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PILAR CALVEIRO - Poder y Desaparición

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Juan Guitart

on 14 November 2015

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Transcript of PILAR CALVEIRO - Poder y Desaparición

Pilar Calveiro
Poder y Desaprensión
Pilar Calveiro nació en Buenos Aires, Argentina, el 7 de septiembre de 1953. Estudió en el Colegio Nacional de Buenos Aires e inició estudios de sociología en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Fue militante de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y después de Montoneros.
El día 7 de mayo de 1977 fue secuestrada por un comando de Aeronáutica en San Antonio de Padua (mientras circulaba en las calles Noguera y Beltrán) y llevada al centro clandestino de detención llamado Mansión Seré, en Ituzaingó, Provincia de Buenos Aires. En un recorrido que se extendió durante un año y medio, también estuvo detenida-desaparecida en la comisaría de Castelar, la ex casa del Almirante Massera (en Panamericana y Thames) perteneciente al Servicio de Informaciones Navales, y en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA)
una pensadora política contemporánea que ha realizado importantes aportes al análisis del biopoder, la violencia política, así como a la historia reciente y a la memoria de la represión argentina
Se exilió en España en 1978
Junto a Lila Pastoriza
compañera en la ESMA
y hoy periodista.
México, donde reside desde 1979.
Estudió ciencias políticas en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde obtuvo sus títulos de licenciatura (1986), maestría (1995) y doctorado (2001) en esa disciplina.
Enviudó en 1980, cuando su marido, Horacio Domingo Campiglia, fue detenido en Brasil por personal del Batallón 601 del Ejército Argentino que lo trasladó a territorio argentino para luego “desaparecerlo” como una víctima más del Plan Cóndor.
PODER Y DESAPARICIÓN
Su obra más referida. Los campos de concentración en Argentina, escrita en el marco de. su tesis de maestría y publicada por primera vez en Buenos Aires en el año 1998 (Colihue)
exilio
Traslado
Viuda
En 2014 recibió el Premio Konex - Diploma al Mérito como una de la más importante escritora de Ensayos políticos y sociológicos de la década en la Argentina.
Poder y desaparición" constituye un obra polifónica, escrita a partir de testimonios de sobrevivientes de diferentes campos de tortura y concentración de la dictadura militar argentina (1976-1983), Calveiro reflexiona sobre el concepto político que subyace a estas prácticas entrelazando en este relato fundamental su experiencia personal.
Luis Bruschtein, periodista y escritor argentino, comentó el libro de la siguiente forma:

"El libro Poder y desaparición, de Pilar Calveiro, implicó un cambio en los textos sobre la represión, porque de alguna manera logró perforar la propuesta del testimonio crudo y se aventuró en un universo poco agradable: la racionalidad del horror y hasta podría decirse, el horror como producto humano. Gracias a la durísima constancia de los organismos de derechos humanos, en la Argentina se logró un cierto consenso mayoritario sobre la represión durante la dictadura, hay consenso de que el horror existió. Pero toda esa carga de tormentos aparentemente absurdos, desgarros infligidos con aparente irracionalidad y detalles repulsivamente sádicos aparecen en el contexto del testimonio como una portentosa desviación perversa. Calveiro elabora su testimonio con una vuelta de tuerca, porque busca el fin racional en esa realidad desaforada. Explora en la complejidad y en las zonas oscuras del ser humano y en la crueldad absolutamente planificada y coherente de determinadas formas políticas. Gran parte de su libro se refiere a sus experiencias como detenida-desaparecida en la ESMA, a la que visitó ahora, una vez que se decidió construir en el predio un lugar de Memoria."

Los Grupos económicamente poderosos del país perdieron la capacidad de controlar el sistema político y ganar elecciones, cosa que pasó desde el surgimiento del radicalismo y se profundizó con el peronismo, las Fuerzas Armadas, y en especial el Ejercito, se constituyeron en el medio para acceder al gobierno a través de las asonadas militares.
Las Fuerzas Armadas fueron convirtiéndose en el núcleo duro y homogéneo del sistema, con capacidad para representar y negociar con los sectores decisivos su acceso al gobierno. Eran sus aliados, simultáneamente o alternativamente, la burguesía agroexportadora, la burguesía industrial y el capital monopólico.
Señala que la atomización política y económica de la sociedad se compensaba hasta cierto punto por la unidad disciplinaria del aparato armado y su composición sobre la sociedad.
El proceso conjunto de autonomía relativa y acumulación de poder crecientes las llevó a asumir con bastante nitidez el papel del mismo estado, de su preservación y de su reproducción, como núcleo de una sociedad cuyos partidos eran incapaces de diseñar una propuesta hegemónica
El golpe de 1976 fue el primero en realizarse con el acuerdo activo y unánime de las tres armas. Un movimiento institucional, en el que participaron todas las unidades sin ningún tipo de ruptura de las estructuras jerárquicas decididas a dar una salida a la crisis.
Da una mirada negativa a lo que el peronismo había dejado como sobras de su gobierno, problemas que estuvieron presentes desde los 30 años de su nacimiento. Es algo que solo lo comparó con el caos mismo. Pues, consecuencias como la violencia, el descontrol y la crisis económica más fuerte de toda la historia argentina desembocaron a este golpe que los Militares realizaron para llegar otra vez como los “salvadores” de la Argentina.
Las Fuerzas Armadas quisieron “moldear a la sociedad, a su imagen y semejanza”. Desde principios del siglo, bajo el presupuesto del orden militar se impuso el castigo físico- virtual tortura- sobre los militares y conscriptos, es decir sobre toda la población masculina del país. Cada soldado, cabo, oficial, en su proceso de asimilación y entrenamiento aprendió la prepotencia y arbitrariedades del poder sobre su propio cuerpo y dentro del cuerpo colectivo de la institución armada.
Cuando la disciplina se ha hecho carne se convierte en obediencia, en la sumisión a la autoridad legítima. El deber de un soldado es obedecer ya que ésta es la primera obligación y cualidad más preciada de todo militar. Es decir, las ordenes no se discuten, se cumple.
La orden supone, implícitamente, un proceso de previo de autoridad. La autorización de un acto parecía justificarlo de manera automática, al ser de un superior, el subordinado actuaba como si no existiera otra elección. La moral nunca pasó por la cabeza y solo se buscaba la responsabilidad. Es un cómplice silencios.

El Proceso de Reorganización Nacional es “un hijo legitimo pero incomodo que muestra una cara desagradable y exhibe las vergüenzas de la familia en tono desafiante.” Según Pilar Calveiro .
En los años setenta proliferaron diversos movimientos armados latinoamericanos, palestinos, asiáticos. Incluso en algunos países centrales, como Alemania, Italia y Estados Unidos se produjeron movimientos emparentados con esta concepción de la política, que ponía el acento en la acción armada como medio para crear las llamadas "condiciones revolucionarias".
No se trató de un fenómeno marginal, sino que el foquismo y, en términos más generales, el uso de la violencia, pasó a ser casi condición sin el cual de los movimientos radicales de la época. Dentro del espectro de los círculos revolucionarios, casi exclusivamente las izquierdas estalinistas y ortodoxas se sustrajeron a la influencia de la lucha armada. La guerrilla argentina formó parte de este proceso, sin el cual sería incomprensible. La concepción foquista adoptada por las organizaciones armadas, al suponer que del accionar militar nacería la conciencia necesaria para iniciar una revolución social, las llevó a deslizarse hacia una concepción crecientemente militar. Pero en realidad, la idea de considerar la política básicamente como una cuestión de fuerza, aunque profundizada por el foquismo, no era una "novedad" aportada por la joven generación de guerrilleros, ya fueran de origen peronista o guevarista, sino que había formado parte de la vida política argentina por lo menos desde 1930.
La g
uerrilla consideraba que respondía a una violencia ya instalada de antemano en la sociedad.
Al inicio de la década de los 70, muchas voces, incluidas las de políticos, intelectuales, artistas, se levantaban en reivindicación de la violencia, dentro y fuera de Argentina. Entre ellas tenía especial ascendiente en ciertos sectores de la juventud la de Juan Domingo Perón quien, aunque apenas unos años después llamaría a los guerrilleros "mercenarios", "agentes del caos' e "inadaptados", en 1 970 no vacilaba en afirmar: "La dictadura que azota a la patria no ha de ceder en su violencia sino ante otra violencia mayor.'"1 "
La subversión debe progresar
. Lo que está entronizado es la violencia. Y sólo puede destruirse por otra violencia. Una vez que se ha empezado a caminar por ese camino no se puede retroceder un paso. La revolución tendrá que ser violenta."
la práctica inicial de la guerrilla y la respuesta que obtuvo de vastos sectores de la sociedad afianzó la confianza en la lucha armada para abordar los conflictos políticos. Jóvenes,entre los 18 y los 25 años, llamaran la atención con asaltos a bancos, secuestros, asesinatos, bombas y toda la gama de acciones armadas que, a su vez, les dieron una voz política.


En general funcionaban disimulados dentro de una dependencia militar o policial. A pesar de que se sabía de su existencia, los movimientos de las patotas se trataban de disimular como parte de la dinámica ordinaria de dichas instituciones. No obstante se trataba de un secreto en el que no se ponía demasiado empeño. Los vecinos de la Mansión Seré cuentan que oían los gritos y veían "movimientos extraños". La Aeronáutica hizo funcionar un centro clandestino de detención en el policlínico Alejandro Posadas. Los movimientos ocurrían a la vista tanto de los empleados como de las personas que se atendían en el establecimiento, "ocasionando un generalizado terror que provocó el silencio de todos"'. En efecto, es preciso mostrar una fracción de lo que permanece oculto para diseminar el terror, cuyo efecto inmediato es el silencio y la inmovilidad.
Para el funcionamiento del campo de concentración no se requerían grandes instalaciones. Se habilitaba alguna oficina para desarrollar las actividades de inteligencia, uno o varios cuartos para torturar a los que solían llamar "quirófanos", a veces un cuarto que funcionaba como enfermería y una cuadra o galerón donde se hacinaba a los prisioneros.
Aunque el
grupo de víctimas casuales
fuera minoritario en términos numéricos, desempeñaba un papel importante en la diseminación del terror tanto dentro del campo como fuera de él. Eran la
prueba irrefutable de la arbitrariedad del sistema y de su verdadera omnipotencia
. Es que además del
objetivo político de exterminio de una fuerza de oposición
, los militares buscaban la demostración de un
poder absoluto
, capaz de decidir sobre la vida y la muerte, de arraigar la certeza de que esta decisión es una función legítima del poder. Recuerda Grass que los militares "sostenían que el
exterminio y la desaparición
definitiva tenían una finalidad mayor: sus efectos 'expansivos', es decir el
terror generalizado
. Puesto que, si bien el aniquilamiento físico tenía cómo objetivo central la
destrucción de las organizaciones políticas
calificadas como
'subversivas'
, la represión alcanzaba al mismo tiempo a una periferia muy amplia de personas directa o indirectamente vinculadas a los reprimidos (familiares, amigos, compañeros de trabajo, etc.), haciendo sentir especialmente sus erectos al conjunto de estructuras sociales consideradas en sí como
'subversivas por el nivel de infiltración del enemigo'
(sindicatos, universidades, algunos estamentos profesionales)." Si los campos sólo hubieran encerrado a militantes, aunque igualmente monstruosos en términos éticos, hubieran respondido a otra lógica de poder. Su capacidad para diseminar el terror consistía justamente en esta arbitrariedad que se erigía sobre la sociedad como amenaza constante, incierta y generalizada. Una vez que se ponía en funcionamiento el dispositivo desaparecedor, aunque se dirigiera inicialmente a un objetivo preciso, podía arrastrar en su mecanismo virtualmente a cualquiera.
Los campos, concebidos como depósitos de cuerpos dóciles que esperaban la muerte, fueron posibles por la
diseminación del terror
... "
un espacio de terror que no era ni de aquí, ni de allá, ni de parte algun
a
conocida... donde no estaban vivos ni tampoco muertos...
Y también allí quedaban atrapados los espíritus apenados de los parientes, los vecinos, los amigos."' Un terror que
se ejercía sobre toda la sociedad
, un terror que
se había adueñado de los hombres desde antes de su captura
y que se había
inscrito en sus cuerpos por medio de la tortura
y el arrasamiento de su individualidad. El hermano gemelo del terror es la
parálisis, el "anonadamiento''
del que habla Schreer. Esa parálisis, efecto del mismo dispositivo asesino del campo, es la que invade tanto a la sociedad frente al fenómeno de
la desaparición de personas como al prisionero dentro del campo
. Las largas filas de judíos entrando sin resistencia a los crematorios de Auschwitz, las filas de "trasladados" en los campos argentinos, aceptando dócilmente la inyección y la muerte, sólo se explican después del arrasamiento que produjo en ellos el terror.
El campo es efecto y foco de diseminación del terror generalizado de los Estados totalizantes.
La tortura, como "procedimiento de ingreso o admisión", despoja al recién llegado de todos sus apoyos anteriores, entre otros, cualquier contacto personal que pueda fortalecerlo; es la forma en que se lo procesa para aceptar las reglas del campo". Señala el antes y el después. De hecho, casi todos los testimonios pasan del relato del secuestro que corresponde al "afuera", al de la tortura, primer paso del "adentro". Los testimonios también señalan que durante el periodo de tortura, se mantenía a los prisioneros aislados en los cuartos cié interrogatorio, separados del resto; por lo general sólo cuando esta etapa inicial, de asimilación y si es posible de quiebre concluía, se los integraba a la cuadra, al lugar de depósito. En el testimonio de Geuna resulta evidente este antes y después, como un abismo que se abre frente a la persona, en su caso agudizado por la muerte de su marido en el momento de la detención. Al día siguiente de su captura, después de la tortura, "estaba a kilómetros de distancia de la militante que era el día anterior. Ahora mi esposo estaba muerto y yo sentía que no tenía fuerzas para resistir." Como ya se señaló, la tortura se había aplicado sistemáticamente en el país desde muchos años antes, pero los campos daban una nueva posibilidad: usarla de manera irrestricta e ilimitada. Es decir, no importaba dejar huellas, no importaba dejar secuelas o producir lesiones; no importaba siquiera matar al prisionero. En todo caso, si se evitaba su muerte era para no "desperdiciar" la información que pudiera tener. Lo ilimitado de los métodos se unía a su uso por un tiempo también ilimitado
En el caso argentino, la presencia constante de la institución militar en la vida política manifiesta una dificultad para ocultar el carácter violento de la dominación, que se muestra, que se exhibe como una amenaza perpetua, como un recordatorio constante para el conjunto de la sociedad.
"Aquí estoy, con mis columnas ele hombres y mis armas; véanme", dice el poder en cada golpe pero también en cada desfile patriótico.
Sin embargo, los uniformes, el discurso rígido y autoritario de los militares, los fríos comunicados difundidos por las cadenas de radio y televisión en cada asonada, no son más que la cara más presentable de su poder, casi podríamos decir su traje de domingo. Muestran un rostro rígido y autoritario, sí, pero también recubierto de un barniz de limpieza, rectitud y brillo del que carecen en el ejercicio cotidiano del poder, donde se asemejan más a crueles burócratas avariciosos que a los cruzados del orden y la civilización que pretenden ser.
Ese poder, cuyo núcleo duro es la institución militar pero que comprende otros sectores de la sociedad, que se ejerce en gobiernos civiles y militares desde la fundación de la nación, imitando y clonando a un tiempo, se pretende a sí mismo como total. Pero este intento de totalización no es más que una de las pretensiones del poder. "Siempre hay una hoja que se escapa y vuela bajo el sol." Las líneas de fuga, los hoyos negros del poder son innumerables, en toda sociedad y circunstancia, aun en los totalitarismos más uniformemente establecidos.
CARA VISIBLE
LA VANGUADIA ILUMINADA
Si ese núcleo duro exhibe una parte de sí, la "mostrable" que aparece en los desfiles, en el sistema penal, en el ejercicio legítimo de la violencia, también esconde otra, la "vergonzante", que se desaparecen el control ilícito de correspondencias y vidas privadas, en el asesinato político, en las prácticas de tortura, en los negociados y estafas.Siempre el poder muestra y esconde, y se revela a sí mismo tanto en lo que exhibe como en lo que oculta. En cada una de esas esferas se manifiestan aspectos aparentemente incompatibles pero entre los que se pueden establecer extrañas conexiones. Me interesa aquí hablar de la cara negada del poder, que siempre existió pero que fue adoptando distintas características.
Siempre el poder muestra y esconde, y se revela a sí mismo tanto en lo que exhibe como en lo que oculta. En cada una de esas esferas se manifiestan aspectos aparentemente incompatibles pero entre los que se pueden establecer extrañas conexiones
Las Patotas
La patota era el
grupo operativo
que "chupaba", es decir que realizaba la
operación de secuestro de los prisioneros
, ya fuera en la calle, en su domicilio o en su lugar de trabajo.
Ellos solo recibían la orden de a quién debían recibir la orden para secuestrar y dónde. Solo
planificaban y ejecutaban una acción militar
corriendo el menor riesgo posible. Como podía ser que el "blanco" estuviera armado y se defendiera, ante cualquier situación dudosa, la patota disparaba " en defensa propia" Si en cambio se planteaba un combate abierto podía pedir ayuda y entonces se producían los operativos espectaculares con camiones del Ejercito, helicópteros y decenas de soldados saltando y apostándose en las azoteas. En este caso se ponía en juego la llamada "superioridad táctica" de las fuerzas conjuntas. Pero por lo general realizaba tristes secuestros en los que entre cuatro, seis u ocho hombres armados "reducían" a uno, rodeándolo sin posibilidad de defensa y apaleándolo de inmediato para evitar todo nesgo, al más puro estilo de una auténtica patota.
Solían exagerar la "peligrosidad" de la víctima porque de esa manera su trabajo resultaba más importante y justificable. Según el esquema, según su propia representación, ellos se limitaban a detener delincuentes peligrosos y cometían "pequeñas infracciones" como quedarse con algunas pertenencias ajenas
En general, desconocían la razón del operativo, la supuesta importancia del "blanco" y su nivel de compromiso real o hipotético con la subversión.
"(Nosotros) entrábamos, pateábamos las mesas, agarrábamos de las mechas a alguno, lo metíamos en el auto y se acabó. Lo que ustedes no entienden es que la policía hace normalmente eso y no lo ven mal."

Salvadores de la Patria
Los Grupos de Inteligencia
Los grupos de inteligencia eran los que manejaban la información existente y de acuerdo con ella orientaban el "interrogatorio" (tortura) para que fuera productivo, o sea, arrojara información de utilidad. Este grupo recibía al prisionero, al "paquete", ya reducido, golpeado y sin posibilidad de defensa, y procedía a extraerle los datos necesarios para capturar a otras personas, armamento o cualquier tipo de bien útil en las tareas de contrainsurgencia. Justificaba su trabajo con el argumento de que el funcionamiento armado, clandestino y compartimentado de la guerrilla hacía imposible combatirla con eficiencia por medio de los métodos de represión convencionales; era necesario "arrancarle" la información que permitiría "salvar otras vidas".
Como resultado, después de hacer hablar al prisionero, los oficiales de inteligencia producían un informe que señalaba los datos obtenidos, la información que podía conducir a la "patota" a nuevos "blancos" y su estimación sobre el grado de peligrosidad y "colaboración" del "chupado".
"Yo capturo a un guerrillero, sé que pertenece a una organización (se podría agregar, o presumo y quiero confirmarlo, o pertenece a la periferia de esa organización, o es familiar de un guerrillero, o... ) que está operando y preparando un atentado terrorista en, por ejemplo, un colegio (jamás los guerrilleros argentinos hicieron atentados en colegios)... Mi obligación es obtener rápidamente la información para impedirlo... Hay que hacer hablar al prisionero de alguna forma. Ese es el tema y eso es lo que se debe enfrentar. La guerra subversiva es una guerra especial. No hay ética. El tema es si yo permito que el guerrillero se ampare en los derechos constitucionales u obtengo rápida información para evitar un daño mayor", señala Aldo Rico, perpetuo defensor de la "guerra sucia".
El detenido es despojado de su nombre y con un numero de identificación ,pasaba a ser uno más de los cuerpos que el aparato de vigilancia y mantenimiento del campo debía controlar.Las guardias internas no tenían conocimiento de quiénes eran los secuestrados ni por qué estaban allí. Tampoco tenían capacidad alguna de decisión sobre su suerte. Las guardias, generalmente constituidas por gente muy joven y de bajo nivel jerárquico, sólo eran responsables de hacer cumplir unas normas que tampoco ellas habían establecido, "obedecían órdenes".
La rigidez de la disciplina y la crueldad de) trato se "justificaba" por la alta peligrosidad de los prisioneros, de quienes muchas veces no ¡legaban a conocer ni siquiera sus rostros, eternamente encapuchados. Es interesante observar que todos ellos necesitaban creer que los "chupados"
eran subversivos, es decir menos que hombres
(según palabras del general Camps "no desaparecieron personas sino subversivos'"'), verdadera amenaza pública que era preciso exterminaren aras de un bien común incuestionable; sólo así podían convalidar su trabajo y desplegar en él la ferocidad de que dan cuenta los testimonios.

También hay que señalar que esta lógica se repetía punto por punto, en amplios sectores de la sociedad; la prensa de la época da cuenta de la "imperiosa necesidad" de erradicar la "amenaza subversiva" con métodos "excepcionales" de los que esos guardias eran parte. Un día, llegaba la orden de traslado con una lista, a veces elaborada incluso hiera del campo de concentración como en el caso de La Perla, y el guardia se limitaba a organizar una fila y entregar los "paquetes".



Los Guardias
Aquí los testimonios tienen lagunas. El secreto que rodeaba a los procedimientos de traslado hace que sea una de las partes del proceso que más se desconocen. Se sabe que estaban rodeados de una enorme tensión y violencia. En unos casos, se transportaba a los prisioneros lejos del campo, se los fusilaba, atados y amordazados, y se procedía al entierro y cremación de los cadáveres, o bien a tirar los cuerpos en lugares públicos simulando enfrentamientos
Pero el método que aparentemente se adoptó de manera masiva consistía en que el personal del campo inyectaba a los prisioneros con somníferos y los cargaba en camiones, presumiblemente manejados por personal ajeno al funcionamiento interno. La aplicación del somnífero arrebataba al prisionero su última posibilidad de resistencia pero también sus rasgos más elementales de humanidad: la conciencia, el movimiento. Los "bultos" amordazados, adormecidos, maniatados, encapuchados, los "paquetes" se arrojaban vivos al mar.
La autorización por parte de los superiores jerárquicos "legalizaba" los procedimientos, parecía justificarlos de manera automática, dejando al subordinado sin otra alternativa aparente que la obediencia. El hecho de formar parte de un dispositivo del cual se es sólo un engranaje creaba una sensación de impotencia que además de desalentar una resistencia virtualmente inexistente fortalecía la sensación de falta de responsabilidad. Los mecanismos para despojar a las víctimas de sus atributos humanos facilitaban la ejecución mecánica y rutinaria de las órdenes. En suma, un dispositivo montado para acallar conciencias, previamente entrenadas para el silencio, la obediencia y la muerte.
Los Desaparecedores de Cadáveres
Fraccionar el Trabajo

En suma, el dispositivo de los campos se encargaba de fraccionar, segmentarizar su funcionamiento para que nadie se sintiera finalmente responsable. "Mientras mayor sea la cantidad de personas involucradas en una acción, menor será la probabilidad de que cualquiera de ellas se considere un agente causal con responsabilidad moral."" La fragmentación del trabajo "suspende" la responsabilidad moral, aunque en los hechos siempre existen posibilidades de elección, aunque sean mínimas.
Somos compañeros, amigos, hermanos
Entre 1976 y 1982 funcionaron en Argentina
340 campos de concentración-exterminio
, distribuidos en todo el territorio nacional. Se registró su existencia en
11 de las 23 provincias argentinas
, que concentraron personas secuestradas en todo el país. Su magnitud fue variable, tanto por el número de prisioneros como por el tamaño de las instalaciones.
Se estima que por ellos pasaron
entre 15 y 20 mil personas
, de las cuales aproximadamente el
90 por ciento fueron asesinadas
. No es posible precisar el número exacto de desapariciones porque, si bien la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas recibió
8960 denuncias
, se sabe que muchos de los casos no fueron registrados por los familiares. Lo mismo ocurre con un cierto número de sobrevivientes que, por temor u otras razones, nunca efectuaron la denuncia de su secuestro.
No parece descabellado, por lo tanto, hablar de
1 5 o 20 mil víctimas
a nivel nacional y durante todo el periodo. Algunas entidades de defensa de los derechos humanos, como
las Madres de Plaza de Mayo, se refieren a una cifra total de 30 mil desaparecidos
.
Diez, veinte, treinta mil torturados, muertos, desaparecidos... En estos rangos las cifras dejan de tener una significación humana. En medio de los grandes volúmenes los hombres se transforman en números constitutivos de una cantidad, es entonces cuando se pierde la noción de que se está hablando de individuos. La misma masificación del fenómeno actúa deshumanizándolo, convirtiéndolo en una cuestión estadística, en un problema de registro. Como lo señala Todorov, "un muerto es una tristeza, un millón de muertos es una información"'. Las larguísimas listas de desaparecidos, financiadas por los organismos de derechos humanos, que se publicaban en los periódicos argentinos a partir de 1980, eran un recordatorio de que cada línea impresa, con un nombre y un apellido representaba a un hombre de carne y hueso que había sido asesinado. Por eso eran tan impactantes para la sociedad. Por eso eran tan irritativas para el poder militar
Dentro de los campos de concentración se mantenía la organización jerárquica, basada en las líneas de mando, pero era una estructura que se superponía con la preexistente. En consecuencia, solía suceder que alguien con un rango inferior, por estar asignado a un grupo de tareas, tuviera más información y poder que un superior jerárquico dentro de la cadena de mando convencional. No obstante, se buscó intencionalmente una extensa participación de los cuadros en los trabajos represivos para ensuciar las manos de todos de alguna manera y comprometer personalmente al conjunto con la política institucional
La Orden Autorizada

La Particularidad de Golpe
Sobras del Peronismo, Fuerzas Armadas a "Salvar" de nuevo
La Tortura
Aquí Calveiro intenta explicare cómo eran los campos de concentración y cómo era la vida del prisionero dentro de ellos, para mirar el rimbombante poder militar desde ese lugar oculto y negado.
En general funcionaban disimulados dentro de una dependencia militar o policial. A pesar de que se sabía de su existencia, los movimientos de las patotas se trataban de disimular como parte de la dinámica ordinaria de dichas instituciones. No obstante se trataba de un secreto en el que no se ponía demasiado empeño. Los vecinos de la Mansión Seré cuentan que oían los gritos y veían "movimientos extraños". La Aeronáutica hizo funcionar un centro clandestino de detención en el policlínico Alejandro Posadas. Los movimientos ocurrían a la vista tanto de los empleados como de las personas que se atendían en el establecimiento, "ocasionando un generalizado terror que provocó el silencio de todos"'6. En efecto, es preciso mostrar una fracción de lo que permanece oculto para diseminar el terror, cuyo efecto inmediato es el silencio y la inmovilidad.
Para el funcionamiento del campo de concentración no se requerían grandes instalaciones. Se habilitaba alguna oficina para desarrollar las actividades de inteligencia, uno o varios cuartos para torturar a los que solían llamar "quirófanos", a veces un cuarto que funcionaba como enfermería y una cuadra o galerón donde se hacinaba a los prisioneros.

La población masiva de los campos estaba conformada por militantes de las organizaciones armadas, por sus periferias, por activistas políticos de la izquierda en general, por activistas sindicales y por miembros de los grupos de derechos humanos. Pero cabe señalar que, si en la búsqueda de estas personas las fuerzas de seguridad se cruzaban con un vecino, un hijo o el padre de alguno de los implicados que les pudiera servir, que les pudiera perjudicar o que simplemente fuera un testigo incómodo, ésta era razón suficiente para que dicha persona, cualquiera que fuera su edad, pasara a ser un "chupado" más, con el mismo destino final que el resto.

Existieron incluso casos de personas secuestradas simplemente por presenciar un operativo que se pretendía mantener en secreto, y que luego fueron asesinados con sus compañeros casuales de cautiverio.

Si bien el grupo mayoritario entre los prisioneros estaba formado por militantes políticos y sindicales, muchos de ellos ligados a las organizaciones armadas, y si bien las víctimas casuales constituían la excepción (aunque llegaron a alcanzar un número absoluto considerable), también se registraron casos en donde el dispositivo concentracionario sirvió para canalizar intereses estrictamente delictivos de algunos sectores militares, que "desaparecían" personas para cobrar un rescate o consumar una venganza personal

Cuando el "chupado" llegaba al campo de concentración, casi invariablemente era sometido a tormento. Una vez que concluía el periodo de interrogatorio-tortura, generalmente herido, muy dañado física, psíquica y espiritualmente, pasaba a incorporarse a la vida cotidiana del campo.
De los testimonios se desprende un modelo de organización física del espacio, con dos variables fundamentales para el alojamiento de los presos: el sistema de celdas y el de cuchetas, generalmente llamadas cuchas. Las cuchetas eran compartimentos de madera aglomerada, sin techo, de unos 80 centímetros de ancho por 200 centímetros de largo, en las que cabía una persona acostada sobre un colchón de goma espuma.
Los tabiques laterales tenían alrededor de 80 centímetros de alto, de manera que impedían la visibilidad de la persona que se alojaba en su interior, pero permitían que el guardia estando parado o sentado pudiera verlas a todas simultáneamente, símil de un pequeño panóptico. Dejaban una pequeña abertura al frente por la que se podía sacar al prisionero.
Por su parte, las celdas podían ser para una o dos personas, aunque solían alojar a más. Sus dimensiones eran aproximadamente de 2.50 x 1.50 metros y también estaban provistas de un colchón semejante, una puerta y, en la misma, una mirilla por la que se podía ver en cualquier
momento el interior.
En suma, un sistema de compartimentos o contenedores, ya fueran de material o madera, para guardar y controlar cuerpos, no hombres, cuerpos.


Los detenidos estaban permanentemente encapuchados o "tabicados", es decir con los ojos vendados, para impedir toda visibilidad. Cualquier transgresión a esa norma era severamente castigada. También estaban esposados, o con grilletes, como en la Escuela de Mecánica de la Armada y La Perla, o atados por los pies a una cadena que sujetaba a todos los presos, corno en Campo de Mayo. Esto variaba de acuerdo con el campo, pero la idea era que existiera algún dispositivo que limitara su movilidad.
Entre la Vida y la Muerte
CAMPOS DE CONCENTRACION
Objetivo del Exterminio y la desaparición
El Terror
Desde la izquierda o el peronismo buscaban, básicamente, una sociedad mejor. En el lenguaje de la época, la "patria socialista" quería decir, sustancialmente, mayor justicia social, mejor distribución de la riqueza, participación política.
Pretendían ser la vanguardia que abriría el camino, aun a costa de su propio sacrificio, para una Argentina más incluyente.

Durante los primeros años de actividad, entre 1970 y 1974, la guerrilla tendía a seleccionar de manera muy política los blancos del accionar armado, pero a medida que la práctica militar se intensificó, el valor efectista de la violencia multiplicó engañosamente su peso político real; la lucha armada pasó a ser la máxima expresión de la política primero, y la política misma más tarde.

La influencia del peronismo en las
Organizaciones Armadas Peronistas,
y su práctica de base creciente entre los años 1972 y 1974, las había llevado a una concepción necesariamente mestiza entre el foquismo y el populismo, más rica y compleja. Pero esta apertura se fue desvirtuando y empobreciendo a medida que Montoneros se distanciaba del movimiento peronista y crecía su aislamiento político general.
El proceso de militarización de las organizaciones y la consecuente desvinculación de la lucha de masas tuvieron dos vertientes principales: por una parte el intento de construir, como actividad prioritaria, un ejército popular que se pretendía con las mismas características de un ejército regular, por la otra la represión que, sobre todo en el caso de
Montoneros
, la fue obligando a abandonar el amplio trabajo de base desarropado entre 1972 y 1974.


La militarización, y un conjunto de fenómenos colaterales pero no menos importantes, como la falta de participación de los militantes en la toma de decisiones, el autoritarismo de las conducciones y el acallamiento del disenso -fenómenos que se registraron en muchas de las guerrillas latinoamericanas- debilitaron internamente a las organizaciones guerrilleras. Lo cierto es que su proceso de descomposición estaba bastante avanzado cuando se produjo el golpe militar de 1976. La guerrilla había comenzado a reproducir en su interior, por lo menos en parte, el poder autoritario que intentaba cuestionar.

Las armas son potencialmente "enloquecedoras": permiten matar y, por lo tanto, crean la ilusión de control sobre la vida y la muerte
. Como es obvio, no tienen por sí mismas signo político alguno pero puestas en manos de gente muy joven que además, en su mayoría, carecía de una experiencia política consistente funcionaron como una muralla de arrogancia y soberbia que encubría, sólo en parte, una cierra ingenuidad política.

Frente a un Ejército tan poderoso como el argentino, en 1974 los guerrilleros ya no se planteaban ser francotiradores, debilitar, fraccionar y abrir brechas en él; querían construir otro de semejante o mayor potencia, igualmente homogéneo y estructurado. Poder contra poder. La guerrilla había nacido como forma de resistencia y hostigamiento contra la estructura monolítica militar pero ahora aspiraba a parecerse a ella y disputarle su lugar. Se colocaba así en el lugar más vulnerable; las Fuerzas Armadas respondieron con todo su potencial de violencia.


La persecución que se desató contra las organizaciones sociales y políticas de izquierda en general y contra las organizaciones armadas en particular, después de la breve "primavera democrática", partió, en primer lugar, de la derecha del movimiento peronista, ligada con importantes sectores del aparato represivo. Ya en octubre de 1973, comenzó el accionar público de la
Alianza Anticomunista Argentina o Triple A (AAA)
, dirigida por el ministro de Bienestar Social, José López Rega, y claramente protegida y vinculada con los organismos de seguridad.' A partir de la muerte de Perón, desatada la pugna por la "sucesión política" dentro del peronismo, su accionar se aceleró. Entre julio y agosto de 1 974 se contabilizó un asesinato de la AAA cada 9 horas". Para septiembre de 1974 habían muerto, en atentados de esa organización, alrededor de 200 personas. Se inició entonces la práctica de la desaparición de personas.
guerrilla multiplicó las acciones armadas, aunque nunca alcanzó el número ni la brutalidad del accionar paramilitar-por ejemplo, jamás practicó la tortura, que fue moneda corriente en las acciones de la AAA. Se desató entonces una verdadera escalada de violencia entre la derecha y la izquierda, dentro y fuera del peronismo.

Cuando se produjo el golpe de 1976 -que implicó la represión masificada de la guerrilla y de toda oposición política, económica o de cualquier tipo, con una violencia inédita-, al desgaste interno de las organizaciones y a su aislamiento se sumaban las bajas producidas por la represión de la Triple A. Sin embargo, tanto
ERP
como Montoneros se consideraban a sí mismas indestructibles y concebían el triunfo final como parte de un destino histórico prefijado.

A partir del 24 de marzo, la política de desapariciones de la AAA tomó el carácter de modalidad represiva oficial, abriendo una nueva época en la lucha contrainsurgente. En pocos meses, las Fuerzas Armadas destruyeron casi totalmente al ERP y a las regionales de Montoneros que operaban en Tucumán y Córdoba. Los promedios de violencia de ese año indicaban un asesinato político cada cinco horas, una bomba cada tres y 15 secuestros por día, en el último trimestre del año. La inmensa mayoría de las bajas correspondía a los grupos militantes; sólo Montoneros perdió, en el lapso de un año, 2 mil activistas, mientras el ERP desapareció.

Además, existían en el país entre
5 y 6 mil presos políticos, de acuerdo con los informes de Amnistía Internacional.

La fidelidad a los principios originarios del movimiento, para entonces bastante desvirtuados, fue una parte; la sensación de haber emprendido un camino sin retorno hizo el resto. Los militantes que siguieron hasta el fin, lo que en la mayoría de los casos significó su propio fin, estaban atrapados entre una oscura sensación de deuda moral o culpa con sus propios compañeros muertos, una construcción artificial de convicciones políticas que sólo se sostenía en la dinámica interna de las organizaciones, la situación represiva externa que no reconocía deserciones ni "arrepentimientos" y la propia represión de la organización que castigaba con la muerte a los desertores.

Estas fueron las condiciones en las que cayeron en manos de los militares para ir a dar a los numerosos campos de concentración-exterminio. Como es evidente, no se trataba de las mejores circunstancias para soportar la muerte lenta, dolorosa y siniestra de los campos, ni mucho menos la tortura indefinida e ilimitada que se practicaba en ellos. Los militantes caían agotados. El manejo de concepciones políticas dogmáticas como la infalibilidad de la victoria, que se deshacían al primer contacto con la realidad del "chupadero"; la sensación de acorralamiento creciente vivida durante largos meses de pérdida de los amigos, de los compañeros, de las propias viviendas, de todos los puntos de referencia; la desconfianza latente en las conducciones, mayor a medida que avanzaba el proceso de destrucción; 1^ soledad personal en que los sumía la clandestinidad, cada vez más dura; la persistencia del lazo político con la organización por temor o soledad más que por convicción, en buena parte de los casos; el resentimiento de quienes habían roto sus lazos con las organizaciones pero por la falta de apoyo de éstas no habían podido salir del país; las causas de la caída, muchas veces asociadas con la delación, eran sólo algunas de las razones por las que el militante caía derrotado de antemano.

Poder Y Desaparición
El poder, a la vez individualizante y totalitario, cuyos segmentos molares están inmersos en el caldo molecular que los alimenta es, antes que nada, un multifacético mecanismo de represión.
Las relaciones de poder que se entretejen en una sociedad cualquiera, las que se fueron estableciendo y reformulando a lo largo de este siglo en Argentina y de las que se habló al comienzo son el conjunto de una serie de enfrentamientos, las más de las veces violentos y siempre con un fuerte componente represivo. No hay poder sin represión pero, más que eso, se podría afirmar que la represión es el alma misma del poder. Las formas que adopta lo muestran en su intimidad más profunda, aquella que, precisamente porque tiene la capacidad de exhibirlo, hacerlo obvio, se mantiene secreta, oculta, negada.




Ese poder, cuyo
núcleo duro es la institución militar
pero que comprende otros sectores de la sociedad, que se ejerce en gobiernos civiles y militares desde la fundación de la nación, imitando y clonando a un tiempo, se pretende a sí mismo como total. Pero este
intento de totalización
no es más que una de las
pretensiones del poder
.
"Siempre hay una hoja que se escapa y vuela bajo el sol." Las líneas de fuga,

los hoyos negros del poder son innumerables, en toda sociedad y circunstancia, aun en los totalitarismos más uniformemente establecidos.

Es por eso que
para describir la índole específica de cada poder es necesario referirse no sólo a su núcleo duro,
a lo que él mismo acepta como constitutivo de sí,
sino a lo que excluye y a lo que se le escapa, a aquello que se fuga de su complejo sistema, a la vez central y fragmentario.
Allí cobra sentido la función represiva que se despliega para controlar, apresar, incluir a todo lo que se le fuga de ese modelo pretendidamente total. La exclusión no es más que un forma de inclusión, inclusión de lo disfuncional en el lugar que se le asigna. Por eso, los mecanismos y las tecnologías de la represión revelan la índole misma del poder, la forma en que éste se concibe a sí mismo, la manera en que incorpora, en que refuncionaliza y donde pretende colocar aquello que se le escapa, que no considera constitutivo.
La represión, el castigo, se inscriben dentro de los procedimientos del poder y reproducen sus técnicas, sus mecanismos
Linea de Fuga
Desaparición
La
desaparición
no es un eufemismo sino una alusión literal:
una persona que a partir de determinado momento desaparece, se esfuma, sin que quede constancia de su vida o de su muerte.
No hay cuerpo de la víctima ni del delito. Puede haber testigos del secuestro y presuposición del posterior asesinato pero no hay un cuerpo material que dé testimonio del hecho.
La desaparición, como
forma de represión política
, apareció después del
golpe de 1966
. Tuvo en esa época un carácter esporádico y muchas veces los ejecutores fueron grupos ligados al poder pero no necesariamente los organismos destinados a la represión institucional.
No obstante, ya entonces, cuando en febrero de 1975 por decreto del poder ejecutivo se dio la orden de aniquilar la guerrilla, a través del
Operativo Independencia
se inició en Tucumán
una política institucional de desaparición de personas,
con el silencio y el consentimiento del gobierno peronista, de la oposición radical y de amplios sectores de la sociedad.
En ese momento aparecieron las primeras instituciones ligadas indisolublemente con esta modalidad represiva: l
os campos de concentración-exterminio.
Es decir que la figura de la desaparición, como tecnología del poder instituido, con su correlato institucional, el entripo de concentración-exterminio hicieron su aparición estando en vigencia las llamadas instituciones democráticas y dentro de la administración peronista de Isabel Martínez. Sin embargo, eran entonces apenas una de las tecnologías de lo represivo.

El golpe de 1976 representó un cambio sustancial: la desaparición y el campo de concentración-exterminio dejaron de ser una de las formas de la represión para convertirse en la modalidad represiva del poder, ejecutada de manera directa desde las instituciones militares. Desde entonces, el eje de la actividad represiva dejó de girar alrededor cié las cárceles para pasar a estructurarse en torno al sistema de desaparición de personas, que se montó desde y dentro de las Fuerzas Armadas.
Parto de la idea de que el Proceso de Reorganización Nacional no fue una extraña perversión, algo ajeno a la sociedad argentina y a su historia, sino que forma parte de su trama, está unido a ella y arraiga en su modalidad y en las características del poder establecido.Sin embargo, afirmo también que el Proceso no representó una simple diferencia de grado con respecto a elementos preexistentes, sino una reorganización de los mismos y la incorporación de otros, que dio lugar a nuevas formas de circulación del poder dentro de la sociedad. Lo hizo con una modalidad represiva: los campos de concentración-exterminio.Los campos de concentración, ese secreto a voces que todos temen, muchos desconocen y unos cuantos niegan, sólo es posible cuando el intento totalizador del Estado encuentra su expresión molecular, se sumerge profundamente en la sociedad, perméandola y nutriéndose de ella. Por eso son una modalidad represiva específica, cuya particularidad no se debe desdeñar. No hay campos de concentración en todas las sociedades. Hay muchos poderes asesinos, casi se podría afirmar que todos lo son en algún sentido. Pero no todos los poderes son concentracionarios. Explorar sus características, su modalidad específica de control y represión es una manera de hablar de la sociedad misma y de las características del poder que entonces se instauró y que se ramifica y reaparece, a veces idéntico y a veces mutado, en el poder que hoy circula y se reproduce.No existen en la historia de los hombres paréntesis inexplicables. Y es precisamente en los periodos de "excepción", en esos momentos molestos y desagradables que las sociedades pretenden olvidar, colocar entre paréntesis, donde aparecen sin mediaciones ni atenuantes, los secretos y las vergüenzas del poder cotidiano. El análisis del campo de concentración, como modalidad represiva, puede ser una de las claves para comprender las características de un poder que circuló en todo el tejido social y que no puede haber desaparecido. Si la ilusión del poder es su capacidad para desaparecerlo disfuncional, no menos ilusorio es que la sociedad civil suponga que el poder desaparecedor desaparezca, por arte de una magia inexistente.
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