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CAPITULO SEGUNDO

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Roberto Paredes

on 25 March 2014

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Transcript of CAPITULO SEGUNDO

CREO EN JESUCRISTO,
HIJO ÚNICO DE DIOS

79. La Buena Noticia es el anuncio de Jesucristo,
«el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16), muerto y resucitado.
80. Desde el primer momento, los
discípulos

desearon ardientemente anunciar a Cristo
, a fin de llevar a todos los hombres a la fe en Él.

81. El nombre de Jesús, significa
«Dios salva»
,
«porque él salvará al pueblo de sus pecados»
(Mt 1, 21).

82.
«Cristo»
, en griego, y

«Mesías»,
en hebreo,
significan
«ungido».

Jesús es el Cristo porque ha sido consagrado por Dios, ungido por el Espíritu Santo para la misión redentora.

Del nombre de Cristo nos viene
el nombre de cristianos.


83.
Jesús es el Hijo unigénito
de Dios en un sentido único y perfecto.
En el momento del Bautismo y de la Transfiguración, la voz del Padre señala a Jesús como su
«Hijo predilecto»
. Al presentarse a sí mismo como el Hijo que «conoce al Padre»
(Mt 11, 27), Jesús afirma su relación única y eterna con Dios su Padre.

CAPITULO
SEGUNDO

84. En la Biblia, el título de
«Señor»
designa ordinariamente al Dios
soberano
. Jesús se lo atribuye a sí mismo y revela su soberanía divina mediante su poder sobre la naturaleza, sobre los demonios, sobre el pecado y sobre la muerte, y sobre todo con su Resurrección.
A Jesús: «le ha dado el nombre sobre todo nombre»
(Fip 2, 9). Él es el Señor del mundo y de la historia, el único a quien el hombre debe someter de modo absoluto su propia libertad personal
85.
El Hijo de Dios se encarnó en el seno de la Virgen María,
por obra del Espíritu Santo, por nosotros los hombres y por nuestra salvación: es decir, para reconciliarnos a nosotros pecadores con Dios, darnos a conocer su amor infinito, ser nuestro modelo de santidad y hacernos «partícipes de la naturaleza divina»
(2 P 1, 4).


86. La Iglesia llama «Encarnación»
al Misterio
de la unión admirable de la naturaleza divina y la naturaleza humana de Jesús
en la única Persona divina del Verbo. Para llevar a cabo nuestra salvación, el Hijo de Dios se ha hecho «carne»
(Jn 1, 14), haciéndose verdaderamente hombre. La fe en la Encarnación es signo distintivo de la fe
cristiana.

87. En la unidad de su Persona divina,
Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre, de manera indivisible.
Él, Hijo de Dios, «engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre», se ha hecho verdaderamente hombre, hermano nuestro, sin dejar con ello de ser Dios, nuestro Señor.
88. El Concilio de Calcedonia enseña que «hay que confesar a un solo y mismo Hijo, Nuestro Señor
Jesucristo: perfecto en la divinidad y perfecto en la humanidad
; verdaderamente Dios y verdaderamente hombre, compuesto de alma racional y de cuerpo
89. La Iglesia expresa el misterio
de la Encarnación afirmando que
Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre
; con dos naturalezas, la divina y la humana, no confundidas, sino unidas en la Persona del Verbo.
91. Jesús tenía una voluntad divina y una voluntad humana. En su vida terrena, el Hijo de Dios ha querido humanamente lo que Él ha decidido divinamente junto con el Padre y el Espíritu Santo para nuestra salvación.
90.
El Hijo de Dios asumió
un cuerpo dotado de un alma racional humana.
Con su inteligencia humana Jesús aprendió muchas cosas
mediante la experiencia. Pero, también como hombre, el Hijo de Dios tenía un conocimiento íntimo e inmediato de Dios su Padre. Penetraba asimismo los pensamientos secretos de los hombres y conocía plenamente
los designios eternos que Él
había venido a revelar.

93.
Cristo nos ha conocido
y amado con un corazón humano
. Su Corazón traspasado por nuestra salvación es el símbolo del amor infinito que Él tiene al Padre y a cada uno de
los hombres.
94. Jesús fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo significa que la Virgen María concibió al Hijo eterno en su seno por obra del Espíritu Santo y sin la colaboración de varón.

95. María es verdaderamente Madre de Dios porque es la madre de Jesús (Jn 2, 1; 19, 25). En efecto, aquél que fue concebido por obra del Espíritu Santo y fue verdaderamente Hijo suyo, es el Hijo eterno de Dios Padre. Es Dios mismo.
96.
Dios eligió gratuitamente a María
desde toda la eternidad para que fuese la Madre de su Hijo; p
ara cumplir esta misión fue concebida inmaculada.
Esto significa que, por la gracia de Dios y en previsión de los méritos de Jesucristo,
María fue preservada del pecado original desde el primer instante de su concepción.

92. Cristo asumió un verdadero cuerpo humano, mediante el cual
Dios invisible se hizo visible
. Por esta razón, Cristo puede ser representado y venerado en las sagradas imágenes.

98. La concepción virginal de Jesús significa que éste fue concebido en el seno de la Virgen María sólo por el poder del Espíritu Santo, sin concurso de varón.
El es Hijo del Padre Celestial según la naturaleza divina, e Hijo de María según la naturaleza humana, , pero es propiamente Hijo de Dios según las dos naturalezas, al haber en Él una sola
persona, la divina.
99. María es siempre virgen
en el sentido de que ella
«fue Virgen al concebir a su Hijo, Virgen durante el embarazo, Virgen en el parto, Virgen después del parto,

100. María tuvo un único Hijo, Jesús, pero en Él su maternidad espiritual se extiende a todos los hombres, que Jesús vino a salvar.
María es la figura de la Iglesia, su más perfecta realización.

101. Toda la vida de Cristo es acontecimiento de revelación:
lo que es visible en la vida terrena de Jesús conduce a su Misterio invisible
, sobre todo al Misterio de su filiación divina: «quien me ve a mí ve
al Padre» (Jn 14, 9).
 

102. Dios ha preparado la venida de su Hijo mediante la Antigua Alianza, hasta Juan el Bautista, que es el último y el mayor
de los Profetas.

103. En el Nacimiento de Jesús, la gloria del cielo se manifiesta en la debilidad de un niño; la circuncisión es signo de su pertenencia al pueblo hebreo y prefiguración de nuestro Bautismo; la Epifanía es la manifestación del Rey-Mesías de Israel a todos los pueblos; durante la presentación en el Templo, en Simeón y Ana se concentra toda la expectación de Israel, que viene al encuentro de su Salvador; la huida a Egipto y la matanza de los inocentes anuncian que toda la vida de Cristo estará bajo el signo de la persecución; su retorno de Egipto recuerda el Éxodo y presenta a Jesús como el nuevo Moisés: Él es el verdadero y definitivo liberador.

104. Durante la vida oculta en Nazaret, Jesús permanece en el silencio de una existencia ordinaria. Nos permite así entrar en comunión con Él en la santidad de una vida cotidiana, hecha de oración, sencillez, trabajo y amor familiar.
La sumisión a María y a José, su padre legal, es imagen de la obediencia filial de Jesús al Padre.
María y José, con su fe, acogen el Misterio de Jesús, aunque no siempre lo comprendan.


105. Jesús recibe de Juan el Bautismo de conversión para inaugurar su vida pública y anticipar el «Bautismo» de su Muerte; y
aunque no había en Él pecado alguno,
Jesús, «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29), acepta ser contado entre los pecadores. El Padre lo proclama su «Hijo predilecto»
(Mt 3, 17),
106. Las tentaciones de
Jesús en el desierto recapitulan la de Adán en el paraíso y las de Israel en el desierto. Satanás tienta a Jesús en su obediencia a la misión que el Padre le ha confiado.
Cristo, nuevo Adán
, resiste y su victoria anuncia la de su Pasión, en la que su amor filial dará suprema prueba de obediencia. La Iglesia se une particularmente a este Misterio en el tiempo litúrgico de la Cuaresma.

107. Jesús invita a todos los hombres a entrar en el Reino de Dios; aun el peor de los pecadores es llamado a convertirse y aceptar la infinita misericordia del Padre.
108. Jesús acompaña su palabra con signos y milagros para atestiguar que el Reino está presente
en Él, el Mesías. Si bien cura a algunas personas,
Él no ha venido para abolir todos los males de esta tierra, sino ante todo para liberarnos de la esclavitud del pecado.
La expulsión de los demonios anuncia que su Cruz se alzará victoriosa sobre «el príncipe de este mundo» (Jn 12, 31).

109.
Jesús elige a los Doce, futuros testigos de su Resurrección, y los hace partícipes de su misión y de su autoridad para enseñar, absolver los pecados, edificar y gobernar la Iglesia.
En este colegio, Pedro recibe «las llaves del Reino» (Mt 16, 19) y ocupa el primer puesto, con la misión de custodiar la fe
en su integridad y de confirmar en ella
a sus hermanos.
97. Por la gracia de Dios, María permaneció inmune de todo pecado personal durante toda s
su existencia. Ella es la «llena de gracia» (Lc 1, 28), la «toda Santa». María se ofrece totalmente a la Persona y a la obra de Jesús, su Hijo, abrazando
con toda su alma la voluntad divina de salvación
110. En la Transfiguración
de Jesús aparece ante todo la Trinidad:
«el Padre en la voz, el Hijo en el hombre, el Espíritu en la nube luminosa»
(santo Tomás de Aquino). Al evocar, junto a Moisés y Elías, su «partida» (Lc 9, 31), Jesús muestra que su gloria pasa a través de la Cruz, y otorga un anticipo de su Resurrección y de su gloriosa venida, «que transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo» (Flp 3, 21).

111. En el tiempo establecido,
Jesús decide subir a Jerusalén para sufrir su Pasión, morir y resucitar
.
Como Rey-Mesías que manifiesta la venida del Reino, entra en la ciudad montado sobre un asno; y es acogido por los pequeños, cuya aclamación es recogida por el Sanctus de la Misa: «¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna! (¡sálvanos!)» (Mt 21, 9). Con la celebración de esta entrada en Jerusalén la liturgia de la Iglesia da inicio cada año a la
Semana Santa.

«JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO, FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO»
JESUCRISTO FUE CONCEBIDO POR OBRA DEL ESPÍRITU SANTO Y NACIÓ DE SANTA
MARÍA VIRGEN

CREO EN JESUCRISTO,
SU ÚNICO HIJO, NUESTRO SEÑOR

112. El Misterio pascual de Jesús, que comprende su
Pasión, Muerte, Resurrección y Glorificación,
está en el centro de la fe cristiana, porque el designio salvador de Dios se ha cumplido de una vez por todas con la muerte redentora de su Hijo, Jesucristo.

113. Algunos jefes de Israel acusaron a Jesús de actuar contra la Ley, contra el Templo de Jerusalén y, particularmente, contra la fe en el Dios único, porque se proclamaba Hijo de Dios. Por ello lo entregaron a Pilato para que lo condenase a muerte.

114. J
esús no abolió la Ley dada por Dios a Moisés en el Sinaí, sino que la perfeccionó,
dándole su interpretación definitiva. Él es el Legislador divino que ejecuta íntegramente esta Ley. Aún más, es el siervo fiel que,
con su muerte expiatoria, ofrece el único sacrificio capaz de redimir todas «las transgresiones cometidas por los hombres
contra la primera Alianza» (Hb 9, 15).

115.
Jesús fue acusado de hostilidad hacia el Templo.
Sin embargo, lo veneró como «la casa de su Padre» (Jn 2, 16), y allí impartió gran parte de sus enseñanzas. Pero también predijo la destrucción del Templo, en relación con su propia muerte, y
se presentó a sí mismo como la morada definitiva de Dios en medio de los hombres.

116. Jesús nunca contradijo la fe en un Dios único, ni siquiera cuando cumplía la obra divina por excelencia, que realizaba las promesas mesiánicas y lo revelaba como igual a Dios: el perdón de los pecados. La exigencia de Jesús de creer en El y convertirse permite entender la trágica incomprensión del Sanedrín, que juzgó que Jesús merecía la Muerte como blasfemo.

117. La pasión y muerte de Jesús no pueden ser imputadas indistintamente al conjunto de los judíos que vivían entonces, ni a los restantes judíos venidos después. Todo pecador, o sea todo hombre, es realmente causa e instrumento de los sufrimientos del Redentor; y aún más gravemente son culpables aquellos que más frecuentemente caen en pecado y se deleitan en los vicios, sobre todo si son cristianos.

118. A fin de reconciliar consigo a todos los hombres, destinados a la muerte a causa del pecado,
Dios tomó la amorosa iniciativa de enviar a su Hijo para que se entregara a la muerte por los pecadores.
Anunciada ya en el Antiguo Testamento, particularmente como sacrificio del Siervo doliente, la muerte de Jesús tuvo lugar según las Escrituras.
119. Toda la vida de Cristo es una oblación libre al Padre para dar cumplimiento a su designio de salvación.
Él da «su vida como rescate por muchos
» (Mc 10, 45), y así reconcilia a toda la humanidad con Dios. Su sufrimiento y su muerte manifiestan cómo su humanidad fue el instrumento libre y perfecto del Amor divino que quiere la salvación de todos los hombres.

120. En la última Cena con los Apóstoles, la víspera de su Pasión,
Jesús
anticipa, es decir, significa y
realiza anticipadamente la oblación libre de sí mismo: «Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros», «ésta es mi sangre que será derramada...»
(Lc 22, 19-20). De este modo, Jesús instituye, al mismo tiempo, la Eucaristía como «memorial» (1 Co 11, 25) de su sacrificio, y a sus Apóstoles como sacerdotes de la Nueva Alianza.

121. En el huerto de Getsemaní, a pesar del horror que suponía la muerte para la humanidad absolutamente santa de Aquél que es «el autor de la vida» (Hch 3, 15),
la voluntad humana del Hijo de Dios se adhiere a la voluntad del Padre; para salvarnos acepta soportar nuestros pecados en su cuerpo,
«haciéndose obediente hasta la muerte» (Flp 2, 8).

122
Jesús ofreció libremente su vida en sacrificio expiatorio, es decir, ha reparado nuestras culpas con la plena obediencia de su amor hasta la muerte.
Este amor hasta el extremo (cf. Jn 13, 1) del Hijo de Dios reconcilia a la humanidad entera con el Padre.
El sacrificio pascual de Cristo rescata, por tanto, a los hombres de modo único, perfecto y definitivo,
y les abre a la comunión con Dios.

123. Al llamar a sus discípulos a tomar su cruz y seguirle (cf Mt 16, 24), Jesús quiere asociar a su sacrificio redentor a aquellos mismos que son sus primeros beneficiarios.
124. Cristo sufrió una verdadera muerte y verdaderamente fue sepultado. Pero
la virtud divina preservó su cuerpo de la corrupción.

JESUCRISTO DESCENDIÓ A LOS INFIERNOS, AL TERCER DÍA RESUCITÓ DE ENTRE LOS MUERTOS
125. Los «infiernos» -distintos del «infierno»
de la condenación- constituían el estado de todos aquellos, justos e injustos, que habían muerto antes de Cristo. Con el alma unida a su Persona divina, Jesús tomó en los infiernos a los justos que aguardaban a su Redentor para poder acceder finalmente a la visión de Dios. Después de haber vencido, mediante su propia muerte, a la muerte y al diablo «que tenía el poder de la muerte» (Hb 2, 14), Jesús liberó a los justos, que esperaban al Redentor, y les abrió las puertas del Cielo.
126. La Resurrección de Jesús es la verdad culminante de nuestra fe en Cristo, y representa, con la Cruz, una parte esencial del Misterio pascual.

127. Además del signo esencial, que es el
sepulcro vacío, la Resurrección de Jesús es atestiguada por las mujeres,
las primeras que encontraron a Jesús resucitado y lo anunciaron a los Apóstoles. Jesús después «se apareció a Cefas (Pedro) y luego a los Doce, más tarde se apareció a más de quinientos hermanos a la vez» (1 Co 15, 5-6), y aún a otros. Los Apóstoles no pudieron inventar la Resurrección, puesto que les parecía imposible: en efecto, Jesús les echó en cara su incredulidad.


128.
La Resurrección de Cristo es un acontecimiento trascendente
porque, además de ser un evento histórico, verificado y atestiguado mediante signos y testimonios, trasciende y sobrepasa la historia
como misterio de la fe,
en cuanto implica la entrada de la humanidad de Cristo en la gloria de Dios. Por este motivo, Cristo resucitado no se manifestó al mundo, sino a sus discípulos, haciendo de ellos sus testigos ante el pueblo.


129. La Resurrección de Cristo no es un retorno a la vida terrena.
Su cuerpo resucitado es el mismo que fue crucificado, y lleva las huellas de su Pasión, pero ahora participa ya de la vida divina, con las propiedades de un cuerpo glorioso.
Por esta razón Jesús resucitado es soberanamente libre de aparecer a sus discípulos donde
quiere y bajo diversas apariencias.
130. La Resurrección de Cristo es una obra trascendente de Dios. Las tres Personas divinas actúan conjuntamente, según lo que es propio de cada una:
el Padre manifiesta su poder, el Hijo «recobra la vida, porque la ha dado libremente
» (Jn 10, 17),
reuniendo su alma y su cuerpo, que el Espíritu Santo vivifica y glorific
a.

131. La Resurrección de Cristo es la culminación de la Encarnación. Es una prueba de la divinidad de Cristo, confirma cuanto hizo y enseñó y realiza todas las promesas divinas en nuestro favor. Además, el Resucitado, vencedor del pecado y de la muerte, es el principio de nuestra justificación y de nuestra resurrección: ya desde ahora nos procura la gracia de la adopción filial, que es real participación de su vida de Hijo unigénito; más tarde, al final de los tiempos, Él resucitará nuestro cuerpo.

132.
Cuarenta días
después de haberse mostrado a los Apóstoles bajo los rasgos de una humanidad ordinaria, que velaban su gloria de Resucitado,
Cristo subió a los cielos y se sentó a la derecha del Padre.
Desde entonces el Señor reina con su humanidad en la gloria eterna de Hijo de Dios, intercede incesantemente ante el Padre en favor nuestro, nos envía su Espíritu y nos da la esperanza de llegar un día junto a Él, al lugar que nos tiene preparado.


«JESUCRISTO SUBIÓ A LOS CIELOS Y ESTÁ SENTADO A LA DERECHA DE DIOS, PADRE TODOPODEROSO»
133. Como Señor del cosmos y de la historia, Cabeza de su Iglesia,
Cristo glorificado permanece misteriosamente en la tierra,
donde su Reino está ya presente, como germen y comienzo, en la Iglesia. Un día volverá en gloria, pero no sabemos el momento. Por esto, vivimos vigilantes, pidiendo: «¡Ven, Señor Jesús!» (Ap 22, 20).

«DESDE ALLÍ HA DE. VENIR A JUZGAR A VIVOS Y MUERTOS»
134. Después del último estremecimiento cósmico de este mundo que pasa, la venida gloriosa de Cristo acontecerá con el triunfo definitivo de Dios en la Parusía y con el Juicio final. Así se consumará el Reino de Dios.

135.
Cristo juzgará a los vivos y a los muertos con el poder que ha obtenido como Redentor del mundo, venido para salvar a los hombres.
Los secretos de los corazones serán desvelados, así como la conducta de cada uno con Dios y el prójimo. Todo hombre será colmado de vida o condenado para la eternidad, según sus obras. Así se realizará «la plenitud de Cristo»
(Ef 4, 13), en la que «Dios será todo en todos»
(1 Co 15, 28).

MI SINCERO
AGRADECIMIENTO
POR LA ATENCION PRESTADA
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