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LA CELESTINA

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by

Esther Bueno

on 11 May 2014

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Transcript of LA CELESTINA

CALISTO.- ¡Oh joya del mundo, acorro de mis pasiones, espejo de mi vista!
El corazón se me alegra en ver esa honrada presencia
, esa noble senectud. Dime, ¿con qué vienes? ¿Qué nuevas traes? Que te veo alegre y no sé en qué está mi vida.
LA CELESTINA
ACTO I
ACTO I
ACTO I
ACTO XI
ACTO V
ACTO I
ACTO I
ACTO I
ACTO X
ACTO IV
ACTO III
ACTO IX
ACTO VIII
ACTO VI
ACTO VII
ACTO II
ACTO I
ACTO I
ACTO I
ACTO I
ACTO I
- Conjúrote, triste Plutón, señor de la profundidad infernal, emperador de la corte dañada, capitán soberbio de los condenados ángeles, señor de los sulfúreos fuegos, que los hirvientes étnicos montes manan, gobernador y veedor de los tormentos y atormentadores de las pecadoras ánimas, regidor de las tres furias, Tesífone, Megera y Aleto, administrador de todas las cosas negras del reino de Stigie y Dite, con todas sus lagunas y sombras infernales y litigioso caos, mantenedor de las volantes arpías, con toda la otra compañía de espantables y pavorosas hidras; yo,
Celestina, tu más conocida clienta
, te conjuro por la virtud y fuerza de estas bermejas letras; por la sangre de aquella nocturna ave con que están escritas; por la gravedad de aquestos
nombres y signos que en este papel se contienen; por la áspera ponzoña de las víboras de que este aceite fue hecho, con el cual unto este hilado
, vengas sin tardanza a obedecer mi voluntad y en ello te envuelvas y con ello estés sin un momento te partir, hasta que Melibea con aparejada oportunidad que haya lo compre y con ello de tal manera quede enredada que, cuanto más lo mirare, tanto más su corazón se ablande a conceder mi petición; y se le abras y lastimes de crudo y fuerte amor de Calisto, tanto que, despedida toda honestidad,
se descubra a mí y me galardone mis pasos y mensaje. Y esto hecho, pide y demanda de mí a tu voluntad. Si no lo haces con presto movimiento, tendrasme por capital enemiga; heriré con luz tus cárceles tristes y oscuras; acusaré cruelmente tus continuas mentiras; apremiaré con mis ásperas palabras tu horrible nombre. Y otra y otra vez te conjuro. Y así confiando en mi mucho poder, me parto para allá con mi hilado, donde creo te llevo ya envuelto
CELESTINA.- ¿A qué vienes, hijo?
SEMPRONIO.- Este nuestro enfermo no sabe qué pedir. De sus manos no se contenta. No se le cuece el pan. Teme tu negligencia. Maldice su avaricia y cortedad, porque te dio tan poco dinero.
CELESTINA.- No es cosa más propia del que ama que la impaciencia. Toda tardanza les es tormento.
CELESTINA.- Porque sé que, aunque al presente la ruegue, al fin me ha de rogar; aunque al principio me amenace, al cabo me ha de halagar.
CELESTINA.- ¡A la fe, en mal hora a ti he yo menester para compañero! ¡Aun si quisieses avisar a Celestina en su oficio! Pues cuando tú naciste ya comía yo pan con corteza.
Melibea
"Mira la nobleza y antigüedad de su linaje, el grandísimo patrimonio, el excelentísimo ingenio, las resplandecientes virtudes, la altitud y inefable gracia, la soberana hermosura..."
Y el intento de tus palabras, Calisto, ha sido de ingenio de tal hombre como tú. ¿Haber de salir para se perder en la virtud de tal mujer como yo? Vete! ¡Vete de ahí, torpe!
CELESTINA.- .Esto he sentido, esto he calado, esto sé de él y de ella, esto es lo que nos ha de aprovechar.
CELESTINA.- Digo que la mujer o ama mucho aquél de quien es requerida o le tiene grande odio.
SEMPRONIO.- ¿Qué tanto te maravillarías si dijesen: la tierra tembló o otra semejante cosa, que no olvidases luego? Así como: helado está el río, el ciego ve ya, muerto es tu padre, un rayo cayó, ganada es Granada
Conjuro a Plutón
CELESTINA.- ¡Ay cuitada de mí! ¡En qué lazo me he metido! Que por me mostrar solícita y esforzada pongo mi persona al tablero. ¿Qué haré, cuitada
(desventurada)
, mezquina de mí, que ni el salir afuera es provechoso ni la perseverancia carece de peligro? ¿Pues iré o tornarme he?
CELESTINA.- Si no voy, ¿qué dirá Sempronio?, ¿que todas éstas eran mis fuerzas, saber y esfuerzo, ardid y ofrecimiento, astucia y solicitud? Y su amo Calisto ¿qué dirá?, ¿qué hará?, ¿qué pensará, sino que hay nuevo engaño en mis pisadas y que yo he descubierto la celada por haber más provecho de esta otra parte, como sofística prevaricadora? [...] Tú, puta vieja, ¿por qué acrecentaste mis pasiones con tus promesas
CELESTINA.- Que mayor es la vergüenza de quedar por cobarde que la pena cumpliendo como osada lo que prometí, pues jamás al esfuerzo desayudó la fortuna.
LUCRECIA.- No sé como no tienes memoria de la que empicotaron por hechicera, que vendía las mozas a los abades y descasaba mil casados.
CELSTINA.- Pero ¿quién te podría contar, señora, sus daños, sus inconvenientes, sus fatigas, sus cuidados, sus enfermedades, su frío, su calor, su descontentamiento, su rencilla, su pesadumbre, aquel arrugar de cara, aquel mudar de cabellos su primera y fresca color, aquel poco oír, aquel debilitado ver, puestos los ojos a la sombra, aquel hundimiento de boca, aquel caer de dientes, aquel carecer de fuerza, aquel flaco andar, aquel espacioso comer? Pues ¡ay, ay, señora!
MELIBEA.- Yo dejo un enfermo a la muerte, que con sola una palabra de tu noble boca salida que le lleve metida en mi seno tiene por fe que sanará, según la mucha devoción que tiene en tu gentileza
CELESTINA.- ¡Más fuerte estaba Troya y aun otras más bravas he yo amansado! Ninguna tempestad mucho dura.
MELIBEA.- ¿Qué dices, enemiga? Habla, que te pueda oír. ¿Tienes disculpa alguna para satisfacer mi enojo y excusar tu yerro y osadía?
MELIBEA.- ¿Y qué tanto tiempo ha?
CELESTINA.- Podrá ser, señora, de veinte y tres años; que aquí está Celestina, que le vio nacer y le tomó a los pies de su madre.
MELIBEA.- Ni te pregunto eso ni tengo necesidad de saber su edad; sino qué tanto ha que tiene el mal.
CELESTINA.- Señora, ocho días. Que parece que ha un año en su flaqueza
¡Trastrócame esas palabras!
CELESTINA.- ¡Hija, Lucrecia! ¡Ce! Irás a casa y darte he una lejía con que pares esos cabellos más que el oro. No lo digas a tu señora. Y aun darte he unos polvos para quitarte ese olor de la boca, que te huele un poco, que en el reino no lo sabe hacer otra sino yo y no hay cosa que peor en la mujer parezca.
LUCRECIA.- ¡Oh! Dios te dé buena vejez, que más necesidad tenía de todo eso que de comer.
SEMPRONIO.- ¿Qué aprovecha tener lo que se niega aprovechar? Sin duda te digo que mejor es el uso de las riquezas, que la posesión de ellas. ¡Oh qué glorioso es el dar! ¡Oh qué miserable es el recibir!
Descriptio Puellae
“Comienzo por los cabellos. ¿Ves tú las madejas del oro delgado que hilan en Arabia? Más lindos son y no resplandecen menos. Su longura hasta el postrero asiento de sus pies […] Los ojos verdes, rasgados; las pestañas luengas; las cejas delgadas y alzadas; la nariz mediana; la boca pequeña; los dientes menudos y blancos; los labios colorados y grosezuelos; el torno del rostro poco más luengo que redondo; el pecho alto; la redondez y forma de las pequeñas tetas […] Las manos pequeñas en mediana manera, de dulce carne acompañadas; los dedos luengos; las uñas en ellos largas y coloradas, que parecen rubíes entre perlas.”
Calisto
“Así, por infortunio arrebatado perezcas o perpetuo intolerable tormento consigas, el cual en grado incomparablemente a la penosa y desastrada muerte, que espero, traspasa.”
“a quien la natura dotó de los mejores bienes que tuvo, conviene a saber, hermosura, gracia, grandeza de miembros, fuerza, ligereza...”
LENGUAJE
“Como de la apariencia a la existencia, como de lo vivo a lo pintado, como de la sombra a lo real…”
“… penosa y desastrada muerte”
“¿Cómo sentirá el armonía aquel que consigo está tan discorde; aquel en quien la voluntad a la razón no obedece?”
REFERENCIAS

CALISTO.- Hermanos míos, cien monedas di a la madre. ¿Hice bien?
SEMPRONIO.- ¡Ay!, ¡si hiciste bien! Allende de remediar tu vida, ganaste muy gran honra. ¿Y para qué es la fortuna favorable y próspera sino para servir a la honra, que es el mayor de los mundanos bienes?
CALISTO.- Sempronio, no me parece buen consejo quedar yo acompañado y que vaya sola aquella que busca el remedio de mi mal; mejor será que vayas con ella y la aquejes, pues sabes que de su diligencia pende mi salud, de su tardanza mi pena, de su olvido mi desesperanza. Sabido eres, fiel te siento, por buen criado te tengo.
CELESTINA.- ¿Pármeno, tú no ves que es necedad o simpleza llorar por lo que con llorar no se puede remediar?
PÁRMENO.- Por eso lloro. Que, si con llorar fuese posible traer a mi amo el remedio, tan grande sería el placer de la tal esperanza que de gozo no podría llorar; pero así, perdida ya toda la esperanza, pierdo el alegría y lloro.
CELESTINA.- Llorarás sin provecho por lo que llorando estorbar no podrás ni sanarlo presumas. ¿A otros no ha acontecido esto, Pármeno?
PÁRMENO.- Sí; pero a mi amo no le querría doliente.

Mira Nero de Tarpeya
a Roma cómo se ardía:
gritos dan niños y viejos
y él de nada se dolía
"el espíritu perdido con el desastrado Píramo y de la desdichada Tisbe!"
“En esto veo, Melibea, la grandeza de Dios. […] En dar poder a natura que de tan perfecta hermosura te dotase y hacer a mí, inmérito, tanta merced que verte alcanzase y en tan conveniente lugar que mi secreto dolor manifestarte pudiese. Sin duda incomparablemente es mayor tal galardón que el servicio, sacrificio, devoción y obras pías que por este lugar alcanzar tengo yo a Dios ofrecido... […] Por cierto los gloriosos santos, que se deleitan en la visión divina, no gozan más que yo ahora en el acatamiento tuyo. […] Téngolo por tanto en verdad que, si Dios me diese en el cielo la silla sobre sus santos, no lo tendría por tanta felicidad.”
“Melibeo soy y a Melibea adoro y en Melibea creo y a Melibea amo.”
“incomparablemente ser mejor que la que Paris juzgó entre las tres diosas”
“A los que las vencieron querría que remedases, que no a los que de ellas fueron vencidos. Huye de sus engaños. ¿Sabes que hacen? Cosa que es difícil entenderlas. No tienen modo, no razón, no intención. Por rigor comienzan el ofrecimiento que de sí quieren hacer. A los que meten por los agujeros denuestan en la calle. Convidan, despiden, llaman, niegan, señalan amor, pronuncian enemiga, ensáñanse presto, apacíguanse luego. Quieren que adivinen lo que quieren. ¡Oh qué plaga! ¡Oh qué enojo! ¡Oh qué hastío es conferir con ellas más de aquel breve tiempo que son aparejadas a deleite!”
Sempronio
Pármeno
“Asaz es señal mortal no querer sanar,”, “Dejemos llorar al que dolor tiene.”, “Que el sol más arde donde puede reverberar”, “Y si muere, matarme han y irán allá a la soga y el calderón.”, “Porque, si posible es sanar sin arte ni aparejo, más ligero es guarescer por arte y por cura.”, “Haz tú lo que bien digo y no lo que mal hago.”, “Las mujeres y el vino hacen los hombres renegar” (hasta dos veces), “Miserable cosa es pensar ser maestro el que nunca fue discípulo.”, “Que cierto, peor extremo es dejarse hombre caer de su merecimiento que ponerse en más alto lugar que debe.”, “Abrevia y ven al hecho, que vanamente se dice por muchas palabras lo que por pocas se puede entender.”, “que es necedad o simpleza llorar por lo que con llorar no se puede remediar” o “los peregrinos tienen muchas posadas y pocas amistades, porque en breve tiempo con ninguno no pueden firmar amistad”
“No creo, según pienso, ir conmigo el que contigo queda. ¡Oh desventura! ¡Oh súbito mal! ¿Cuál fue tan contrario acontecimiento que así tan presto robó el alegría de este hombre y, lo que peor es, junto con ella el seso? ¿Dejarle he solo o entraré allá? Si le dejo, matarse ha; si entro allá, matarme ha. Quédese; no me curo. Más vale que muera aquel a quien es enojosa la vida que no yo que huelgo con ella. Aunque por al no desease vivir sino por ver mi Elicia, me debería guardar de peligros. Pero si se mata sin otro testigo, yo quedo obligado a dar cuenta de su vida. Quiero entrar. Mas, puesto que entre, no quiere consolación ni consejo. Asaz es señal mortal no querer sanar. Con todo, quiérole dejar un poco que desbrave, madure: que oído he decir que es peligro abrir o apremiar las postemas duras, porque más se enconan. Esté un poco. Dejemos llorar al que dolor tiene. Que las lágrimas y suspiros mucho desenconan el corazón dolorido. Y aun, si delante me tiene, más conmigo se encenderá. Que el sol más arde donde puede reverberar. La vista, a quien objeto no se antepone, cansa. Y cuando aquél es cerca, agúzase. Por eso quiérome sufrir un poco. Si entretanto se matare, muera. Quizá con algo me quedaré que otro no lo sabe, con que mude el pelo malo. Aunque malo es esperar salud en muerte ajena. Y quizá me engaña el diablo. Y si muere, matarme han y irán allá la soga y el calderón. Por otra parte dicen los sabios que es grande descanso a los afligidos tener con quien puedan sus cuitas llorar y que la llaga interior más empece. Pues en estos extremos, en que estoy perplejo, lo más sano es entrar y sufrirle y consolarle. Porque, si posible es sanar sin arte ni aparejo, más ligero es guarescer por arte y por cura.”
TEMA
LÉXICO
SEMPRONIO.- No me engaño yo, que loco está este mi amo.
CALISTO.- ¿Qué estás murmurando, Sempronio?
SEMPRONIO.- No digo nada.
CALISTO.- Di lo que dices, no temas.
SEMPRONIO.- Digo que ¿cómo puede ser mayor el fuego que atormenta un vivo que el que quemó tal ciudad y tanta multitud de gente?


SEMPRONIO.- ¡Oh pusilánimo! ¡Oh hideputa! ¡Qué Nembrot, qué magno Alejandro, los cuales no solo del señorío del mundo, mas del cielo se juzgaron ser dignos!
CALISTO.- No te oí bien eso que dijiste. Torna, dilo, no procedas
SEMPRONIO.- Dije que tú, que tienes mas corazón que Nembrot ni Alejandro, desesperas de alcanzar una mujer, muchas de las cuales en grandes estados constituidas se sometieron a los pechos y resollos de viles acemileros y otras a brutos animales.
“curando de estos caballos”
“Destemplado está ese laúd.”
“el alegría” “el armonía”
“dexa”
“¡Ha!, ¡ha!, ¡ha!”
“¡Hi!, ¡hi!, ¡hi!”
Agostino Carracci
Mas ¿cómo iré? Que, en viéndote solo, dices desvaríos de hombre sin seso, suspirando, gimiendo, maltrobando, holgando con lo oscuro, deseando soledad, buscando nuevos modos de pensativo tormento. Donde, si perseveras, o de muerto o loco no podrás escapar, si siempre no te acompaña quien te allegue placeres, diga donaires, tanga canciones alegres, cante romances, cuente historias, pinte motes, finja cuentos, juegue a naipes, arme mates, finalmente que sepa buscar todo género de dulce pasatiempo para no dejar trasponer tu pensamiento en aquellos crueles desvíos, que recibiste de aquella señora en el primer trance de tus amores.
CALISTO.- ¿Cómo, simple? ¿No sabes que alivia la pena llorar la causa? ¿Cuánto es dulce a los tristes quejar su pasión?
Lee más adelante, vuelve la hoja: hallarás que dicen que fiar en lo temporal y buscar materia de tristeza, que es igual género de locura. Y aquel Macías, ídolo de los amantes, del olvido porque le olvidaba se quejaba.
CALISTO.- ¿Cómo, loco, su cautivo?
PÁRMENO.- Porque a quien dices el secreto, das tu libertad.
CALISTO.- Algo dice el necio; pero quiero que sepas que, cuando hay mucha distancia del que ruega al rogado [...] es necesario intercesor o medianero que suba de mano en mano mi mensaje hasta los oídos de aquélla a quien yo segunda vez hablar tengo por imposible. Y pues que así es, dime si lo hecho apruebas.
PÁRMENO.- ¡Apruébelo el diablo!
CALISTO.- ¿Qué dices?
PÁRMENO.- Digo, señor, que nunca yerro vino desacompañado y que un inconveniente es causa y puerta de muchos.
SEMPRONIO.- [...]Más vale perder lo servido que la vida por cobrarlo.
CELESTINA.- [...] porque yo te tenía por hijo, a lo menos casi adoptivo; y así, que imitabas a natural; y tú dasme el pago en mi presencia, pareciéndote mal cuanto digo, susurrando y murmurando contra mí en presencia de Calisto. Bien pensaba yo que, después que concediste en mi buen consejo, que no habías de tornarte atrás. Todavía me parece que te quedan reliquias vanas, hablando por antojo más que por razón. Desechas el provecho por contentar la lengua. Óyeme, si no me has oído, y mira que soy vieja y el buen consejo mora en los viejos y de los mancebos es propio el deleite. Bien creo que de tu yerro sola la edad tiene culpa. Espero en Dios que serás mejor para mí de aquí adelante y mudarás el ruin propósito con la tierna edad. Que, como dicen, múdanse costumbres con la mudanza del cabello y variación [...]
Pero los mozos curáis poco de los viejos. Nunca pensáis que tenéis ni habéis de tener necesidad de ellos. Nunca pensáis en enfermedades. Nunca pensáis que os puede faltar esta florecilla de juventud. Pues mira, amigo, que para tales necesidades como éstas buen acorro es una vieja conocida, amiga, madre y más que madre, buen mesón para descansar sano, buen hospital para sanar enfermo, buena bolsa para necesidad, buena arca para guardar dinero en prosperidad, buen fuego de invierno rodeado de asadores, buena sombra de verano, buena taberna para comer y beber. [...]
Querría que fueseis como hermanos, porque estando bien con él, con tu amo y con todo el mundo lo estarías. Mira que es bienquisto, diligente, cortés, buen servidor, gracioso. Quiere tu amistad. Crecería vuestro provecho dándoos el uno al otro la mano.
CELESTINA.- El cierto amigo en la cosa incierta se conoce, en las adversidades se prueba.
Entonces se allega y con más deseo visita la casa que la fortuna próspera desamparó. ¿Qué te
diré, hijo, de las virtudes del buen amigo? No hay cosa más amada ni más rara.
CELESTINA.- Que de lástima, que hube de verte roto, pedí hoy manto, como viste, a Calisto. No por mi manto; pero porque, estando el sastre en casa y tú delante sin sayo, te le diese. Así que, no por mi provecho, como yo sentí que dijiste; mas por el tuyo.

CELESTINA.- ¿Con qué pagarás a la vieja que hoy ha puesto su vida al tablero por tu servicio? ¿Cuál mujer jamás se vio en tan estrecha afrenta como yo, que en tornarlo a pensar se me menguan y vacían todas las venas de mi cuerpo de sangre? Mi vida diera por menor precio que ahora daría este manto raído y viejo.
PÁRMENO.- Tú dirás lo tuyo: entre col y col, lechuga. Subido has un escalón; más adelante te espero a la saya. Todo para ti y no nada de que puedas dar parte. Pelechar quiere la vieja. Tú me sacarás a mí verdadero y a mi amo loco. No le pierdas palabra, Sempronio, y verás cómo no quiere pedir dinero, porque es divisible.
SEMPRONIO.- Calla, hombre desesperado, que te matará Calisto si te oye.
CALISTO.- ¿Buena esperanza, señora?
CELESTINA.- Buena se puede decir, pues queda abierta puerta para mi tornada y antes me recibirá a mí con esta saya rota que a otro con seda y brocado.
CELESTINA.- Aquella cara, señor, que suelen los bravos toros mostrar contra los que lanzan las agudas flechas en el coso, la que los monteses puercos contra los sabuesos, que mucho los aquejan.
CALISTO.- ¿Y a esas llamas señales de salud? Pues ¿cuáles serán mortales?
CALISTO.- Si no quieres, reina y señora mía, que desespere y vaya mi ánima condenada a perpetua pena oyendo esas cosas, certifícame brevemente si tuvo buen fin tu demanda gloriosa [...]
CELESTINA.- […] De esta manera me he habido con las zahareñas razones y esquivas de Melibea. Todo su rigor traigo convertido en miel, su ira en mansedumbre, su aceleramiento en sosiego. ¿Pues, a qué piensas que iba allá la vieja Celestina, a quien tú, demás de su merecimiento, magníficamente galardonaste, sino a ablandar su saña, sufrir su accidente, a ser escudo de tu ausencia, a recibir en mi manto los golpes, los desvíos, los menosprecios, desdenes, que muestran aquéllas en los principios de sus requerimientos de amor, para que sea después en más tenida su dádiva? Que a quien más quieren, peor hablan. [...]
Las cuales, aunque están abrasadas y encendidas de vivos fuegos de amor, por su honestidad muestran un frío exterior, un sosegado bulto, un apacible desvío, un constante ánimo y casto propósito, unas palabras agrias, que la propia lengua se maravilla del gran sufrimiento suyo, que la hacen forzosamente confesar lo contrario de lo que sienten.
[...]
PÁRMENO.- ¡Oh santa María! ¡Y qué rodeos busca este loco por huir de nosotros, para poder llorar a su placer con Celestina de gozo y por descubrirle mil secretos de su liviano y desvariado apetito […]
PÁRMENO.- […] Cuenta, cuenta, Sempronio, que estás desbabando oyéndole a él locuras y a ella mentiras.
SEMPRONIO.- ¡Maldiciente venenoso! ¿Por qué cierras las orejas a lo que todos los del mundo las aguzan [...]
CALISTO.- ¡Oh gozo sin par! ¡Oh singular oportunidad! ¡Oh oportuno tiempo! ¡Oh quien estuviera allí debajo de tu manto, escuchando qué hablaría sola aquélla en quien Dios tan extremadas gracias puso! CELESTINA.- ¿Debajo de mi manto, dices? ¡Ay mezquina! Que fueras visto por treinta agujeros que tiene, si Dios no le mejora.
CELESTINA.- [...] en nombrando tu nombre, atajó mis palabras, diose en la frente una gran palmada, como quien cosa de grande espanto hubiese oído, diciendo que cesase mi habla y me quitase de delante, [...], agravando mi osadía, llamándome
hechicera, alcahueta, vieja falsa, barbuda, malhechora y otros muchos ignominiosos nombres,
con cuyos títulos asombran a los niños de cuna. [...]. Y yo a todo esto arrinconada, encogida, callando, muy gozosa con su ferocidad. Mientras más basqueaba, más yo me alegraba, porque más cerca estaba el rendirse y su caída. [...]
¿Qué más hacía aquella Tusca Adelecta, cuya fama, siendo tú viva, se perdiera?
CALISTO.- ¡Oh maravillosa astucia! ¡Oh singular mujer en su oficio! ¡Oh cautelosa hembra! ¡Oh medicina presta! ¡Oh discreta en mensajes! De cierto creo, si nuestra edad alcanzara aquellos pasados Eneas y Dido, no trabajara tanto Venus para atraer a su hijo el amor de Elisa, haciendo tomar a Cupido Ascánica forma para la engañar; antes por evitar prolijidad, pusiera a ti por medianera. [...]
CALISTO.- ¡Oh!, por Dios, toma toda esta casa y cuanto en ella hay y dímelo o pide lo que quieras.
CELESTINA.- Por un manto que tú des a la vieja, te dará en tus manos el mismo que en su cuerpo ella traía.
CALISTO.- ¿Qué dices de manto? Y saya y cuanto yo tengo. CELESTINA.- Manto he menester y éste tendré yo en harto. [...]
PÁRMENO.- ¡Así, así! A la vieja todo […] Tras esto anda ella hoy todo el día con sus rodeos. CALISTO.- ¡De qué gana va el diablo! No hay cierto tan mal servido hombre como yo, manteniendo mozos adivinos, rezongadores, enemigos de mi bien. ¿Qué vas, bellaco, rezando? Envidioso, ¿qué dices que no te entiendo? [...]
En sueños la veo tantas noches que temo me acontezca como a Alcibíades o a Sócrates, que el uno soñó que se veía envuelto en el manto de su amiga y otro día matáronle, y no hubo quien le alzase de la calle ni cubriese, sino ella con su manto; el otro veía que le llamaban por nombre y murió de allí a tres días […]
CALISTO.- ¡Oh nuevo huésped! ¡Oh bienaventurado cordón, que tanto poder y merecimiento tuviste de ceñir aquel cuerpo, que yo no soy digno de servir! ¡Oh nudos de mi pasión, vosotros enlazasteis mis deseos!
CELESTINA.- […] Consuélate, señor, que en una hora no se ganó Zamora; pero no por eso desconfiaron los combatientes.
CALISTO.- ¡Oh desdichado! Que las ciudades están con piedras cercadas y a piedras, piedras las vencen; pero esta mi señora tiene el corazón de acero. No hay metal que con él pueda; no hay tiro que le melle.
CALISTO.- [...] de mis brazos fueras hecho y tejido, no de seda como eres, porque ellos gozaran cada día de rodear y ceñir con debida reverencia aquellos miembros, que tú, sin sentir ni gozar de la gloria, siempre tienes abrazados.
SEMPRONIO.- Señor, por holgar con el cordón, no querrás gozar de Melibea. CALISTO.- ¡Qué loco, desvariado, atajasolaces! ¿Cómo es eso?
SEMPRONIO.- [...]Y así que perderás la vida o el seso. Cualquiera que falte, basta para quedarte a oscuras.
CELESTINA.- Aunque no lo esté, debes, señor, cesar tu razón […] tratar al cordón como cordón […]
CALISTO.- ¿Gentil dices, señora, que es Melibea? Parece que lo dices burlando. ¿Hay nacida su par en el mundo? ¿Crió Dios otro mejor cuerpo? ¿Puédense pintar tales facciones, dechado de hermosura?
Si hoy fuera viva Elena, por quien tanta muerte hubo de griegos y troyanos. Si ella se hallara presente en aquel debate de la manzana con las tres diosas, nunca sobrenombre de discordia le pusieran. Porque sin contrariar ninguna, todas concedieran y vivieran conformes en que la llevara Melibea. Así que se llamara manzana de concordia.
Pues cuantas hoy son nacidas que de ella tengan noticia, se maldicen, querellan a Dios, porque no se acordó de ellas cuando a esta mi señora hizo. Consumen sus vidas, comen sus carnes con envidia, danles siempre crudos martirios, pensando con artificio igualar con la perfección que sin trabajo dotó a ella natura. De ellas, pelan sus cejas con tenacicas y pegones y a cordelejos; de ellas, buscan las doradas hierbas, raíces, ramas y flores para hacer lejías, con que sus cabellos semejasen a los de ella, las caras martillando, envistiéndolas en diversos matices con ungüentos y unturas, aguas fuertes, posturas blancas y coloradas, que por evitar prolijidad no las cuento. Pues la que todo esto halló hecho, mirad si merece de un triste hombre como yo ser servida.
CELESTINA.- Bien te entiendo, Sempronio. Déjale, que él caerá de su asno. Ya acaba.
PÁRMENO.- Y aun ahora lo siento, aunque soy mozo. Que, aunque hoy veías que aquello decía, no era porque me pareciese mal lo que tú hacías; pero porque veía que le aconsejaba yo lo cierto y me daba malas gracias. Pero de aquí adelante demos tras él. Haz de las tuyas, que yo callaré. Que ya tropecé en no te creer cerca de este negocio con él.
CELESTINA.- Cerca de éste y de otros tropezarás y caerás, mientras no tomares mis consejos, que son de amiga verdadera.
PÁRMENO.- No la medre Dios más a esta vieja, que ella me da placer con estos loores de sus palabras.
CELESTINA.- No me la nombres, hijo, por Dios, que se me hinchan los ojos de agua. ¿Y tuve yo en este mundo otra tal amiga? ¿Otra tal compañera? ¿Tal aliviadora de mis trabajos y fatigas? ¿Quién suplía mis faltas? ¿Quién sabía mis secretos? ¿A quién descubría mi corazón? ¿Quién era todo mi bien y descanso, sino tu madre, más que mi hermana y comadre? ¡Oh qué graciosa era! ¡Oh qué desenvuelta, limpia, varonil! Tan sin pena ni temor se andaba a media noche de cementerio en cementerio, buscando aparejos para nuestro oficio, como de día. [...] ¿Pues maña no tenía con todas las otras gracias? Una cosa te diré, porque veas qué madre perdiste; aunque era para callar. Pero contigo todo pasa. Siete dientes quitó a un ahorcado con unas tenacicas de pelacejas mientras yo le descalcé los zapatos.
CELESTINA.- ¿Cómo? ¿Y de eso te maravillas?
¿No sabes que dice el refrán que mucho va de Pedro a Pedro?
Aquella gracia de mi comadre no la alcanzábamos todas. ¿No has visto en los oficios unos buenos y otros mejores? Así era tu madre, que Dios haya, la primera de nuestro oficio; y por tal era de todo el mundo conocida y querida […]
CELESTINA.- […] Y aun la una le levantaron que era bruja [...] la tuvieron medio día en una escalera en la plaza, puesto uno como capirote pintado en la cabeza. Pero cosas son que pasan. Algo han de sufrir los hombres en este triste mundo para sustentar sus vidas y honras.
CELESTINA.- [...] Siempre me pagué de tus cosas y hechos, de tu limpieza y atavío. ¡Fresca que estás! ¡Bendígate Dios! ¡Qué sábanas y colcha! ¡Qué almohadas! ¡Y qué blancura! Tal sea mi vejez, cuál todo me parece perla de oro.
CELESTINA.- Quien no te quiere mal, cierto; quien nunca da paso, que no piense en tu provecho; quien tiene más memoria de ti que de sí misma: una enamorada tuya, aunque vieja.
CELESTINA.- ¡Bendígate Dios y señor san Miguel, ángel! ¡Y qué gorda y fresca que estás! ¡Qué pechos y qué gentileza! Por hermosa te tenía hasta ahora, viendo lo que todos podían ver; pero ahora te digo que no hay en la ciudad tres cuerpos tales como el tuyo, en cuanto yo conozco. No parece que hayas quince años. ¡Oh quién fuera hombre y tanta parte alcanzara de ti para gozar tal vista!
No seas el perro del hortelano. Y pues tú no puedes de ti propia gozar, goce quien puede.
[...] Mira que es pecado fatigar y dar pena a los hombres, pudiéndolos remediar.
AREÚSA.- ¡Ya!, ¡ya! [...] ¿Pero qué quieres que haga? Sabes que se partió ayer aquel mi amigo con su capitán a la guerra. ¿Había de hacerle ruindad?
CELESTINA.- […] Pero el amor nunca se paga sino con puro amor y a las obras con obras. Ya sabes el deudo que hay entre ti y Elicia, la cual tiene Sempronio en mi casa. Pármeno y él son compañeros, sirven a este señor que tú conoces y por quien tanto favor podrás tener. No niegues lo que tan poco hacer te cuesta.
CELESTINA.- ¿Cómo? ¿Y de ésas eres? ¿De esa manera te tratas? Nunca tú harás casa con sobrado.[...] ¡Ay!, ¡ay!, hija, si vieses el saber de tu prima y qué tanto le ha aprovechado mi crianza y consejos y qué gran maestra está. ¡Y aun que no se halla ella mal con mis enseñanzas! Que uno en la cama y otro en la puerta y otro que suspira por ella en su casa se precia de tener. Y con todos cumple y a todos muestra buena cara y todos piensan que son muy queridos y cada uno piensa que no hay otro y que él solo es privado y él solo es el que le da lo que ha menester. ¿Y tú piensas que con dos que tengas, que las tablas de la cama lo han de descubrir? […] No hay cosa más perdida, hija, que
el ratón que no conoce sino un agujero
[...]
CELESTINA.- Llégate acá, asno. ¿Adónde te vas allá asentar al rincón? No seas empachado. [...] Oídme entrambos lo que digo. Ya sabes tú, Pármeno amigo, lo que te prometí, y tú, hija mía, lo que te tengo rogado.
PÁRMENO.- Madre mía, por amor de Dios, que no salga yo de aquí sin buen concierto. Que me ha muerto de amores su vista. Ofrécele cuanto mi padre te dejó para mí. Dile que le daré cuanto tengo. ¡Ea!, díselo, que me parece que no me quiere mirar.
CELESTINA.- ¿Qué es eso, Areúsa? ¿Qué son estas extrañezas y esquividad, estas novedades y retraimiento? Parece, hija, que no sé yo qué cosa es esto, que nunca vi estar un hombre con una mujer juntos y que jamás pasé por ello ni gocé de lo que gozas y que no sé lo que pasan y lo que dicen y hacen. ¡Ay de quien tal oye como yo! Pues avísote, de tanto que fui errada como tú […] Por hacerte a ti honesta, me haces a mí necia y vergonzosa y de poco secreto y sin experiencia o me amenguas en mi oficio por alzar a ti en el tuyo.
AREÚSA.- Madre, si erré, haya perdón y llégate más acá y él haga lo que quisiere. Que más quiero tener a ti contenta, que no a mí; antes me quebraré un ojo que enojarte.
CELESTINA.- No tengo ya enojo; pero dígotelo para adelante. Quedaos adiós, que voyme solo porque me hacéis dentera con vuestro besar y retozar. Que aun el sabor en las encías me quedó: no le perdí con las muelas.

CELESTINA.- No dice, hija, sino que se huelga mucho con tu amistad, porque eres persona tan honrada y en quien cualquier beneficio cabrá bien. Y asimismo que, pues que esto por mi intercesión se hace, que él me promete de aquí adelante ser muy amigo de Sempronio y venir en todo lo que quisiere contra su amo en un negocio que traemos entre manos. ¿Es verdad, Pármeno? ¿Prométeslo así como digo?
PÁRMENO.- Sí prometo, sin duda.
ELICIA.- ¿Estas son tus venidas? Andar de noche es tu placer. ¿Por qué lo haces? ¿Qué larga estada fue ésta, madre? Nunca sales para volver a casa. Por costumbre lo tienes. Cumpliendo con uno, dejas ciento descontentos.
ELICIA.- Por Dios, dejemos enojo y al tiempo el consejo. Hayamos mucho placer.
Mientras hoy tuviéremos de comer, no pensemos en mañana.
También se muere el que mucho allega como el que pobremente vive y el doctor como el pastor y el papa como el sacristán y el señor como el siervo y el de alto linaje como el bajo y tú con oficio como yo sin ninguno.
No habemos de vivir para siempre.
Gocemos y holguemos, que la vejez pocos la ven y de los que la ven ninguno murió de hambre. No quiero en este mundo, sino día y victo y parte en paraíso.
Aunque los ricos tienen mejor aparejo para ganar la gloria que quien poco tiene, no hay ninguno contento
, no hay quien diga: harto tengo; no hay ninguno que no trocase mi placer por sus dineros. Dejemos cuidados ajenos y acostémonos, que es hora. Que más me engordará un buen sueño sin temor que cuanto tesoro hay en Venecia.
Monólogo inicial de Celestina:
CELESTINA.- ¡Oh rigurosos trances! ¡Oh cruda osadía! ¡Oh gran sufrimiento! ¡Y qué tan cercana estuve de la muerte, si mi mucha astucia no rigiera con el tiempo las velas de la petición! ¡Oh amenazas de doncella brava! ¡Oh airada doncella!
¡Oh diablo a quien yo conjuré!

¡Cómo cumpliste tu palabra en todo lo que te pedí!

En cargo te soy. Así amansaste la cruel hembra con tu poder y diste tan oportuno lugar a mi habla cuanto quise, con la ausencia de su madre.
¡Oh vieja Celestina! ¿Vas alegre? Sábete que la mitad está hecha, cuando tienen buen principio las cosas.
¡Oh serpentino aceite! ¡Oh blanco hilado!
¡Cómo os aparejasteis todos en mi favor! ¡Oh, yo rompiera todos mis atamientos hechos y por hacer ni creyera en hierbas ni piedras ni en palabras!
Pues alégrate, vieja, que más sacarás de este pleito que de quince virgos que renovaras.
¡Oh malditas haldas, prolijas y largas, cómo me estorbáis de llegar adonde han de reposar mis nuevas! ¡Oh buena fortuna, cómo ayudas a los osados y a los tímidos eres contraria! Nunca huyendo huye la muerte al cobarde.
¡Oh cuántas erraran en lo que yo he acertado! ¿Qué hicieran en tan fuerte estrecho estas nuevas maestras de mi oficio sino responder algo a Melibea, por donde se perdiera cuanto yo con buen callar he ganado?
Por esto dicen que quien las sabe las tañe y que es más cierto médico el experimentado que el letrado y la experiencia y escarmiento hace los hombres arteros y la vieja, como yo, que alce sus haldas al pasar del vado, como maestra. ¡Ay cordón, cordón! Yo te haré traer por fuerza, si vivo, a la que no quiso darme su buena habla de grado.
Conversación entre Sempronio y Celestina:
SEMPRONIO.- [...] Pero esto dejado, dime, por Dios, con qué vienes. Dime si tenemos hijo o hija. Que desde que dio la una te espero aquí y no he sentido mejor señal que tu tardanza.
SEMPRONIO.- Por amor mío, madre, no pases de aquí sin me lo contar.
CELESTINA.- Sempronio amigo, ni yo me podría parar ni el lugar es aparejado. Vente conmigo. Delante de Calisto oirás maravillas. Que será desflorar mi embajada comunicándola con muchos. De mi boca quiero que sepa lo que se ha hecho.
Que, aunque hayas de haber alguna partecilla del provecho, quiero yo todas las gracias del trabajo.

SEMPRONIO.-
¿Partecilla, Celestina?
Mal me parece eso que dices.


CELESTINA.- Calla, loquillo, que parte o partecilla, cuanto tú quisieres te daré. Todo lo mío es tuyo.
Gocémonos y aprovechémonos, que sobre el partir nunca reñiremos.
Y también sabes tú cuánta más necesidad tienen los viejos que los mozos, mayormente tú que vas a mesa puesta.


SEMPRONIO.- Otras cosas he menester más de comer.
IMPACIENCIA DE SEMPRONIO
DISPUTA ENTRE EL CRIADO Y LA ALCAHUETA
SEMPRONIO.- ¡Oh lisonjera vieja! ¡Oh vieja llena de mal! ¡Oh codiciosa y avarienta garganta! También quiere a mí engañar como a mi amo, por ser rica. ¡Pues mala medra tiene! ¡No le arriendo la ganancia! Que quien con modo torpe sube en lo alto, más presto cae que sube. ¡Oh que mala cosa es de conocer el hombre! Bien dicen que ninguna mercaduría ni animal es tan difícil!
¡Mala vieja, falsa, es ésta! ¡El diablo me metió con ella! Más seguro me fuera huir de esta venenosa víbora, que tomarla. Mía fue la culpa. Pero gane harto, que por bien o mal no negará la promesa.

CELESTINA.- ¿Qué dices, Sempronio? ¿Con quien hablas? ¿Viénesme royendo las haldas? ¿Por qué no aguijas?
SEMPRONIO.- [...] ¿No sabes que aquello es en algo tenido que es por tiempo deseado y que
cada día que él penase era doblarnos el provecho?

CELESTINA.-[...] Y más que yo sé que tu amo, según lo que de él sentí, es liberal y algo antojadizo.
Más dará en un día de buenas nuevas que en ciento que ande penado y yo yendo y viniendo.
Que los acelerados y súbitos placeres crían alteración, la mucha alteración estorba el deliberar. Pues ¿en qué podrá parar el bien sino en bien y el alto mensaje sino en luengas albricias? Calla, bobo, deja hacer a tu vieja.

PÁRMENO.- A Sempronio y a Celestina veo venir cerca de casa, haciendo paradillas de rato en rato y, cuando están quedos, hacen rayas en el suelo con la espada. No sé que sea.


CALISTO.- ¡Oh desvariado, negligente! Veslos venir: ¿no puedes bajar corriendo a abrir la puerta? ¡Oh alto Dios! ¡Oh soberana deidad! ¿Con qué vienen? ¿Qué nuevas traen? [...]




LLEGADA A CASA DE CALISTO:
PÁRMENO DESPIERTA EN LA CAMA DE AREÚSA:
PÁRMENO.- En mi seso estoy yo, señora, que es de día claro, en ver entrar luz entre las puertas. ¡Oh traidor de mí! ¡En qué gran falta he caído con mi amo! De mucha pena soy digno. ¡Oh qué tarde que es!

AMISTAD DE SEMPRONIO CON PÁRMENO:
PÁRMENO.- ¡Oh Sempronio, amigo y más que hermano! Por Dios, no corrompas mi placer, no mezcles tu ira con mi sufrimiento, no revuelvas tu descontentamiento con mi descanso, no agües con tan turbia agua el claro licor del pensamiento que traigo, no enturbies con tus envidiosos castigos y odiosas reprensiones mi placer. Recíbeme con alegría y contarte he maravillas de mi buena andanza pasada.

SEMPRONIO.- Más maltratas tú a Calisto, aconsejando a él lo que para ti huyes, diciendo que se aparte de amar a Melibea, hecho tablilla de mesón, que para sí no tiene abrigo y dale a todos. ¡Oh Pármeno! Ahora podrás ver cuán fácil cosa es reprender vida ajena y cuán duro guardar cada cual la suya. [...]
PÁRMENO.-A comer la convidé para casa de Celestina y, si te place, vamos todos allá.
 
SEMPRONIO.- ¿Quién, hermano?

PÁRMENO.- Tú y ella y allá está la vieja y Elicia. Habremos placer.

SEMPRONIO.- ¡Oh Dios!, y cómo me has legrado. Franco eres, nunca te faltaré. Como te tengo por hombre, como creo que Dios te ha de hacer bien, todo el enojo que de tus pasadas hablas tenía se me ha tornado en amor. No dudo ya tu Confederación con nosotros ser la que debe. Abrazarte quiero. Seamos como hermanos, ¡vaya el diablo para ruin! Sea lo pasado cuestión de san Juan y así paz para todo el año. Que las iras de los amigos siempre suelen ser reintegración del amor. Comamos y holguemos, que nuestro amo ayunará por todos.

ACTITUD DE CALISTO:
PÁRMENO.- [...] Y más, seis pares de pollos que trajeron estotro día los renteros de nuestro amo. Que si los pidiere, harele creer que los ha comido. Y las tórtolas que mandó para hoy guardar, diré que hedían. Tú serás testigo. Tendremos manera cómo a él no haga mal lo que de ellas comiere y nuestra mesa esté como es razón.
SEMPRONIO.- Allí está tendido en el estrado cabo la cama, donde le dejaste anoche. Que ni ha dormido ni está despierto. Si allá entro, ronca; si me salgo, canta o devanea. No le tomo tiento, si con aquello pena o descansa.
CALISTO.- En gran peligro me veo:
En mi muerte no hay tardanza,
Pues que me pide el deseo
Lo que me niega esperanza.

SEMPRONIO.- Verdad es; pero mal conoces a Celestina. Cuando ella tiene que hacer, no se acuerda de Dios ni cura de santidades. [...]
Lo que en sus cuentas reza es los virgos que tiene a cargo y cuántos enamorados hay en la ciudad y cuántas mozas tiene encomendadas y qué despenseros le dan ración y cuál lo mejor
[…] Cuando menea los labios es fingir mentiras, ordenar cautelas para haber dinero: por aquí le entraré, esto me responderá, estotro replicaré. Así vive ésta que nosotros mucho honramos.
PÁRMENO.- ¡Qué palabras tiene la noble! Bien ves, hermano, estos
halagos fingidos
.
SEMPRONIO.- Déjala, que de eso vive. Que no sé quién diablos le mostró tanta ruindad.
PÁRMENO.-
La necesidad y pobreza, la hambre. Que no hay mejor maestra
en el mundo, no hay mejor despertadora y avivadora de ingenios.
SEMPRONIO.- Olvida, señor, un poco a Melibea y verás la claridad. Que con la mucha que en su gesto contemplas, no puedes ver de encandelado, como perdiz con la calderuela.

SEMPRONIO.- No te fatigues tanto, no lo quieras todo en una hora. Que no es de discretos desear con grande eficacia lo que se puede tristemente acabar. Si tú pides que se concluya en un día lo que en un año sería harto, no es mucha tu vida.


CELESTINA.- [...] que estoy sola, pondré cabo mí este jarro y taza, que no es más mi vida de cuanto con ello hablo.
Después que me fui haciendo vieja, no sé mejor oficio a la mesa que escanciar
. [...] Que con dos jarrillos de estos que beba cuando me quiero acostar, no siento frío en toda la noche. De esto aforro todos mis vestidos cuando viene la Navidad; esto me calienta la sangre; esto me sostiene continuo en un ser; esto me hace andar siempre alegre; esto me para fresca; de esto vea yo sobrado en casa, que nunca temeré el mal año. Que un cortezón de pan ratonado me basta para tres días.
Esto quita la tristeza del corazón más que el oro ni el coral; esto da esfuerzo al mozo y al viejo fuerza, pone color al descolorido, coraje al cobarde, al flojo diligencia, conforta los cerebros, saca el frío del estómago, quita el hedor del aliento
, [...] Pero todavía con mi fatiga busco lo mejor, para eso poco que bebo: una sola docena de veces a cada comida. No me harán pasar de allí, salvo si no soy convidada como ahora.
ELICIA.- […]
Santiguarme quiero de tu necedad y poco conocimiento
. ¡Oh quién estuviese de gana para disputar contigo su hermosura y gentileza! ¿Gentil es Melibea? […] Por cierto, que conozco yo
en la calle donde ella vive cuatro doncellas en quien Dios más repartió su gracia que no en Melibea
. Que si algo tiene de hermosura es por buenos atavíos que trae. Ponedlos a un palo, también diréis que es gentil. Por mi vida, que no lo digo por alabarme;
mas creo que soy tan hermosa como vuestra Melibea
.
AREÚSA.- Pues no la has tú visto como yo, hermana mía. [...]
Por una vez que haya de salir donde pueda ser vista, enviste su cara con hiel y miel, con unas tostadas y higos pasados y con otras cosas que por reverencia de la mesa dejo de decir. Las riquezas las hacen a estas hermosas y ser alabadas, que no las gracias de su cuerpo
.
Que así goce de mí, unas tetas tiene, para ser doncella, como si tres veces hubiese parido: no parecen sino dos grandes calabazas. El vientre no se le he visto; pero, juzgando por lo otro, creo que le tiene tan flojo como vieja de cincuenta años.
[…]
SEMPRONIO.- Señora, el vulgo parlero no perdona las tachas de sus señores y así yo creo que, si alguna tuviese Melibea, ya sería descubierta de los que con ella más que con nosotros tratan. Y aunque lo que dices concediese,
Calisto es caballero, Melibea hijadalgo: así que los nacidos por linaje escogido búscanse unos a otros
.
AREÚSA.- [...] Las obras hacen linaje, que al fin todos somos hijos de Adán y Eva. Procure de ser cada uno bueno por sí y
no vaya buscar en la nobleza de sus pasados la virtud
.
CELESTINA.- […] Lo cual yo juzgo por otros, que he conocido menos apasionados y metidos en este fuego de amor que a Calisto veo.
Que ni comen ni beben, ni ríen ni lloran, ni duermen ni velan, ni hablan ni callan, ni penan ni descansan, ni están contentos ni se quejan, según la perplejidad de aquella dulce y fiera llaga de sus corazones
. [...]
Mucha fuerza tiene el amor: no sólo la tierra, mas aun las mares traspasa, según su pode r[...]Todas las dificultades quiebra.
SEMPRONIO.-
Señora, en todo concedo con tu razón, que aquí está quien me causó algún tiempo andar hecho otro Calisto
, perdido el sentido, cansado el cuerpo, la cabeza vana, los días mal durmiendo, las noches todas velando [...] y otros mil actos de enamorado, [...] Pero todo lo doy por bien empleado, pues tal joya gané.
CELESTINA.- [...]
Gozad vuestras frescas mocedades
, que quien tiempo tiene y mejor le espera, tiempo viene que se arrepiente. Como yo hago ahora por algunas horas que dejé perder cuando moza, cuando me preciaban, cuando me querían. Que ya, ¡mal pecado!,
caducado he
, nadie no me quiere. ¡Que sabe Dios mi buen deseo!
Besaos y abrazaos, que a mí no me queda otra cosa sino gozarme de verlo
. [...] ¡cómo lo reís y holgáis, putillos, loquillos, traviesos! ¡En esto había de parar el nublado de las cuestioncillas, que habéis tenido! ¡Mirad no derribéis la mesa!
AREÚSA.- Así goce de mí, que es verdad; que estas que sirven a señoras,
ni gozan deleite ni conocen los dulces premios de amor. Nunca tratan con parientes, con iguales a quien pueden hablar tú por tú, con quien digan: ¿qué cenaste?, ¿estás preñada?, ¿cuántas gallinas crías?, llévame a merendar a tu casa; muéstrame tu enamorado; ¿cuánto ha que no te veo?, ¿cómo te va con él?, ¿quién son tus vecinas?
[...]
Que jamás me precié de llamarme de OTRO; SINO MÍA
. Mayormente de estas señoras, que ahora se usan. Gástase con ellas lo mejor del tiempo y con una saya rota de las que ellas desechan pagan servicio de diez años. Denostadas, maltratadas las traen, continuo sojuzgadas, que hablar delante de ellas no osan. Y cuando ven cerca el tiempo de la obligación de casarlas, [...] danles un ciento de azotes y échanlas la puerta fuera, las haldas en la cabeza,
diciendo: allá irás, ladrona, puta, no de destruirás mi casa y honra. [...] Nunca oyen su nombre propio de la boca de ellas; sino puta acá, puta acullá. ¿A donde vas, tiñosa? ¿Qué hiciste, bellaca? ¿Por qué comiste esto, golosa? ¿Cómo fregaste la sartén, puerca? ¿Por qué no limpiaste el manto, sucia? ¿Cómo dijiste esto, necia? ¿Quién perdió el plato, desaliñada? ¿Cómo faltó el paño de manos, ladrona?
A tu rufián lo habrás dado. [...] Por esto, madre, he querido más vivir en mi pequeña casa, exenta y señora, que no en sus ricos palacios sojuzgada y cautiva.
CELESTINA.- Harto tengo, hija, que llorar,
acordándome de tan alegre tiempo y tal vida como yo tenía,
y cuán servida era de todo el mundo. Que jamás hubo fruta nueva de que yo primero no gozase que otros supiesen si era nacida. En mi casa se había de hallar, si para alguna preñada se buscase.
LUCRECIA.- Por cierto, ya se me había olvidado mi principal demanda y mensaje con la memoria de ese tan alegre tiempo como has contado y así me estuviera un año sin comer escuchándote y pensando en aquella vida buena que aquellas mozas gozarían, que me parece y semeja que estoy yo ahora en ella.
Mi venida, señora, es lo que tú sabrás: pedirte el ceñidero y, demás de esto, te ruega mi señora sea de ti visitada y muy presto, porque se siente muy fatigada de desmayos y de dolor del corazón
.
CELESTINA.- Hija, de estos dolorcillos tales más es el ruido que las nueces.
Maravillada estoy sentirse del corazón mujer tan moza
.
LUCRECIA.- ¡Así te arrastren, traidora! ¿Tú no sabes qué es?
Hace la vieja falsa sus hechizos y vase; después hácese de nuevas.
CELESTINA.- ¿Trabajo, mi amor? Antes descanso y alivio. Todas me obedecían, todas me honraban, de todas era acatada, ninguna salía de mi querer, lo que yo decía era lo bueno, a cada cual daba su cobro. [...]
Caballeros viejos y mozos, abades de todas dignidades, desde obispos hasta sacristanes. En entrando por la iglesia, veía derrocar bonetes en mi honor, como si yo fuera una duquesa
. El que menos había que negociar conmigo, por más ruin se tenía
De media legua que me viesen, dejaban las Horas
. Uno a uno, dos a dos, venían a donde yo estaba, a ver si mandaba algo, a preguntarme cada uno por la suya.
Que hombre había que, estando diciendo misa, en viéndome entrar se turbaba que no hacía ni decía cosa a derechas
. Unos me llamaban señora, otros tía, otros enamorada, otros vieja honrada. Allí se concertaban sus venidas a mi casa, allí las idas a la suya, allí se me ofrecían dineros, allí promesas, allí otras dádivas, besando el cabo de mi manto y aun algunos en la cara, por me tener más contenta. Ahora hame traído la fortuna a tal estado que me digas: buena pro hagan las zapatas.
SEMPRONIO.-
Espantados nos tienes con tales cosas como nos cuentas de esa religiosa gente y benditas coronas
. ¡Sí, que no serían todos!
SEMPRONIO.- Pármeno hermano, si yo supiese aquella tierra donde se gana el sueldo durmiendo mucho haría por ir allá, que no daría ventaja a inguno: tanto ganaría como otro cualquiera. ¿Y cómo, holgazán, descuidado, fuiste para no tornar?
Diálogo inicial entre Sempronio y Pármeno
Comida en casa de Celstina
Elogios al vino y a la juventud
Críticas a Melibea
El poder del amor y la locura de Calisto
Celestina añora tiempos pasados
Crítica a la vida de sirvienta
Lascivia de la Iglesia
Conversación final entre Celestina y Lucrecia
CELESTINA.- ¡Ay Dios, si llegase a mi casa con mi mucha alegría a cuestas! A Pármeno y a Sempronio veo ir a la Magdalena [...]
PÁRMENO.- Buena viene la vieja, hermano: recaudado debe haber.
SEMPRONIO.- Escúchala.
CELESTINA.- Todo este día, señor, he trabajado en tu negocio y he dejado perder otros en que harto me iba.
Muchos tengo quejosos por tenerte a ti contento
. Más he dejado de ganar que piensas. Pero todo vaya en buena hora, pues tan buen recaudo traigo, que te traigo muchas
buenas palabras de Melibea y la dejo a tu servicio
.
CALISTO.- ¿Qué es esto que oigo?
CELESTINA.-
Que es más tuya, que de sí misma; más está a tu mandato y querer que de su padre Pleberio.
CALISTO.- Habla cortés, madre, no digas tal cosa, que dirán estos mozos que estás loca.
Melibea es mi señora, Melibea es mi Dios, Melibea es mi vida; yo su cautivo, yo su siervo
.
CALISTO.- Bien has dicho. Madre mía, yo sé cierto que
jamás igualará tu trabajo
y mi liviano galardón. En lugar de manto y saya, porque no se dé parte a oficiales,
toma esta cadenilla
, ponla al cuello y procede en tu razón y mi alegría.
PÁRMENO.- ¿Cadenilla la llama? ¿No lo oyes, Sempronio?
No estima el gasto. Pues yo te certifico no diese mi parte por medio marco de oro, por mal que la vieja lo reparta.
SEMPRONIO.- Oírte ha nuestro amo, tendremos en él que amansar y en ti que sanar, según está hinchado de tu mucho murmurar [...]
CELESTINA.- Señor Calisto, para tan flaca vieja como yo, de mucha franqueza usaste. [...] En pago de la cual te
restituyo tu salud, que iba perdida; tu corazón, que te faltaba; tu seso, que se alteraba. Melibea pena por ti más que tú por ella, Melibea te ama y desea ver, Melibea piensa más horas en tu persona que en la suya, Melibea se llama tuya y esto tiene por título de libertad y con esto amansa el fuego que más que a ti la quema
.
CALISTO.- ¿Mozos, estoy yo aquí? ¿Mozos, oigo yo esto?
Mozos, mirad si estoy despierto
. ¿Es de día o de noche? ¡Oh señor Dios, padre celestial!
¡Ruégote que esto no sea sueño!
¡Despierto, pues, estoy! Si burlas, señora, de mí por me pagar en palabras, no temas, di verdad, que para lo que tú de mí has recibido más merecen tus pasos.
MELIBEA.- ¡Oh lastimada de mí! ¡Oh mal proveída doncella!
¿Y no me fuera mejor conceder su petición y demanda ayer a Celestina cuando de parte de aquel señor, cuya vista me cautivó, me fue rogado, y contentarle a él y sanar a mí, que no venir por fuerza a descubrir mi llaga cuando no me sea agradecido, cuando ya, desconfiando de mi buena respuesta, haya puesto sus ojos en amor de otra?

¡Cuánta más ventaja tuviera mi prometimiento rogado que mi ofrecimiento forzoso!
¡Oh mi fiel criada Lucrecia! ¿Qué dirás de mí?, ¿qué pensarás de mi seso cuando me veas publicar lo que a ti jamás he querido descubrir? ¡Cómo te espantarás del rompimiento de mi honestidad y vergüenza, que siempre como encerrada doncella acostumbré a tener! No sé si habrás barruntado de dónde proceda mi dolor. ¡Oh, si ya vinieses con aquella medianera de mi salud!
¡Oh soberano Dios!
A ti, que todos los atribulados llaman, los apasionados piden remedio, los llagados medicina; a ti, que los cielos, mar y tierra con los infernales centros obedecen; a ti, el cual todas las cosas a los hombres sojuzgaste, humilmente
suplico des a mi herido corazón sufrimiento y paciencia, con que mi terrible pasión pueda disimular.

No se desdore aquella hoja de castidad,
que tengo asentada sobre este amoroso deseo, publicando ser otro mi dolor que no el que me atormenta. Pero, ¿cómo lo podré hacer, lastimándome tan cruelmente el ponzoñoso bocado que la vista de su presencia de aquel caballero me dio? ¡Oh género femíneo, encogido y frágil!
¿Por qué no fue también a las hembras concedido poder descubrir su congojoso y ardiente amor como a los varones?
Que ni Calisto viviera quejoso ni yo penada.
MONÓLOGO DE MELIBEA
CELESTINA.- [...] si burlo o si no, verlo has yendo esta noche, según
el concierto dejo con ella, a su casa, en dando el reloj doce, a la hablar por entre las puertas. De cuya boca sabrás más por entero mi solicitud y su deseo y el amor que te tiene y quién lo ha causado
.
CALISTO.- Ya, ya, ¿tal cosa espero? ¿Tal cosa es posible haber de pasar por mí?
Muerto soy de aquí allá, no soy capaz de tanta gloria, no merecedor de tan gran merced, no digno de hablar con tal señora de su voluntad y grado.

PÁRMENO.- […] Mucha sospecha me pone el presto conceder de aquella señora y venir tan pronto en todo su querer de Celestina, engañando nuestra voluntad con sus palabras dulces y prestas por hurtar por otra parte [...] el canto de la sirena engaña los simples marineros con su dulzor. […] purgará su inocencia con la honra de Calisto y con nuestra muerte. [...] tomará la venganza de Calisto en todos nosotros […]
CALISTO.-
¡Callad, locos, bellacos, sospechosos
! Parece que dais a entender que los ángeles sepan hacer mal [...]
SEMPRONIO.-
¿Todavía te vuelves a tus herejías? Escúchale, Pármeno. No te pene nada
, que si fuere trato doble, él lo pagará, que nosotros buenos pies tenemos.
PÁRMENO.-
De la prisa que la vieja tiene por irse. No ve la hora que haber despegado la cadena de casa.
No puede creer que la tenga en su poder ni que se la han dado de verdad.
No se halla digna de tal don
, tan poco como Calisto de Melibea.
SEMPRONIO.-
¿Qué quieres que haga una puta alcahueta, que sabe y entiende lo que nosotros nos callamos y suele hacer siete virgos por dos monedas
, después de verse cargada de oro sino ponerse en salvo con la posesión, con temor no se la tornen a tomar, […]
ELICIA.- ¿Cómo vienes tan tarde? No lo debes hacer,
que eres vieja: tropezarás donde caigas y mueras
.
CELESTINA.- No temo eso, que de día me aviso por donde venga de noche. Que jamás me subo por poyo ni calzada sino por medio de la calle. Porque como dicen: no da paso seguro quien corre por el muro y que aquel va más sano que anda por llano.
Más quiero ensuciar mis zapatos con el lodo que ensangrentar las tocas y los cantos.
Encuentro entre Celestina, Calisto y sirvientes
Llegada de Celestina a casa
Celestina explica lo sucedido y la reacción de Calisto
Recompensa a Celestina y reacción de los sirvientes a ésta
Reacción de Calisto respecto a la cita a medianoche
Sospechas de los criados
(Enfado de Calisto ante las murmuraciones de los sirvientes, que sospechan)
CONVERSACIÓN EN CASA DE MELIBEA
CELESTINA.- ¿Qué es, señora, tu mal, que así muestra las señas de su tormento en las coloradas colores de tu gesto?
MELIBEA.- Madre mía, que comen este corazón serpientes dentro de mi cuerpo.
MELIBEA.- [...] con muy poco trabajo juntarías con la virtud de tu lengua, no de otra manera que cuando vio en sueños aquel grande Alejandro, rey de Macedonia, en la boca del dragón la saludable raíz con que sanó a su criado Tolomeo del bocado de la víbora. Pues, por amor de Dios, te despojes para muy diligente entender en mi mal y me des algún remedio.
CELESTINA.- Gran parte de la salud es desearla, por lo cual creo menos peligroso ser tu dolor. Pero para yo dar, mediante Dios, congrua y saludable medicina, es necesario saber de ti tres cosas.La primera, a qué parte de tu cuerpo más declina y aqueja el sentimiento. Otra, si es nuevamente por ti sentido, porque más presto se curan las tiernas enfermedades en sus principios que cuando han hecho curso en la perseveración de su oficio [...] La tercera, si procede de algún cruel pensamiento que se asentó en aquel lugar. Y esto sabido, verás obrar mi cura.
MELIBEA.- Lucrecia, echa esa antepuerta. ¡Oh vieja sabia y honrada, tú seas bienvenida!

MELIBEA.- [...] Mi mal es de corazón, la izquierda teta es su aposentamiento, tiende sus rayos a todas partes. Lo segundo, es nuevamente nacido en mi cuerpo. Que no pensé jamás que podía dolor privar el seso como éste hace. Túrbame la cara, quítame el comer, no puedo dormir, ningún género de risa querría ver. La causa o pensamiento, que es la final cosa por ti preguntada de mi mal, ésta no sabré decir. [....]
MELIBEA.- [...] Porque si lo uno o lo otro no bastase, cualquiera remedio otro darías sin temor, pues te pido le muestres,
quedando libre mi honra.

MELIBEA.- ¡Oh cómo me muero con tu dilatar! Di, por Dios, lo que quisieres, haz lo que supieres, que no podrá ser tu remedio tan áspero que se iguale con mi pena y tormento.
Ahora toque en mi honra, ahora dañe mi fama, ahora lastime mi cuerpo, aunque sea romper mis carnes para sacar mi dolorido corazón, te doy mi fe ser segura y, si siento alivio, bien galardonada.
CELESTINA.- Nunca me ha de faltar un diablo acá y acullá: escapome Dios de Pármeno, topome con Lucrecia.
MELIBEA.- ¿Qué dices, amada maestra? ¿Que te hablaba esa moza?
CELESTINA.- No le oí nada. Pero diga lo que dijere, sabe que no hay cosa más contraria en las grandes curas delante los animosos cirujanos que los flacos corazones, los cuales con su gran lástima, con sus dolorosas hablas, con sus sensibles meneos, ponen temor al enfermo, hacen que desconfíe de la salud y al médico enojan y turban y la turbación altera la mano, rige sin orden la aguja. Por donde se puede conocer claro que es muy necesario para tu salud que no esté persona delante y así que la debes mandar salir. Y tú, hija Lucrecia, perdona.
MELIBEA.- Salte fuera presto.
LUCRECIA.- ¡Ya!, ¡ya! ¡Todo es perdido! Ya me salgo señora.
MELIBEA.- Calla, por Dios, madre. No traigan de su casa cosa para mi provecho ni le nombres aquí.
MELIBEA.- ¡Oh por Dios, que me matas! ¿Y no te tengo dicho que no me alabes ese hombre ni me le nombres en bueno ni en malo?

CELESTINA.- Yo lo tengo pensado, yo te lo diré: por entre las puertas de tu casa.
MELIBEA.- ¿Cuándo?
CELESTINA.- Esta noche.
MELIBEA.- Gloriosa me serás, si lo ordenas. Di a qué hora.
CELESTINA.- A las doce.
MELIBEA.- Amiga Lucrecia y mi leal criada y fiel secretaria, ya has visto cómo no ha sido más en mi mano. Cautivome el amor de aquel caballero. Ruégote, por Dios, se cubra con secreto sello, porque yo goce de tan suave amor. Tú serás de mi tenida en aquel lugar que merece tu fiel servicio.
LUCRECIA.- Señora, mucho antes de ahora tengo sentida tu llaga y calado tu deseo. […]
ALISA.- Por amor mío, hija, que si acá tornare sin verla yo, que no hayas por bien su venida ni la recibas con placer. Halle en ti honestidad en tu respuesta y jamás volverá. Que la verdadera virtud más se teme que espada.
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