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Ser Niño "huacho" en la historia de Chile (siglo XIX)

Trabajo de mención en Lenguaje y Comunicación Ramo Etica
by

Geraldine Soledad Acevedo

on 27 February 2013

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Transcript of Ser Niño "huacho" en la historia de Chile (siglo XIX)

A modo de presentación A los diez años creía
que la tierra era de los adultos.
Podían hacer el amor, fumar, beber a su antojo, ir adonde quisieran.
Sobre todo, aplastarnos con su poder indomable.
Ahora sé por larga experiencia el lugar común: En realidad no hay adultos, solo niños envejecidos.

Niños y adultos, José Emilio Pacheco Historia y cultura de Chile No existe país alguno que pueda desligarse de su historia y su cultura. Por lo general, cada aspecto o característica específica de un pueblo tiene correspondencia con su historia. Del ser huacho en el chile del siglo XIX en la ópticas de las autoridades de la época.
Fuente: Gabriél Salazar. "Ser niño "huacho" en la historia de Chile (siglo XIX). LOM ediciones, Santiag de Chile 2006. Pág. 52.
"Hemos declarado una guerra de exterminio contra el vagabundeo, que debe comenzar, necesariamente, por la extirpación de los niños huachos que, por miles, infestan nuestras calles y plazuelas levantando algazaras insoportables que se extienden por todo el día. Lo que es el resultado del hecho que son sus madres las que, irresponsablemente, los descuian mientras ellas simulan lavar -semidesnudas y sin temor de Dios- en los pilones y las acequias de la ciudad, mientras en realidad tejen cinciliábulos y amancebamientos con los mocetones y holgazanes que las rodean, con gran escándalo para el vecindario honesto." (Ordenanza de Policía del Departamento de La Serena. En AMI (Archivo del Ministerio del Interior) vol. 146, julio 18 de 1843)
El ser huacho tiene una connotación de suyo despectiva y que, tras la lectura de este libro, cobra insospechadas dimensiones. Los niños y mujeres inexistentes para la elite Chilena. “(…) Los obreros pagan tributo a Baco, obedeciendo a un salvaje atavismo que les llama con fuerza ciega. Por todos lados se percibe el rumor de la orgía que arranca hombres y mujeres de sus hogares sórdidos donde se revuelcan los críos harapientos abandonados a su suerte.
Por las casas de préstamos de tercer orden, esas ferias piojosas de los barrios bajos santiaguinos, hay aglomeración de mujeres lamentables que empeñan zapatos, faldas, hasta colchones, para dar un mendrugo a la prole que chilla en la mugre de la covacha (…)” (1)
Nuestra literatura chilena es prolífica en ejemplos de este tipo. Cómo olvidar al personaje Paulita, de Federico Gana... “ ¡De José, de Josecito, mi hijo! Sí, Señor. ¡Cómo no había de saber! Está muy en grande por allá en Antofagasta. Dicen que ya salió de ese hotel y que ha juntado plata para poner una tienda. Dicen también que anda muy elegante, que parece todo un caballero. Yo lo decía que Dios había de proteger a mi hijo tan bueno, tan amante, tan sometido y respetuoso con su madre. Cuando lo puse a servir, el primer sueldo me lo trajo hasta el último centavo, después, cuando salía a verme, siempre me traía cualquier regalito. Decía también que yo ya no estaba para trabajar, que él me daría para que descansara en mi vejez.” (2) Efectivamente, estos hechos vienen a constituir la historia jamás contada, la historia no oficial de Chile. Continuamos con los ejemplos que dan cuenta del vicioso círculo que encadena y ha encadenado al proletariado chileno por décadas: la falta de oportunidades y la mantención –necesaria para algunos- de este sistema que mantiene las brechas entre ricos y pobres. El niño huacho… de no terminar en un barranco como comida para los perros tenía un alto porcentaje de terminar siendo regalado como sirviente de alguna casona señorial – a ración y sin salario, como se menciona repetidas veces en el libro y cuyo tenor resuena como un doloroso eco en la conciencia de cualquier persona.
Qué fácil era, entonces, ser huacho. Los pocos que hacían de papá, continúa Salazar:
“Trabaja laboriosamente, de sol a sol, de año a año, para nosotros. Pero también para el patrón.
“ En las ventanillas de los vagones aletean manos morenas; otras manos responden desde abajo y el trencito, más que vidas humanas, lleva una carga de esperanzas”
Oscar Castro.
“La vida simplemente”
Ed. Del Pacífico 1975
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