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Capítulo II - Evangelii Gaudium

En la Crisis del Compromiso Comunitario
by

carlos diaz

on 11 March 2014

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Transcript of Capítulo II - Evangelii Gaudium

En la crisis
del compromiso
comunitario

design by Dóri Sirály for Prezi
El contexto en el cual nos toca vivir y actuar va en la línea de un discernimiento evangélico. Es la mirada del discípulo misionero, que se «alimenta a la luz y con la fuerza del Espíritu Santo».

El Santo Padre alienta a todas las comunidades a una «siempre vigilante capacidad de estudiar los signos de los tiempos». Se trata de una responsabilidad grave, ya que algunas realidades del presente, si no son bien resueltas, pueden desencadenar procesos de deshumanización difíciles de revertir más adelante. Esto implica no sólo reconocer e interpretar las mociones del buen espíritu y del malo, sino —y aquí radica lo decisivo— elegir las del buen espíritu y rechazar las del malo.


a. No a una economía de la exclusión
c. No a un dinero que gobierna en lugar de servir
e. Algunos desafíos culturales
Evangelizamos también cuando tratamos de afrontar los diversos desafíos que puedan presentarse.

A veces éstos se manifiestan en verdaderos ataques a la libertad religiosa o en nuevas situaciones de persecución a los cristianos, las cuales en algunos países han alcanzado niveles alarmantes de odio y violencia. En muchos lugares se trata más bien de una difusa indiferencia relativista, relacionada con el desencanto y la crisis de las ideologías que se provocó como reacción contra todo lo que parezca totalitario.
e. No a la mundanidad espiritual
La mundanidad espiritual, que se esconde detrás de
apariencias de
religiosidad e incluso
de amor a la Iglesia, es buscar, en lugar de la gloria del Señor, la gloria humana y el bienestar personal.
I. Algunos desafíos del mundo actual
A pesar de los avances de la tecnología en los distintos campos de la comunicación, de la salud y de la educación, el hombre se encuentra en la desesperación y en el vacío existencial; muchas patologías son en
aumento y el miedo y la
inseguridad se apoderan del hombre
en todas las latitudes incluyendo
los países considerados ricos.
La proliferación de la información
crea nuevas formas de poder muchas
veces anónimo.
b. No a la nueva idolatría del dinero
Debido a una carencia de orientación antropológica el ser humano se ha reducido en privilegiar el consumo y el dinero. Mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la mayoría se quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz. Este desequilibrio proviene de ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera.
f. Desafíos de la inculturación de la fe
La vida del ser humano ya no tiene valor. La lógica del mundo trata de marginar y muchas veces ignorar al hombre y los problemas inherentes a su existencia. Rige la ley del más fuerte. La consecuencia es la pérdida de la esperanza y de la dignidad. Los excluidos no son explotados sino deshechos sobrantes. Delante a esta deshumanización se ha desarrollado una globalización de la indiferencia; nada nos conmueve y nada nos altera. La mayor preocupación es la satisfacción de nuestro ego consumista.
La ética —una ética no ideologizada— permite crear un equilibrio y un orden social más humano.
En este sentido, el Papa anima a los expertos financieros y a los gobernantes de los países a considerar las palabras de un sabio de la antigüedad: «No compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles la vida. No son nuestros los bienes que tenemos, sino suyos».
Capítulo II - Evangelii Gaudium
d. No a la inequidad que genera violencia
La falta del respeto de los derechos fundamentales del hombre genera una sociedad violenta porque socava silenciosamente las bases de cualquier sistema político y social por más sólido que parezca.
En la cultura predominante, el primer lugar está ocupado por lo exterior, lo inmediato, lo visible, lo rápido, lo superficial, lo provisorio. Lo real cede el lugar a la apariencia. En muchos países, la globalización ha significado un acelerado deterioro de las raíces culturales con la invasión de tendencias pertenecientes a otras culturas, económicamente desarrolladas pero éticamente debilitadas.
La fe católica de muchos
pueblos se enfrenta hoy
con el desafío de la
proliferación de nuevos
movimientos religiosos, algunos tendientes al fundamentalismo y otros que parecen proponer una espiritualidad sin Dios.
El proceso de secularización tiende a reducir la fe y la Iglesia al ámbito de lo privado y de lo íntimo.
Es necesario que reconozcamos que, si parte de nuestro pueblo bautizado no experimenta su pertenencia a la Iglesia, se debe también a la existencia de unas estructuras y a un clima poco acogedores en algunas de nuestras parroquias y comunidades, o a una actitud burocrática para dar respuesta a los problemas, simples o complejos, de la vida de nuestros pueblos.
La Iglesia católica es una institución creíble ante la opinión pública, confiable en lo que respecta al ámbito de la solidaridad y de la preocupación por los más carenciados.
La familia atraviesa una
crisis cultural profunda,
como todas las comunidades
y vínculos sociales.
En el caso de la familia, la fragilidad de los vínculos se vuelve especialmente grave porque se trata de la célula básica de la sociedad, el lugar donde se aprende a convivir en la diferencia y a pertenecer a otros, y donde los padres transmiten la fe a sus hijos. El matrimonio tiende a ser visto como una mera forma de gratificación afectiva que puede constituirse de cualquier manera y modificarse de acuerdo con la sensibilidad de cada uno.
El individualismo posmoderno y globalizado favorece un estilo de vida que debilita el desarrollo y la estabilidad de los vínculos entre las personas, y que desnaturaliza los vínculos familiares.
El substrato cristiano de algunos pueblos —sobre todo occidentales— es una realidad viva. Allí encontramos, especialmente en los más necesitados, una reserva moral que guarda valores de auténtico humanismo cristiano. Una mirada de fe sobre la realidad no puede dejar de reconocer lo que siembra el Espíritu Santo.
Una cultura popular evangelizada contiene valores de fe y de solidaridad que pueden provocar el desarrollo de una sociedad más justa y creyente, y posee una sabiduría peculiar que hay que saber reconocer con una mirada agradecida.
Es imperiosa la necesidad de evangelizar las culturas para inculturar el Evangelio. Toda cultura y todo grupo social necesitan purificación y maduración.
En el caso de las culturas populares de pueblos católicos, podemos reconocer algunas debilidades que todavía deben ser sanadas por el Evangelio: el machismo, el alcoholismo, la violencia doméstica, una escasa participación en la Eucaristía, creencias fatalistas o supersticiosas que hacen recurrir a la brujería, etc. Pero es precisamente la piedad popular el mejor punto de partida para sanarlas y liberarlas.
Hay cierto cristianismo de devociones, propio de una vivencia individual y sentimental de la fe, que en realidad no responde a una auténtica «piedad popular». Algunos promueven estas expresiones sin preocuparse por la promoción social y la formación de los fieles, y en ciertos casos lo hacen para obtener beneficios económicos o algún poder sobre los demás.
Tampoco podemos ignorar que en las últimas décadas se ha producido una ruptura en la transmisión generacional de la fe cristiana en el pueblo católico. Es innegable que muchos se sienten desencantados y dejan de identificarse con la tradición católica, que son más los padres que no bautizan a sus hijos y no les enseñan a rezar, y que hay un cierto éxodo hacia otras comunidades de fe. Algunas causas de esta ruptura son: la falta de espacios de diálogo familiar, la influencia de los medios de comunicación, el subjetivismo relativista, el consumismo desenfrenado que alienta el mercado, la falta de acompañamiento pastoral a los más pobres, la ausencia de una acogida cordial en nuestras instituciones, y nuestra dificultad para recrear la adhesión mística de la fe en un escenario religioso plural.
g. Desafíos de las culturas urbanas
La presencia de Dios acompaña las búsquedas sinceras que personas y grupos realizan para encontrar apoyo y sentido a sus vidas.
Él vive entre los ciudadanos promoviendo la solidaridad, la fraternidad, el deseo de bien, de verdad, de justicia.
En el medio de la globalización el cristiano ha perdido su rol de promotor y generador de sentido recibiendo de otras culturas lenguajes, símbolos, mensajes y paradigmas que ofrecen nuevas orientaciones de vida. Los ambientes rurales por efecto de los medios de comunicación masivas ya no están ajenos a las transformaciones culturales que han producido cambios en su forma de vivir.
La Iglesia tiene un rol muy importante en la mediación entre las distintas culturas para ayudar los “no ciudadanos” , “sobrantes urbanos” a recuperar su lugar en la sociedad multiétnica y multimedial, superando contradicciones, laceraciones, violencias y proponiendo justicia, participación y libertad.
El hombre está siempre más aislado y los hogares siempre más protegidos y seguros y el resultado es una creciente desconexión y desintegración de las relaciones humanas.
Un estilo uniforme e inflexible de evangelización no son aptos para esta realidad. Pero vivir a fondo lo humano e introducirse en el corazón de los desafíos como fermento testimonial, en cualquier cultura, en cualquier ciudad, mejora al cristiano y fecunda la ciudad.
II. Tentaciones de los agentes pastorales
La labor de la Iglesia para superar los problemas derivantes de la globalización es enorme y a pesar de los pecados de algunos miembros de la Iglesia, muchos cristianos han ofrecido su propia vida por amor al Evangelio y al Señor Dios.

Necesitamos crear espacios motivadores y sanadores para los agentes pastorales, «lugares donde regenerar la propia fe en Jesús crucificado y resucitado, donde compartir las propias preguntas más profundas y las preocupaciones cotidianas, donde discernir en profundidad con criterios evangélicos sobre la propia existencia y experiencia, con la finalidad de orientar al bien y a la belleza las propias elecciones individuales y sociales».
a. Sí al desafío de una espiritualidad misionera
Muchos agentes pastorales bajo la influencia de los medios de comunicación y de algunos ambientes culturales que desconfían el mensaje de la Iglesia, pierden el fervor de evangelizar bajo la necesidad de buscar mayores espacios de autonomía y de individualismo y de tener lo que tienen los demás. A la tarea evangelizadora se le dedica un tiempo limitado y con pocos esfuerzos.
Como consecuencia se desarrolla un relativismo práctico que lleva a los agentes pastorales de actuar como si Dios no existiera.

b. No a la acedia egoísta
Muchos laicos sienten el temor de que alguien les invite a realizar alguna tarea apostólica, y tratan de escapar de cualquier compromiso que les pueda quitar su tiempo libre. Hoy se ha vuelto muy difícil, por ejemplo, conseguir catequistas capacitados para las parroquias y que perseveren en la tarea durante varios años. Pero algo semejante sucede con los sacerdotes, que cuidan con obsesión su tiempo personal.
El problema no es siempre el exceso de actividades, sino sobre todo las actividades mal vividas, sin las motivaciones adecuadas, sin una espiritualidad que impregne la acción y la haga deseable. El inmediatismo ansioso de estos tiempos hace que los agentes pastorales no toleren fácilmente lo que signifique alguna contradicción, un aparente fracaso, una crítica, una cruz.
Así se gesta la mayor amenaza, que «es el gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en el cual aparentemente todo procede con normalidad, pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad». Llamados a iluminar y a comunicar vida, finalmente
se dejan cautivar por cosas
que sólo generan oscuridad y
cansancio interior, y que
apolillan el dinamismo apostólico.
c. No al pesimismo estéril
La alegría del Evangelio es esa que nada ni nadie nos podrá quitar (cf. Jn 16,22). Los males de nuestro mundo —y los de la Iglesia— no deberían ser excusas para reducir nuestra entrega y nuestro fervor. Mirémoslos como desafíos para crecer. Una de las tentaciones más serias que ahogan el fervor y la audacia es la conciencia de derrota que nos convierte en pesimistas quejosos y desencantados con cara de vinagre. Nadie puede emprender
una lucha si de antemano
no confía plenamente en el
triunfo. El que comienza sin
confiar perdió de antemano la mitad de la batalla y entierra sus talentos.
El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz que al mismo tiempo es bandera de victoria, que se lleva con una ternura combativa ante los embates del mal.
Es cierto que en algunos lugares se produjo una «desertificación» espiritual, fruto del proyecto de sociedades que quieren construirse sin Dios o que destruyen sus raíces cristianas. También la propia familia o el propio lugar de trabajo puede ser ese ambiente árido donde hay que conservar la fe y tratar de irradiarla. Pero «precisamente a partir de la experiencia de este desierto, de este vacío, es como podemos descubrir nuevamente la alegría de creer, su importancia vital para nosotros, hombres y mujeres.
d. Sí a las relaciones nuevas que genera Jesucristo
Más que el ateísmo, hoy se nos plantea el desafío de responder adecuadamente a la sed de Dios de mucha gente, para que no busquen apagarla en propuestas alienantes o en un Jesucristo sin carne y sin compromiso con el otro. Si no encuentran en la Iglesia una espiritualidad que los sane, los libere, los llene de vida y de paz al mismo tiempo que los convoque a la comunión solidaria y a la fecundidad misionera, terminarán engañados por propuestas que no humanizan ni dan gloria a Dios.
La verdadera fe en el Hijo de Dios hecho
carne es inseparable del don de sí,
de la pertenencia a la comunidad, del
servicio, de la reconciliación con la carne
de los otros. El Hijo de Dios, en su encarnación, nos invitó a la revolución de la ternura.
Un desafío importante es mostrar que la solución nunca consistirá en escapar de una relación personal y comprometida con Dios que al mismo tiempo nos comprometa con los otros. Eso es lo que hoy sucede cuando los creyentes procuran esconderse y quitarse de encima a los demás, y cuando sutilmente escapan de un lugar a otro o de una tarea a otra, quedándose sin vínculos profundos y estables. El modo de relacionarnos con los demás que realmente nos sana en lugar de enfermarnos es una fraternidad mística, contemplativa, que sabe mirar la grandeza sagrada del prójimo, que sabe descubrir a Dios en cada ser humano, que sabe tolerar las molestias de la convivencia aferrándose al amor de Dios, que sabe abrir el corazón al amor divino para buscar la felicidad de los demás como la busca su Padre bueno.
Esta oscura mundanidad se manifiesta sin fervor evangélico y solo con el disfrute espurio de una autocomplacencia egocéntrica. Nos entretenemos vanidosos hablando sobre «lo que habría que hacer» —el pecado del «habriaqueísmo»— como maestros espirituales y sabios pastorales que señalan desde afuera.
f. No a la guerra entre nosotros
Dentro del Pueblo de Dios y en las distintas
comunidades, ¡cuántas guerras! En el barrio, en el
puesto de trabajo, ¡cuántas guerras por envidias y
celos, también entre cristianos! La mundanidad espiritual
lleva a algunos cristianos a estar en guerra con otros
cristianos que se interponen en su búsqueda de poder,
prestigio, placer o seguridad económica.

Pidamos al Señor que nos haga entender la ley del amor. ¡Qué bueno es tener esta ley! ¡Cuánto bien nos hace amarnos los unos a los otros en contra de todo! Sí, ¡en contra de todo! A cada uno de nosotros se dirige la exhortación paulina: «No te dejes vencer por el mal, antes bien vence al mal con el bien» (Rm 12,21). Y también: «¡No nos cansemos de hacer el bien!» (Ga 6,9).
g. Otros desafíos eclesiales
Los laicos son simplemente la inmensa mayoría del Pueblo de Dios. A su servicio está la minoría de los ministros ordenados. Ha crecido la conciencia de la identidad y la misión del laico en la Iglesia. Se cuenta con un numeroso laicado, aunque no suficiente, con arraigado sentido de comunidad y una gran fidelidad en el compromiso de la caridad, la catequesis, la celebración de la fe. Pero la toma de conciencia de esta responsabilidad laical que nace del Bautismo y de la Confirmación no se manifiesta de la misma manera en todas partes. La Iglesia reconoce el indispensable aporte de la mujer en la sociedad, con una sensibilidad, una intuición y unas capacidades peculiares que suelen ser más propias de las mujeres que de los varones. Por ejemplo, la especial atención femenina hacia los otros, que se expresa de un modo particular, aunque no exclusivo, en la maternidad.
Las reivindicaciones de los legítimos derechos de las mujeres, a partir de la firme convicción de que varón y mujer tienen la misma dignidad, plantean a la Iglesia profundas preguntas que la desafían y que no se pueden eludir superficialmente. El sacerdocio reservado a los varones, como signo de Cristo Esposo que se entrega en la Eucaristía, es una cuestión que no se pone en discusión, pero puede volverse particularmente conflictiva si se identifica demasiado la potestad sacramental con el poder. La configuración del sacerdote con Cristo Cabeza —es decir, como fuente capital de la gracia— no implica una exaltación que lo coloque por encima del resto. En la Iglesia las funciones «no dan lugar a la
superioridad de los unos sobre los otros». De hecho, una mujer,
María, es más importante que los obispos. Aun cuando la función
del sacerdocio ministerial se considere «jerárquica», hay que tener
bien presente que «está ordenada totalmente a la santidad de los
miembros del Cuerpo místico de Cristo».
Los jóvenes, en las estructuras habituales, no suelen encontrar respuestas a sus inquietudes, necesidades, problemáticas y heridas. A los adultos nos cuesta escucharlos con paciencia, comprender sus inquietudes o sus reclamos, y aprender a hablarles en el lenguaje que ellos comprenden. Por esa misma razón, las propuestas educativas no producen los frutos esperados.
En muchos lugares escasean las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. Frecuentemente esto se debe a la ausencia en las comunidades de un fervor apostólico contagioso, lo cual no entusiasma ni suscita atractivo. Donde hay vida, fervor, ganas de llevar a Cristo a los demás, surgen vocaciones genuinas. Aun en parroquias donde los sacerdotes son poco entregados y alegres, es la vida
fraterna y fervorosa de la comunidad la que despierta el deseo de
consagrarse enteramente a Dios y a la evangelización, sobre todo si esa
comunidad viva ora insistentemente por las vocaciones y se atreve a
proponer a sus jóvenes un camino de especial consagración.
Cada vez que intentamos leer en la realidad actual los signos de los tiempos, es conveniente escuchar a los jóvenes y a los ancianos. Ambos son la esperanza de los pueblos. Los ancianos aportan la memoria y la sabiduría de la experiencia, que invita a no repetir tontamente los mismos errores del pasado. Los jóvenes nos llaman a despertar y acrecentar la esperanza, porque llevan en sí las nuevas tendencias de la humanidad y nos abren al futuro, de manera que no nos quedemos anclados en la nostalgia de estructuras y costumbres que ya no son cauces de vida en el mundo actual.
Los desafíos están para superarlos. Seamos realistas, pero sin perder la alegría, la audacia y la entrega esperanzada. ¡No nos dejemos robar la fuerza misionera!
Esta mundanidad puede alimentarse especialmente de dos maneras profundamente emparentadas : el gnosticismo es decir una fe encerrada en el subjetivismo y el neopelagianismo autoreferencial y prometeico de quienes en el fondo sólo confían en sus propias fuerzas.
Quien ha caído en esta mundanidad mira de arriba y de lejos, rechaza la profecía de los hermanos, descalifica a quien lo cuestione, destaca constantemente los errores ajenos y se obsesiona por la apariencia.
Gracias
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