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Mamiña, niña de mis ojos

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Magdalena Gutiérrez

on 20 November 2014

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Transcript of Mamiña, niña de mis ojos

Mamiña, La Niña de mis Ojos
Víctor Carvajal
En tiempos muy remotos, en dominios del imperio incaico, vivía una hermosa coya que perdía la vista con el paso de los días. Privada de bellezas de los territorios de su padre, el último de los monarcas, entristecía bajo la esclavitud que le imponía la ceguera.
El inca envío chasquis a todos los rincones del imperio con la clara instrucción de no regresar, a menos que trajesen noticias alentadoras para el mal que aquejaba su bella hija.

Los mensajeros abandonaron el Ombligo del Mundo y se dirigieron a los territorios del extremo norte. Alcanzaron los parajes del Pichincha, para regresar del cuzco sin el remedio que buscaban. Recorrieron de punta a cabo las riberas del mar y volvieron desalentados.
Igual cosa hicieron en las fronteras cordilleranas, con idénticos resultados. Los emisarios que se habían dirigido al sur del imperio descendieron desde el camino del Inca hasta la Pampa del Tamarugal, donde hallaron una importante laguna de aguas cristalinas con propiedades curativas. La feliz noticia fue llevada por ágiles corredores, que solo se detenían para reponer sus energías y entregar el mensaje a un chasquí descansado, que emprendía veloz carrera hasta el tambo siguiente.
Al enterarse el monarca del feliz mensaje ordenó preparar de inmediato una caravana, que sin tardanza transportara a la coya hasta la laguna prodigiosa.
El tiempo ha ocultado sabiamente las semanas que empleó aquella comitiva en llegar a la Pampa del Tamarugal. Lo cierto fue que la joven, incapacitada de presenciar las solemnes salidas y entradas del sol y de la luna, supo de tantos amaneceres y ocasos por las mudas de ropa que le hacían sus doncellas.
La caravana llegó por fin a la imponente laguna de la que tanto se hablaba.
Con premura y el mayor de los cuidados, la enceguecida niña fue preparada para el baño curativo. Muy liviana de atavíos, fue sumergida una y cien veces en las aguas sanadoras. Hasta que comenzó a recuperar la vista y, maravilla, pudo observar el esplendor de la pampa y los incomparables tamarugos, que dominaban con su deslumbrante belleza.
De regreso junto a su padre, curada del mal que la aquejaba, fue tal dicha que produjo en el Inca la sanación de su hija, que ordenó nombrar aquella prodigiosa laguna como
Mamiña, niña de mis ojos.
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