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Escritura nodal de los historiales freudianos

Basado en el texto "encadenamientos y desencadenamientos neuróticos" de Fabián Schejtman que se encuentra en Ancla n°3
by

Bruno Javier Bonoris

on 10 February 2011

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Transcript of Escritura nodal de los historiales freudianos

Escritura nodal de los historiales freudianos Juanito En su seminario 4, Lacan produjo una lectura del caso Juanito que le permitió distinguir las fases que se suceden en él hasta la constitución del síntoma fóbico. Parto de indicar su tiempo inicial, definido como “el paraíso de la dicha de Juanito”: se tarta del juego de engaños con la madre que conduce al pequeño a la posición de falo imaginario. El sujeto es aquí sujeto-sujetado, detenido, su cuerpo capturado en la obturación de la carencia materna. Domina entonces la inhibición como nominación imaginaria. Pero ¿de cuál de las dos formas de la inhibición descriptas se trata? Aquella que redoblando lo imaginario, se sitúa entre imaginario y real. Es que se trata, efectivamente, de la imaginarización fálica de lo real del cuerpo infantil. La identificación con el falo imaginario opera equilibrando aquí la estructura por la inhibición, amarrando los registros al reparar y localizar el lapsus entre imaginario y real. Tal posición se ve cuestionada en el tiempo siguiente, a partir de las primeras maniobras masturbatorias del niño: Lacan ubica aquí el surgimiento del pende real. Efectivamente, si se lo tiene –al pene real- no se lo es –el falo imaginario-: puesta en cuestión de la solución provista por aquella identificación por el encuentro con este real perturbador. Sin embargo, ello no es suficiente para explicar el desencadenamiento de la estructura: es necesario que ese encuentro con un goce inédito se redoble por la carencia del castrador, del padre real. Es que no hay forma de vérselas más o menos moderadamente con lo real de la genitalidad si no opera la amortiguación que introduce la mediación de la prohibición castradora paterna. Pero el padre de Juanito, según Lacan, es uno que se obstina en no querer castrarlo. Queda definido de este modo el doble lapsus –que puede suponerse operando aquí entre simbólico y real-: surgimiento del pene real + carencia del padre real. La repercusión de cada uno de estos lapsus sobre el otro desencadena el lazo cuaternario, volviendo inoperante el recurso anterior a la identificación fálica: es la irrupción de la angustia. Encontramos así, los gérmenes de algunas de sus posteriores elaboraciones sobre la angustia, aquellas que la refieren tanto a la presencia del objeto a, como al encuentro con la falta del Otro. Lo primero, anticipado aquí en el nivel del surgimiento del pene real; lo segundo, pasible de ser referido en este caso tanto a la carencia del padre, como a la oscuridad del deseo materno cuando ya no es posible aplacarlo por la interpretación fálica. Se trata de una angustia que es aquí señal del desencadenamiento, es decir, una que no debe confundirse con las versiones dela angustia-sinthome que tienen, por el contrario, función de amarrar los registros. En el seminario 4, Lacan propone la aparición casi inminente de una respuesta en el pequeño frente a este desencadenamiento, lo que comporta ya un “primer aspecto que adquiere la fobia”: el temor a ser devorado por la madre. Permítaseme leer en esto ya una de las formas de la angustia que encadena. Es que se trata de algo más radical que el miedo (que aparece luego, referido al caballo, como solución); aquí es más bien el horror frente a la posibilidad de ser devorado por el Otro primordial. Y por más solución que esto suponga respecto del tiempo anterior, se evidencia como un recurso problemático: instala al sujeto frente al goce del Otro. Ello decide ya la escritura de esta angustia-sinthome en el encadenamiento: redoblando lo real, reparando y localizando el lapsus entre real e imaginario. Si la angustia se desencadenó por el lapsus supuesto entre S y R, esta angustia-sinthome consigue reparar el lapsus, pero ya desplazándolo y leyéndolo entre R e I, registros entre los cuales Lacan ubica, en el seminario 22, el goce del Otro. En ese punto no hay angustia ante el interrogante que supone para él lo insondable del deseo materno –lo que acontece en el tiempo anterior y que destaca la tachadura que se deja entrever en el Otro-, aquí la angustia se torna, más bien, horror ante la posibilidad del goce del Otro –que se escribe sin tachar-. De este modo, no es dable esperar en este tiempo ningún interrogante angustioso, sino la respuesta certera de suponerse bocado del Otro. Así, antes de que cualquier caballo sintomatice la posición subjetiva entregando un encadenamiento estable, la angustia muta: pasa a ser el signo del desencadenamiento de la estructura, a esta otra que re-encadena lo simbólico, lo imaginario y lo real, aunque no lo consiga más que al precio de darle consistencia al goce del Otro. Otro paso se produce en la solución que comporta para Juanito la constitución del síntoma fóbico. La clave del mismo, para Lacan, es la operatoria metafórica de un significante: “caballo”, que corrige la falla del padre real. El caballo socorre a la función alicaída del padre, lo suple sustituyendo a su vez al deseo de la madre en la metáfora paterna. Se ve aquí que el síntoma fóbico es… un nombre del padre. Se trata de este modo, de un síntoma-metáfora –la fobia al caballo- que mantiene anudada la estructura, pero desplazando una vez más el lapsus, leyéndolo ahora entre simbólico e imaginario. Dora En el seminario 3 Lacan indica que, de inicio, Dora no es más que una simple histérica, apenas tiene síntomas: ni su tos ni su afonía la harían precipitarse a la consulta. Es, en efecto, el primer tiempo para ella, el de su histeria compensada. En “Intervención sobre la transferencia” propone que la dificultad que supone para Dora el “reconocimiento de su femineidad”, se resuelve en su caso –como es común en la histeria- con el auxilio de la identificación viril: halla a Dora identificada con todos los personajes masculinos, principalmente con su hermano y su padre, pero también con Freud y con el señor K. En el tiempo previo al desencadenamiento es, justamente, la identificación con éste lo que se vuelve para la joven –en el intento de responder por lo femenino- un sostén capital en el abordaje del objeto de su interés: su mujer –la señora K-, quien encarna para Dora “un misterio, el misterio de su propia femineidad”. En el seminario 3, llega a señalar que “el yo de Dora es el señor K”, y que “en tanto ella es el señor K, todos sus síntomas cobran su sentido definitivo”. Es que, efectivamente, el hecho de que Dora no haya desencadenado aún francamente su neurosis, no impide que de su posición estable se deriven síntomas, y síntomas que soportan tal estabilidad histérica: compatibles con esa identificación imaginaria que le permite responder con su yo, desde el lugar del hombre, qué es ser una mujer. Si se toma el principal de los síntomas, según Freud, la tos, se descubre que para elucidar su formación no basta ya solamente con la referencia a la identificación (que en este caso comprometería no sólo a lo imaginario, ya que un rasgo del padre le da soporte) sino que es preciso apuntar fundamentalmente al fantasma que en él se expresa. Se trata de la escena fantaseada de sexo oral que la impotencia supuesta del padre exigiría en un encuentro con la señora K. ¿Con qué fin se habría vuelto cómplice Dora de las “aventuras” de su padre sino, justamente, con el de asegurarse por esta vía fantaseada que haya relación y, de paso, que ésta le entregue una respuesta a la cuestión de lo femenino? La mujer podría definirse así ya para ella como un “objeto a ser chupado”…si se acuerda con la corrección lacaniana: en esa escena se trataría de la boca del padre –y no de la de su amante, como opinaba Freud-. Y donde el padre chupa, Dora tose. Quedan demarcadas de este modo las coordenadas de la posición compensada de la joven histérica: la identificación imaginaria con el señor K, que da consistencia a su yo, y el lugar que la versión impotente del padre –la père-version del fantasma- le entrega en su abordaje de la Otra, de donde se desprende el síntoma de la tos, un síntoma soportado fantasmáticamente que contribuye a tal estabilidad. ¿Cómo se escribe ello en el nudo? Propongo que se lo haga a partir de una nominación imaginaria –inhibición- que sitúa y repara el lapsus entre simbólico e imaginario, fijando, coagulando, la posición yoica de Dora en la identificación viril especular, pero que se prolonga haciendo síntoma –la tos- en una nominación que llega a redoblar lo simbólico. ¿Por qué una inhibición no podría convivir con síntomas que apoyan la estabilidad de la estructura? Es, en efecto, el primer tiempo que se aísla el caso Dora. El cuarto eslabón, que agregado aquí asegura la posición compensada de Dora, mantiene la condición borromea de la cadena. Pruébese cortar en ella cualquier eslabón y los cuatro se soltarán: ninguno utiliza el agujero de otro en el enlace. El segundo tiempo, es el de la descompensación. Lacan, siguiendo a Freud, la ubica en la escena del lago en la que el señor K aborda “amorosamente” a Dora. “Mi mujer no es nada para mí”. Es como si a ello hubiese respondido ¡¿entonces qué es usted para mí?! Lo que rubrica con un bofetazo, dejando la escena. Lacan destaca en el seminario 3, la necesidad de ese intermediario en la opereta de cuatro, en la estabilidad de la histeria de Dora: el señor K le es imprescindible, su mediación en el abordaje de la señora K es indispensable para ella. Pero lo es en tanto su mujer sea algo para él. Allí tenemos el desencadenamiento, la descompensación de la neurosis de Dora por el cese de la solución aportada por la identificación viril: el mediador se sustrae y la estructura se desencadena. La descompensación se produce en la escena del lago por la caducidad del sinthome. Dora no puede servirse ya de la solución sinthomática que había encontrado en la identificación viril para tratar la falla del anudamiento. Es clara la diferencia con el desencadenamiento de Juanito. En otro lugar pude distinguir los dos modos mayores del desencadenamiento de la estructura: por el cese del sinthome, o por la irrupción de un/os lapsus nuevo/s. La descompensación de Dora deja poco lugar a la angustia (al menos para la angustia que desencadena). Por una parte, Lacan presenta a la bofetada de Dora en el lago como un pasaje al acto, que puede ubicarse ya como una salida respecto de la angustia que podría conllevar el desencadenamiento de la estructura. Pero, además, por la otra, un sueño responde de inmediato a la descompensación y el llamado al padre no se hace esperar, lo que prefigura ya el camino que constituirá el viraje en la posición de Dora y permitirá escribir el (re)anudamiento correspondiente Freud subrayaba ya este cambio: Dora pasa de cómplice a quejosa. La suposición del goce del Otro es difícil de soslayar en le nivel de esta posición reivindicativa. En este punto localizo para Dora una nominación real –angustia-sinthome- que reanuda la estructura leyendo la no relación como reparación entre lo real y lo imaginario. Y es precisamente en esta posición –reivindicativa, quejosa- que la joven concurre a la consulta, conducida en verdad, menos por su propia demanda que por la de su padre. Los efectos terapéuticos no se hicieron esperar, determinados por el pasaje del síntoma por el tamiz de la interpretación analítica. Es lo que destaco ahora como punto de llegada en el despliegue del anudamiento en Dora que logra, por fin, la puesta en forma –metafórica- del síntoma, especialmente de la tos, bajo transferencia. Vale la pena puntualizar dos cuestiones:
-La primera concerniente al goce del Otro en las neurosis que, como se observa en los dos casos freudianos abordados, no es infrecuente como respuesta al desencadenamiento angustioso y, más allá, en otras múltiples ocasiones. La apuesta neurótica al fantasma le brinda consistencia, a su modo, a la suposición de ese goce.
-La segunda, referida a la angustia-sinthome, esta angustia que encadena y que puede presentarse bajo facetas diversas –por ejemplo: el terror a ser devorado en Juanito o el síndrome persecutorio en Dora-. Ratas En cuanto al hombre delas ratas, me interesa distinguir y comparar tres momentos críticos para el sujeto: aquel del desencadenamiento de su neurosis en la fase adulta de su vida, luego lo que Freud llama la ocasión reciente del estallido de la enfermedad, y, por fin, el episodio que termina por conducirlo a la consulta. En las dos primeras crisis las descompensaciones tienen una estructura común, en tanto que la tercera será distinta. Siguiendo a Freud, he situado al desencadenamiento de la neurosis adulta del hombre de las ratas en el momento de la muerte de una tía política, precisamente a partir de una escena que acontece en su velorio. Había pasado buen tiempo desde la muerte de su padre y el joven no se encontraba aún demasiado afectado por ello. Pero un año y medio después del fallecimiento del padre comienza a molestarlo un horrible remordimiento cada vez más martirizador ligado al hecho de no haber estado en el momento preciso de su muerte, “a punto tal de tacharse de criminal”. El afecto excesivo que acompaña al reproche es sospechoso para Freud. Ello conduciría a la revelación del deseo parricida. Me interesa destacar las coordenadas de este desencadenamiento. Freud señala que ocurre a partir del velorio de la tía política. El desencadenamiento, rubricado por el efecto sintomático inmediato –el remordimiento martirizador ligado con la idea de ser un criminal- queda situado. Las palabras del tío viudo confrontan al sujeto con la deuda del padre concerniente al amor: si le habría sido infiel a su mujer, ello no está desligado del hecho de haber constituido un matrimonio por conveniencia, es decir, de haberse casado con la rica, la madre del paciente. La “falla” del padre entrevista en este punto deja lugar a la respuesta obsesiva: el sujeto se encarga de dis-culpar al Otro cargando sobre sus espaldas el peso del remordimiento. La culpa es un remedio contra la falta del Otro –captada aquí imaginariamente como deuda de amor del padre-. El síntoma parece entonces menos un signo del desencadenamiento que una respuesta que ya se propone tratarlo. El remordimiento, por más martirizador que sea, tendría así función de sinthome. De hecho no empuja al sujeto a la consulta, aunque derivó en dificultades para trabajar. En segundo lugar aparece luego el momento en que la madre del paciente le comunica el plan para su vida –la del joven- junto con sus parientes ricos: uno de los primos de ella estaría dispuesto a entregarle en matrimonio a una de sus hijas cuando él terminara sus estudios. Ello lo obligaba así a tener que decidir: ¿seguiría fiel a su dama amada, o aceptaría la propuesta y, en consonancia con su padre, se casaría con la rica? Freud sitúa aquí “la ocasión reciente del estallido de la enfermedad: el joven enfrenta la disyuntiva a la que lo empuja la propuesta marital transmitida por su madre, no decidiendo, enfermando. Es decir, al enfermar se le dificulta más el trabajo, debe posponer la finalización de sus estudios y, dado que debía casarse con la rica concluidos los mismos, tal postergación lo exime –al menos por un tiempo- de la decisión que debe tomar. El sujeto es confrontado con la deuda de amor del padre, y nuevamente halla en la enfermedad un tratamiento para esa coyuntura. Si las dos crisis anteriores se disparan ante circunstancias que dejan entrever –aunque más no sea imaginariamente- la falta del Otro y permiten que asome una angustia que se modera más o menos inmediatamente por la acción del síntoma que la trata, el cruce con este capitán, por el contrario, supone el encuentro con un Otro del goce que más que angustia provoca el pánico, incluso el terror, sumergiendo al sujeto en un trance obsesivo que termina empujándolo a la consulta. Esta crisis, tercera en la serie, se inicia en medio de un alto en unas maniobras militares en las que el joven pierde sus quevedos y pide unos de reemplazo. Se produce el encuentro con el capitán que le relata la tortura de las ratas. El encuentro con esta figura del goce del Otro, con este hombre que “evidentemente amaba lo cruel”, con el “torturador”, puede concebirse como la realización de un fantasma que enloquece al sujeto. Se le ocurre que tal tormento sería ejecutado contra su amada… también su padre sería así torturado… ¡aún cuando ya llevaba muerto varios años! A estas ideas extrañas se suma, además, la obediencia ciega al dicho del capitán cruel que, entregándole al día siguiente un paquete con los quevedos recién llegados, le indica –erróneamente- que el teniente primero A había pagado el importe, y que a él debía devolver el dinero. Esto da inicio a una deriva compleja… hasta que llega a la consulta con Freud a solicitarle que le extienda un certificado que mueva al teniente A a aceptar el dinero. Frente a la reticencia del sujeto a relatar con detalle el tormento de las ratas, no duda en asegurarle que si bien él no tiene “inclinación alguna por la crueldad” y que, por cierto, no quiere “martirizarlo” la cura no avanzará sin superar esta resistencia. Luego de lograda la “confesión” del sujeto se llega a ver cómo le ha hecho el juego al fantasma de su paciente: éste concluye llamándolo “señor capitán”. Pero la consistencia que en la transferencia se le da al goce del Otro en este caso va más allá y reconduce del capitán cruel al padre del sujeto. Por el doloroso camino de la transferencia se corrobora la construcción fantasmática central del caso: la que lleva del “torturan a un prisionero” a “mi padre me golpea”. Se ve, entonces, que la transferencia no sólo se apoya en el sujeto supuesto saber, sino que hace lugar al “Otro supuesto gozar”. Esta tercera crisis, que se anuncia a partir del horror y el enloquecimiento que se genera en el encuentro con el capitán cruel –e ingresa vía la transferencia en el análisis mismo-, lejos de dejarse de concebir como un desencadenamiento angustiante –ya que no hay aquí confrontación del sujeto con lo insondable del deseo del Otro, ante le que podría interrogarse angustiado, sino más bien, la certidumbre de hallarse frente a Otro consistente de goce-, corresponde a una de las formas de la angustia-sinthome, que como nominación real, posiciona y repara el lapsus de la cadena entre lo real y lo imaginario. El pequeño era muy afecto a las gallinas: compartía con su mamá su cuidado. Se encontraba identificado tanto con la gallina como con la madre que toca y manipula. Ahora bien, a sus 7 años, mientas jugaba en cuclillas con su hermano mayor, ocurre que éste de repente salta sobre él por detrás y tomándolo por la cintura le grita: “Yo soy el gallo y tú eres la gallina”. Si hasta ese momento “ser la gallinita de mamá” no le traía más que delicias, en este ataque, “ser la gallina para el hermano-gallo” no le causó ninguna gracia. ¡No seré una gallina! Es a partir de entonces que su libertad de movimiento comenzó a restringirse: debía alejarse delas gallinas, lo que progresivamente terminó por configurarse como una fobia permanente a ellas. La escena con el hermano supone el encuentro con la certidumbre del goce del Otro. También aquí, me parece, la crisis irrumpe bajo uno de los modos de la angustia-sinthome, que se posiciona reparando el lapsus de la cadena entre real e imaginario Entonces, no todo lo que se presenta clínicamente como crisis subjetiva se corresponde necesariamente con el desencadenamiento de la estructura en términos nodales. Es decir, hay que considerar la posibilidad de que fenómenos clínicos diversos que usualmente se abordan como momentos subjetivos, críticos, desestabilizaciones o descompensaciones varias, angustias que se extienden en el tiempo, enloquecimientos de distintos tipos, por más críticos, problemáticos o “desencadenados” que parezcan, puedan suponer en la estructura, más bien, ciertas rigidizaciones del anudamiento, reparaciones problemáticas, que eventualmente un psicoanálisis consigue poner en cuestión: frente a esas respuestas certeras, la conmoción saludable proveniente de alguna pregunta que allí pueda articularse. El análisis, en este punto, honra su etimología: desata. Gallinas Anexo cambio de roles y swinging Nota de interés sobre el movimiento de los eslabones en la cadena borromea de cuatro anillos Por ejemplo en el caso Juanito: No resulta complejo pensar el pasaje del primer tiempo al tercer tiempo del caso, el desencadenamiento (el segundo tiempo) media entre las dos cadenas propuestas. Pero....
cómo se pasaría del tercero al cuarto, en donde no se plantea solución de continuidad alguna entre ambos?
de qué modo se pasa en ese caso de RaIS a SsIR?
cómo se transforma una cadena en la otra? Se impone, necesariamente, el movimiento de los eslabones en el encadenamiento, lo que es autorizado por el hecho de que la tercera y la cuarta cadena propuestas, no son sino dos presentaciones diversas de la misma cadena de cuatro eslabones. Para resolver el asunto vuelvo a la cadena borromea estirada numerándola de 1 al 4 Es que aquí importan menos la diferenciación entre los tres registros lacanianos, que los movimientos posibles de los eslabones de la cadena. Y, en cuanto al cuarto que los enlaza sinthomaticamente, su sola localización entre otros dos registros ya produce el pase de una a otra de las nominaciones freudianas de la estructura: la inhibición, el síntoma, y la angustia dependen enteramente del posicionamiento de este cuarto entre dos de los tres registros, ninguna sustancia les otorga permanencia de la cadena, sólo su movimiento. Se observa fácilmente que la permutación de los lugares entre 1 y 2 - o entre 3 y 4- no es complicada (en la siguiente figura de la izquierda trocan lugares 1 y 2, y en la de la derecha lo hacen 3 y 4) Esto se denomina "cambio de roles" y
no es muy complejo. Más díficil es el swinging: el intercambio de parejas!
Partiendo de la misma cadena estirada y numerada pruébese, por ejemplo, emparejar ahora 1 con 3 - o 2 con 4- o bien enviar al medio de la figura a 1 y 2.
Cómo se logra el intercambio? No es muy sencillo, pero de ninguna manera imposible. Resultado: la única restricción que se impone es el paso a una presentación diversa para la misma cadena de cuatro eslabones. De este modo, ninguna permutación es inadmisible, aun cuando en algunos casos la presentación de la cadena mute. Ello autoriza la posibilidad efectiva del movimiento del cuarto eslabón a las distintas posiciones de la cadena sin necesidad de corte alguno.
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