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Profra. Paola Padilla
La publicidad ejerce una presión continua sobre nuestro inconsciente utilizando una gama muy reducida de tipologías humanas en las que predominan los cuerpos jóvenes, altos y delgados hasta el extremo, que también se observan tanto en manuales médicos como en carteles de programas de salud de instituciones públicas, poniendo como modelos de, ya no sólo cuerpos bellos, sino "cuerpos saludables" a estos mismos.
El cuerpo masculino aparece mayoritariamente representado como un agente en expansión, dominante, atrevido, en constante movimiento, desafiante, relacionado con las fuerzas y la potencia de la naturaleza.
Asociados a la representación de los cuerpos jóvenes, las emociones aparecen en el discurso en situaciones de explícita exaltación, relacionadas con el goce, el bienestar o la alegría sin límites.
Nunca se ponen en escena sus contrarios. Se construye la ficción de un mundo vivido sin responsabilidad, por tanto, un mundo a medias que sin embargo se vende como completo, a la luz de la diversidad de productos y situaciones que lo componen.
Aunque a veces se introduzcan actualizaciones aparentes de una doble discriminación social (porque pretende excluir a ambos sexos de la amplitud de opciones sociales existentes), el discurso sigue insistiendo en difundir conductas estereotipadas: expansivas, dominantes, desafiantes y autónomas para los hombres; pasivas, dominadas, inseguras y dependientes para las mujeres.
Se trata de discursos declarados como objetivos, donde no cabe ideología alguna...
El discurso científico, especialmente el biomédico, utiliza dos recursos básicos para justificar su objetividad y neutralidad:
1. el lenguaje impersonal, expresiones como: "los resultados sugieren" o "las evidencias muestran" parecen indicar que no hay ningún humano responsable de lo que está escrito, y así, es la "propia naturaleza" la que se manifiesta;
2. el análisis cuantitativo, que aporta la normativización de los resultados.
En términos de salud y enfermedad, el discurso médico marca direcciones y dicta formas de organización dentro de la sociedad.
Según la genealogía de Nietzsche, detrás del discurso médico circula una delimitación de distancias sociales y formas de relación asimétricas, hay un alejamiento entre la constitución argumentativa y su reproducción.
operan anclados en hospitales y clínicas, en consultorios privados y clínicas periféricas, pero se extienden a toda la población por los medios de comunicación y a través de las prácticas profesionales subordinadas como farmacias y laboratorios clínicos.
Esta es la primera y fundamental realidad generada por el discurso médico y su garantía de despliegue de poder: el personal médico sabe de antemano la condición de fragilidad de los individuos.
El conocimiento médico se ha constituido más "poderoso" que el conocimiento que la persona posee de sí misma.
La zona médica, los territorios físicos y simbólicos, constituyen su contexto, su ámbito de movimiento; introduce rupturas con los territorios-cuerpos de lo/as pacientes, con su contexto.
Es una estrategia de despojamiento e invasión.
Para la persona es un extrañamiento en su vida, sumado a su fragilidad expuesta.
Las posibilidades de dominio abiertas al personal médico son infinitas.
El diálogo establecido en el consultorio médico obedece más a estrategias retóricas y pragmáticas de argumentación, que a la descripción, explicación y comprobación de los procesos de enfermedad, partiendo del supuesto de que para que el/la paciente pueda entender mejor las indicaciones médicas no es necesario que tenga un mínimo de cultura médica.
El problema en términos generales radicaría en: cómo y mediante qué estrategias discursivas el personal médico construye su discurso para lograr convencer al/a paciente del proceso de enfermedad, así como también por el lado del discurso del/a paciente, cómo argumenta respecto de su estado y evolución de la enfermedad.
La búsqueda de adhesión o de persuasión es la función que prima en la comunicación de la consulta médica: el personal médico la utiliza para convencer e informar al/a paciente tanto del diagnóstico (etiqueta) como de la forma de atender su enfermedad. Existe una asimetría en todos los niveles y sentidos entre el personal médico y paciente (de estructuras cognitivas, de manejo de información, hábitos, etc.), esta asimetría muchas veces impide la comunicación efectiva y da paso a una praxis médico-institucional de dominación.
El discurso médico asigna etiquetas a las personas, a partir de las cuales de ahora en adelante definirá su identidad, se relacionará con las demás personas y será tratada por ellas. Esas etiquetas a menudo resultan en una estigmatización que genera discriminación, exclusión, violencia, etc.
La persona, que ha legitimado el discurso médico debido a la cultura, vive resignada a llevar a ese estigma, no lo cuestiona, no lo resignifica.
El personal médico (y a menudo el resto de las personas) etiquetan (estigmatizan) a las personas con base en sus carencias de salud, por su diversidad funcional, etc.
Christian Courtis advierte que deinir a una persona sólo por lo que no puede hacer, o en función de sus limitaciones, "supondría extender el rótulo de inútil o inservible a la humanidad entera. Prácticamente todo ser humano tiene limitaciones para desarrollar algunas actividades: cantar, realizar cálculos matemáticos, orientarse en un lugar desconocido, correr, practicar deportes, bailar, retener datos, recitar poesía, cocinar, realizar manualidades. Para la mayoría de las personas, el dato de sus limitaciones relativas a la realización de ciertas actividades es irrelevante. Las personas con discapacidad [y otras estigmatizadas a partir de los diagnósticos de ciertas enfermedades], sin embargo, han sufrido históricamente una rotulación que pone énfasis en las actividades en las que tienen limitaciones, en lugar de resaltar las actividades que sí pueden desarrollar sin dificultades".
Las personas con discapacidad [y otras estigmatizadas a partir de diagnósticos médicos] son un grupo de población que tradicionalmente ha sido estigmatizado, rechazado por la sociedad y objeto de múltiples discriminaciones.
Tales circunstancias las han colocado en situaciones de desventaja y exclusión social, debido, en gran parte, a que su condición de discapacidad, a juicio de la mayoría, se aleja de los estándares considerados "normales", que califican como diferentes a las personas con algún tipo de diversidad funcional (física, intelectual, sensorial y mental o psicosocial) y las condena a una existencia vinculada a la institucionalización, medicación y sometimiento, propiciando un desconocimiento de sus derechos, el ejercicio de los mismos en desigualdad de condiciones, y violación o vulneración constante de ellos.
El reconocimiento de la pluralidad y diversidad existente en la naturaleza permitiría eliminar todo tipo de jerarquizaciones, sesgos y discriminaciones existentes en el discurso médico actual.