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Duelos en el siglo XVII

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Eduardo González Siles

on 7 June 2016

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Transcript of Duelos en el siglo XVII

El célebre escritor también fue conocido por un pseudónimo que ha perdurado a través de la historia: “el manco de Lepanto”.
Durante la Batalla de Lepanto, Cervantes recibió tres heridas de arcabuz, un arma larga de fuego antecesora del mosquete y muy utilizada en infantería. El plomo de dos disparos le fue a parar al pecho y el tercero le dio de lleno en la mano izquierda.
Tras seis meses en el hospital, las heridas recibidas en el pecho pudieron ser curadas, pero la mano le quedó anquilosada a causa de un nervio que fue seccionado por un trozo de plomo, quedándole inutilizada de por vida. Pero jamás le fue amputada.

Cervantes se había ganado unos cuantos ‘enemigos’ a lo largo de su vida, lo que propició que en ciertos círculos comenzara a ser llamado, como una burla intencionada, con el sobrenombre de ‘el manco de Lepanto’.
Este hecho ha propiciado que, a través de la historia, finalmente hayamos conocido al genial dramaturgo por su nombre acompañado de ese mote. Esto creó la extraña leyenda alrededor de él que contaba que había perdido un brazo cuando le fue cortado por un turco durante la famosa batalla. Motivo por el que podemos encontrar numerosas ilustraciones que representan a Cervantes con la falta de un brazo (como la que acompaña este post).

El manco de Lepanto
Duelos en el siglo XVII
Existían muchos tipos de duelo. A veces podían ser resultado de un encuentro accidental (lo que en francés se denominaba rencontre) y tenían lugar sin mayor preparación.

Por lo general, sin embargo, los duelos se ajustaban a una serie de ritos. Uno era el desafío. En un caso de ofensa a la honra, el ofendido podía retar al ofensor a un duelo. También podía dirigirle un desafío por escrito, mediante «carteles» o cartas.

Como lugar de combate solía elegirse algún punto en las afueras de la ciudad, a resguardo de las autoridades; en París, el Pré-aux-Clercs era muy conocido como escenario de duelos. Pero éstos también podían tener lugar dentro de la ciudad y a plena luz del día.
Armas y utilización
- La flota de la Liga Santa, en formación de combate, emergió por la brecha que dejaban las islas de Kouhtsilaris y Oxía, seguida del ala derecha, que daba al mar abierto, al mando de Gian Andrea Doria y el ala izquierda, más próxima a la costa, estaba al mando de Barbarigo. La división de reserva, dirigida por el marqués de Santa Cruz, aún no había alcanzado las islas y probablemente rebasó Oxia por el oeste. Al llegar el marqués felicitó a Juan de Austria por haber encontrado al enemigo pero Gian Andrea Doria no compartía su entusiasmo ya que creía que eran los otomanos los que los habían localizado a ellos primero.
Cuando las fuerzas avanzaban se toparon con un cambio en la dirección del viento, que comenzó a venir desde el oeste, lo que beneficiaba a la flota católica. Los sacerdotes de las galeras cristianas, que eran jesuitas en el caso de los Habsburgo y franciscanos en las venecianas, creyeron que aquello se debió a una intervención divina.
Pese a contar con un número similar de soldados, los galeotes de las galeras de los Habsburgo y del papa, desprotegidos y mal armados debieron ser de escasa utilidad. Sin embargo, en el caso de las venecianas, aunque insuficientemente preparadas, contaban con casi todos los remeros reclutados y bien equipados por lo que casi triplicaban el número de combatientes. Los hombres de las galeras de Creta, Dalmacia y las islas Jónicas estaban entre los mejor equipados.
Según Rufo en La Austriada, los otomanos contaban con:
Bombas de fuego, máquinas terribles
de alquitrán, que en el agua más se enciende;
astas y flechas, llenas de empecibles;
yerbas, cuyo veneno presto ofende;
Arcabuzes, mosquetes insufribles,
cañones, de quien nadie se defiende;
Y mucha confianza en la batalla,
que es la mejor ventaja que se haya


Pablo Molinero
Eduardo González
Pablo Ruiz 2º ESO A
Sergio Montejo
Nico Pancorbo

Duelos en el siglo XVII
Era habitual que los duelistas combatieran «en camisa», dejando el torso expuesto a la espada del rival. Quedaba prohibido, por tanto, usar armaduras, como se hacía en los antiguos duelos caballerescos, aunque se conoce algún caso de duelistas que la intentaron llevar oculta y fueron sorprendidos por los testigos del contrincante. El duelo se desarrollaba generalmente a pie, aunque a veces también podía ser a caballo. En cuanto al armamento, se rechazaban las armas de fuego, que contradecían el ideal de valentía personal propio de los aristócratas. Sin embargo, se conocen muchos casos de duelos con pistola, seguramente porque se prestaba al combate cuerpo a cuerpo. En todo caso, el arma preferida era la espada, en cualquiera de sus múltiples variantes, aunque la más apreciada era la rapière o espada ropera, la más mortífera, pero que a cambio no causaba mutilaciones ni desfiguraba el rostro del rival. A veces se vigilaba que las espadas tuvieran la misma longitud, pero en la mayoría de ocasiones los contrincantes se lanzaban al combate sin más, para no parecer cobardes.

Cautiverio en Argel
En la epístola que Cervantes escribió para Mateo Vázquez podemos encontrar alguna referencia a las heridas que sufrió en Lepanto:
(…) A esta dulce sazón yo, triste, estaba
con la una mano de la espada asida,
y sangre de la otra derramaba;
el pecho mío de profunda herida
sentía llagado, y la siniestra mano
estaba por mil partes ya rompida (…)

Era indudablemente en cuanto a su forma el eslabón entre la Navis longo romana, la galera de los siglos XV y XVI y los dromones bizantinos. Muy semejantes sus condiciones respectivas en lo tocante a su ligereza, fue también muy semejante su destino en las armadas de tan distintas épocas, sirviendo en todas ellas de naves auxiliares y exploratorias.

Las dimensiones de los mayores barcos de esta especie en las fechas últimamente citadas eran: eslora, 140 pies: manga, 20: puntal, 9. Hasta el siglo XVI, en que se perfeccionó el uso de la artillería a bordo de las embarcaciones, iban armadas las galeras de un espolón a proa (el rostrum de la nave romana) hecho de bronce o de madera reforzado con zunchos de hierro y colocado muy bajo, casi en la línea de flotación con el objeto de desfondar el barco enemigo a quien embistiesen. Sobre la cubierta de la galera iban dispuestos a una y otra banda los bancos de los remeros, existiendo una división, llamada crujía, que permitía ir de la popa a la proa: en este paso se colocaba el cómitre o nostromo (hortator entre los romanos) para vigilar y animar a los remeros.
Galeras
Batalla de Lepanto
Fragatas
La fragata es un buque de guerra, concebido para actuar en misiones de guerra naval y antisubmarina, aunque puede disponer de sistemas para actuar como buque de apoyo en otras misiones.
Su misión en la época de la vela era muy parecida a la del crucero protegido a finales del XIX y del crucero ligero a comienzos del siglo XX: proteger el tráfico mercante ultramarino, siendo muy importante su participación en la lucha contra corsarios por su velocidad; atacar el tráfico del enemigo en caso de guerra y en las unidades más grandes y mejor preparadas combatir en auxilio de los navíos de línea; desempeñaba una importante misión destacada en exploración por delante y por los flancos de la armada en una época en la que no existían radares ni radios para enterarse de dónde podía estar el peligro.
Los buques denominados como fragatas, continuaron desempeñando un importante papel tras la aparición de la propulsión a vapor en el siglo XIX. Inicialmente, las armadas experimentaron durante la década de 1830 como grandes vapores de ruedas con grandes piezas de artillería situados sobre cubierta.

A mediados de la década de 1840, comenzaron a aparecer buques más similares a las fragatas tradicionales de vela, pero dotadas de máquina de vapor que accionaban una hélice.
Tras quedar herido y manco en la batalla de de Lepanto, Miguel de Cervantes continuo su existencia de marino castrense y regresaba a España el 26 de septiembre de 1575, día en el que quedo preso junto a su hermano. Cervantes quedo en cautiverio durante 5 años. Esto dejo huella en algunas obras como
Los tratos de Argel
y
Los baños de Argel.

Donde el cautivo cuenta su historia y sucesos. -Cap XXXIX

Donde se prosigue la historia del cautivo. -Cap XL

Donde todavía prosigue el cautivo su suceso. -Cap XLI

Sucesos
http://www.spanisharts.com/books/quijote/capitulo39.htm
Enlazes en la página siguiente
http://www.spanisharts.com/books/quijote/capitulo40.htm
http://www.spanisharts.com/books/quijote/capitulo41.htm
Capitulos que tratan la historia en la que un padre reparte la herencia a sus hijos:

Y así, llamándonos un día a todos tres a solas en un aposento, nos dijo unas razones semejantes a las que ahora diré: ''Hijos, para deciros que os quiero bien, basta saber y decir que sois mis hijos; y, para entender que os quiero mal, basta saber que no me voy a la mano en lo que toca a conservar vuestra hacienda. Pues, para que entendáis desde aquí adelante que os quiero como padre, y que no os quiero destruir como padrastro, quiero hacer una cosa con vosotros que ha muchos días que la tengo pensada y con madura consideración dispuesta. Vosotros estáis ya en edad de tomar estado, o, a lo menos, de elegir ejercicio, tal que, cuando mayores, os honre y aproveche. Y lo que he pensado es hacer de mi hacienda cuatro partes: las tres os daré a vosotros, a cada uno lo que le tocare, sin exceder en cosa alguna, y con la otra me quedaré yo para vivir y sustentarme los días que el cielo fuere servido de darme de vida.

Uno de los hijos elige el ejercicio (
oficio
) de las armas, para servir a Dios y a su rey. Es decir, ser militar.

Y, mandándome a mí, por ser el mayor, que respondiese, después de haberle dicho que no se deshiciese de la hacienda, sino que gastase todo lo que fuese su voluntad, que nosotros éramos mozos para saber ganarla, vine a concluir en que cumpliría su gusto, y que el mío era seguir el ejercicio de las armas, sirviendo en él a Dios y a mi rey.

Parrafo en el que el cautivo comenta que fué ascendido a capitan y como fué arrestrado.

Digo, en fin, que yo me hallé en aquella felicísima jornada, ya hecho capitán de infantería, a cuyo honroso cargo me subió mi buena suerte, más que mis merecimientos. Y aquel día, que fue para la cristiandad tan dichoso, porque en él se desengañó el mundo y todas las naciones del error en que estaban, creyendo que los turcos eran invencibles por la mar: en aquel día, digo, donde quedó el orgullo y soberbia otomana quebrantada, entre tantos venturosos como allí hubo (porque más ventura tuvieron los cristianos que allí murieron que los que vivos y vencedores quedaron), yo solo fui el desdichado, pues, en cambio de que pudiera esperar, si fuera en los romanos siglos, alguna naval corona, me vi aquella noche que siguió a tan famoso día con cadenas a los pies y esposas a las manos.
Extracciones del capitulo XXXIX


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