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Untitled Prezi

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juan aules

on 29 June 2013

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EXISTENCIA DE UN ORDEN DE LA SALVACIÓN
El orden de la salvación en la eternidad
LA TAREA DEL ESPÍRITU SANTO EN EL ORDEN DE LA SALVACIÓN
Necesidad de la obra del Espíritu Santo
NATURALEZA DEL ORDEN DE LA SALVACIÓN
La Ley y el Evangelio
Evidencia 2
Evidencia 4
Evidencia 3
Se llama "orden de la salvación" al proceso por el que la salvación obtenida por Jesucristo se aplica o administra a las personas que son salvas
Varios son los lugares que implican la existencia de tal convenio entre las personas divinas por ejemplo:

Hebr. 10:5-7, citando el Salmo 40:7-9, nos muestra al Padre encomendando al Hijo una tarea redentora, sacrificial, que comportará una victoria y una realeza (V. Sal. 2; Hech. 13:33; 1.a Coro 15:24-28; Hebr. 1:5; 5:5, a la luz de Lc. 22: 29, donde es notable el verbo "diatíthemi", de donde viene "diathéke" = pacto).
aparece, especialmente en Juan, como el Enviado del Padre, cuya voluntad y cuya obra está totalmente entregado a realizar, hasta hacer de ella su alimento (Y. Jn. 4:34; 5:30,43; 6:38-39; 10:18; 17:4).
Evidencia 1
Is. 53: 10-12 y Ef. 4: 8-10 nos informan de la batalla y de la victoria, así como del botín que el Padre ha puesto en manos de Cristo (V. Jn. 6:37-44; 10:28-30; 17:6-12), hasta hacerla Cabeza de los redimidos (Rom. 5: 1-18s.; 1 Cor. 15:22; etc.).
Mientras que el Verbo, en su humanidad, es la revelación del amor de Dios y nuestro sustituto en la obra de la reconciliación (In. 1:14,18; 14:9; 2.a Cor. 5:21), el Espíritu es el gran "Don" por el que se derrama en nosotros el Amor y se hace exégesis fervorosa el recuerdo del Verbo Encarnado (V. Rom. 5:5; Jn. 14:26).
Las agencias de la salvación
La salvación surge de la morosa iniciativa del padre las otras dos personas de la Trinidad Divina se constituyen en agentes de la salvación
Como Funciona

Primera Función. El espiritu

El Espíritu
de la agencia de la Palabra de Dios para convencer de pecado, introducir en el corazón el mensaje de vida, y conducir al creyente por el camino de Jesucristo; la respuesta del hombre es la apertura de su persona, por la obediencia de la fe (Rom. 1: 5; 16: 26), al mensaje de salvación.
Segunda Funcion
Jesucristo
Por su parte, Jesucristo instituye sus ordenanzas para expresamos simbólicamente Su obra y patentizar externamente nuestra unidad con El, por del Bautismo, habiendo sido complantados en Su muerte y resurrección (Rom. 6:3ss.), y nuestra unidad con los miembros de su Cuerpo, mediante la Cena -recuerdo, mensaje y profecía esperanzada- (1.a Coro 10:17; 11:26); la respuesta del cristiano es la obediencia del corazón, de la boca y de la conducta a los mandatos de Cristo.
Tercera Función
La fe y la oración, al ser meras condiciones subjetivas para la recepción de los beneficios de la salvación, sólo impropiamente pueden llamarse medios de gracia.
El hilo de oro de la Teología
El Dr. E.F. Kevan llama a la doctrina de la gracia "el hilo de oro que enhebra todas las ramas de la Dogmática."
Segun Kevan La doctrina Dogmatica y la doctrina de la salvacion

Doctrina fundamental de la Revelación, la cual es ya una gracia en sí la doctrina de un Dios en tres Personas, ya que nos muestra al Padre que ama, al Hijo que redime y al Espíritu Santo que vivifica; con la doctrina del hombre caído, pues es precisamente la miseria del hombre la que sirve de trasfondo a su profunda necesidad de la gracia (Rom. 3: 23)


El orden de la salvación comprende dos grandes estadios objetivos e históricos: dos "grandes hitos de la llamada "Historia de la Salvación". Estos dos grandes estadios son la Ley y el Evangelio

El punto clave es la justificación por el bautismo. La Iglesia confiere, mediante el sacramento, la regeneración bautismal. Todo adulto recibe gracia suficiente para alcanzar, conservar, recuperar y aumentar la justificación bautismal. El hombre puede resistir a esta gracia. Si en vez de resistir, asiente y coopera, la gracia se torna eficaz. La justificación sigue un proceso que comienza con el acto de fe (bajo el impulso de la gracia excitante) y termina con la infusión de la gracia "santifican te" en la reacepción (real o de deseo) del sacramento. Los demás sacramentas y las buenas obras proveen medios de perseverancia y méritos para la salvación final, la cual siempre está en peligro, puesto que cualquier pecado "mortal" comporta la pérdida de la justificación.
Concepto Luterano
Concepto Calvinista o "Reformado"

Concepto Católico-Romano.

Concepto Arminiano

El punto clave es la justificación por la decisión de aceptar a Cristo como Salvador necesario y suficiente, mediante la fe en El. Esta decisión procede de nuestro libre albedrío, que coopera así con la gracia de Dios.
El punto clave es la justificación por la fe, que Dios produce en el hombre. El proceso empieza por el anuncio de la reconciliación del mundo, hecha por Dios en, Cristo (2.a Cor. 5:19-20). Esta llamada evangélica comporta siempre una cierta medida de avivamiento e iluminación que quiebran la resistencia radical del hombre caído (mejor dicho, dan el poder de no resistir a la operación salvífica del Espíritu). De ahí pueden provenir el arrepentimiento y la regeneración espiritual. Sin embargo, todo esto es preparatorio y provisional (se puede perder), ya que la salvación está condicionada totalmente por la fe del sujeto. Sólo mediante el acto de fe se obtiene la salvación. Si el hombre continúa creyendo, persevera en la salvación. Si cesa de creer, la pierde.
El punto clave es la justificación por la justicia de Cristo (Ef 2:8 "Por gracia sois salvos por medio de la fe". No es la fe la que salva, sino la gracia; como no es el tenedor el que alimenta, sino lo que tomamos con el tenedor). La mayoría de los Reformados, al hacer énfasis sobre la iniciativa libre y soberana de Dios en la salvación del hombre, colocan primero el llamamiento interior y la regeneración espiritual. Avivado el subconsciente, el proceso aflora a la conciencia con la conversión, que incluye fe y arrepentimiento. Con la fe se conecta la justificación y la adopción. El nuevo estado comporta una nueva obediencia en la santificación. Dios se encarga de preservar con su gracia a los fieles para la glorificación.
Basta examinar con cuidado las Epístolas de Pablo a los romanos y a los gálatas, para percatarse del exacto papel de la ley. La Ley tenía por objeto:
1. un dique a la corrupción del corazón humano.
2. expresión de la voluntad divina en el orden moral para el pueblo del pacto, o sea, Israel.
3. de ayo ("paidagógos"), o sea, de criado que lleva a los niños al Colegio, a la vez que les enseña buenas maneras y les impone correctivo s por sus travesuras. En este caso, la Ley
a. de pecado;
b. , en cierto modo, el sentido del pecado, por la conocida reacción psicológica que nos incita a hacer lo que se nos prohíbe taxativamente;
c. muestra la necesidad del Evangelio de gracia y del poder del Espíritu, superior a nuestras fuerzas, para cumplir la Ley.
El orden subjetivo de la salvación
El orden de la salvación es entendido especialmente como el orden lógico, con su consiguiente interrelación, de los varios movimientos del Espíritu Santo en la aplicación de las obra de la redención.
El Nuevo Testamento nos dice que, para salvar a los hombres, Dios elige, predestina, llama, regenera, justifica, santifica, preserva y glorifica, aunque no nos ofrezca todos estos elementos en un solo texto. Tenemos partes de este proceso en Rom. 2:37-41; (quizá también en 26:18); Rom. 6:22; 8:29-30; Ef. 1:3-14; 2:1-10; 1.a Pedro 1:2-9,20-23.
La aplicación de la obra de la redención no es automática ni se obtiene mecánicamente. Por una parte, el hombre pecador está espiritualmente muerto y, por tanto, es absolutamente incapaz en el orden moral para reorientarse hacia Dios y dar un correcto sentido religioso a su vida.
salvación comporta un proceso personal, consciente y voluntario
Si puede resistir al mensaje del Evangelio, también puede rendirse en obediencia al Evangelio
Dos escollos que hay que evitar
La obra general del Espíritu Santo
El Espíritu Santo y la glorificación del creyente
El Espíritu Santo en la santificación
El Espíritu Santo en la justificación
Si la convicción del pecado, provocada por el Espíritu, lleva al arrepentimiento, la fe, comprobada en la aceptación de la justicia de Cristo, es también don del Espíritu (Ef. 2: 8). El que nace del Espíritu puede ver, con el Reino de Dios (Jn. 3:3), al que levantarlo en la Cruz, espera la mirada angustiosa del pecador, para salvarle (Jn. 3:14-16). El Espíritu es el poder personal que enseña y arrastra al hombre hacia Jesucristo (Jn. 6: 39-40,44-45). El es el que pone la sed en el corazón y el que da el agua viva que la apaga (Jn. 4: 10; 6:35; 7:37-39).
La santificación es un andar según el Espíritu (Rom. 8: 4, 9,13), ser conducido por el Espíritu (Rom. 8: 14). Expresamente se atribuye la santificación al Espíritu en 2.a Tes. 2:13; 1.a Pedro 1:2. El amor, motor y cima de la vida cristiana, es derramado en nuestros corazones por el Espíritu (Rom. 5:5), Dador de todos los dones (1.a COI. 12:4). Y suyos son todos los frutos de la vida cristiana (Rom. 6:22, comp. con Gal. 5:22-23).
El que come, por fe, a Cristo, queda sellado para la resurrección (Jn. 6:54). Este sello es la impresión del Espíritu Santo (2.a Coro 1:22; Ef. 1:13; 4:30), pues El es quien resucitará a los creyentes muertos como resucitó a Jesucristo (Rom. 8: 11, comp. con 1.a Cor. 15:45), cuando se perfeccionará nuestra redención (Flp. 3:11, 14,21; 1.a Jn. 3:2).
Además de estas operaciones de la 3a persona divina en la aplicación de la salvación, hemos de añadir que todo hálito de vida y toda gracia general se atribuyen al Espíritu de Dios:
A su cobijo, surgen el orden y la vida orgánica de la tierra (Gen. 1:2); surge también la vida humana (Gen. 2:7). Con su hálito, revive Israel como
(Ez. 37:5, 9,14). El mismo Espíritu que llena a la Iglesia en Pentecostés (Hech. 2:4), está realizando la liberación de la creación entera (Rom. 8: 21,23). Todo cuanto hay de bueno en el mundo, aun entre los inconversos, proviene de El y es El quien dispone las mentes y los corazones para recibir la Palabra y la salvación.
Empalmando con el punto 1 de esta lección, advertimos ahora que una perfecta conjugación de la iniciativa salvífica de Dios en Jesucristo con la cooperación personal y consciente del hombre, movido por la acción del Espíritu, nos librará de dos escollos igualmente peligrosos: el activismo pelagiano (Nomismo) y el pasivismo ultra calvinista (Antinomianismo).
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