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El héroe agachado - Roger Bartra

Análisis e Interpretación de Textos
by

Qaro Infante Galvan

on 15 October 2012

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Transcript of El héroe agachado - Roger Bartra

Roger Bartra Ideas Principales! El héroe agachado Lexico! Roger Bartra, nacido el 7 de septiembre de 1942 en la Ciudad de México, es doctor en sociología por la Sorbona y se formó en México como etnólogo en la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Trabaja como investigador en el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM y es miembro del Sistema Nacional de Investigadores; ha sido profesor e investigador visitante en diversas universidades en México y en el extranjero, entre ellas la Universitat Pompeu Fabra, en Barcelona; el Paul Getty Centér, en los Ángeles; la Universidad Johns Hopkins; la Universidad de California en La Jolla; y la Universidad de Wisconsin.

Es, además, autor de los libros La jaula de la melancolia (1987), El salvaje en el espejo (1992), Oficio mexicano: miserias y esplendores de la cultura (1993), Las redes imaginarias del poder (1996), El salvaje artificial (1997), La sangre y la tinta. Ensayos sobre la condición postmexicana (1999), La democracia ausente (2000) y Cultura y melancolía: las enfermedades del alma en la España del siglo de Oro 2001). En 1996 recibió el Premio Universidad Nacional. Roger Bartra El héroe agachado
Roger Bartra

En el melancólico observamos… el deseo de comunicar a todo el mundo sus propios defectos, como si en este rebajamiento hallara una satisfacción. –Sigmund Freud, Duelo y melancolía. El mexicano padece un complejo de inferioridad decreto el filósofo Samuel Ramos en 1934 por lo que huye de la realidad y busca refugio en la ficción. Esta idea, quince años más tarde, la repitió, la profundizo y la consagro Octavio Paz: en el fondo del sentimiento de inferioridad yace la soledad; de allí que el mexicano se proteja de la realidad con múltiples mascaras.
La explicación de Samuel Ramos es muy simple: el mexicano se ha encontrado históricamente enfrentado a una contradicción: una gran desproporción entre lo que quiere hacer y lo que puede hacer, lo que lo lleva inevitablemente al fracaso y al pesimismo. Por esta razón el mexicano desconfía de si mismo y es asaltado por un sentimiento de inferioridad. Samuel Ramos explica que la tensión entre la sobrevaloración de si mismo y el complejo de inferioridad – es resuelta dentro de los límites de la normalidad por el mexicano al abandonar el terreno de la realidad para refugiarse en la ficción: “sustituye su ser autentico por el de un personaje ficticio, que representa en la vida, creyéndolo real.
El perfil del mexicano que describe Ramos es una proyección cultural de la imagen que se ha formado la intelectualidad del pueblo. La formación de esta imagen solo puede explicarse de la dinámica política de la cultura dominante y por la función de los arquetipos en los mecanismos de legitimación; es una imagen que no procede de la investigación científica, sino si no de la historia de la cultura nacional. Samuel Ramos cita a Carlos Pereyra en su Historia de América:
“Los pueblos hispanoamericanos han sufrido las consecuencias de la tesis autodenigratoria sostenida constantemente durante un siglo, hasta formar el arraigado sentimiento de inferioridad étnica, que una reacción puede convertir en exceso de vanagloria.” Son los estragos del colonialismo sazonados con la filosofía hegeliana de la historia. Pero la filosofía de lo mexicano no se escapa de la tradición; aunque Samuel Ramos afirma enfáticamente que su interpretación del carácter del mexicano no implica la “atribución de una inferioridad real, social o psíquica, a la raza mexicana”, en realidad está describiendo un arquetipo sociocultural que se caracteriza por su primitivismo. Si examinamos la idea del mexicano determinado por un complejo de inferioridad, descubrimos que –para mantener la consistencia de la tesis es indispensable postular una cierta inferioridad relativa del hombre y de la cultura mexicanos: lo mexicano es inferior al objetivo que se propone alcanzar, y ese objetivo es Europa. Para que esta inferioridad no parezca como tal, es necesario vestirla, disfrazarla, enmascararla; es preciso encontrar al niño, a la criatura salvaje, al inocente primitivo. Así la historia oculta la inferioridad: “siendo [México] todavía un país muy joven, quiso, de un salto, ponerse a la altura de la vieja civilización europea, y entonces estallo el conflicto entre lo que se quiere y lo que se puede.” Ramos afirma: “nuestra psicología es la de una raza en la edad de la fantasía y la ilusión, que sufre por ello fracasos…”
Los pueblos jóvenes, por su lado, no tienen el espíritu concentrado y critico. Son espiritualmente pasivos, como todos los seres jóvenes; son infinitamente sugestionables y soportan mal la crítica, por debilidad fisiológica y moral al mismo tiempo; están constantemente perturbados por un sentimiento de inferioridad.
También Octavio Paz recurre a este tipo de imagen: los mexicanos son “como esos adolecentes teciturnos… dueños de no se sabe que secreto, guardado por una apariencia hosca” Así es posible descubrir a un en el pelado, ese desecho social de la gran ciudad, a un primitivo El mexicano, protagonizado por el lumpenproletariado, es “un animal que se entrega a pantomimas de ferocidad” que son más que “un desquite ilusorio de su situación real de la vida” ; es un ser desgraciado que “ consuela con gritar a todo el mundo que tiene muchos huevos”, pero cuya valentía y machismo son una irritación que le produce la impotencia, por sufrir un sentimiento de minusvalía. La cultura mexicana de la primera mitad del siglo xx ha creado un formidable mito: los mexicanos llevan dentro, como un homúnculo, al indio, al bárbaro, al salvaje, al niño. Pero es un homúnculo roto: “Tronchada la infancia de lo indio –dice Jorge Carrión – antes de cumplirse su derrotero, aparece el mexicano como un niño proletario sin juegos, juguetes ni sonrisas, inmerso en la vida adulta de trabajos y objetivos inadecuados a su ritmo de crecimiento. Organicemos un simulacro: citemos a varios intelectuales en un conocido café de la calle Lopez, donde sirven una exquisita horchata valenciana. Algunos hubiesen preferido el café Paris y otros un restaurante fino, pero a mi me gusta este pequeño lugar. Todos estos intelectuales han escrito casi textualmente lo que aquí van a conversar:
--Le dice Emilio Uranga, con juvenil e inteligente pedantería, a Samuel Ramos—que el mexicano realmente es inferior, mientras que solo idealmente es insuficiente; en cambio yo creo que realmente es insuficiente mientras que solo idealmente es inferior. Nuestra manera de ser adolece de una insuficiencia constitucional.
---Es preciso señalar –replica Ramos—que las diferencias raciales no son tan profundas como parece. Las diferencias regionales tampoco son un impedimento para tratar al mexicano como tipo general;
El joven Uranga se ve obligado a confesar su acuerdo con las diferencias geográficas e históricas no son tan abismáticas como para invalidar su subsunción en un modelo unificante. Nada mas equivocado se enferruña Alfonso Reyes—que escribir en vista de una idea preconcebida sobre lo que sea el espíritu nacional. En el peor de los casos esta idea preconcebida es una convención o resultante casual de ideas perezosas
Leopoldo Zea aprovecha el momento para atacar:
--No debemos crear una mascara mas, la del mexicano o lo mexicano, que sirva nuevamente para ocultar esta realidad humana que con tanta dificultad ha podido hacerse patente.
--Sin duda que eso se refleja –agrega Salvador Reyes Nevares—en ese sentirse débil del mexicano, esa fragilidad ante si mismo y ante las cosas…
--Es claro que la acción fallida, desnaturalizada, mal interpretada, nos vuelve introvertidos, melancólicos y desesperanzados—suspira Jorge Portilla.
--Cuando los intelectuales mexicanos describen su carácter nacional, casi invariablemente se consideran a si mismos como una nación de mentirosos, de destructores buscadores de poder, de sufridas mujeres resentidas y de engreídos hombres de presa—dice Michael Maccoby.
--Si—afirma Gordon W. Hewes--, consideran os rasgos de los demás desamparados como símbolo de toda nación.
--Además—agrega Maccoby—tengo la impresión de que los autores mexicanos subestiman los efectos de vivir a la sombra de Estados Unidos en los sentimientos de inferioridad.

Es el mito del héroe agachado, figura de Diego Rivera consagro en el acurrucado en su sarape y bajo un enorme sombrero; y que ha sido motivo de broma en las estupendas caricaturas con que Ruis se burla del estereotipo. Es evidente que se trata de una imaginería tributaria de uno de los mitos mas antiguos, el mito de la Edad de Oro perdida; Lo específicamente moderno de este mito radica en que el estereotipo del anti-héroe aparece como una dimensión interna a los individuos: se cree que los mexicanos llevan dentro, incrustado de su ser profundo e inconsciente, un alter ego cuyas raíces se hunden en la noche de los tiempos y se alimentan de antiguas savias indígenas. Se concibe como un ser larvario interior alentado por emanaciones de un nudo de complejos psicológicos y de tensiones filosóficas que surgen de los insondables pozos del alma colectiva. Aunque el héroe-agachado es fundamentalmente una trasfiguración del indio y una transposición de rasgos campesinos, a su humilde nacimiento fueron convocadas importantes corrientes de ideas: el surrealismo, el psicoanálisis y el existencialismo. De ahí las formas oníricas del mito, su inmersión en las aguas de la infancia y la angustia que lo tiñe. Mapa! Resumen! Análisis Literario! Mini biografía de Autores citados en el texto! Análisis Hermenéutico:
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