IGLESIA.
1.1. Una Iglesia en salida.
1.2. Pastoral en conversión.
1.3. Desde el corazón del Evangelio.
1.4. La misión que se encarna en los límites humanos.
1.5. Una madre de corazón abierto.

2. En la crisis del compromiso comunitario.
2.1. Algunos desafíos del mundo actual.
2.2. Tentaciones de los agentes de pastoral.

3. El anuncio del evangelio.
3.1. Todo el pueblo de DIOS anuncia el evangelio.
3.2. La homilía.
3.3. La preparación de la predicación.
3.4. Una evangelización para la profundización del kerigma.

4. La dimensión social del evangelio.
4.1. Las repercusiones comunitarias y sociales del kerigma.
4.2. La inclusión social de los pobres.
4.3. El bien común y la paz social.
4.4. El diálogo social como contribución a la paz.

5. Evangelizadores con Espíritu.
CONTENIDO
A) Invitar a todos los fieles a iniciar una nueva etapa evangelizadora marcada por la alegría del encuentro con JESÚS.
B) Indicar caminos que alienten y orienten la marcha de la Iglesia en su misión de evangelización en los próximos años.
INTRODUCCIÓN
OBJETIVOS
Hay que renovar ahora mismo el encuentro personal con JESUCRISTO o al menos dejarse encontrar por ÉL cada día (cf n 3).
No importa habernos dejado engañar de mil maneras escapando de su amor, ÉL nos acepta de nuevo como a hijos pródigos, nunca se cansa de perdonar, le necesitamos. No nos cansemos de recurrir a su misericordia, de volver a ÉL, a la alegría de su seguimiento.
El Evangelio invita insistentemente a la alegría.

Esto lo vemos en muchos pasajes como el de la Anunciación, el de la Visitación y la Resurrección.
Aún así


“hay cristianos cuya opción parece ser la de una Cuaresma sin Pascua”,


tristes.
Pese a las circunstancias duras de la vida, poco a poco hay que permitir que la alegría de la fe despierte en nosotros, con confianza, con la alegría que nos da la esperanza de vida eterna.
Las alegrías beben de la fuente del amor siempre más grande de DIOS que se nos manifestó en JESUCRISTO y que hay que dar a conocer a través de la acción evangelizadora (cf n 4-8).
Todo el bien que recibimos del Evangelio debemos comunicarlo como experiencia auténtica de verdad y de belleza.
Al compartirlo lo reafirmamos en nosotros mismos, lo desarrollamos haciendo el bien a otros y dando testimonio.
“El amor de CRISTO nos apremia, ¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!,
nos recuerda San Pablo

(2Co 5, 14; 1Co 9,16).
La vida se enriquece en la medida que se entrega para dar vida a otros y se debilita en el aislamiento y comodidad.
El evangelizador no debería tener permanentemente cara de funeral
sino recobrar y acrecentar la dulce y confortadora alegría de cumplir su misión,
incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas (cf n 9-10).
Hay que renovar el anuncio porque ofrece a los creyentes tibios o no practicantes una nueva alegría en la fe y fecundidad evangelizadora.
¿Cómo renovar el anuncio?
Profundizando, por amor a CRISTO, en su misterio que es Evangelio eterno. Su riqueza y hermosura son inagotables y de la cual la Iglesia no deja nunca de asombrarse.
San Juan de la Cruz decía:
“Esta espesura de sabiduría y ciencia de DIOS es tan profunda e inmensa, que, aunque más el alma sepa de ella, siempre puede entrar más adentro”.
CRISTO con su perenne novedad puede renovar nuestra vida y la de la comunidad sea cual fuere la circunstancia. La propuesta cristiana nunca envejece, la creatividad divina es infinita (cf n 11).
No hay que olvidar que JESUCRISTO es el primero y más grande evangelizador y quiso llamarnos a colaborar con ÉL impulsados con la fuerza de su ESPÍRITU. Es DIOS quien hace crecer, quien nos pide todo pero al mismo tiempo nos ofrece todo (cf n 12).
ÉL nos da todos los medios: la Palabra, la gracia, los sacramentos, sobre todo la Eucaristía, y los testimonios.
La nueva evangelización convoca a todos y se realiza en tres ámbitos: el de la pastoral para los creyentes, el de la evangelización de los que no viven las exigencias del bautismo y la evangelización para quienes no conocen a CRISTO o siempre lo han rechazado (cf n 13-14).
Juan Pablo II en su encíclica Redemptoris Missio nos recuerda que es una tarea primordial de la Iglesia la actividad misionera para los que están alejados de CRISTO.
Hay que pasar de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera. Esta tarea sigue siendo la fuente de las mayores alegrías para la Iglesia
“Habrá más gozo en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse” (Lc 15, 7).
Se requiere una saludable descentralización para que los episcopados locales hagan el discernimiento sobre las cuestiones que plantean sus territorios (cf 15-16).
1.1. Una Iglesia
en salida.
1.4. La misión que se encarna en los límites humanos.
1.2. Pastoral en conversión.
1.3. Desde el corazón del Evangelio.
1.5. Una madre de corazón abierto.
1. LA TRANSFORMACIÓN DE LA IGLESIA MISIONERA.
La misión de la Iglesia es la evangelización porque JESÚS lo indicó:
“Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del PADRE y del HIJO y del ESPÍRITU SANTO, enseñándoles a observar todo lo que les he mandado”
(Mt 28, 19-20).
La Palabra de DIOS provoca permanentemente un dinamismo de salida en los creyentes y esto lo constatamos en varios episodios de las Sagradas Escrituras como cuando Abraham fue enviado hacia una tierra nueva (cf Gn 12, 1-3);
Moisés obedeció a DIOS sacando el pueblo de manos del faraón llevándolos a la tierra prometida.


Cada persona y comunidad cristiana discernirá cuál es el camino que DIOS le pide, mismo que entraña salir de la comodidad y atreverse.
Evangelizar da alegría. Lo vemos en los 72 que regresan de la misión que les encomendó JESÚS llenos de gozo; alegría que ÉL vive en el ESPÍRITU SANTO y alaba a su PADRE porque su revelación la aceptan los pobres y sencillos (cf Lc 10,21) ; la sienten los primeros que se convierten al escuchar a los apóstoles en Pentecostés.
Otra manera de JESÚS es que una vez que la semilla la ha sembrado en un lugar ya no se detiene para explicar mejor o hacer más signos allí (cf Mc 1, 38) y va otros pueblos .
Esto es así porque la Palabra tiene una potencialidad que no podemos predecir. Es eficaz a su manera y no podemos predecir.
Se desprende del Evangelio que hay que difundir éste en todas ocasiones, sin demoras, sin asco, sin miedo a todos sin excluir a nadie (cf n21-23).
Las etapas para la salida a evangelizar son: tomar la iniciativa (primerear); involucrarse; acompañar; fructificar; y festejar.
Tomar la iniciativa sin miedo y salir al encuentro buscando a los lejanos y excluidos para brindarles misericordia, fruto de la misericordia del PADRE que hemos experimentado.
La comunidad evangelizadora acompaña en todos sus procesos a los demás por más duros y prolongados que sean.
Hay que procurar que la Palabra se encarne en una situación concreta y de frutos de vida nueva aunque en apariencia sean imperfectos e inacabados.
Cada pequeña victoria hay que celebrarla y festejarla litúrgicamente dado que de esta manera se da gloria a DIOS, la Iglesia evangeliza y se evangeliza a sí misma y se da un renovado impulso a la misión (cf n 24)
Constituyámonos en todas las regiones de la tierra en un “estado permanente de misión”, que a su vez requiere una continua conversión por fidelidad a JESUCRISTO y a su Evangelio (cf n 25-26) de todos los fieles
“Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo: costumbres, estilos, horarios y lenguaje. Que toda la estructura eclesial sea más expansiva, abierta y en actitud de salida para que sea cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación”.
Juan pablo II decía a los Obispos de Oceanía: “toda renovación en el seno de la Iglesia debe tender a la misión como objetivo para no caer presa de una especie de introversión eclesial.
El obispo debe alentar y procurar la maduración de los mecanismos de participación que propone el Código de Derecho Canónico (n 460-468; 492-502; 511-514; 536-537) y otras formas de diálogo pastoral procurando escuchar a todos y no sólo a algunos que le acaricien los oídos.
El papado también debe abrirse a situaciones nuevas sin renunciar a lo esencial de su misión como decía el Papa Juan Pablo II. Las conferencias episcopales pueden ser el medio para estos cambios, pero se requiere ampliar sus estatutos y evitar la excesiva centralización (cf n 27, 31-32).
La evangelización en general debe hacerse llegando al nucleo esencial de la buena nueva para otorgar sentido, hermosura y atractivo evitando mutilaciones que lleven a proyectar una visión reducida a aspectos secundarios.
Es indispensable hacer resplandecer la belleza del amor salvífico de DIOS manifestado en JESUCRISTO muerto y resucitado.
Hay un orden y jerarquía en las verdades de la doctrina católica, por ser diversa su conexión con el fundamento de la fe cristiana. Esto vale para dogmas, enseñanzas de la Iglesia incluyendo las morales.
Hay que exponer
la integralidad
del Evangelio
“El Evangelio invita ante todo a responder al DIOS amante que nos salva, reconociéndolo en los demás y saliendo de nosotros mismos para buscar el bien de todos.
¡Esa invitación en ninguna circunstancia se debe ensombrecer! Todas las virtudes están al servicio de esta respuesta de amor”
(cf n 34-38).
La modernidad exige que se expresen las verdades del Evangelio en un lenguaje que permita advertir su permanente novedad.
Recordemos que “una cosa es la substancia y otra la manera de formular su expresión” nos dijo Juan XXIII en la apertura del Concilio Vaticano II, porque el Evangelio es inmutable en su significado.
Aunque nos adherimos a CRISTO en la fe, la enseñanza del Evangelio requiere esfuerzo para ser transmitido y asimilado, conserva un aspecto de cruz y alguna oscuridad.
Las normas y preceptos eclesiales pueden cambiar con el tiempo. También, deben ser pocos y moderados para no convertir nuestra religión en esclavitud, cuando
” la misericordia de DIOS quiso que fuera libre”
nos dicen San Agustín y Santo Tomás.
Hablando de excesos, el confesionario no debe ser una sala de torturas sino el lugar de la misericordia del Señor que estimula que hagamos el bien (cf n 39-44).
La Iglesia está llamada a ser siempre la casa abierta del PADRE. Uno de los signos es tener templos con las puertas abiertas.
No debemos los ministros ordenados ser controladores de la gracia sino facilitadores. La Iglesia es la casa paterna donde hay lugar para todos.
El dinamismo misionero debe llegar a todos sin excepción pero sobre todo a los pobres y enfermos, destinatarios privilegiados del Evangelio
(cf n 47-48).
2. EN LA CRISIS DEL COMPROMISO COMUNITARIO.
Es importante hacer un discernimiento evangélico, sin pretender ser exhaustivos, del contexto en que nos toca vivir y actuar porque hay aspectos de la realidad que pueden detener o debilitar los dinamismos de renovación misionera de la Iglesia, así como aquello que pueda ser fruto del reino (cf n 50-51).
2.1. Algunos desafíos del mundo actual.
2.2. Tentaciones de los agentes de pastoral.
No a una economía de la exclusión.
Donde es más noticia una caída de dos puntos en la bolsa de valores que un anciano que muere de frío en la calle
que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre;
donde el poderoso se come al más débil;
el desempleo de grandes núcleos de población y sin horizonte de salida;
donde el trabajador es un bien de consumo;
donde
se ha globalizado la indiferencia
donde la cultura del bienestar anestesia.
No a la nueva idolatría del dinero, a un dinero que gobierna en lugar de servir.
Conviene recordar en este punto a San Juan Crisóstomo:
“No compartir con los pobres los propios bienes es robarles
y quitarles la vida…”
El Papa ama a ricos y pobres, pero tiene la obligación, en el nombre de Cristo, de recordar que los ricos deben ayudar a los pobres, de respetarlos y de promocionarlos.
Exhorto a la solidaridad desinteresada y a una ética económica que ponga al ser humano por encima del capital
(cf n 57-58).
No a la inequidad que genera violencia.
Algunos desafíos culturales.
Ataques a la libertad religiosa;

persecución de cristianos;

la indiferencia relativista;

la globalización de la falta de ética,
ataque a los verdaderos valores, a una espiritualidad sin DIOS y a un estilo de vida materialista e individualista en los medios de comunicación masivos.
Un proceso de secularización que niega a DIOS y que pretende reducir la fe y la Iglesia al ámbito de lo privado y de lo íntimo.
Una visión de los derechos humanos como derechos absolutos derivada del relativismo moral
Se hace necesaria una educación que enseñe a pensar críticamente y ofrezca un camino de maduración de valores.
La inculturación de la fe es necesaria en todas las situaciones: desde culturas de tradición católica hasta culturas de otras religiones o profundamente secularizadas.
Siempre hay un llamado al crecimiento, a la purificación y a la maduración, aunque supongan proyectos a muy largo plazo.
Hay culturas católicas donde hay debilidades que deben ser sanadas por el Evangelio
Estas son el alcoholismo, el machismo, la violencia doméstica, escasa participación en la Eucaristía, creencias fatalistas o supersticiosas que hacen recurrir a la brujería, etc.
Desafíos de la inculturación
de la fe.
Desafíos de las culturas urbanas.
Es un signo que la revelación nos diga que el destino hacia donde peregrina toda la humanidad es una ciudad: La nueva Jerusalén, la Ciudad santa (cf Ap 21, 2-4).
Necesitamos ver con ojos de fe la ciudad que descubra al DIOS que habita en sus hogares, en sus calles, en sus plazas.
Ver que lo religioso está influido por diferentes estilos de vida, de costumbres, de territorialidad, relaciones e información. Es un ámbito multicultural.
No se debe de ignorar que hay tráfico de drogas y de personas, que hay abuso y explotación de menores, abandono de ancianos y enfermos, varias formas de corrupción, crimen y pobreza.
Hay que advertir que un programa y un estilo uniforme e inflexible de evangelización no es adecuado.
Pero vivir a fondo lo humano y dar testimonio frente a los desafíos mejora al cristiano y fecunda la ciudad (cf n 59-75).
Se trata de los desafíos que se enfrentan en medio de una cultura globalizada. Pero en este punto, como deber de justicia, debo decir que el aporte de la Iglesia en el mundo actual es enorme: cuántos dan la vida por amor; la ayuda que se prodiga de muchas maneras para remediar, la pobreza, la enfermedad, la tristeza, el abandono, etc.

UN INMENSO AMOR
A LA HUMANIDAD
Sin embargo, hay que abrir espacios motivadores y sanadores para los agentes pastorales que permitan regenerar la fe en JESUCRISTO crucificado y resucitado, donde compartir las preguntas más profundas y las preocupaciones cotidianas, dónde discernir con criterios evangélicos la propia existencia y experiencia con el fin de orientar al bien y a la belleza las propias elecciones individuales y sociales.
Sí al desafío de una
espiritualidad
misionera.
No a la acedia
egoísta.
No al pesimismo
estéril.
Sí a las relaciones
nuevas que genera Jesucristo.
No a la mundanidad
espiritual.
No a la guerra
entre nosotros
Otros desafíos
eclesiales.
Decir no al individualismo, a una crisis de identidad y a una caída del fervor.
Superar la desconfianza hacia la Iglesia, el relativismo y otros males que terminan ahogando la alegría misionera.
Luchar por la falta de compromiso de los laicos por no querer que se les quite su tiempo libre.
También ocurre con los sacerdotes que cuidan con obsesión su tiempo personal o por sostener proyectos irrealizables o querer que todo caiga del cielo o perder contacto con el pueblo o por no saber esperar o por la crítica o por la cruz.
Ambos casos olvidan que la tarea evangelizadora es una alegre respuesta de amor a DIOS que nos vuelve plenos y fecundos.
¡No nos dejemos
robar la alegría evangelizadora!
La alegría del Evangelio es esa que nada ni nadie nos podrá quitar (cf Jn 16, 22).
La mirada creyente es capaz de reconocer la luz que siempre derrama el ESPÍRITU SANTO en medio de la oscuridad, sin olvidar que “donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” (Rm 5, 20).
La PROVIDENCIA permite las mayores adversidades humanas para mayor bien de la Iglesia.
Las redes y los nuevos instrumentos de comunicación abren mayores posibilidades de encuentro y solidaridad entre todos.
Huir de la privacidad cómoda, del círculo reducido de los íntimos, es aceptar la dimensión social del Evangelio.
El Evangelio nos invita siempre a correr el riesgo del encuentro con el rostro del otro, con su dolor y sus reclamos, con su alegría que contagia el darse, el servicio, de la reconciliación con los otros.
JESÚS nos invitó a la revolución
del amor.
Hoy se nos plantea el desafío de responder adecuadamente a la sed de DIOS de mucha gente, de una espiritualidad que los sane, libere, llene de vida y paz y les convoque a la comunión solidaria y a la fecundidad misionera, en lugar de ser engañados por propuestas que no humanizan ni dan gloria a DIOS.
JESUCRISTO, la Virgen María y los santos tienen carne, tienen rostro. Nuestra fe es una fe encarnada, orientada a un amor encarnado, al amor a un DIOS que se encarnó y al prójimo que es cuerpo y alma.
Hay que descartar la “espiritualidad del bienestar” sin comunidad, la “teología de la prosperidad” sin compromisos fraternos, las experiencias subjetivas sin rostros...
porque se reducen a una búsqueda interior inmanentista ( individualista) que dejan de lado el compromiso con DIOS y con el prójimo.
Allí está la verdadera sanación de todos. Allí está la “ la sal y la luz del mundo” (cf Mt 5, 13-16).
¡No nos dejemos robar la comunidad!
La que se esconde detrás de apariencias de religiosidad e incluso de amor a la Iglesia en lugar de la gloria de DIOS, la que busca la gloria humana y el bienestar personal y no los intereses de CRISTO JESÚS ( cf Flp 2, 21).
En todos los casos no lleva el sello de CRISTO encarnado, crucificado y resucitado. Ya no hay fervor evangélico, sino el disfrute espurio de una autocomplacencia egocéntrica, ajena al trabajo que cansa, al sudor de nuestra frente, al contacto con la realidad sufrida de nuestro pueblo fiel. Es una tremenda corrupción con apariencia de bien.
Guerras movidas por la mundanidad, por la búsqueda de poder, prestigio, placer, seguridad económica, por la envidia, por sentirse diferente o especial, situaciones que combaten la unidad de los hijos de DIOS en el amor y que debilitan la fe de los demás.
Atentan contra la petición de JESÚS al PADRE: “ Que sean uno en nosotros…para que el mundo crea” (Jn 17, 21). Alegrémonos con los frutos ajenos, que son de todos.
Alejémonos de diversas formas de odio, divisiones, calumnias, difamaciones, venganzas, celos, imposición de ideas y hasta persecuciones. ¿A quién vamos a evangelizar con esos comportamientos? Hay que vencer al mal a fuerza de bien y no debemos cansar de hacer el bien (cf Rm 12, 21; Ga 6,9).
A los laicos:
Sean católicos comprometidos conscientes de su misión en las realidades temporales y sin dejarse marginar por el excesivo clericalismo. Deben tener una presencia más fuerte en lo social, lo político y lo económico. No se limiten a tareas intraeclesiales.
A la pastoral juvenil:

que tomen conciencia de su responsabilidad en la evangelización y tengan un protagonismo mayor. Que se apoye y acrecienten las agrupaciones y movimientos juveniles unidos a ala pastoral de conjunto de la Iglesia.
Al fomento de las vocaciones
al sacerdocio:
hay que aumentar el fervor apostólico contagioso, orar por las vocaciones y hacer una mejor selección de los candidatos para evitar seleccionar a quienes tienen inseguridades afectivas, búsquedas de poder, glorias humanas o bienestar económico.
A enriquecerse el diagnóstico de la realidad a evangelizar: tomar en cuenta los signos de los tiempos y escuchar a los jóvenes y ancianos.
A los jóvenes porque nos llaman a despertar y acrecentar la esperanza ya que llevan en sí las nuevas tendencias de la humanidad y nos abren al futuro y evitan nos anclemos en estructuras y costumbres no actuales.
A los ancianos porque aportan la memoria y la sabiduría de la experiencia, que invita a no repetir tontamente los mismos errores del pasado (cf n 76-108).
La Alegría
del Evangelio
El gran riesgo del mundo actual es la tristeza que brota de un corazón cómodo, avaro, enfermo de placeres e individualista rendido ante el consumismo y cerrado a DIOS (cf n 2).
Pablo a evangelizar a los gentiles y tantos otros testimonios en todo el mundo.
El magisterio papal tiene límites porque no tiene una palabra completa sobre todas las cuestiones que afectan a la Iglesia y al mundo.
¿Cómo puede estar bien hablar más de la ley de la gracia, más de la Iglesia que de JESUCRISTO, o más del Papa que de la Palabra de DIOS?
¡Buenas
Noches!
Los males de nuestro mundo,
y los de la Iglesia,
mirémoslos como desafíos
para crecer, con la confianza
puesta en DIOS, para que
su fuerza se manifieste
en nuestra debilidad
(cf 2Co 12, 9).
3. EL ANUNCIO DEL EVANGELIO.
3.2. La Homilía.
3.3. La preparación de la predicación.
3.4. Una evangelización para la profundización del kerygma.
La auténtica evangelización tiene como prioridad la proclamación explícita de que JESÚS es el SEÑOR que con su vida, muerte y resurrección nos redimió.
Hay que descubrir a JESÚS en el rostro, en la voz, en los reclamos, agresiones injustas o ingratitudes de los demás sin cansarnos jamás de optar por la fraternidad.
3.1. Todo el pueblo de DIOS anuncia el Evangelio.
° Un pueblo con muchos rostros.
° Todos somos discípulos misioneros.
° La fuerza evangelizadora de la piedad popular.
° Persona
a persona.
° Un pueblo
para todos.
La salvación que DIOS nos ofrece es obra de su misericordia. No la merecemos. ÉL envía su ESPÍRITU a nuestros corazones para hacernos sus hijos, para transformarnos y para volvernos capaces de responder con nuestra vida a ese amor.
La Iglesia es enviada por JESUCRISTO como sacramento de la salvación ofrecida por DIOS para todos. DIOS ha elegido convocarnos como pueblo y no como seres aislados. Nadie se salva solo, ni como individuo aislado ni por sus propias fuerzas. DIOS nos atrae. Este pueblo es la Iglesia.
Ser Iglesia implica ser el fermento de DIOS en medio de la humanidad. Ser Iglesia es ser un lugar de la misericordia gratuita donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio ( cf n 110-114).
“Toda cultura propone valores y formas positivas que pueden enriquecer la manera de anunciar, concebir y vivir el Evangelio” dijo Juan Pablo II en 2001. Bien entendida, la diversidad cultural no amenaza la unidad de la Iglesia porque está presente el DIOS uno y trino que construye la unidad y la armonía de su Pueblo (cf n 115-118).
En todos los bautizados actúa la fuerza santificadora del ESPÍRITU que impulsa a evangelizar. Cuando se cree no nos equivocamos, aunque no se encuentren palabras para explicar la fe. El ESPÍRITU lo guía en la verdad y lo conduce a la salvación; nos ayuda a discernir lo que realmente viene de DIOS.
Somos agentes evangelizadores cualquiera que sea la función dentro de la Iglesia y el grado de ilustración de la fe. Esto es el protagonismo que exige la nueva evangelización. ¡Que nadie postergue su compromiso con la evangelización! No puede esperar que le den muchos cursos o largas instrucciones, aunque es bueno.
Somos siempre discípulos misioneros. Los primeros discípulos después del encuentro con JESÚS proclaman gozosos: ”Hemos encontrado al Mesías” (Jn 1, 41); la samaritana, apenas salió del diálogo con JESÚS, se convirtió en misionera y muchos samaritanos creyeron por ella ( cf Jn 4, 39); Pablo, a partir del encuentro con JESÚS, “ se puso a predicar que JESÚS era el HIJO de DIOS (Hch 9, 20).
En la piedad popular puede percibirse el modo en que la fe recibida encarnó en una cultura y se sigue transmitiendo. “Refleja una sed de DIOS que solamente los pobres y sencillos pueden conocer… y que hace capaz de generosidad y sacrificio y hasta el heroísmo, cuando se trata de manifestar la fe” dijo Paulo VI. “Es un precioso tesoro de la Iglesia católica” dice Benedicto XVI.
“El caminar juntos hacia los santuarios y el participar en otras manifestaciones de la piedad popular, también llevando a los hijos o invitando a otros, es en sí mismo un gesto evangelizador” (Aparecida 264). ¡No coartemos ni pretendamos coartar esa fuerza misionera! La mirada del BUEN PASTOR que no busca juzgar sino amar nos ayuda a entender esta realidad, y alentarla y fortalecerla (cf n 119-126).
Es la predicación informal en la conversación y cuando se visita un hogar; también en la calle, en la plaza, en el trabajo, en un camino. Palabra, que hay que presentar después de un diálogo amigable de cosas que llenan el corazón, sea con la lectura de un versículo o de modo narrativo. Siempre recordando el anuncio fundamental: el amor personal de DIOS que se hizo hombre, se entregó por nosotros y está vivo ofreciendo su salvación y su amistad.
Es el anuncio que se comparte con una actitud humilde, testimonial y dispuesta a aprender, con la conciencia de que ese mensaje es tan rico y tan profundo que siempre nos supera. El mensaje puede ser solo testimonial o directo o con gesto o de la forma que el ESPÍRITU inspire. Si se considera prudente se puede terminar con una oración breve que conecte con la inquietud manifestada.
El anuncio evangélico se trasmite de muchas maneras. No tiene que transmitirse siempre con determinadas fórmulas aprendidas, con palabras precisas y contenidos invariables. También, hay que tomar en cuenta la cultura de la o las personas (cf n 127-129).
La homilía es la piedra de toque para evaluar la cercanía y la capacidad de encuentro de un pastor con su pueblo. Muchas veces sufren, unos al escuchar y otros al predicar. Debe ser una intensa y feliz experiencia del ESPÍRITU, un reconfortante encuentro con la Palabra, una fuente constante de renovación y de crecimiento.
Es DIOS quien quiere llegar a los demás a través del predicador, a través de la palabra humana. Con la Palabra N. SEÑOR se ganó el corazón de la gente. Sentían que les hablaba como quien tiene autoridad. ÉL mandó a sus apóstoles a predicar y atrajeron al seno de la Iglesia a todos los pueblos ( cf Mc 3, 14; Mc 16, 15.20).
° El contexto litúrgico.
° La conversación de la madre.
° Palabras que hacen arder los corazones.
La homilía no es tanto un momento de meditación y catequesis sino que es diálogo de DIOS con su pueblo. No puede ser un espectáculo entretenido sino medio para darle fervor y sentido a la Celebración Eucarística. Debe ser breve y evitar parecerse a una charla o a una clase o dar la impresión de que es la parte más importante que toda la Celebración.
La Iglesia es madre y predica al pueblo como a su hijo, sabiendo que el hijo confía en que la enseñanza es para bien porque se sabe amado. Además, por la constante acción del ESPÍRITU SANTO la Iglesia se evangeliza así misma.
El ESPÍRITU, que inspiró los Evangelios y que actúa en el Pueblo de DIOS, inspira también cómo hay que escuchar la fe del pueblo y cómo hay que predicar en cada Eucaristía. Hay en el corazón cultural del Pueblo una fuente de agua viva de la que el predicador debe abrevar para saber qué y cómo decir la homilía.
Este ámbito materno-eclesial en el que se desarrolla el diálogo del SEÑOR con su pueblo debe cultivarse mediante la cercanía cordial del predicador, la calidez de su voz, la mansedumbre en el estilo de sus frases y la alegría de sus gestos. Hay que imitar a JESÚS en diálogo con su Pueblo. ÉL es el MAESTRO (cf n 135-141).
El diálogo es mucho más que la comunicación de una verdad. Las personas se dan en el diálogo. En la homilía el Pueblo de DIOS dialoga con su SEÑOR y requiere del predicador que expone con amor la PALABRA de manera sintética e inculturada y que está convencido que transmite la Buena Nueva de JESÚS y que no se predica a sí mismo.
En ese diálogo el SEÑOR y su Pueblo se hablan de mil maneras sin intermediarios y después de la homilía cada uno elige por dónde sigue su conversación. Durante este proceso se fortalece la alianza entre ambos y se estrecha el vínculo de la caridad, del amor entre el SEÑOR y su Pueblo (cf n 142-143).
Requiere dedicarle un tiempo prolongado de estudio, oración, reflexión y creatividad pastoral, dada la importancia de la tarea. Todas las semanas es necesario dedicar un tiempo personal y comunitario suficientemente prolongado aunque se reduzca el tiempo a otras tareas. No hacerlo no es espiritual, es deshonesto e irresponsable con los dones recibidos.
° El culto a la verdad.
° La personalización de la Palabra.
° La lectura espiritual.
° Un oído en el Pueblo.
° Recursos pedagógicos.
Es indispensable invocar al ESPÍRITU SANTO, prestar toda la atención al texto bíblico, estar seguros de comprender con corazón humilde, aceptar que la Palabra nos trasciende, reconocer que somos servidores, tener el santo temor de manipularla, tener paciencia, abandonar toda ansiedad, tener amor y actitud de discípulo.
Lo más importante es descubrir cuál es el mensaje principal, el que estructura el texto y le da unidad, más que entender todos los pequeños detalles. También, sin debilitar este aspecto, hay que poner en conexión el mensaje en cuestión con la enseñanza de toda la Biblia (cf n 145-148).
El predicador debe tener una gran familiaridad personal con la Palabra. Su mayor o menor santidad influye realmente en el anuncio. Hay que predicar no buscando agradar a los hombres, sino a DIOS, que examina nuestros corazones (cf 1Tes 2, 4). Si amamos a JESÚS, a su Palabra y damos testimonio la predicación resonará en el corazón de los fieles.
Una prédica en estas condiciones estará a la altura de la Palabra que es viva y eficaz, que como una espada, ”penetra hasta la división del alma y el espíritu, articulaciones y médulas, y escruta los sentimientos y pensamientos del corazón” (Hb 4, 12).
La lectura de la Palabra de DIOS en un momento de oración nos ilumina y renueva (lectio divina). Deberá partir del sentido literal para evitar el utilizar algo sagrado para acomodarlo a los propios esquemas mentales y trasladar esta confusión al Pueblo de DIOS. De aquí debe partir el predicador para descubrir que le dice para su vida.
En la escucha de la Palabra es bueno plantearnos algunas preguntas: ¿qué me dice?, ¿qué quiere cambiar de mi vida?, ¿qué me atrae y por qué?, ¿qué me estimula? y ¿qué me molesta y por qué no me interesa?.
También estar conscientes de ciertas tentaciones ya que “el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz” (cf 2 Co 11, 14):

a) sentirse molesto o abrumado y cerrarse;
b) pensar lo que el texto dice a otros para no aplicarlo a uno mismo;
c) excusas para diluir el mensaje;
d) que DIOS nos exige una decisión demasiado grande que aún no estamos en condiciones de tomar para perder el gozo por la escucha de la Palabra
(cf n 149-153).
El predicador necesita descubrir las cuestiones o situaciones que los fieles plantean, con sus signos y símbolos, y conectarlas con el texto bíblico. Es un contemplativo de la Palabra y del Pueblo.
Esta preocupación es profundamente religiosa y pastoral. Se procura descubrir que es lo que el SEÑOR desea decir en una determinada circunstancia. Se requiere discernimiento evangélico.
El SEÑOR JESÚS pide a los evangelizadores un crecimiento en la fe para todos cuando dice: “enseñándoles a observar todo lo que les he mandado” (Mt 28, 20). Lo anterior implica formación y maduración porque necesitamos más y más de CRISTO por lo mismo que el proceso de conversión nunca se acaba ya que DIOS nos quiere santos, que vivamos en la caridad.
Se trata de un crecimiento en el amor: “Quien ama a su prójimo ha cumplido la ley… De modo que amar es cumplir la ley entera” (Rm 13, 8.10). Aeste camino de crecimiento precede la gracia de los sacramentos. Se trata de dejarse transformar en CRISTO por una progresiva vida “srgún el ESPÍRITU” (Rm 8, 5).
° Una catequesis kerygmática
y mistagógica.
° El acompañamiento personal
de los procesos de crecimiento.
° En torno a la Palabra de DIOS.
La catequesis necesita del primer anuncio o Kerygma porque es TRINITARIO; porque vuelve a resonar siempre: JESUCRISTO te ama, dio su vida para salvarte, y ahora está vivo a tu lado cada día para iluminarte, para fortalecerte, para liberarte; porque es el anuncio principal que siempre hay que volver a escuchar y que siempre hay que volver anunciar de diversas maneras a lo largo de la catequesis.
En realidad toda la formación, por profunda, segura, densa, y sabia que sea es ante todo la profundización del Kerygma que se va haciendo carne cada vez más y mejor y que permite comprender adecuadamente el sentido de cualquier tema que se desarrolle en la catequesis, porque es el anuncio que responde al anhelo infinito del corazón del hombre.

La centralidad del Kerygma exige que el anuncio se dé como sigue: a) que exprese el amor salvífico de DIOS antes que la obligación moral y religiosa; b) que no imponga la verdad y que apele a la libertad; c) que sea alegre, estimulante, vital e integral sin reduccionismos.
La catequesis también ha de ser mistagógica, esto es, que la profundización de la formación sea progresiva donde interviene toda la comunidad, y que haya una renovada valoración de los signos litúrgicos de la iniciación cristiana para que estos sean elocuentes. Es un camino comunitario de escucha y respuesta.
En la catequesis al anunciar a CRISTO, creer en ÉL y seguirlo, es también, aparte de verdadero y justo, algo bello que colma la vida de un nuevo resplandor, de un gozo profundo aún en medio de las pruebas. Amamos lo bello, nos dice San Agustín, y JESÚS es HIJO de la belleza infinita del PADRE, del DIOS AMOR que nos atrae hacia sí.
Es deseable que cada Iglesia particular aliente el uso de las artes en la tarea evangelizadora en la vastedad de las múltiples expresiones actuales de belleza que puedan ser adecuadas para transmitir la fe en un nuevo lenguaje, aunque puedan ser poco significativas para los formadores.

La Iglesia tendrá que iniciar a sacerdotes, religiosos y laicos en el “arte del acompañamiento”, para que aprendan siempre a quitarse las sandalias ante la tierra sagrada del otro (cf Ex 3,5),
El acompañamiento exige visión de proceso, prudencia, comprensión, espera y docilidad al ESPÍRITU para cuidar entre todos las ovejas que se nos confían de los lobos que intentan disgregar el rebaño. Necesitamos ejercitar más el arte de escuchar que de oír, de comunicar un verdadero encuentro espiritual.
Para que las personas sean capaces
de decisiones verdaderamente libres y responsables, maduras, es preciso dar tiempo con una inmensa paciencia. “El tiempo es el mensajero de DIOS” (Beato Pedro Fabro).
El Evangelio nos propone corregir y ayudar a crecer a una persona a partir del reconocimiento de la maldad objetiva de sus acciones (cf Mt 18,15) pero sin emitir juicios sobre su responsabilidad y su culpabilidad (cf Mt 7,1; Lc 6, 37). Siempre invita a querer curarse, a abrazar la cruz, a dejarlo todo, a salir de nuevo a anunciar el Evangelio. La propia experiencia nos enseña a ser pacientes y compasivos con los demás y a despertar su confianza, apertura y disposición a crecer (cf n 170-173).

Hace falta formarse continuamente en la escucha de la Palabra porque las Sagradas Escrituras son fuente de Evangelización. Por eso la Iglesia requiere evangelizarse de continuo para que la Palabra sea cada vez más el corazón de su actividad. El estudio de la Palabra debe ser serio y perseverante, personal y comunitariamente (cf n 174-175).
4. LA DIMENSIÓN SOCIAL DE LA EVANGELIZACIÓN.
4.1. Las repercusiones comunitarias y sociales del kerygma.
4.2. La inclusión social de los pobres.
4.3. El bien común y la paz social.
4.4. El diálogo social como contribución a la paz.
Evangelizar es hacer presente en el mundo el Reino de DIOS. En el corazón mismo del Evangelio está la vida comunitaria y el compromiso con los otros.
El pueblo de DIOS está extendido por todo el mundo y tiene contextos culturales diversos que traen como consecuencia distintas expresiones de la vida cristiana.
El ESPÍRITU SANTO fecunda la cultura de cada pueblo con la fuerza transformadora del Evangelio y de la tradición eclesial.
Algunos recursos prácticos para enriquecer y hacer atractiva la predicación: el hablar con imágenes que lo hagan familiar, cercano, posible, conectada con la propia vida; sencillez del lenguaje para que sea comprendido que exige contacto con el Pueblo; claridad de la exposición; unidad temática, orden, conexión entre las freses; lenguaje positivo: propone lo que podemos hacer mejor, da esperanza, orienta al futuro ( cf n 154-159 ).
para caminar con mirada respetuosa, llena de compasión, que libere y aliente a madurar en la vida cristiana, en un peregrinar con CRISTO hacia el PADRE.
° Confesión de la fe y compromiso social.
° El Reino que
nos
reclama.
El misterio mismo de la TRINIDAD no recuerda que fuimos hechos a imagen de esa comunión divina, por lo cual no podemos realizarnos ni salvarnos solos. El amor de DIOS que ha sido infundido en nuestros corazones, el dejarnos amar por ÉL tras la aceptación del primer anuncio, nos impulsa a desear, buscar y cuidar el bien de los demás.
El servicio de la caridad efectivo es una dimensión constitutiva e irrenunciable en la naturaleza de la iglesia misionera, mismo que es compasión que asiste y promueve integralmente (cf n 176-179).
La propuesta del Evangelio es el Reino de DIOS que significa que ÉL reina entre nosotros para que se logre una vida social de fraternidad, justicia, paz y dignidad para todos; es propuesta que busca provocar consecuencias sociales: “Busquen primero el reino de DIOS y su justicia y todo lo demás vendrá por añadidura” (Mt 10,7).
Su mandato de caridad abraza
todas las dimensiones de la persona y a todas las personas y tiene que ser concreto, aterrizado y no se quede en las generalidades.
Hay que sacar consecuencias prácticas. La conversión cristiana exige revisar lo que pertenece al orden social y al bien común y actuar en consecuencia.

Una auténtica fe, que nunca es cómoda o individualista, siempre implica el trabajar por el mundo al que amamos con su gente, para que sea mejor, sembrando valores con acciones testimoniales, para que sea algo mejor cuando ya no estemos.
Para reflexionar sobre los diversos temas sociales tenemos un instrumento muy adecuado cuyo uso y estudio recomiendo vivamente: se trata del “Compendio de Doctrina Social de la Iglesia”. Ni el Papa ni la jerarquía de la Iglesia tienen el monopolio, ni ofrece soluciones técnicas, en la interpretación de los problemas sociales; incumbe a las comunidades cristianas analizar con objetividad la situación propia de su país y proceder según su ámbito (cf n 180-185).
° Unidos a DIOS escuchamos un clamor.
° Fidelidad al Evangelio
para no correr en vano.
° El lugar privilegiado
de los pobres en el Pueblo de DIOS.
° Economía y distribución
del ingreso.
° Cuidar la fragilidad.
Cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de DIOS para la liberación y promoción de los pobres a fin de que puedan integrarse plenamente en la sociedad. Seamos dóciles y atentos a su clamor, no seamos sordos cuando nosotros somos las manos de CRISTO misericordioso para ayudarles y para a su vez merecer la salvación.
La Iglesia guiada por el Evangelio de la misericordia y por amor al hombre comprende el pedido de JESÚS a sus discípulos: “Denles ustedes de comer”(Mc 6, 37). Este mandato de JESÚS implica atacar causa y efecto de la pobreza, las inmediatas y las estructurales, en un esfuerzo por propiciar su desarrollo integral: de cuerpo y alma.
Hay que repetir que “los más favorecidos deben renunciar a algunos de sus derechos para poner con mayor generosidad sus bienes al servicio de los demás”.
Escandaliza saber que existe alimento suficiente para todos y que el hambre se debe a la mala distribución de los bienes, de los ingresos y de los desperdicios que hacemos.
Lo anterior implica educación, cuidado de la salud, trabajo libre, creativo, participativo y solidario, y salario, requerimientos para acrecentar la dignidad de la vida de los más pobres (cf n 186-192).
El clamor de los pobres se hace carne en nosotros cuando se nos estremecen las entrañas ante el dolor ajeno. Y lo que DIOS quiere es que a partir de ser conscientes de la necesidad del desposeído actuemos como su divino HIJO lo hizo y a su vez nos mandó hacer.
Esta enseñanza sobre la misericordia la tenemos tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento como algunas que veremos a veremos a continuación:
- Rompe tus pecados con obras de justicia, y tus iniquidades con misericordia para con los pobres, para que tu ventura sea larga (Dn 4, 24);
- Como el agua apaga el fuego llameante, la limosna perdona los pecados (Eclo 3, 30 );
- La limosna libra de la muerte y purifica de todo pecado (Tb 12, 9);
- Tengan ardiente caridad unos con otros, porque la caridad cubrirá la multitud de los pecados (1 Pe 4, 8);
- Tendrá un juicio sin misericordia quien no tuvo misericordia; pero la misericordia triunfa sobre el juicio (Sant 2, 13);
- Cuando San Pablo se acercó a los Apóstoles, le indicaron que el criterio clave para discernir si había o no corrido en vano es que no se olvidara de los pobres (cf Ga 2,10);
- San Agustín decía que frente al pecado que nos turba como llama que quema nuestra paja, la ocasión de una obra llena de misericordia es motivo de alegría porque es fuente que se nos ofrece para sofocar el incendio.
Las exhortaciones Bíblicas y de los santos nos llaman e invitan con contundencia al amor fraterno, al servicio humilde y generoso, a la justicia, a la misericordia con el pobre. De qué sirve la defensa de la religión si hay pasividad, indulgencia y complicidad respecto a situaciones de injusticias intolerables y a los regímenes que las mantienen (cf n 193-196).
El corazón de DIOS tiene un sitio preferencial por los pobres, tanto que ÉL mismo “se hizo pobre” (2 CO 8, 9); vino a través de una humilde muchacha; nació en un pesebre, refugio de animales, como lo hacían los más pobres; fue presentado en el Templo dando la ofrenda de los pobres (cf Lc 2,24; Lv 5,7); creció en un hogar de sencillos trabajadores y ganó el pan con trabajo; lo seguían multitud de desposeídos.
El ESPÍRITU del SEÑOR está sobre mí…Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres (Lc 4, 18); en las bienaventuranzas les prometió el Reino de DIOS (cf Lc 6, 20); se identificó con ellos: “Tuve hambre y mediste de comer” y enseñó que la misericordia hacia ellos es la llave del cielo (cf Mt 25, 35ss). Para la Iglesia la opción preferencial por los pobres es una categoría teológica.
Estamos llamados a tener los mismos sentimientos que JESUCRISTO, por eso quiero una Iglesia pobre para los pobres. Así como JESUCRISTO se hizo pobre y nos enriqueció con su pobreza, es necesario que nos dejemos evangelizar por ellos porque representan al CRISTO sufriente con sus propios dolores.
La nueva evangelización es una invitación a reconocer la fuerza salvífica de la vida de los hermanos desposeídos y a ponerlos en el centro del camino de la Iglesia. Estamos llamados a descubrir a CRISTO en ellos, a aprestarles nuestra voz en sus causas, a ser sus amigos, a escucharlos, a interpretarlos y a recoger la misteriosa sabiduría que DIOS quiere comunicarnos a través de ellos.
El hermano pobre requiere le tratemos con amor, buscando su verdadero bien, evangelizándole, acompañándole en su cultura, en su forma de ser. Considerarlo como a nosotros mismos, no exclusivamente como sujeto de programas de asistencia y promoción, de nuestro activismo, de nuestros intereses personales o políticos. En cada comunidad cristiana debe sentirse como en su casa.
Ese amor de que hablamos es el que CRISTO les dio: Fortalecía su fe: salud para su alma, y atendía a plenitud la salud para su cuerpo.
La dimensión espiritual es más importante que la material. Los pobres tienen una especial apertura a la fe, necesitan a DIOS, hay que darles una atención religiosa privilegiada y prioritaria. Estamos obligados a ofrecerles una propuesta de crecimiento y maduración en la fe.
Nadie debe sentirse ajeno en cuanto a la atención de las necesidades de los pobres y el bien común. Hay que buscar nuevos caminos para atender de manera integral a nuestros hermanos necesitados (cf n 197-201).
La dignidad de la persona humana y el bien común a veces parecen sólo apéndices agregados para completar los discursos de los gobernantes que no se materializan en programas de desarrollo integral. A estas autoridades les molesta que se hable de ética, de empleo, de dignidad de los débiles, de compromiso con la justicia social. Otras veces, estas palabras se vuelven objeto de manoseo oportunista.
¡Pido a DIOS que crezca el número de políticos capaces de ir a las causas de los males de nuestro mundo y no sólo a las apariencias con asistencialismo! La política tan denigrada, es una altísima vocación, es una de las formas más preciosas de la caridad porque busca el bien común (Pio XI, Mensaje, 18 diciembre de 1927) .
La economía hoy no se puede ver de manera aislada debido a la globalización que existe por lo tanto se requiere la interacción entre países para velar por el bien común universal y no sólo de unos pocos.
La Iglesia tiene una gran responsabilidad en esta problemática y tiene que ocuparse creativamente de los problemas de los pobres y cooperar con eficiencia para que éstos vivan con dignidad. De no hacerlo terminará sumida en la mundanidad espiritual, disimulada con prácticas religiosas, reuniones infecundas y discursos vacíos aunque hable de temas sociales y critique a los gobiernos.
Sólo me interesa procurar que los esclavizados por el individualismo, indiferentismo y egoísmo se liberen y alcancen un estilo de vida y pensamiento más humano, noble y fecundo que dignifique su paso por esta tierra (cf n 202-208)
Como CRISTO lo hizo, sus discípulos, todos nosotros, estamos llamados a cuidar a los más frágiles de la tierra que son considerados por muchos, sean gobiernos o particulares, como los lentos, débiles o menos dotados para abrirse paso en la vida.
Otras formas de fragilidad a las que hay que prestar atención son: los sin techo; los toxico dependientes; los refugiados; los indígenas; los ancianos abandonados; los migrantes; los niños por nacer; la exclusión, mal trato; violencia y violación de las mujeres etc. También, del mundo en que vivimos, de la naturaleza, de los animales etc (cf n 209-210,215).
La Palabra habla sobre la alegría, sobre el amor, pero también tiene como fruto la paz. Una paz que deriva de la distribución del ingreso, del respeto de la dignidad humana y sus los derechos humanos, de la inclusión social de los pobres, de trabajar todos por el bien común.
No hablamos de la “paz” que proviene de caminos engañosos como: la de silenciar o tranquilizar a los pobres con dádivas o promesas que luego no se cumplen; o de la de ausencia de guerra por el equilibrio siempre precario de fuerzas. Este tipo de paz es efímera. Hablamos de la que se construye día a día instaurando el orden querido por DIOS, de la que debiera derivar del desarrollo integral de todos.
Es que la dimensión social de nuestras vidas tiene que hacerse presente en nuestra comunidad porque es una virtud y obligación querida por DIOS, misma que incluye la participación política.
Quiero proponer cuatro principios para avanzar en la construcción de un pueblo en paz, justicia y fraternidad, que brotan de los grandes postulados de la Doctrina Social de la Iglesia. Estos son:
--- El tiempo es superior al espacio;

--- La unidad prevalece sobre el conflicto;

--- La realidad es más grande
que la idea;

--- El todo es superior a la parte.
° El tiempo es
superior
al espacio.
° La unidad
prevalece
sobre el conflicto.
° La realidad
es más importante
que la idea.
° El todo es
superior a
la parte.
Este principio permite trabajar para el largo plazo y evita obsesionarse por resultados inmediatos, ayudando a soportar con paciencia situaciones difíciles y adversas, o los cambios de planes que impone el dinamismo de la realidad.
Nos indica que hay que privilegiar el tiempo que reclaman los procesos de cambio socio político en lugar de darle prioridad a los espacios de poder, de autoafirmación, de enriquecimiento, de poder que no construyen la plenitud humana.
Se trata de que seamos de aquellos que privilegian las acciones que generan dinamismos nuevos en la sociedad e involucran a otras personas y grupos que los desarrollarán, hasta que fructifiquen en importantes acontecimientos históricos de bien común.
La parábola del trigo y la cizaña muestra como el enemigo puede causar daño con la cizaña pero es vencido por la bondad del trigo que se manifiesta con el tiempo (cf Mt 13, 24-30). Este es el criterio propio de la evangelización que requiere ver los procesos posibles y el camino largo que nos muestra el horizonte.
El conflicto no puede ser ignorado o disimulado, ha de ser asumido, sin quedar atrapados en él, aceptando sufrirlo, resolverlo y transformarlo en el eslabón de un nuevo proceso. De este modo, se hace posible desarrollar una comunión en las diferencias. Hay que mirar a los demás en su dignidad más profunda, más allá de la superficie conflictiva. La unidad es superior al conflicto.
JESUCRISTO es nuestro modelo, ha vencido al mundo y a su conflictividad permanente, pues perdonó a todos por amor hasta dar la vida. Vivía en absoluta paz consigo mismo y su paz nos dejó y dio, misma que el mundo no puede dar (cf Jn 14, 27).
De igual forma, en primer término estamos llamados a lograr la pacificación de las diferencias en nuestra interioridad, en relación con nuestras propias contradicciones. Esto ayudará, aplicando el principio de la solidaridad, a construir una auténtica paz social.
El anuncio evangélico comienza siempre con un saludo de paz, no de una paz negociada, sino una paz que nace de la convicción que la unidad del ESPÍRITU SANTO armoniza las diversidades, supera cualquier conflicto en una nueva y prometedora síntesis: la diversidad reconciliada.
No se puede reducir la fe o la política a pura retórica (ideas). La realidad es superior a la idea. JESUCRISTO se hizo carne, habitó entre nosotros y cumplió a la perfección lo que predicaba, su doctrina, y lo que se había dicho de ÉL en el Antiguo Testamento.
Hay que poner en práctica la Palabra, a realizar obras de justicia y caridad que la hagan fecunda. No poner en práctica la Palabra, es edificar sobre arena, permanecer en la pura idea que degenera en intimismos (sentimientos) o gnosticismos (conocimiento completo de la divinidad) que no dan fruto y esterilizan su dinamismo.
Hace falta prestar atención a lo global para ampliar la mirada para reconocer un bien mayor que nos beneficiará a todos pero sin evadirse sin desarraigos; y a lo local que nos hace caminar con los pies sobre la tierra, en la historia del propio lugar que es don de DIOS, con una perspectiva más amplia.
El Evangelio tiene que llegar a todos, es global, pero al mismo tiempo debe fecundar y sanar todas las dimensiones del hombre e integrar a todos los hombres en la mesa del Reino. El todo es superior a la parte (cf n 217-237).
La evangelización también implica un camino de diálogo particularmente en tres campos: con los Estados, con la sociedad y con otros creyentes que no forman parte de la Iglesia católica. En todos los casos “la Iglesia habla desde la luz que le ofrece la fe” (Benedicto XVI, 2012), desde su experiencia de dos mil años y conserva la memoria de las vidas y sufrimientos humanos.
La Iglesia proclama el Evangelio de la paz que es JESUCRISTO mismo en persona (cf Ef 2, 14) y anima, en la nueva evangelización, a todo bautizado a ser instrumento de pacificación y testimonio creíble de una vida reconciliada en la comunidad. La Iglesia al participar con el Estado y la sociedad en las cuestiones sociales propone con claridad los principios y valores que sustenta que puedan traducirse en acciones políticas.
Es hora de saber cómo diseñar, en una cultura que privilegie el diálogo como forma de encuentro, la búsqueda de consensos y acuerdos que tenga como meta el bien común y donde el autor principal es el pueblo y su cultura, no una clase social, grupo, fracción o élite para beneficiar a unos cuantos.
El estado aunque debe cuidar y promover el bien común en la subsidiaridad y la solidaridad, y su función social es muy importante, no debe arrogarse o apropiarse el papel de buscar el desarrollo integral de todos (cf n 238-241).
° El diálogo entre
la fe, la razón y
las ciencias.
La fe no le tiene miedo a la razón, al contrario, la busca y con fía en ella porque ambas vienen de DIOS quien no puede contradecirse. L o que se cuida es que los avances científicos respeten siempre el valor supremo de la persona humana en todas las fases de su existencia.
La evangelización ilumina a la ciencia con la luz de la fe y de la ley natural. También este es un camino de diálogo, armonía y pacificación. La Iglesia se alegra y disfruta los avances que promueven al hombre (cf n 242).
° El diálogo
ecuménico.
El SEÑOR JESÚS nos ha pedido: “que todos sean uno” (Jn 17, 21). Sin embargo, hay hermanos separados y católicos que no están en plena comunión con la Iglesia.
La división entre los cristianos es un antitestimonio, particularmente en Asia y en África donde los misioneros son criticados y burlados, por lo que es urgente buscar caminos para la unidad. La inmensa multitud que no ha acogido a JESUCRISTO no puede dejarnos indiferentes, es ineludible la evangelización
(cf n 244-246).
° Las relaciones
con el judaísmo.
La Alianza de DIOS con el pueblo judío está vigente porque “los dones y el llamado de DIOS son irrevocables” (Rm 11, 29); compartimos con ellos una parte de las Sagradas Escrituras y constituyen una raíz sagrada de la propia identidad cristiana. Se comparte con ellos convicciones éticas, preocupación por la justicia y el desarrollo de los pueblos.
El diálogo y la amistad con los hijos de Israel son parte de la vida de los discípulos de JESÚS. Dios sigue obrando en el pueblo de la Antigua Alianza y provoca tesoros de sabiduría que brotan de su encuentro con la Palabra divina y la Iglesia se enriquece cuando recoge los valores del judaísmo, puede trabajar conjuntamente para desentrañar riquezas de la Palabra, pero no puede dejar de anunciar que JESÚS es el SEÑOR y MESÍAS (cf n 247-249).
° El diálogo interreligioso.
Una apertura a la verdad y al amor debe caracterizar el diálogo con los creyentes no cristianos. Este diálogo interreligioso es una condición necesaria para la paz en el mundo y por consiguiente un deber para todos. Un diálogo para estar abiertos a ellos, compartiendo sus alegrías y penas, aceptando su modo diferente de ser, de pensar y de expresarse.
Lo anterior es la base para asumir juntos el deber y compromiso ético de servir a la justicia y a la paz para crear nuevas condiciones sociales, que es un criterio básico de todo intercambio. Además son motivos de purificación, enriquecimiento, amor a la verdad, anuncio e intensificación de la relaciones. Hay que mantenerse firmes en las propias convicciones, pero abierto a comprender al otro. La evangelización y el diálogo interreligioso se alimentan recíprocamente.
Los no cristianos, por gratuita iniciativa divina, y fieles a su conciencia, pueden vivir “justificados mediante la gracia de DIOS”, y así “asociados al misterio pascual de JESUCRISTO”. Esta situación libera a los no cristianos del inmanentismo ateo o de experiencias religiosas meramente individualista.
El ESPÍRITU SANTO suscita en todas partes diversas formas de sabiduría práctica que ayudan a vivir con más paz y armonía que pueden ayudarnos a vivir mejor nuestras propias convicciones.
Es muy importante nuestra relación con el Islam porque se adhieren a la fe de Abraham, adoran a un solo DIOS que nos juzgará, JESUCRISTO y María son objeto de profunda veneración, dedican diariamente tiempo a la oración y a sus ritos religiosos, muchos tienen la convicción de que la vida es de DIOS y para ÉL y tienen misericordia para con los pobres.
Para el diálogo con los creyentes del Islam se requiere una adecuada preparación, una sólida y gozosa identidad católica, ser capaces de reconocer los valores de los demás, de comprender las inquietudes y reclamos, y de sacar a la luz las convicciones comunes (cf n 250-254).
° El diálogo social
en un contexto de
libertad religiosa.
La libertad religiosa es un derecho humano fundamental, que implica respetar a los de diferentes a nosotros en cuanto a sus creencias y a la manifestación de la misma.
Lo contrario sería discriminación y autoritarismo que suelen querer imponer los agnósticos (la existencia de DIOS es inaccesible al entendimiento humano) o no creyentes.
Conviene señalar que tanto intelectuales como notas periodísticas, cuando hablan de defectos de integrantes de las diversas religiones caen en injustas y groseras generalizaciones cuando no todos son iguales.
En estas circunstancias los políticos aprovechan para justificar acciones discriminatorias. Igualmente, dejan de tomar en cuenta los libros sagrados como la Biblia por la cortedad de vista de los racionalismos
(cf n 255-257).

5. EVANGELIZADORES CON ESPÍRITU.
5.1. Motivación para un renovado impulso misionero.
5.2. María, la Madre de la evangelización.
Son los que se abren sin temor a la acción del ESPÍRITU SANTO que los transforma, como a los Apóstoles en Pentecostés, en anunciadores de la grandeza de DIOS.
ÉL, como alma de la Iglesia evangelizadora, infunde la fuerza para anunciar con audacia, en voz alta, en todo tiempo y lugar, incluso contracorriente, pero bien apoyados en la oración y el testimonio sin los cuales el anuncio se empobrece.
° El encuentro personal con el amor de JESÚS que nos salva.
° El gusto espiritual de ser pueblo.
° La acción misteriosa
del RESUCITADO y de
su ESPÍRITU.
° La fuerza misionera de la intercesión.
Evangelizadores con ESPÍRITU quiere decir evangelizadores que:

- oran y trabajan;
- con un fuerte compromiso social y misionero;
- con una espiritualidad que transforme el corazón;
- sin propuestas parciales que mutilen el Evangelio;

- cultivan un espacio interior que otorga sentido cristiano al compromiso y a la actividad;
- rechazan una espiritualidad oculta e individualista contraria a la caridad de JESÚS;
- no tomar a la oración como excusa para no entregar la vida en la misión;
- imitar a los santos (cf n 259-263).

El amor de JESÚS que hemos recibido, la experiencia de ser salvados por ÉL, nos mueve a amarlo siempre más; al intenso deseo de comunicarlo, de pedirle cada día su gracia para que nos abra el corazón frío y sacuda nuestra vida tibia y superficial. Se trata de un proceso de renovación que hay que hacer de por vida.
La mejor motivación para decidirse a comunicar el Evangelio es contemplar a JESÚS con amor, puestos ante ÉL con el corazón abierto dejando que nos contemple, detenerse en sus páginas y leerlo con el corazón. Abordado de esta manera, su belleza nos asombra, vuelve a cautivarnos una y otra vez, le contemplamos y nos ayuda a llevar una vida nueva para transmitir a los demás y que convence.
El Evangelio responde a las necesidades más profundas de las personas porque hemos sido creados para lo que el Evangelio nos propone: la amistad con JESÚS y el amor fraterno; que le imitemos en su generosidad con los pobres, sus gestos, su coherencia y su entrega dando la vida. Todo es precioso, habla a nuestra vida y le da sentido.
Si somos misioneros, es ante todo porque JESÚS nos ha dicho: “La gloria de mi PADRE consiste en que den fruto abundante” (Jn 15,8). Lo que buscamos es la gloria del PADRE. Vivimos y actuamos “para alabanza de la gloria de su gracia” (Ef 1, 6); evangelizamos para la mayor gloria del PADRE que nos ama (cf n 264-267).
Para ser evangelizadores de alma hace falta desarrollar el gusto espiritual de estar cerca de la gente hasta descubrir que es fuente de gozo superior. Es una pasión por JESÚS pero al mismo tiempo por su pueblo para el cual nos quiere como instrumento que extiende su amor. Nuestra identidad no se entiende sin servir al pueblo al que pertenecemos y como JESÚS lo hizo, con amor divino.
JESÚS miraba con cariño (cf Mc 10,21); sale al encuentro de los pobres; come y bebe con pecadores, aunque le digan comilón y borracho (cf Mt 11,19); deja que una prostituta le unja los pies (cf Lc 7, 36-50); recibe a Nicodemo de noche (cf Jn 3, 1-15); su crucifixión para redimirnos y hacernos hijos adoptivos de DIOS. Sin duda es nuestro modelo para integrarnos a fondo en la sociedad, ser solidarios y trabajar por el bien común.
JESÚS quiere que toquemos la miseria humana, la carne sufriente de los demás, aunque se nos complique la vida. Quiere que lo hagamos con dulzura y respeto dando razón de nuestra esperanza (cf 1 Pe 3, 16); se nos exhorta a tratar de “vencer el mal con el bien” (Rm 12,21), sin cansarnos “de hacer el bien” (Ga 6, 9), “considerando a los demás como superiores a uno mismo” (Flp 2, 3).
El amor a la gente es una fuerza espiritual que facilita el encuentro pleno con DIOS, porque el que no ama al hermano “camina en las tinieblas” (1 Jn 2, 11), “no ha conocido a DIOS” (1 Jn 4, 8). Benedicto XVI ha dicho que “cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también ciegos ante DIOS”. Cuando nos acercamos al prójimo para hacer el bien, como el buen samaritano, recibimos regalos y descubrimos algo nuevo de DIOS, se ilumina más la fe.
Ser misionero es fuente de felicidad porque “hay más felicidad en dar que en recibir” (Hch 20, 35). Si escapamos de los demás, si no compartimos, si nos encerramos en nuestra comodidad nos dirigimos a un lento suicidio porque nos destruye. No puedo arrancar de mi ser misión en el corazón del pueblo. Para eso estamos en este mundo.
Más allá de apariencias, cada persona es obra de DIOS y merece nuestro cariño y entrega. Por ello, si logro ayudar a una sola persona a vivir mejor justifica la entrega de mi vida. Es lindo ser pueblo fiel de DIOS (cf n 268-274).

No entregarse a la misión por pensar que nada puede cambiar, que es inútil esforzarse, se debe a nuestra superficial espiritualidad que nos lleva a priorizar la comodidad, los placeres y la flojera, y trae como consecuencia el vacío egoísta y la tristeza
Es una excusa maligna porque con CRISTO cambiaron todas las cosas; ÉL resucitó triunfando sobre el pecado y la muerte. Su Resurrección no es algo del pasado; entraña una fuerza de vida que ha penetrado el mundo. Es una fuerza imparable. Habrá muchas cosas negras, pero el bien siempre tiende a volver a brotar, a difundirse, a resucitar. Se quedó con nosotros de manera sacramental y nos envía su ESPÍRITU.
Cristo resucitado es la fuente inagotable de nuestra esperanza, nos acompaña y ayuda en la misión que nos encomienda; saca bien del mal con su poder e infinita creatividad; puede actuar en cualquier circunstancia, de aparentes fracasos, porque “llevamos este tesoro en recipientes de barro” (2 Co 4, 7). Hay la certeza que quien se ofrece y entrega a DIOS por amor seguramente será fecundo (cf Jn 15, 5), aunque muchas veces invisible y no puede ser contabilizada.
No hay esfuerzo perdido cuando se hace el bien, no se pierde ningún acto de amor. No se pierde una preocupación sincera, un acto de amor a DIOS, un cansancio generoso o dolorosa paciencia. Todo eso da vueltas por el mundo como una fuerza de vida.
Nos entregamos sin pretender ver resultados llamativos, de manera creativa, generosa y confiada en los brazos del PADRE y del ESPÍRITU SANTO que viene a ayudarnos en nuestra debilidad (cf Rom 8,26) y debemos invocarlo de continuo. Hay que dejarse llevar por el ESPÍRITU permitiendo que ÉL nos ilumine, guíe, oriente e impulse a donde ÉL quiera. Esto es ser misteriosamente fecundos (cf n 275-280).
La oración de intercesión estimula particularmente la entrega evangelizadora y nos motiva a buscar el bien de los demás como hacía San Pablo. Este gran evangelizador hacía sus oraciones de contemplación llenas de seres humanos: “En todas mis oraciones siempre pido con alegría por ustedes…de corazón”(Flp 1, 4.7). También hacía oración de agradecimiento a DIOS por la gracia concedida a la comunidad.
El corazón de DIOS se conmueve por la intercesión y hace que su poder, su amor y su lealtad se manifiesten con mayor nitidez en el pueblo (cf n 281-283).
Con el ESPÍRITU SANTO, María siempre está en medio del pueblo. Reunía a los discípulos para invocarlo (Hch 1, 14) y así hizo posible la explosión misionera que se produjo en Pentecostés. Ella es la Madre de la Iglesia evangelizadora.
° El regalo de JESÚS a su pueblo.
° La estrella de la nueva evangelización.
En la cruz cuando JESÚS sufría en su carne el dramático encuentro entre el pecado del mundo y la misericordia divina, antes de dar por consumada el encargo del PADRE, nos deja a su Madre como Madre nuestra; en la hora suprema de la creación, JESÚS nos lleva a María porque no quiere que peregrinemos en el cumplimiento de nuestra misión evangelizadora sin una Madre.
Ella es signo de esperanza para todos los pueblos que sufren y comparte las historias de cada pueblo que ha recibido el Evangelio. En los santuarios marianos puede percibirse cómo María reúne a los hijos que peregrinan con mucho esfuerzo para mirarla y dejarse mirar y para sobrellevar los sufrimientos y cansancios de la vida.
Como a San Juan Diego, María les da una caricia de su consuelo maternal y les dice al oído: “ No se turbe tu corazón…¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? (cf n 284-286).
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