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EL CONTEXTO HISTÓRICO DEL ANTIGUO TESTAMENTO

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by

christian alava castelo

on 15 October 2014

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EL CONTEXTO HISTÓRICO DEL ANTIGUO TESTAMENTO
El Éxodo
La Monarquía:
Exilio de Israel
Época helenística
Origen y Finalidad del Antiguo Testamento
El AT se formó en el devenir de la historia del pueblo de Israel.
Su mensaje hace referencia a acontecimientos concretos y a relatos históricos.
Su objetivo es presentar el testimonio de la fe de un pueblo.
La finalidad de los escritos bíblicos no es hacer un recuento detallado de los sucesos de Israel, sino preservar, afirmar y celebrar la fe de esa comunidad
El Comienzo:
Los Patriarcas
Período de los Jueces
La Monarquía:
Época persa,
La Historia Primitiva
(+2400 a.C.)
Génesis 1-11
Se denomina comúnmente como la historia primitiva o
«primigenia»
.
Presenta un panorama amplio de la humanidad, desde la creación del mundo hasta Abraham.
Objetivo:

mostrar la condición humana.
Génesis 1-11
Aunque al ser humano le corresponde un sitial de honor por ser creado
«a imagen de Dios » (1.27)
, su desobediencia permitió la entrada del sufrimiento y la muerte en la historia.
La actitud de Adán, Eva, Caín y sus descendientes, y las naciones que quisieron edificar
«una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo» (11.4)
afectó adversamente los lazos de fraternidad entre los seres humanos y, además, interrumpió la comunión entre éstos y Dios.
(2200-1700 a.C.)
Génesis 12-50
Se presentan los orígenes del pueblo de Israel.
Comienza con Abraham, Isaac y Jacob.
Continúa con la historia de los hijos de Jacob (Israel), José y sus hermanos.
Prosigue con la emigración de Jacob y su familia a Egipto; y finaliza con la vida de los descendientes de Jacob (Israel) en ese país.
En la Biblia, la historia del pueblo de Dios comienza esencialmente con los relatos de los patriarcas y matriarcas de Israel.
Génesis 12-50
Es difícil describir plenamente la fe de los patriarcas. Quizá consistiera en un tipo especial de religión familiar o tribal, a cuyo dios se le conocía como
«el Dios de los padres»
, o Dios de Abraham, Isaac y Jacob (Israel) (Gn 31.29, 42, 53; 46.1).
El Dios de los patriarcas no estaba ligado a ningún santuario; se manifestaba al líder familiar o tribal y le prometía orientación, protección, descendencia y posesión de la tierra (Gn 12.7; 28.15,20).
Génesis 12-50
Desde la época de José (c. siglo 17 a.C.) hasta la de Moisés (c.13 a.C.), no se sabe mucho sobre el pueblo de Israel y sus antepasados. En esos 400 años, la situación política y social del Próximo Oriente Antiguo varió considerablemente.
Los egipcios comenzaron un período de prosperidad y renacimiento, luego de derrotar y expulsar a los hicsos, pueblo semita que había llegado del desierto. Palestina dependía políticamente de Egipto.
Mesopotamia estaba dividida: la parte Sur regida por los herederos del imperio antiguo; la Norte dominada por los asirios, quienes resurgen como una potencia política considerable (siglo 14 a.C.)
Génesis 12-50
Los hicsos gobernaban Egipto (1730-1550 a.C.) cuando el grupo de Jacob llegó a esas tierras.
Cuando los egipcios se liberaron y expulsaron a sus gobernantes (1550 a.C.), muchos extranjeros fueron convertidos en esclavos. La frase
«se levantó sobre Egipto un nuevo rey que no conocía a José»
(Ex 1.8) es una posible alusión a la nueva situación política que afectó adversamente a los grupos hebreos que vivían en Egipto (Ex 1.11).
Moisés y la liberación de
Egipto
(1500-1220 a.C.)
Tres tradiciones fundamentales, que le dieron razón de ser al futuro pueblo de Israel y contribuyeron al desarrollo de la conciencia nacional, se formaron entre los siglos 15-13 a.C.:
La promesa a los patriarcas
La liberación de la esclavitud de Egipto,
La manifestación en el Sinaí.
Moisés enlaza la fe de Abraham, Isaac y Jacob, la liberación de Egipto, el peregrinar por el desierto y la entrada
a Canaán.
Dios llamó a Moisés en el desierto y le encargó liberar al pueblo de la esclavitud de Egipto (Ex 3).
Esta misión se ve como la respuesta de Dios a la alianza (o pacto) y promesa hecha a los patriarcas (Ex 3.1-4,17; 6.2-7,13; 2.24).
A Moisés se le reveló «El Dios de los antepasados» es el Señor (Yavé, «YO SOY EL QUE SOY», Ex 3.14-15).
Luego del enfrentamiento con el faraón, Moisés y los israelitas salieron de Egipto.
Esta experiencia de liberación se convirtió en un fundamento de la fe del pueblo de Israel (Ex 20.2; Sal 81.10; Os 13.4; Ez 20.5).
La experiencia fundamental del pueblo en su viaje a Canaán fue la alianza o pacto en el Sinaí.
La Alianza:
revela la relación entre el Señor y su pueblo (Ex 19.5-6)
Se describe en el Decálogo/Diez mandamientos (Ex 20.1-17), y en el llamado Código de la Alianza (Ex 20.22—23.19).
Luego de morir Moisés, Josué se convirtió en el líder del grupo de hebreos que habían salido de Egipto (c.1220 a.C.).
La conquista de Canaán se llevó a cabo desde el este, a través del río Jordán, comenzando con la ciudad de Jericó (Jos 6).
Fue un proceso paulatino, que en algunos lugares tuvo un carácter belicoso y en otros se efectuó de forma pacífica y gradual.
La conquista no eliminó por completo la población cananea (Jue 2.21-23; 3.2).
(1200-1050 a.C.)
El período de los jueces puede estimarse con bastante precisión entre 1200 y 1050 a.C.
A la conquista y toma de Canaán, le siguió una época de organización progresiva del territorio.
Ese período fue testigo de una serie de conflictos entre los grupos hebreos —que estaban organizados en una confederación de tribus o clanes— y las ciudades estado cananeas.
Finalmente los antepasados de Israel se impusieron a sus adversarios y los redujeron a servidumbre (Jue 1.28; Jos 9).
El período de los jueces se caracterizó por la falta de unidad y organización política entre los grupos hebreos.
Los israelitas estaban en un proceso de sedentarización y cambio a nuevas formas de vida, particularmente en la agricultura. Durante ese período se fueron asimilando paulatinamente la cultura y las formas de vida cananeas.
Esa asimilación produjo prácticas sincretistas en el pueblo hebreo: la religión de Yavé — el Dios hebreo de la liberación de Egipto— incorporó prácticas cananeas relacionadas con Baal –el señor de la tierra, quien garantizaba la fertilidad y las cosechas abundantes.
Saúl, David, Salomón
(1050-931 a.C.)
A fines del siglo 11 a.C., los filisteos ya se habían expandido a través de la mayor parte de Palestina; habían capturado el cofre del pacto o de la alianza, y habían tomado la ciudad de Silo (1 S 4).
Esa situación obligó a los israelitas a organizar una acción conjunta bajo un liderato estable. Ante esa realidad se formó, por imperativo de la política exterior, la monarquía de Israel (1 S 8-12)
Samuel es el último de los jueces (1 S 7.2-17) y, además, se le reconoce como profeta y sacerdote.
Los primeros dos reyes de Israel fueron ungidos por él: Saúl (1 S 10) y David (1 S 16.1-13).
El reino de Israel alcanzó su máximo esplendor bajo el liderazgo de David (1010-970 a.C.).

La consolidación del poder se debió no solo a la astucia política y la capacidad militar del monarca, sino a la decadencia de los grandes imperios en Egipto y Mesopotamia.
Con David comenzó la dinastía real en Israel (2 S 7).
Salomón sucedió a David en el reino, luego de un período de intrigas e incertidumbre (1 R 1).
Su reinado (970-931 a.C.) se caracterizó por el apogeo comercial (1 R 9.26--10.29) y las grandes construcciones. Las relaciones comerciales a nivel internacional le procuraron riquezas (1 R 9.11, 26-28; 10.1-21).
Construyó el templo de Jerusalén (1 R 6-8), que adquirió dignidad de santuario nacional y, en el mismo, los sacerdotes actuaban como funcionarios del reino (1 R 4.2).
En toda la historia de Israel ningún rey ha alcanzado mayor fama y reputación que Salomón (cf. Mt 6.29).
Rey David, Betzabeth y Salomón
El profetismo
surge en paralelo a la institución de la monarquía en Israel.
El profetismo nació con la monarquía, pues esencialmente es un movimiento de oposición a los reyes.
Cuando la monarquía dejó de existir (durante el exilio en Babilonia), la institución profética se transformó para responder a la nueva condición social, política y religiosa del pueblo.
Profeta Samuel
Jonathan y El Rey Saul
El Reino Dividido
(931-587 a.C.)
El imperio creado por David comenzó a fragmentarse duran te el reinado de Salomón.
En las zonas más extremas del reino (1 R 11.14-40), se sintió la inconformidad con las políticas reales.
Las antiguas rivalidades entre el norte y el sur comenzaron a surgir nuevamente.
Luego de la muerte de Salomón el reino se dividió:
Jeroboam llegó a ser el rey de Israel
Roboam, reinó en Judá, con capital en Jerusalén (1 R 12).
El antiguo reino unido se separó, y los reinos del norte (Israel) y del sur (Judá) subsistieron durante varios siglos como estados independientes y soberanos.
La ruptura fue inevitable en el 931 a.C. El profeta Isaías (Is 7.17) interpretó ese acontecimiento como una manifestación del juicio de Dios.
El reino de Judá subsistió durante más de tres siglos (hasta el 587 a.C).
Jerusalén continuó como su capital, y siempre reinó un heredero de David.
El reino del norte no gozó de tanta estabilidad.
Tuvo varias “capitales”: Siquem, Penuel (1 R 12.25), Tirsa (1 R 14.17; 15.21,33), y Samaria (1 R 16.24).
No pudo formar dinastías, y sus reinados finalizaban violentamente (1 R 15.25-27; 16.8-9,29).
Los profetas, implacables críticos de la monarquía, contribuyeron, sin duda, a la desestabilización de las dinastías.
La destrucción del reino de Israel por los asirios se efectuó de forma paulatina y cruel:
Se exigió tributo a Menahem (2 R 15.19-20)
Se redujeron las fronteras del estado y se instaló a un rey sometido a Asiria (2 R 15.29-31)
Se integró todo el reino al sistema de provincias asirias, se abolió toda independencia política, se deportaron ciudadanos y se instaló una clase gobernante extranjera (2 R 17).

Con la destrucción del reino del norte, Judá asumió el nombre de “Israel”
El imperio asirio continuó ejerciendo su poder en Palestina hasta que fueron vencidos por los medos y los caldeos (babilonios). El faraón Necao de Egipto trató infructuosamente de impedir la decadencia asiria. En la batalla de Meguido murió el rey Josías (2 Cr 35.20-27; Jer 22.10-12) famoso por introducir una serie impor tante de reformas en el pueblo (2 R 23.4-20); su sucesor Joacaz, fue posteriormente desterrado a Egipto.
Nabucodonosor, emperador babilonio, triunfó sobre el ejército egipcio en la batalla de Carquemis (605 a.C.), y conquistó a Jerusalén (597 a.C.).
En el 587 a.C. los ejércitos babilónicos sitiaron y tomaron a Jerusalén, y comenzó el período conocido como el exilio en Babilonia.
Esa derrota de los judíos ante Nabucodonosor significó:
La pérdida de la independencia política
El colapso de la dinastía davídica (ver 2 S 7)
La destrucción del templo y de la ciudad (ver Sal 46; 48), y la expulsión de la Tierra prometida.
(587-538 a.C.)
Con
Judá

conquistada
, los babilonios nos impusieron gobernantes extranjeros.
Judá quedó
incorporada

a la provincia babilónica de Samaria
.
El país estaba en ruinas
A la conquista se unió el saqueo de los países de Edom (Abd 11) y Amón (Ez 25.1-4).
Aunque la mayoría de la población permaneció en Palestina, un núcleo considerable del pueblo fue llevado al destierro.
Los babilonios permitieron a los exiliados
Tener familia, construir casas, cultivar huertos (Jer 29.5-7)
Consultar a sus propios líderes y ancianos (Ez 20.1-44)
Vivir juntos en Tel Abib (a orillas del río Quebar; ver Ez 3.15; Sal 137.1).
Los judíos de la diáspora se acostumbraron a la nueva situación política y social
Las prácticas religiosas se convirtieron en el mayor vínculo de unidad en el pueblo.
El período exílico (587-538 a.C.), se caracterizó por el dolor y el desarraigo, produjo una intensa actividad religiosa y literaria.
Se puso por escrito y se reunieron muchas tradiciones religiosas del pueblo.
Los sacerdotes —importantes líderes en la comunidad judía luego de la destrucción del templo—contribuyeron a formar las bases para el desarrollo posterior del judaísmo.
Ciro, el rey de Anshán, fue una esperanza de liberación para los judíos deportados en Babilonia (Is 44.21-28; 45.1-7).
Ascendió al trono persa (559-530 a.C.)
Fundó la reino medo-persa, con capital en Ecbatana (553 a.C.)
Sometió a Asia Menor, con su victoria sobre el rey de Lidia (546 a.C.), y
Venció a Babilonia (539 a.C.).
Afirmó la política oficial persa de tolerancia religiosa.
En el 538 a.C., promulgó el edicto que puso fin al exilio.
en Babilonia
(538-333 a.C.)
El edicto de Ciro (dos versiones en la Biblia: Esd 1.2-4; 6.3-5)
Permitió a los deportados regresar a Palestina y reconstruir el templo de Jerusalén (con la ayuda del imperio persa).
Permitió la devolución de los utensilios sagrados que habían sido llevados a Babilonia por Nabucodonosor.
Con el paso del tiempo, se deterioró la situación política, social y religiosa de Judá.
Factores agravantes: dificultades económicas en la región; divisiones en la comunidad; y la hostilidad de los samaritanos.
Nehemías, copero del rey Artajerjes I, tuvo noticias de Jerusalén en 445 a.C., y solicitó ser nombrado gobernador de Judá para ayudar a su pueblo.
Su reforma fue desde la reconstrucción de las murallas de la ciudad hasta la reestructuración de la comunidad judía postexílica (Neh 10).
Esdras fue un líder religioso.

Era sacerdote, y fue nombrado
«maestro instruido en la ley del Dios del cielo»
: así podía, a nombre del imperio persa, enseñar y hacer cumplir las leyes judías en
«la provincia al oeste del río Éufrates»
(Esd 7.12-26).
Su actividad se desarrolló en Judá, a partir del 458 a.C. —el séptimo año de Artajerjes I (Esd 7.7).
Esdras
contribuyó a fortalecer la importancia de la ley en la comunidad judía postexílica.
Con su reforma
(religiosa y moral)
, los judíos se convirtieron en
«el pueblo del Libro».

Las leyendas y tradiciones judías comparan a Esdras con Moisés.
Restauración
El retorno a Palestina fue paulatino.
Muchos judíos prefirieron quedarse en la diáspora, particularmente en Persia, donde prosperaron económicamente y, con el tiempo, desempeñaron funciones de importancia en el imperio.
El primer grupo de repatriados llegó a Judá dirigidos por Sesbasar (Esd 1.5-11), quien era funcionario de las autoridades persas.
Luego se reedificó el templo (520-515 a.C.) bajo el liderazgo de Zorobabel y el sumo sacerdote Josué (Esd 3-6), con la ayuda de los profetas Hageo y Zacarías.
(333-63a.C.)
El dominio persa en Palestina (539-333 a.C.) finalizó con las victorias de Alejandro Magno (334-330 a.C.), quien inauguró la era helenista o la época griega (333-63 a.C.).
Después de la muerte de Alejandro (323 a.C.), sus sucesores no pudieron mantener unido el imperio.
Palestina quedó dominada primeramente por el imperio egipcio de los tolomeos o lágidas (301-197 a.C.); posteriormente, por el imperio de los seléucidas.
En 164 a.C.: el grupo de Judas Macabeo tomó el templo de Jerusalén y lo rededicó al Señor.
La fiesta de la Dedicación o Hanukká (ver Jn 10.22) recuerda esa gesta. Con el triunfo de la revolución de los macabeos comenzó el período de independencia judía.
Juan Hircano I (134-104 a.C.) fundó la dinastía asmonea.
Durante este período, Judea expandió sus límites territoriales; al mismo tiempo, vivió una época de disturbios e insurrecciones.
63 a.C.: El general romano Pompeyo conquistó a Jerusalén, y reorganizó Palestina y Siria como una provincia romana.
La vida religiosa judía estaba dirigida por el sumo sacerdote, quien, a su vez, estaba sujeto a las autoridades romanas.
La época del Nuevo Testamento coincidió con la ocupación romana de Palestina.
Esa situación perduró hasta que comenzaron las guerras judías de los años 66-70 d.C., que desembocaron en la destrucción del segundo templo y de la ciudad de Jerusalén.
Este fue el tiempo cuando judíos en la diáspora vieron necesaria la traducción del Antiguo Testamento al griego.
Nace la versión de Los Setenta (LXX), o Septuaginta.
Esta traducción respondía a las necesidades religiosas de la comunidad judía de habla griega, particularmente la establecida en Alejandría.
En Palestina el proceso de helenización dividió al pueblo.
Muchos judíos públicamente incorporaban prácticas helenistas;
Otros adoptaron una actitud fanática de devoción a la ley.
Las tensiones entre ambos sectores estallaron dramáticamente en la rebelión de los Macabeos (los del “martillo”).
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