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Un hombrecito se dirigía a la casa de su patrón, Como era s

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Anyeline Castillo Gutierrez

on 18 November 2013

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Transcript of Un hombrecito se dirigía a la casa de su patrón, Como era s

Un hombrecito se dirigía a la casa de su patrón, Como era siervo iba a cumplir el turno de pongo, de sirviente,
en la gran residencia.
El gran señor, patrón de la hacienda, no pudo contener la risa cuando el hombrecito lo saludó
Eres gente u otra cosa jajaja
Arrodillándose, el pongo besó las manos al patrón y, todo agachado, siguió al mandón hasta la cocina.
El hombrecito tenía el cuerpo pequeño, sus fuerzas eran sin embargo como las de un hombre común. Todo cuanto le ordenaban hacer, lo hacía bien.
Por lo menos sabrá lavar ollas, siquiera podrá manejar la escoba, con esas sus manos que parecen que no son nada
Creo que eres perro.
¡Ladra! Ponte en
cuatro patas

Al anochecer cuando los siervos se reunían para rezar el Ave María,, el patrón martirizaba siempre al pongo, delante de toda la servidumbre
Lo empujaba de la cabeza y lo obligaba a que se arrodillara y, así, cuando ya estaba hincado, le daba golpes suaves en la cara.
Trota de costado, como perro
El patrón derribaba al hombrecito sobre el piso de ladrillo del corredor
Después de maltratar el patrón al pongo, ordenaba que recen el Padre Nuestro a sus indios:
El pongo se levantaba a pocos, y no podía rezar porque no estaba en el lugar que le correspondía ni ese lugar correspondía a nadie.
Pero... una tarde a la hora del Ave María, cuando el corredor estaba colmado de toda la gente de la hacienda, cuando el patrón empezó a mirar al pongo con sus densos ojos, ese, ese hombrecito, habló muy claramente. Su rostro seguía un poco espantado
Gran señor, dame tu licencia, padrecito mío, quiero hablarte
¿Qué? ¿Tú eres quien ha hablado u otro?
Es a ti a quién quiero hablarte
Habla... si puedes
Padre mío, señor mío, corazón mío, soñé anoche que habíamos muerto los dos, juntos; juntos habíamos muerto
¿Conmigo? ¿Tú? Cuenta todo, indio
Como éramos hombres muertos, señor mío, aparecimos desnudos los dos juntos, desnudos ante nuestro gran padre San Francisco.
¿Y después? ¡Habla!
Nuestro Gran Padre San Francisco nos examinó con sus ojos que alcanzan y miden no sabemos hasta qué distancia. A ti y a mí nos examinaba, pesando, creo, el corazón de cada uno y lo que éramos y lo que somos. Como hombre rico y grande, tú enfrentabas esos ojos, padre mío.
¿Y tú?
-No puedo saber cómo estuve, gran señor. Yo no puedo saber lo que valgo.
Entonces, después nuestro padre dijo con su boca: "De todos los ángeles el más hermoso que venga. A ese que lo acompañe otro pequeño Que el ángel pequeño traiga una copa de oro, y la copa de oro llena de la miel de la chancaca más transparente.
"Ángel mayor: cubre a este caballero can la miel que está en la copa de oro
Y así, el ángel excelso, levantando la miel con sus manos, enlució tu cuerpecito todo, desde la cabeza hasta las uñas de los pies.
Así tenía
que ser
Cuando tú brillabas en el cielo, nuestro Gran Padre San Francisco volvió a ordenar
"Que de todos los ángeles del cielo venga el que menos vale, el más ordinario. Que ese ángel traiga en un tarro de gasolina excremento humano"
¿Y entonces?
Un ángel que ya no valía, viejo, de patas escamosas, al que no le alcanzaban las fuerzas para mantener las alas en su sitio, llegó ante nuestro Gran Padre; llegó bien cansado, con las alas chorreadas, trayendo en las manos un tarro grande
Y entonces el padre le ordenó al ángel: embadurna el cuerpo de este hombrecito con el excremento que hay en esa lata que has traído; todo el cuerpo, de cualquier manera; cúbrelo como puedas. ¡Rápido!".
Entonces con sus manos nudosas, el ángel viejo, sacando el excremento de la lata me cubrió desigual el cuerpo
¡Continúa! ¿O todo concluye allí?...
No, padrecito mío, señor mío. Cuando nos vimos juntos, los dos, ante nuestro Gran Padre San Francisco, él volvió a mirarnos, nuevamente, un largo rato.Luego dijo: "Todo cuando los ángeles debían hacer con ustedes ya está hecho. Ahora ¡lámanse el uno al otro! Despacio, por mucho tiempo".
El viejo ángel rejuveneció a esa misma hora; sus alas recuperaron su color negro, su gran fuerza.
Nuestro Padre le encomendó vigilar que su voluntad se cumpliera.
FIN
EL SUEÑO
DEL PONGO
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