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Desahucios

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Transcript of Desahucios

Desahucios,
un drama social Los desahucios han supuesto un verdadero problema para la sociedad española y su gobierno.
La búsqueda infructuosa de una
solución y la tensión social que estos provocan minan la confianza de los españoles en el actual sistema bancario y en concreto en las hipotecas. El desahucio en España Caníbales
En España se vive una especie de ¨drama social¨ por culpa de, entre otras muchas cosas que está causando la crisis económica, los desahucios. Sin embargo, todo no es tan grave como aparenta si atendemos a ciertos datos económicos en vez de dejarnos llevar por el pánico.

En primer lugar, la morosidad hipotecaria en 2012 cerró en el 3,84%, es decir, que sólo 4 de cada 100 hipotecados no pueden pagar la hipoteca y, además, pese a la cifra de ejecuciones hipotecarias, que asciende a 400.000, incluye hasta inquilinos que no pagan el alquiler; de hecho, la cifra real de desahuciados de su lugar de residencia asciende solo a 25.000.

Cómo podemos apreciar, aunque falte el dinero, los desahucios no es un problema tan grave en nuestro país; además, a los bancos se le atribuye toda la culpa de esta crisis, eso tampoco es del todo cierto.

Podemos afirmar que no toda la culpa de la crisis reside en los bancos, si bien estos concedieron créditos y no tuvieron en cuenta las consecuencias de prestar tanto dinero, el pueblo tiene también parte de culpa, puesto que valiéndose de ellos, se vivía por encima del poder adquisitivo que se tenía. En 2009 (año después de la entrada de la crisis en España) la concesión de créditos bajó un 2 % y sigue bajando hoy en día. Por consiguiente, la gente que dependía de ellos para mantener su nivel de vida o los negocios que dependían de ellos para su subsistencia se vieron envueltos en problemas económicos de todo tipo.

El cese de este tipo de actividades no solo perjudica al pueblo y a las empresas. Las entidades bancarias son las más perjudicadas porque no pueden recuperar el dinero que a la gente le fue concedido, la morosidad en enero de este año fue del 11, 38%. Todo esto lleva a la falta de solvencia en la bolsa y, consecuentemente, a un estado de recesión.

Concluimos, en base a los datos que aquí se exponen, que ni los desahucios son tan dramáticos ni los bancos son tan responsables de la grave crisis que asola, no solo nuestro país sino también al resto de Europa.

No hace mucho tiempo que vi en televisión unas imágenes que no puedo borrar de mi retina. Una familia, una pareja de unos treinta y cinco años con dos hijos de entre ocho y doce años, fueron testigos impotentes de cómo eran desahuciados de su propia casa. Uno de los policías sacaba al hombre a la fuerza mientras se aferraba al marco de una puerta. Fuera sus hijos lloraban acurrucados junto a su madre.

Cualquiera podría pensar que es algo que debe hacerse, los desahucios. Pero no era una familia que hubiese vivido por encima de sus posibilidades. La madre, ama de casa, el padre, trabajador de la construcción que quedó en paro tras el estallido de esa pompa de jabón que conocíamos cómo burbuja inmobiliaria. Cualquiera que tenga hijos puede afirmar que se quitaría él mismo la comida de la boca para dársela a ellos. La decisión estaba clara.

¿Es de verdad eso un delito? Verte envuelto en unas circunstancias sin comerlo ni beberlo y no ser capaz de afrontarlas. Eso es la más frustrante de las impotencias, no un delito. Y dejar que todo el peso de la ley caiga como un plomo sobre sus ya cargadas espaldas es una vergüenza. En lugar de ayudar a los que han sido arroyados por tal catástrofe, los bancos aprovechan para arrebatarles lo poco que les queda como si fuesen bandoleros. Y el Estado, tan complaciente, les apoya.

El fresco olor del dinero tiene el mismo efecto en ellos que el de la sangre en los caníbales. Pero a diferencia de estos su hambre nunca se sacia. Arrancan a dentelladas la esperanza de quienes no pueden defenderse. Es canibalismo, canibalismo moral. Es inconcebible para la raza humana que nos destruyamos entre nosotros. Nuestra fuerza está en el colectivo, individualmente no somos nada. Si no buscamos la unidad seremos artífices de nuestra propia caída, y para entonces el dinero no servirá de nada.
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