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Semana Bíblica 2011

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Elige la Vida para que vivan tu
y tus descendientes (Dt 30,19b “Porque quien quiera salvar su vida, la perderá,
pero quien pierda su vida por mí, la encontrará” Mt 16,25 ENCUENTRO 1 “Y les dice: ¿Es lícito en sábado hacer el bien en vez del mal, salvar una vida en vez de destruirla? Pero ellos callaban” Mc 3,4 Mc 3,4 ENCUENTRO 2 “Porque quien quiera salvar su vida, la perderá,
pero quien pierda su vida por mí, la encontrará” Mt 16,25 ENCUENTRO 1 “Porque quien quiera salvar su vida, la perderá,
pero quien pierda su vida por mí, la encontrará” Mt 16,25 ENCUENTRO 1 “Porque quien quiera salvar su vida, la perderá,
pero quien pierda su vida por mí, la encontrará” Mt 16,25 ENCUENTRO 1 “Porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado. Y comenzaron la fiesta”. Lc 15,24á” Lc 15,24a ENCUENTRO 3 “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna” Jn 3,16 ENCUENTRO 5 ENCUENTRO 11 “Porque quien quiera salvar su vida, la perderá,
pero quien pierda su vida por mí, la encontrará” Mt 16,25 ENCUENTRO 1 “Porque quien quiera salvar su vida, la perderá,
pero quien pierda su vida por mí, la encontrará” Mt 16,25 ENCUENTRO 1 “Porque quien quiera salvar su vida, la perderá,
pero quien pierda su vida por mí, la encontrará” Mt 16,25 ENCUENTRO 1 Mt 16,25 ENCUENTRO 1 “Porque quien quiera salvar su vida, la perderá,
pero quien pierda su vida por mí, la encontrará” Mt 16,25 ENCUENTRO 1 “Porque quien quiera salvar su vida, la perderá,
pero quien pierda su vida por mí, la encontrará” Mt 16,25 ENCUENTRO 1 “Porque quien quiera salvar su vida, la perderá,
pero quien pierda su vida por mí, la encontrará” Mt 16,25 ENCUENTRO 1 “Porque quien quiera salvar su vida, la perderá,
pero quien pierda su vida por mí, la encontrará” Mt 16,25 ENCUENTRO 1 “Porque quien quiera salvar su vida, la perderá,
pero quien pierda su vida por mí, la encontrará” Mt 16,25 ENCUENTRO 1 “Porque quien quiera salvar su vida, la perderá,
pero quien pierda su vida por mí, la encontrará” Mt 16,25 ENCUENTRO 1 “Respondió la Reina Ester: Si he hallado gracia a tus ojos, ¡oh rey!, y si al rey le place, concédeme la vida -este es mi deseo- y la de mi pueblo -esta es mi petición-” Est 7,3 ENCUENTRO 12 “Porque quien quiera salvar su vida, la perderá,
pero quien pierda su vida por mí, la encontrará” Mt 16,25 ENCUENTRO 1 “Porque quien quiera salvar su vida, la perderá,
pero quien pierda su vida por mí, la encontrará” Mt 16,25 ENCUENTRO 1 “Pues la vida se manifestó, y nosotros la hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la vida eterna, que estaba vuelta hacia el Padre y se nos manifestó”. ENCUENTRO 10 “Yo ya no vivo, pero Cristo vive en mí. Todavía vivo en la carne, pero mi vida está afianzada en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí” ENCUENTRO 9 “Porque quien quiera salvar su vida, la perderá,
pero quien pierda su vida por mí, la encontrará” Mt 16,25 ENCUENTRO 1 “Nadie tiene mayor amor sino quien da su vida por sus amigos” Jn 15,13 ENCUENTRO 7 “Porque quien quiera salvar su vida, la perderá,
pero quien pierda su vida por mí, la encontrará” Mt 16,25 ENCUENTRO 1 “Pues el salario del pecado es la muerte; pero el don gratuito de Dios, la vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” Rm 6,23 ENCUENTRO 8 Jn 1,4 ENCUENTRO 1 “En ella (en la Palabra) estaba
la vida y la vida era la luz de los hombres” ENCUENTRO 4 “Le dice Jesús: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.
Nadie va al Padre sino por mí” Jn 14,6 ENCUENTRO 1 ENCUENTRO 6 Esta frase del Señor Jesús a favor de la vida, se encuentra, dentro del evangelio de san Marcos, en el contexto de la curación de un hombre quien tenía su mano paralizada; era alguien con limitaciones para la vida cotidiana. El suceso ocurre dentro de la sinagoga, lugar de la oración, del encuentro fraterno y de la comunión con Dios según la mentalidad judía.

Los fariseos (v.6) enemigos de Jesús, desde Mc 2, vienen siguiendo los pasos y las acciones del Maestro con el ánimo de acopiar argumentos y poder acusarlo. El asunto del sábado para escribas y fariseos posee una singular importancia, pues de una curación o sanación en el día del descanso podría brotar un dato decisivo para una acusación definitiva, ejemplar y quizá mortal contra Jesús. La praxis judía respecto al día del descanso viene bien sintética en unas frases de Ex 31,12: “Quien profane el día del reposo debe morir, pues quien trabaje en este día, será extirpado de en medio del pueblo”. Imposible esperar una disposición más drástica. Con esta praxis los judíos, sobre todo después del exilio en Babilonia, se diferenciaron primero de los babilonios y de los persas, y luego de los demás pueblos. En el día del descanso confluían para los judíos varias tomas de conciencia: eran ellos el pueblo de Dios, eran israelitas, necesitaban su tierra para tener rey y ser libres. Su conciencia colectica recogía la religión, la raza y la patria.

Pero Jesús no les pone atención a sus adversarios, su primera palabra en este pasaje evangélico es para el necesitado. Lo invita a levantarse, pues a lo mejor yacía en una esterilla contra la pared del recinto sinagogal, y lo invita a colocarse en el centro de la sinagoga. El enfermo merece toda la atención de Jesús y por eso se le prepara un escenario digno. El enfermo rodeado por los presentes, es ahora el centro de atención y se repite su condición: tiene una mano paralítica. Ahora las palabras de Jesús, en el versículo 4, se dirigen a sus adversarios. Sabe de su manera de pensar, para ellos el día de descanso no permite hacer el bien y este criterio no tiene concesiones. Pero Jesús va más allá, siempre debemos estar orientados al bien, ningún día tiene espacio para la maldad según la mentalidad divina. En síntesis, se trata de buscar cada día la voluntad de Dios y ésta voluntad se resume en el amor (Ágape: amor servicial, oblativo, solidario…). La respuesta a la pregunta de Jesús es obvia: siempre debe primar el bien, salvar la vida, practicar el amor. Sin embargo, los enemigos de Jesús no responden, permanecen callados.

Ahora bien, la segunda parte del asunto nos lanza más lejos, la expresión “salvar una vida”, usa en el texto griego la palabra “psiché”, cuyo significado es vida, ser vivo, persona, ser humano… Por eso podemos leer también así: la voluntad de Dios es salvar personas. Él quiere y exige salvar al ser humano, nunca perjudicarlo y menos aún matarlo, eliminarlo, sacarlo de la historia. Si Jesús cura el día del descanso, y se comporta según quiere su Padre, entonces él se encuentra salvando seres humanos. Jesús no piensa en la muerte como sus adversarios, él defiende la vida a capa y espada. El Maestro apunta también al corazón obstinado de sus antagonistas. A la dureza de corazón de los contrincantes, Jesús responde con una mirada de ira, es decir, refleja en su propio rostro y para los fariseos, como en un espejo, la condición interior de quien se cierra a Dios. Aunque estos expositores son especialistas en la ley, personeros de la religión judía, llevan por dentro una incapacidad visceral para apreciar la bondad y la misericordia a los ojos de Dios, lo cual genera en Jesús tristeza y rabia. La sinrazón de los contrarios a Dios, forja en ellos una imagen desfigurada del Padre lo cual no puede sino producir un agrio sinsabor en el Maestro de Nazaret, pues se sacrifica una persona en aras de una presunta exigencia de Dios a todas luces inhumana.

Como sus rivales no pueden responder, entonces Jesús se dirige al enfermo, obra la curación y el narrador constata el inmediato alivio. Los adversarios del maestro no reaccionan llenos de admiración y con alabanza a Dios, como había sucedido con la gente en otros casos. Los fariseos reaccionan con rabia, ven en la actitud de Jesús una conducta desafiante, digna de ser contestada. Por eso ellos aquí forjan una alianza con los herodianos, administradores fieles al tetrarca de Galilea, Herodes Antipas.

Aquí asoma toda una ironía, ese contubernio entre fariseos y herodianos, muestra hasta donde llegan los intereses viciados de personas maleadas, se juntan en este entramado, miembros de la clase generosa, con integrantes de la diligencia política, tan distantes entre sí como los judíos ante los invasores romanos, pero ellos logran un acuerdo para matar a Jesús, los irreconocibles se unen para acabar con la vida. Allí coinciden, en la capacidad de acabar con Jesús y destruir un enemigo común. Para ellos la vida no tiene ningún valor. En el evangelio según san Lucas, con este versículo, estamos en el contexto del capítulo 15, donde Jesús expone tres parábolas sobre la misericordia y la compasión (un pastor con la oveja perdida; una mujer pierde una joya; a un padre compasivo se le extravían dos hijos). Y la frase motivo de nuestra reflexión, hace parte de la parábola del Padre excelente (Lc 15,11-32).

Según el relato, el hijo menor estaba todavía lejos de casa cuando el Padre lo vio, corrió a su encuentro y lo llenó de besos. Para Jesús, a diario, el papá miraba desde la ventana de su casa hacia el camino a ver si el hijo despuntaba a lo lejos. Conforme con nuestra forma humana de pensar y de sentir, la alegría del Padre parece exagerada. Ni siquiera le permite al hijo concluir las frases preparadas lejos de casa. ¡No escucha! El Padre no quiere un hijo como esclavo en su propia morada. Quiere un hijo. He aquí el evangelio de Jesús. Túnica nueva, sandalias nuevas, anillo al dedo, carne asada, ¡fiesta! En esta alegría inmensa del reencuentro, Jesús trasparenta la gran tristeza del Padre por la pérdida del hijo. Dios estaba muy triste, y la gente se da cuenta ahora, viendo el tamaño de la alegría del Padre cuando vuelve el hijo menor. ¡Es una alegría compartida con todo el mundo; con ese sentido se prepara la fiesta de la sobreabundancia! Pero al hijo mayor, cuando regresa del campo, no le gusta la fiesta y no entiende la alegría del Padre. No tenía mucha sintonía con el Padre, a pesar de vivir en la misma casa. Nunca notó la inmensa tristeza del Padre por la pérdida del hijo menor y tampoco entiende, por lo tanto, su alegría por la vuelta del hijo pródigo. El Padre, sin sus hijos, pierde la alegría. El mayor, es también hijo, como el menor.

El padre sale de casa, por segunda vez, ahora a buscar al hijo mayor, al cual le suplica se incorpore a la fiesta. Pero éste contesta: "Padre, hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; y ¡ahora cuando ha venido ese hijo tuyo, quien ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado el novillo cebado para él!"

El hijo mayor también quiere la fiesta y la alegría, sí, pero sólo con sus amigos. No con el hermano, ni tampoco con el padre. Ni siquiera llama al hermano menor con el nombre de "mi hermano", pues dice “ese hijo tuyo" como si no fuera su hermano de sangre. Y es él, el mayor, quien habla de prostitutas. ¡Su malicia interpreta la vida del hermano menor! Pero la actitud del Padre es otra. El acoge al hijo menor, también al hijo mayor, no quiere perder a ninguno de sus dos vástagos. Ambos hacen parte de la familia. El uno no puede excluir al otro. Si falta alguno, la familia está incompleta. Así como el Padre no prestó atención a los argumentos del hijo menor, tampoco presta atención a los argumentos del hijo mayor y más bien le dice: “Hijito querido, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo había muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y ¡ha sido hallado!" La expresión del Padre "¡Todo lo mío es tuyo!” incluye también al hijo menor ahora de regreso. El hijo mayor no tiene derecho a hacer distinción. Si él quiere ser hijo del Padre, debe aceptarlo así como es.

El motivo de la fiesta y de la desbordante alegría del Padre, es la vida de su hijo menor hasta ahora perdido y disoluto. La muerte del hijo y ese volver a la vida, significan para el padre un estilo de relación con la familia. El hijo menor al emigrar de la casa, eligió morirse frente a los suyos, se ausentó sin remedio y se arruinó en su sentido de la vida. Al regresar, vive. Está ahora entre los suyos, está presente y recupera tanto su identidad como su dignidad. Con las palabras del padre, en los v. 24 y 32 de la narración, se descubre cómo para el Señor Jesús, aquí se opera la salvación y la nueva vida, la redención liberadora y la resurrección. Con esta frase nos encontramos en el así llamado "Prólogo del cuarto evangelio" o del evangelio de San Juan Jn 1,1-18), un texto con un profundo significado, el cual sirve de puerta de entrada a la entera revelación de este texto inspirado. Los versos de Jn 1,3-4 colocan por primera vez en este evangelio una referencia a la encarnación. La "Palabra" irrumpió en esta historia humana e hizo posible la continuidad de la vida. La aparición de la palabra de vida trajo la luz a los seres humanos.

La vida, como luz, es decir, en su condición iluminadora, irrumpe en la historia humana en un acontecimiento con importante recorrido desde el pasado y cuyos efectos aún forman parte de la historia presente. La Palabra habla tanto de la intimidad con Dios (Jn 1,1-2), como de la presencia de la Palabra en la historia humana (Vv. 3-4). Esta Palabra, mejor aún la comunión con ella, da la vida a la humanidad, esa vida sin ocaso, anhelo permanente de los seres humanos. Se trata de una vida capaz de otorgar el sentido y la dirección a las personas, por eso es luz. Esta vida como poderosa llama guía los pasos de los creyentes por el camino de la paz. La historia de la salvación de los seres humanos pasa por el recorrido de la Palabra, hasta cuando ella irrumpe en este cosmos como vida y luz del devenir histórico. La Palabra estaba con Dios, se manifiesta en la creación donde es posible experimentar la Palabra. Y en la historia de las personas, esta Palabra es vida porque ilumina la humanidad, es decir, emerge como potente luz.

La luz brilla y resplandece en medio de las tinieblas, es decir, las vence. La luz es vida en el mundo, y está presente en esta historia a pesar de la recepción hostil y el rechazo de muchos (Jn 1,5). En verdad, a numerosas personas las desconcierta la crucifixión al final de la historia de Jesús tanto como la experiencia constante de la presencia del mal en nuestro entorno, pero por eso en los versos objeto de nuestra reflexión se afina una insistencia: la luz, la vida, es decir, la Palabra (Jesús) resplandece todavía, tiene fuerza y vigor dentro de nuestro cosmos. Para reforzar el argumento anterior, el autor del evangelio, trae varias veces el verbo "recibir"; en esta historia variados seres humanos reciben la vida, la luz, la Palabra, o sea la aceptan, la acogen y asumen sus retos; múltiples personas responden de manera positiva a la revelación de Dios cuyo devenir asoma en Jesús. Por lo anterior, las tinieblas no logran sofocar la luz, por eso nos llenamos de esperanza y vigor.

En ciertas circunstancias y situaciones puntuales más llamativas florece por cierto una sensación de derrota, como si la humanidad o al menos una gran parte de ella, respondiera en forma negativa a la revelación de Dios en su Hijo, rechazan la luz y se alejan de la vida, pero en realidad no es este el caso. La luz sigue vigente dentro de las tinieblas, no pierde su vigor y triunfa sobre la oscuridad.

Además estamos apenas en el prólogo, debemos esperar cómo se desenvuelve el resto del evangelio para captar con mayor amplitud y objetividad el triunfo, es decir, la victoria de la vida sobre la muerte. La opción por la vida es nuestra mejor elección, así nos lo grita con fuerza el cuarto evangelio. Quien pierde la vida por causa mía la encontrará, dice Jesús. Este versículo del evangelio según san Mateo explicita un valor humano universal, bien anclado en la experiencia de muchos, cristianos y no cristianos. Salvar la vida, perder la vida, encontrar la vida. Llevar adelante una vida con sentido. La experiencia de numerosas personas nos enseña: Quien corre tras los bienes y la riqueza no queda nunca saciado. Quien se entrega a los demás, olvidándose de sí, consigue una gran felicidad.

La frase de Mt 16,25 se halla en un contexto preciso: “negarse a sí mismo, tomar la cruz y seguir” a Jesús. Es la petición más elevada para un ser humano. Pero porque se tiene en el horizonte la “Vida”: en los vv. 25 y 26, el texto del evangelio repite cuatro veces la expresión “Vida”. Por eso aquí, “tomar la cruz”, no conlleva un sentido negativo o de sufrimiento, pues el énfasis del testimonio de Jesús es positivo: la victoria de la Vida. Además entrar en esta ruta supone una elección libre: “Si alguno quiere…”. En la mira está la cruz, y Jesús la tomó primero. La motivación fundamental para asumir esta manera de existir se encuentra en una contraposición: “Porque quien quiera salvar su vida, la perderá/pero quien pierda la vida por mí, la encontrará” (Mt16,25). Estas dos posibilidades contrapuestas, iluminan el sentido de la vida y del seguimiento a Jesús. En pocas palabras: la meta del discipulado es encontrar “la vida”, lo cual corresponde al deseo más profundo de todo ser humano. Ahora bien, esta meta o se alcanza o se dilapida de manera radical; entre las posibilidades no hay soluciones intermedias.

La vida, aquí y más allá de la muerte, se consigue mediante un gesto supremo de donación de la propia existencia. Hay falsas ofertas de felicidad (o “realización de la vida”) con las cuales se pierde la vida; la existencia es siempre un don y no nos damos la vida a nosotros mismos, pero en cambio, siempre estamos en capacidad de donarla y entregarla. En esta lógica: quien pierde la vida por Dios y por los demás, “la encuentra”.

Enseguida Jesús plantea dos preguntas las cuales tienen sólo respuestas negativas y con ellas se evidencian conclusiones irrefutables. (1) “¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?”. Respuesta obvia: “De nada”. (2) “¿Qué puede dar al hombre a cambio de su vida?”. Respuesta obvia: “Nada”. Jesús habla de la vida no sólo en su valor biológico, de una vida larga y ojalá con buena salud. Él enfatiza más bien el “sentido de la vida”. La verdadera vida, la cual según la Biblia se alcanza en la comunión con Dios, se logra -en última instancia- mediante el seguimiento de Jesús. El discipulado del Maestro es, entonces, un camino del todo orientado a la vida, a la existencia plena y realizada.

Una existencia con estas características se pone en riesgo cuando se vive de manera equivocada, cuando se construyen sobre falsas seguridades. Quienes quieren “ganar (=conquistar) el mundo entero”, ponen su confianza en propiedades y riquezas; para Jesús se trata de una opción equivocada, porque él venció dicha propensión en las tentaciones (Mt 4,1-1): la búsqueda y apego al poder, al prestigio, a lo terreno, como caminos de felicidad o como metas de vida representan un completo fracaso.

Nadie puede darse a sí mismo la vida y su sentido. Como dice el Salmo 49,6-8: “¿Por qué temer en días de desgracia/cuando me cerca la malicia de quienes me hostigan, /quienes ponen su confianza en su fortuna/ y se glorían de su gran riqueza?/ ¡Si nadie puede redimirse (a sí mismo) / ni pagar a Dios su rescate!”.  Desde el evangelio ¿Por qué perder la vida es ganarla?
 Cómo aplicar el criterio anterior en la realidad de nuestro país.
 ¿Conoces algún testimonio, algún personaje en estos doscientos años de vida independiente de nuestro país, donde perder la vida ha sido un triunfo?  ¿Conoces alguna experiencia particular donde la norma está en contra de la vida?
 ¿Cómo procedes en situaciones como la anterior?
 ¿Podemos hacer algún aporte a la realidad de nuestro país para vencer estas contradicciones entre ley y vida?  ¿Puedes compartir un hecho de la vida similar al descrito?
 ¿Cuáles son los argumentos del papá para recibir con una fiesta a su hijo menor?
 ¿Encuentras alguna relación entre este texto y la realidad de nuestro país?  ¿Encuentras alguna relación entre la vida y la luz, según el texto bíblico?
 ¿En Colombia descubres algunos hechos de vida?
 ¿Cómo potenciar a tu alrededor la defensa de la vida en todas sus etapas? Angel Bernardo Millan Vázquez de la Torre
Dios ama el mundo, afirma el cuarto evangelio. La palabra mundo es una de las palabras más frecuentes en el Evangelio de Juan: ¡78 veces! Aquí, en nuestro texto, la palabra mundo tiene el sentido de humanidad, de todo ser humano. Dios ama la humanidad hasta el extremo de entregar a su hijo único. Si Dios llega hasta nosotros en Jesús, es porque el Hijo ya pasó por la muerte y posee la vida eterna.

Dios interviene en función de la vida, nos dice el pasaje del libro de los Números: "Hizo Moisés una serpiente de bronce y la puso en un mástil. Y si una serpiente mordía a un hombre y este miraba la serpiente de bronce, quedaba con vida" (Num 21,9). Fue ante todo una obra salvífica de Dios, como interpreta a propósito el libro de la Sabiduría: "Y el que a ella se volvía, se salvaba, no por lo que contemplaba, sino por ti, Salvador de todos" (Sab 16,7). A Dios le duele la muerte del ser humano y actúa de inmediato para conservarle la vida. El amor de Dios por cada uno de nosotros fue evidente en la entrega de su Hijo Jesús, quien murió crucificado. Para quien ve la cruz de Jesús desde fuera, ve su realidad histórica (1) el signo de cómo los hombres lo sometieron a su poder, (2) de cómo Dios lo abandona y (3) de cómo la crueldad humana triunfa sobre sus obras y reivindicaciones. Pero esta no es la verdad completa. Dios envió a Jesús y él estableció su camino, por eso la Cruz adquiere otro significado. Ya no es vista desde su lado tenebroso sino desde su lado luminoso: se convierte en el símbolo del amor de Dios, un amor desmedido, sin límites. En la cruz del Hijo, se demuestra: Cuán lejos va Dios en su amor y cuán lejos va Jesús en su puesta en juego por nosotros los seres humanos.

Ahora bien, en el Crucificado ¡Dios ama al mundo y quiere su salvación! Su amor tiene intensidad: ¡Dios ama al mundo, a nosotros los hombres, más que a su propio Hijo! No se aparta del mundo dejándolo a su suerte: "Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él" (Jn 3,17).

Dios nos conduce, en su Hijo, a la plenitud de la vida. Y el Hijo viene para ocuparse de nosotros en persona, para mostrarnos el camino de la salvación, para conquistarnos a la comunión con él y a la vida eterna. La imagen de Dios aquí es la de un padre lleno de ternura y no la de un juez severo. Dios mandó a su hijo no para juzgar y condenar al mundo, sino para salvar al mundo por medio de Jesús. El envío de Jesús hacia la humanidad, según este evangelio, tiene una sola finalidad: traernos la vida por la fe en Jesús. La vida consiste en no perecer y aceptar una existencia eterna, se trata de librarse de la muerte, de todo tipo de muerte y asumir el don de la salvación, como la capacidad de renunciar al yo para potenciar el "nosotros".

El interés de Jesús con nosotros consiste en entregarnos la "vida eterna", es decir, ponernos en comunión con Dios en esta vida y consumar ese encuentro con la resurrección. En Juan 17,3 se hace una precisión ulterior sobre la vida eterna: equivale a conocer a Dios como el único verdadero y a su enviado Jesucristo. Conocer implica aquí, una comunión de fe y de amor. Y también la aceptación de Jesús como el Hijo enviado por Dios y quien entrega la vida también en la crucifixión

Por lo anterior, el testimonio de la Cruz es claro y exigente: allí se ve en profundidad la vida. Quien penetra hondo en la muerte de Jesús, misterio de amor y no sólo de dolor, misterio de entrega y no sólo de rechazo, verá también cómo en sus cruces ya asoma el capullo de una vida floreciente, cuando esté exaltada con Jesús en la Resurrección. He aquí el punto de partida de una espiritualidad de la esperanza en medio de los absurdos humanos de la guerra y de todas las formas de negación del otro y de la vida. El contexto inmediato de esta frase (Jn 14,6) es la despedida de Jesús. Él deja a los suyos pues se va a preparar un lugar y después volverá para llevarnos con él a la casa del Padre. Nuestro hermano mayor quiere reunirnos con él para siempre. El retorno de Jesús es la venida del Espíritu, enviado por el resucitado y quien trabaja en nosotros, para hacernos vivir como él vivió (Jn 14,16-17.26;16,13-14). Luego Jesús dice: "¡Y a donde yo voy sabéis el camino!" Quien conoce a Jesús, conoce la vía, pues el camino es su vida, aquella existencia llevada a través de la muerte junto al Padre.

Ahora un discípulo pregunta por el camino. Tomás dice: "Señor, no sabemos a dónde vas. ¿Cómo podemos conocer el camino?" Jesús responde: "Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí". Tres palabras importantes. Sin un sendero, no se camina. Sin verdad, no se acierta. Sin vida, ¡sólo hay muerte! Jesús explica el sentido, porque "¡nadie viene al Padre sino por mí!" Pues, él es la puerta por donde las ovejas entran y salen (Jn 10,9). Jesús es la verdad, pues al mirarlo, vemos la imagen del Padre. "¡Si vosotros me conocierais, conoceríais también al Padre!" Jesús es la vida, porque quien sigue las huellas de Jesús, está unido al Padre y tiene la vida del creyente capaz de forjar una comunidad.
Pero Jesús no sólo es el camino, la verdad la vida, no sólo anuncia su identidad sino también su praxis, pues de hecho, un camino lleva a un lugar, en este caso al Padre (Jn 14,6). En otras palabras a través de la vida y de la verdad, Jesús nos conduce a la comunión de vida con Dios, con el Abbá. Y a su vez, el Padre se revela en la vida, en la Palabra y en la verdad de su hijo Jesús.

De otro lado, para los discípulos, el camino de Jesús identifica la donación amorosa y total de sí mismo a su Padre y por los seres humanos. Esta debe ser la ruta también de quienes optan por el seguimiento del maestro. La fe y la confianza en Jesús descubren el único camino para lograr la meta de la historia de la salvación: la unión con el Padre, fuente de la vida y de la verdad.

Tanto la verdad como la vida explican el camino, incluso esta manifestación del Señor Jesús como el camino nos revela el sendero o la ruta expedita para entrar en la comunión permanente y estable con Dios y con la comunidad de los hermanos y hermanas creyentes. Jesús es el acceso a realidades de corte divino, tales como verdad y la vida con sentido y ambas necesidades bien sentidas en nuestra sociedad.

Yo soy la vida, es decir, lo más importante de mi ser está en la energía capaz de darme identidad. Recordemos otra expresión de Jesús: "El Padre quien vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo el que me coma, vivirá por mí." (Juan 6,57). Jesús habla de la misma Vida de Dios, comunicada a él y, a través de él, se nos comunica a nosotros. "Nadie se acerca al Padre..." En Juan 6 había dicho Jesús: "nadie viene a mí si el Padre no lo atrae". Los dos argumentos del Maestro se complementan. Para quien nace del Espíritu, el Padre no es alguien lejano, su presencia es inmediata. Hacerse hijo es hacer presente al Padre. La identidad con Jesús, hace participar al discípulo de la idéntica vida de Dios.

Si llegáis a conocerme del todo, conoceréis también a mi Padre. Una vez más se refleja el "ya, pero todavía no" de la primera comunidad. El seguimiento de Jesús es un dinamismo constante. No se trata de progresar en el conocimiento, sino en la comunión con los hermanos y con Dios por amor (amor de ágape). El conocimiento vivencial de Jesús, manifestará al Padre en el discípulo. Felipe uno de los seguidores de Jesús, pide una teofanía como aquellas narradas en el Antiguo Testamento. Ve a Jesús como un representante de Dios, no la presencia misma de Dios. Por eso hoy debemos reafirmar: En Dios está la vida, Jesús es la vida con sentido. Para Jesús la medida del amor es amar a los hermanos como él nos amó, es decir, amar sin medida. El mandato de Jesús es uno solo: “¡amarnos unos a otros como él nos amó!" Jn 15,12). Jesús supera el Antiguo Testamento. El criterio antiguo era: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Lev 18,19). El nuevo criterio es: "Amaos unos a otros como yo os he amado". Él presenta aquí el criterio definitivo: "¡No hay prueba de mayor amor que dar la vida por y para los hermanos!"

Y en este entorno, Jesús nos llama, nos hace y nos considera, sus amigos, ya no somos siervos ni esclavos de nadie; somos propiedad de Dios porque estamos contagiados de la vida de Jesús, vida eterna, existencia inmortal, vencedora de la muerte. "Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando", a saber, la práctica del amor hasta el don total de sí! Enseguida, Jesús coloca un ideal altísimo para la vida de los discípulos. Dice: "No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer".

Jesús no tenía más secretos para sus discípulos. Todo lo del Padre nos lo cuenta. Este es el ideal de la vida en comunidad: llegar a una total transparencia, hasta el punto de no tener secretos entre nosotros y poder confiar por completo el uno en el otro, compartir la experiencia de Dios y de la vida y, así, enriquecernos mutuamente. Los primeros cristianos alcanzarán pronto este objetivo: "Eran un solo corazón y una sola vida" (Hch 4,32; 1,14; 2,42.46). Jesús no nos manda amar a Dios ni a amarlo a él, más bien nos regala una misión, amar como Dios y como él mismo, nos ama. En realidad no se trata de una ley, sino de una respuesta a la acción llena de vida y de bondad de Dios en cada uno de nosotros, y esa acción del Padre en los seres humanos, se manifestó de manera plena en Jesús. Nuestro amor será "un amor que responde a su amor" Jn 1,16). El amor dador de la vida y la vida entregada por amor, surgen desde dentro, no se imponen desde fuera. Se trata de manifestar a Dios en cuanto vive en lo más hondo de mí ser, y él se hace visible en mis obras.

El evangelio emplea en este relato, para hablar del amor capaz de dar la vida, la palabra griega ágape. Los primeros cristianos podrían usar otros términos griegos para hablar del amor (philia, eros, stergo, nomos...). Ninguno de estos vocablos excluye a los otros, pero solo "agape" expresa el amor sin mezcla alguna de interés personal. Se trata del don de sí mismo, sólo posible en Dios. Al emplear "agapate" (que os améis), se hace referencia a Dios como amor, es decir, al grado más elevado del don de sí, se habla del ser de Dios. Dios es amor (1Jn 4,8). No se habla aquí de un amor de amistad, el amor de familia, o de una "obra de caridad".

Quien primero dio la vida por sus amigos, para mostrar hasta dónde llegaba su amor, fue Jesús. De esa manera desplegó una cualidad exclusiva de Dios. Se nos pide amar con el mismo amor de Dios, para ser capaces de entregar la vida hasta el último aliento, como Jesús. Dios mostró su amor a Jesús con el don de sí mismo. Jesús está en una dinámica semejante con los suyos, es decir, les manifiesta su amor hasta el extremo. El amor de Dios es la realidad primera y fundante. También la primera carta de San Juan lo deja en claro: "En esto consiste el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero" (1Jn 4,10). Descubrir esa realidad y vivirla, es la principal tarea de un discípulo de Jesús. Dios por lo tanto no se agota en asomarse como quien ama, más bien, Él es el amor. En Él, el amor es su esencia, no una cualidad como en nosotros. Yo puedo amar o dejar de amar, y sigo siendo yo. Si Dios dejara de amar un solo instante, dejaría de existir.

Dios manifiesta su amor a Jesús, como se lo manifiesta a todas sus criaturas; como me lo manifiesta a mí. Pero no lo hace como nosotros. No esperemos de Dios "muestras puntuales de amor", pues no puede dejar de demostrarlo a cada instante. Dios es amor y lo descubrimos dentro de nosotros, como una realidad de nuestro ser. En sentido estricto, Dios no puede ser amado. Él es el amor con el cual yo amo, no el objeto de mi amor. Por eso para Jesús el mandamiento nuevo es uno solo: amar a los demás, no de cualquier manera, sino como Jesús nos ha amado. Es decir, manifestar ese amor, o sea a Dios, en nuestras relaciones con los demás.

El amor no se impone por decreto, cualquier esfuerzo para cumplir el amor a partir de un mandato, fracasa. El esfuerzo se encamina a descubrir a Dios quien es amor, Dios es amor, dentro de nosotros. En el fondo, para un cristiano, lo primero es la experiencia de Dios. El amor de ágape supera el instinto y el sentimiento. El verdadero amor es don total. Si hay un límite en mi entrega, aún no he alcanzado el amor evangélico. Dar la vida, por los amigos y por los enemigos, es la consecuencia lógica del verdadero amor. No se trata sólo de dar la vida biológica, morir por o para…, sino poner todo, cuanto somos y tenemos, al servicio de los demás.

En esta dinámica, no tiene sentido hablar de siervo y de señor. Sino de amigos, hermanos, identificados en Dios quien es amor; aquí ya no hay lugar ni para el "yo" ni para lo "mío". Comunicación total en el orden de ser, en el orden del obrar y en el orden del conocer. En el cuarto evangelio, Jesús acaba de mostrar este criterio cuando se pone un delantal (vestido de siervo) y lava los pies de sus discípulos. Jesús compartió todo con nosotros. Con esta frase san Pablo vuelve a un lugar común, la vida militar, y utiliza el vocablo "ración" (de dinero), con el cual se mostraba el pago a un soldado. Subyace por lo tanto la idea de un pago repetido y de manera regular. Cuanto más le sirve un ser humano al pecado, más se gana en pago la muerte. Pero el don gratuito de Dios, en contraste con el salario del pecado, es la vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro. Este regalo se lo hace Dios al creyente por pura bondad. No asoma ninguna exigencia, es del todo gratis, por ello, esa misma gracia de Dios produce la comunión estrecha entre Dios y el creyente, mejor aún, el cristiano se asimila a Dios (2Cor 3,18), en Jesús el Cristo.

A partir de esta comunión de vida con Dios, el creyente por una opción libre, se hace "esclavo" del Señor, es decir, le entrega toda su vida y se pone por completo a su disposición, a la manera de Cristo Jesús.
La entrega a Dios supone el abandono de las costumbres y los usos paganos, de las tendencias profanas y del apego al poder del pecado. Dicha entrega voluntaria a Dios no nos aparta del mundo, pero sí nos permite vivir en medio de él dedicados a Dios.

La meta de la entrega y la comunión con Dios es la vida eterna, o en frase de san Pablo, "vuestro fruto es la santificación". Este proceso ya comenzó, se pueden percibir sus incidencias, pero su "final" como consumación todavía está por llegar. Por eso es tan nocivo el pecado, porque su fruto es destruir al ser humano, volverlo cosmos, naturaleza, polvo de la tierra... hacerle perder su dimensión trascendente. En estos versos (Rom 6,20-23) se contraponen dos estilos de vida: la existencia desde el pecado, y la vida desde Dios. La libertad se juega en la opción y un discípulo de Jesús le apunta a la vida. Ya desde Romanos 6,12, Pablo advierte sobre los efectos nocivos del pecado, porque como poder y fuerza esclaviza a las personas; el pecado puede reinar sobre ellas. Aunque un cristiano sea bautizado y por ello liberado del pecado, esta liberación no es definitiva en cuanto las tendencias naturales siguen presentes en cada persona. El cristiano aún puede ser tentado y sucumbir a la seducción del pecado cuando nos pone al servicio de sus apetencias.

La propuesta para un creyente cuando opta por la vida y vive cada día su bautismo, consiste en rechazar el señorío del pecado allí donde todos los días se toman decisiones, en el corazón, en la conciencia. Ese señorío del poder del pecado conduce a la muerte. Pero nosotros los cristianos estamos bajo la soberanía de la gracia.

El problema no se centra en el sentido de la esclavitud y su concepción en el imperio romano, o en los usos y costumbres del s. I DC, en el mundo mediterráneo. La preocupación de Pablo va más al fondo de las realidades. El poder del pecado es capaz de generar unos servicios y una praxis propia de un servidor, de un esclavo, de un criado. El asunto no es el estatus del esclavo; en esta reflexión de fe, interesan más bien los servicios prestados al pecado o la gracia. Se nos llama al servicio de Cristo, esta es la vida con sentido de trascendencia.

Para Pablo, los bautizados estamos al servicio de la justicia, por eso caminamos hacia la santificación. Y el hecho de comportarnos como Jesús, no por mérito nuestro sino por la gracia de Dios en nosotros, nos permite alcanzar la meta de la vocación universal: la santidad. En ese sentido este don de la santidad es un regalo, la expresión de una santidad recibida (el amor derramado en nuestros corazones Rom 5,5). Ya no es la Torá (la ley) quien define el código de santidad sino esa experiencia pascual de morir y vivir con Cristo. Gal 2,20 Para san Pablo, su fuerte experiencia de transformación fue fruto del encuentro personal con Jesús crucificado y resucitado. Para él fue central Cristo resucitado en su experiencia de salvación. En verdad, Jesucristo resucitado, "exaltado sobre todo nombre", está en el centro de su vida creyente. Cristo es para el Apóstol el criterio de valoración de los acontecimientos, el fin de todo esfuerzo en el testimonio del Evangelio, la gran pasión donde se sostienen sus pasos por los caminos del mundo. Y se trata de un Cristo vivo, concreto: el Cristo -dice Pablo- "quien me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Gal 2, 20). Quien me ama, con quien puedo hablar, quien me escucha y me responde, es el principio para entender al mundo y para encontrar el camino auténtico en la historia.

San Pablo en el paso por las comunidades da testimonio de Jesucristo como "Señor", vivo ahora y presente en medio de los suyos. El apóstol testimonia a Jesús, su enseñanza, pero sobre todo su muerte y resurrección, como culmen de su existencia terrena y raíz del desarrollo sucesivo de la fe cristiana, de la realidad de la Iglesia. Para el Apóstol, la resurrección no es un acontecimiento en sí mismo, separado de la muerte: el Resucitado es el mismo crucificado. También como Resucitado lleva sus heridas: la pasión está presente en Él y sufre hasta el fin del mundo, Resucitado y vivo con nosotros y para nosotros. Esta identidad del Resucitado con el Cristo crucificado, Pablo la asimiló en Damasco (Hch 9,4). Pablo perseguía a Cristo en la Iglesia y allí vio cómo la cruz era "una maldición de Dios" (Dt 21,23), pero sacrificio para nuestra liberación.

En la Carta a los Gálatas, Pablo nos dona una profesión de fe muy personal, en la cual abre su corazón frente a los lectores de todos los tiempos y revela cual es el resorte más íntimo de su vida (Gál 2,20). La praxis de Pablo, parte de este centro. Su fe se revela como la experiencia de sentirse amado por Jesucristo de una manera del todo personal; tiene conciencia de un hecho singular: Cristo enfrentó la muerte por amor a él -a Pablo- y, como resucitado, lo ama todavía mucho más, Cristo se ha desgastado por él; Cristo nunca murió ni resucitó por realidades anónimas o inertes.

La fe de Pablo nace de ese hecho, de ser alcanzado por el amor de Jesucristo, un amor enraizado en lo más íntimo de su ser, el cual lo transforma. Su fe no es una teoría, una opinión sobre Dios o sobre el mundo. Su fe es el impacto del amor de Dios sobre su corazón. Y así, esta misma fe es amor por Jesucristo. La persona de Jesús era para él demasiado grande como para sacrificarla en vista de un logro exterior. El encuentro inmediato e impactante con el Resucitado ameritaba para él la lucha, la persecución, el sufrimiento. Pero la motivación más profunda, era sentirse amado por Jesucristo y el deseo de transmitir a otros este amor. Pablo, era alguien capaz de amar, y todo su obrar y su sufrimiento se explica a partir de este centro. Su anuncio se comprende sólo desde aquí.

La experiencia de ser amado hasta el final por Cristo le abrió los ojos sobre la verdad y sobre el camino de la existencia humana: esa experiencia abrazaba todo. Pablo era libre como hombre amado por Dios quien, en virtud de Dios, estaba en capacidad de amar junto con Él. Esta es una de sus realidades más esenciales: la libertad. Este amor es ahora la "ley" de su vida y es la libertad de su vida. Él habla y actúa movido por la responsabilidad del amor, él es libre, y ama, él vive del todo en el compromiso de este amor y no toma la libertad como pretexto para el albedrío y el egoísmo.

En el mismo espíritu, San Agustín formuló una frase, luego muy famosa: "ama y haz lo que quieras". Quien ama a Cristo como Pablo, puede en verdad hacer cuanto quiere, pues su amor está unido a la voluntad de Cristo, y por ende, a la voluntad de Dios; su voluntad está anclada en la verdad y no es una simple voluntad, arbitrio de su yo autónomo, por el contrario, está integrada a la libertad de Dios y de ella recibe la luz, para seguir el camino de su vocación. La vida del apóstol está signada por el amor, y el amor de Cristo Jesús es su vida. 1Jn 1,2 Esta afirmación de 1Jn 1,2, nos remite quizá al Cuarto Evangelio: en la muerte, como en el caso de Lázaro, se experimenta el significado de la vida (Jn 11,25-26; Jn 17,3; Jn 5,20). ¿Alguien ha escuchado y ha visto, ha contemplado, ha tocado con sus manos la vida verdadera y la experimenta, hasta ser capaz de decir: "yo sé de una vida que vale la pena vivirla"? Yo conozco uno, de carne y hueso, parece decir el autor de esta carta, quien ha vivido de verdad su existencia. Una persona, expresión misma de la energía vital, de la fuente de la vida, de la palabra de la vida. Doy fe de ese hecho y “me muero de ganas" de comunicarlo a ustedes, para hacerlos partícipes de él. Se trata del fascinante Jesús de Nazaret, nuestro salvador; yo lo he visto, escuchado, tocado con mis manos, y él dice la verdad, no lo duden.

Yo hablo de quien era desde el principio

El autor de esta epístola y su comunidad nos participan su comprensión, la Palabra de Jesús, su pensamiento, su presencia eficaz, el hecho de ser artífice de la creación. El secreto del universo estaba sin velo ante sus ojos, la verdad íntima de las cosas latente debajo de las apariencias; él toca la fuente de la vida, el principio dominante de la creación, identifica el grano bajo la tierra, yaciente bajo nuestros pies, como también la distante estrella en el firmamento.

El texto nos habla de quien iba por los caminos de Galilea y Judea con una actitud de gran compasión hacia los hambrientos y sedientos para satisfacerlos, hacia los forasteros y marginados para acogerlos, a los sin ropa ni techo para darles hospitalidad, a los enfermos para sanarlos, a los encarcelados para visitarlos y liberarlos. El autor del texto y su comunidad, nos dicen: hemos vivido y experimentado esta realidad, la queremos compartir, Jesús nos ha beneficiado y quiere hacerlo con ustedes para darles sus mejores dones, para fascinarlos con la causa de Dios, por eso damos testimonio.

Jesús nos lo dice siempre: una vida con sentido es posible y no es sólo una quimera, esta vida existe, no estamos abandonados al pesimismo; una vida de tal talante, una vida plena, es una vida a la cual podemos aspirar y esa vida con sentido está en medio de nosotros. El sentido lo otorga el darnos en el servicio los unos a los otros, como Jesús. Una vida para compartir

Hay un testimonio de primera mano, lo anunciamos, dice el autor de la primera Carta, cuánto hemos recibido gratis, lo entregamos de la misma manera a ustedes. Este testimonio es en vivo y en directo; desde la fe debemos contar lo ocurrido en nosotros y lo bueno sucedido a otros; con rapidez, contar lo vivido, lo repasado en el corazón, las motivaciones de nuestro actuar. Una simple descripción de la fe, pasa sin pena ni gloria, pero cuando un creyente sincero relata su personal experiencia del resucitado, quien lo revuelca a diario, este hecho nos atrae, y lo encontramos fascinante.

Si damos personal testimonio de la fuerza de esta vida, este hecho tendrá una fuerza de convicción en la conciencia de nuestra comunidad. Si nuestra experiencia es vívida, tendrá un efecto pasmoso. La experiencia puede y debe repetirse. Si el testimonio habla de una experiencia, se trata no solo de una noticia informativa, sino de una práctica directa. El autor dice: os lo anunciamos a fin de que vosotros entréis en comunión con nosotros. En este sentido debemos vivir el evento: "Deseamos que esta experiencia sea la de ustedes", aquí yace la finalidad primera, compartir la vida. Según la carta, no vivimos esta realidad solo para nosotros, se trata de una noticia para hacer partícipes a los seres humanos, para iluminar la existencia de quienes aspiran a una vida con sentido. Una expresión de comunión

El testigo de Jesús resucitado (como el discípulo a quien Jesús amaba) nos mueve a entrar en comunión con él, en este hecho él nos da una lección de cómo compartir. La Iglesia primitiva ponía todo en común, los bienes materiales y espirituales, así ninguno tenía necesidad. La Iglesia del Señor es una comunidad capaz de compartir, la comunión verdadera lleva a compartir los bienes, nuestro ser y haber, y ese hecho de compartir da prueba, en esta historia, de nuestra fe.

Participar las riquezas como Jesús lo hizo nos une como hermanos; con dificultad vamos a entender el texto, si no practicamos la comunión. Los creyentes, de hecho, se sienten cercanos unos a otros, por eso se llaman hermanos y hermanas, por ello comparten los bienes, de ese modo el acercamiento no es tan sólo una aproximación lingüística, rígida en el ámbito de las palabras. Quien ha hecho la experiencia del autor y de la comunidad, tiene a Jesús como Señor y salvador de su vida; quien asume la Biblia como camino de fe y de conducta está en estrecha comunión. Se trata de un evento espontáneo, se percibe de inmediato cuando la palabra se hace vida en el compartir. La fe cristiana comunica una verdadera alegría

Os escribimos estas cosas para que vuestra alegría sea completa, 1Juan 1,4. Si recibimos el testimonio del autor y su comunidad y lo asimilamos, entonces, él dice la verdad y en nosotros encuentra su alegría. Se trata del gozo alcanzado cuando como hermanos y hermanas, compartimos juntos. Es fuente de gran alegría estar en comunión y en armonía el uno con el otro, porque la comunión con las personas más necesitadas, nos pone también en comunión con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo.

Como se experimenta una gran alegría en la reconciliación con las personas con quienes estábamos disgustados, cuando olvidamos las dificultades y volvemos a hablarnos con confianza, estrechamos la mano y ofrecemos una sonrisa sincera e incluso con lágrimas en los ojos, damos el abrazo, así debe suceder cuando Jesús nos reconcilia.

En Jesús somos benditos, esta es la alegría profunda capaz de dar sabor a la vida. No podemos crear los pajaritos, pero sí cuidarlos en la casa, mientras nos alegren con su gorjear. Del mismo modo no podemos producir los dones de Jesús, pero cuando los recibimos y le damos espacio a Él, canta dentro la paz, la alegría nos habla del Creador, nos invita al encuentro con los hermanos y hermanas. Dt 30,19 “Pongo hoy por testigos contra vosotros al cielo y a la tierra: te pongo delante vida o muerte, bendición o maldición. Escoge la vida, y vivirás, tú y tu descendencia” Con este fragmento (Dt 30,15-20) concluye la proclamación de la ley deuteronómica, es decir, aquella amparada bajo la mentalidad del libro del Deuteronomio. Los destinatarios de este anuncio son todos los desterrados de Israel. La situación de exilio, esclavitud, pérdida de la tierra, pobreza... deben ser una oportunidad para reflexionar sobre las causas de dicha situación y volver a Dios, porque es la única y definitiva solución. He aquí la auténtica esperanza

El texto concreta el argumento cuando contrapone dimensiones esenciales del ser humano: la vida y la muerte, el bien y el mal, la bendición y la maldición. Llama la atención cómo el autor no obliga a una determinada elección, más bien pone en labios de Dios la propuesta, la iniciativa depende de la libre elección del pueblo y de las personas (v. 15. Pongo delante de ti), por eso se trata de una opción responsable de graves consecuencias en caso de un error. La importancia del hecho queda al descubierto en los testigos traídos para el acto. El cielo, la tierra y el cosmos creados son llamados como garantes (v. 19) de la alianza entre Dios-y su pueblo. Porque la vida es no sólo un don de Dios sino la participación de su ser (v. 20). Él es el viviente y nos hace vivir. Dios desea comunicarnos su vida y su bendición, para ello nos da unas instrucciones de bien vivir y nos señala cómo caminar por sus sendas y proyectos (v. 16).

La comunidad, un lugar para la escucha. Cuando Dios habla, convoca, crea un pueblo donde obtiene oyentes. Más aún, el Dios bíblico, incluso cuando dialoga con un individuo, habla para el pueblo. La audición de la Palabra del Señor está en el origen de la vida en común. El Deuteronomio plantea la alternativa: o escuchar a Dios y vivir o hacerse el sordo y morir (Dt 30,19-20).

El pueblo, al cual se le recuerda su deber de escuchar a Dios, es ahora un pueblo al cual se le ha olvidado su Dios, y su falta de memoria le hace olvidar las acciones de Dios a favor de quienes él ama: el pueblo ha perdido la tierra, la paz y sus hermanos y está a punto de perderse de Dios y de perderse a sí mismo. La llamada a la escucha de Dios es, pues, una invitación a recuperar la fidelidad y la garantía de su supervivencia: el pueblo cuando nace de la Palabra de Dios cuenta sólo con el Dios de la Palabra.
La pérdida del sentido de pertenencia a la comunidad creyente y los intentos de ir por un sendero libre sin Dios son un obstáculo para el encuentro con la Palabra, es decir, para el encuentro con Dios. Sólo una comunidad, nacida de la escucha de Dios, posee la certeza de oír a Dios: así cuando el creyente se halla en asamblea, en una comunidad activa, confiesa y muestra con su vida cómo la Escritura leída es palabra de su Dios.

Para la mentalidad de nuestro texto, es Moisés quien ahora exhorta a Israel (y hoy a nosotros, a los creyentes de todos los tiempos) a tomar la decisión correcta con nuestra existencia, en la nueva etapa de la vida: debe ser una decisión acorde con el proyecto y la voluntad de Dios, visible en las motivaciones aleccionadoras de Moisés a los suyos.

Estamos delante de la propuesta de los "dos caminos". La decisión y la actitud a favor de la vida conducen a la felicidad. Desde aquí se desencadenan unas consecuencias para recibir la bendición; el escenario es bien concreto: la tierra de promisión. El texto sólo tiene en cuenta la expectativa positiva: escoge la vida, es la única opción digna de nuestros esfuerzos, de nuestras lágrimas y de nuestras esperanzas; sólo ella vale la pena. El argumento del libro de Ester, entreteje una serie de intrigas cortesanas, con las cuales se pretende desaparecer al pueblo de Dios; con ese complot peligra la subsistencia de la comunidad judía dispersa, y sólo se salvará merced a la decidida intervención de Ester y de su tío, Mardoqueo, judío discreto, sabio y fiel. La bella judía Ester, tiene el apoyo de un hombre capaz de mantenerse en segundo plano. Los enemigos al final serán exterminados, de ese modo la comunidad judía podrá celebrar el alborozo y el regocijo de la liberación a través de la fiesta de los purim («las suertes»).

Dios sigue fiel a alianza con el pueblo judío. Dios garantiza la supervivencia y el triunfo de la comunidad judía. Dios dirige las acciones y conduce los acontecimientos. Por eso los personajes manifiestan su fe en esta providencia (Est 4, 13-14). De otro lado, en el texto se descubren las líneas directrices de la historia según el proyecto de Dios. Ester manifiesta su aceptación en la respuesta a Mardoqueo: «Ve a reunir a los judíos de Susa y ayunad por mí, sin comer ni beber durante tres días y tres noches. Yo y mis criadas ayunaremos también; después me presentaré ante el rey, aun en contra de su orden; y si he de morir, moriré» (Est 4, 16). El conflicto entre el pueblo de Dios y los poderes del mundo, debido a la singularidad de la comunidad elegida, se resuelve gracias a la sabiduría de unos creyentes fieles a la voluntad de Dios. El contraste entre la aparente debilidad del pueblo elegido y la superioridad del enemigo es vencido por la acción salvadora de Dios. Un pueblo pequeño, débil, enfrenta con creces la superioridad de los enemigos.

Dios exalta al inocente cuando todo parece perdido. Dios, de esta manera, emite un juicio histórico contra los malvados y la intervención decisiva de una mujer en el camino hacia la salvación pone al descubierto hasta dónde llega el amor de Dios por los suyos y cómo se sirve de personas en apariencia insignificantes delante de la sociedad. Este hecho fue capaz de hacer crecer la identidad, la unidad y el espíritu de solidaridad de los israelitas dispersos.

El libro de Ester en el capítulo siete nos describe un banquete, donde están presentes el rey, la reina Ester y Amán, el enemigo de los judíos, quien busca exterminarlos. En medio de la fiesta, el rey le pide a la reina Ester hacerle la respectiva solicitud para acabar con la preocupación de esta hermosa mujer. Ella entonces pide por su vida y por la existencia de su pueblo, pues estaba ya tomada la decisión imperial de exterminar a los judíos (incluida la judía Ester). Al presentar su solicitud, la reina muestra su conocimiento del edicto real antijudío, porque usa los mismos términos escritos en la orden de exterminio: "destruidos, muertos, eliminados..." (cfr. 3,13). Cuando el rey Asuero pregunta por el responsable de semejante plan, Ester señala al malvado Amán. Entonces el relato llega a su máxima ironía: el enemigo de los judíos se pone a los pies de la reina para pedir por su vida, de los débiles depende ahora la vida de los poderosos.

En principio el rey no podía condenar a Amán su servidor, pues éste cumplía con una orden real firmada y sellada por Asuero. Pero el error de Amán consistió en no respetar las normas del harén real, ni el protocolo con la reina, por eso fue condenado a muerte. Y de esa manera, Amán muere en el mismo lugar y con el mismo instrumento preparado por él para sus supuestos enemigos (los judíos). En síntesis, desde Dios siempre triunfa la debilidad, la pequeñez y la vida. Al presentar su solicitud, la reina muestra su conocimiento del edicto real antijudío, porque usa los mismos términos escritos en la orden de exterminio: "destruidos, muertos, eliminados..." (cfr. 3,13). Cuando el rey Asuero pregunta por el responsable de semejante plan, Ester señala al malvado Amán. Entonces el relato llega a su máxima ironía: el enemigo de los judíos se pone a los pies de la reina para pedir por su vida, de los débiles depende ahora la vida de los poderosos.

En principio el rey no podía condenar a Amán su servidor, pues éste cumplía con una orden real firmada y sellada por Asuero. Pero el error de Amán consistió en no respetar las normas del harén real, ni el protocolo con la reina, por eso fue condenado a muerte. Y de esa manera, Amán muere en el mismo lugar y con el mismo instrumento preparado por él para sus supuestos enemigos (los judíos). En síntesis, desde Dios siempre triunfa la debilidad, la pequeñez y la vida.
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