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JULIO FLÓREZ

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by

Johnny Franco

on 8 December 2013

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Transcript of JULIO FLÓREZ

JULIO FLÓREZ
Biografía
Julio Flórez
(22/05/1867 - 07/02/1923)

Julio Flórez Roa

Poeta colombiano
Nació el 22 de mayo de 1867 en Chiquinquirá. Fue el séptimo de los diez hijos del médico liberal Policarpo María Flórez, presidente del Estado Soberano de Boyacá en 1871, y de Dolores Roa de Flórez, perteneciente al partido conservador colombiano. Cursó estudios en el colegio del Rosario de Bogotá.

Conoció las corrientes literarias de la época: el romanticismo de Gustavo Adolfo Bécquer y de Víctor Hugo, quien fue su modelo. Creó la 'Gruta Simbólica', tertulia literaria de Bogotá de 1900. En 1883 publicó su primer libro de poesía, Horas, cuyo título le sugirió José Asunción Silva. Entre sus obras destacan: Cardos y Lirios (1905), Manojo de Zarzas (1906); Cesta de Lotus (1906); Fronda Lírica (1908), Gotas de ajenjo (1910).

Deja el país en 1904 tras la ascensión del dictador Rafael Reyes Prieto al poder. Vivió en México, Cuba y España. A su regreso a Colombia, Julio Flórez se instala en Usacurí (Atlántico), donde falleció el 7 de febrero de 1923.
Influencias
Asistía a la escuela en Chiquinquirá y A la edad de 7 años escribió sus primeros versos conocidos. La familia se trasladó a Bogotá ya que el señor Flórez se hizo representante a la cámara por parte de Boyacá. Allí, Julio inició sus estudios de literatura en el colegio mayor de nuestra señora del Rosario a los 14 años de edad. Tuvo que suspenderlos por la difícil situación que atravesaba el país en aquella época, año 1881.
Tuvo otros 3 hermanos, el médico Manuel de Jesús, el abogado Leonidas y el ingeniero Alejandro; quienes también escribieron poesía, influenciados por las obras del poeta francés Victor Hugo.

Estilo del autor
El último trovador
¿Cómo es su escritura?
En toda su obra se observa el desequilibrio producido por el conflicto permanente entre la realidad y el ideal, pero su canto, profundamente humano, doloroso y sentido, tiene una gran sinceridad sentimental pese al post romanticismo, en que hay algo de insinceridad ambiente. Por eso, "a pesa del tiempo, la edad y la distancia", se le siente, se le lee, se le busca y da la sensación de ser nuevo, de ser fresco, de ser de hoy. Y es porque son de hoy, de ayer y de siempre, los motivos humanos, los dolores humanos, las pasiones humanas, y él sabe expresarlas con una fuerza y una sencillez que llegan al alma simple, al alma del pueblo.
El bardo encarnaba en su propia existencia el ideal de su arte, y, sentimental o generoso, fantástico o romántico, habla siempre con sinceridad, lo mismo cuando clama a Dios en Naná: "¿la hiciste acaso, para verla impura?", que cuando traspasado de puro
sentimiento religioso y dolido, dice:

Tronchado por el último tormento
en el regazo maternal yacía...
...Sólo se oía
como un susurro musical el lento
gotear de los ojos de María.

Y altísimo poeta, añade:

Y eran así las carnes nazarenas un búcaro de lirios y azucenas
cubiertos de diamantes y rubíes.
"La pedrería del dolor"

Feliz terceto poético, muy avanzado en modernismo para su época. Su valor literario no necesita encarecerse.
En Flores Negras y Gotas de Ajenjo, se hace de su escuela obscura y trágica –coincidencia con ese otro gran poeta de la muerte, Silva–, y a veces recurre a lo tétrico, lo sombrío o lo horrible. Pero estos son estados pasajeros, arranques momentáneos, que duran lo que su poema. El poeta se transmuta, entonces, y se vuelve sarcástico, como en El Bohemio, porque conoce el corazón humano:

Victor Hugo fue un poeta, dramaturgo y escritor romántico francés. Considerado uno de los escritores más importantes de Francia. Quizá su poema más conocido sea "En el huerto":

Por cerezas garrafales
íbamos juntos al huerto.

Con sus brazos de alabastro
escalaba los cerezos,
y montábase en las ramas,
que se doblaban al peso.

Yo subía detrás de ella
y mis ojos indiscretos
su blanca pierna seguían,
y ella cantando y riendo,
les decía con sus ojos
a los míos: -¡Estaos quietos!

Luego hacia mí se inclinaba,
en los dientes ya trayendo
suspendida una cereza;
y yo mi boca de fuego
sobre su boca posaba;
y ella, siempre sonriendo,
me dejaba la cereza
y se llevaba mi beso.
Hablar de Julio Flórez es hablar del romanticismo, del que es una de tantas flores espirituales y aéreas.
Pero hablemos del romanticismo para dar sede a Julio Flórez y poder fijar su sitio en la literatura de la lengua española.
El romanticismo posee tres características distintivas de otros movimientos literarios: la espontaneidad, el sentimiento y la intuición. Julio Flórez es, pues, uno de sus oficiantes.

El romanticismo, iniciado en Alemania con Goethe, Schiller, Shlegel, es seguido por franceses e italianos: Gautier, Musset, Alejandro Manzoni, y en España, le encarnan de manera relevante, el Duque de Rivas Compoamor, Zorrilla, Becquer; pasa de ahí al Continente Americano y tiene máximos representantes en José Asunción Silva – temblor de emoción pura–, Manuel Acuña, Fabio Fiallo, Jorge Isaacs y el propio Julio Flórez.

Este romanticismo, que se extingue estrangulado por la poderosa corriente del realismo produciendo la crisis del idealismo, moralmente, ha sumergido en tumultuosas turbaciones de exacerbado escepticismo a sus sacerdotes, determinando un desequilibrio moral en su vida intelectual, porque, aunque es una reacción, trae consigo, aparejada con el culto al ideal, la duda religiosa y la incertidumbre.
Julio Flórez padece los males y hace florecer las virudes de su escuela con igual entusiasmo. Se distingue por su lirismo generoso, sin descorazonamiento, y a la vez por su exacerbado esceptisismo y su hiperrestesiada sensibilidad que le lleva a veces a exageraciones dramáticas que suenan hoy un poco demodée, pero ayer, para su época y su escuela, eran requisitos de consagración. Contaminando de falta de claridad, da libre curso a la imaginación y luce un poco en desorden, cosa que se consideraba como prueba de individualismo y buen gusto.
– Prólogo del libro "Sus mejores poesías"
Mujer... no llores más; tu pena es vana
tanto alarde ¿por qué? ¡Torna al reposo!
¡No solloces ni grites... que mañana
los labios besarás de un nuevo esposo!

O es acremente escéptico, como en ¡Todo nos llega tarde!:

¡Todo nos llega tarde, hasta la muerte!

Incrédulo y rebelde, balbuce contrito:

Dí ¿por qué despreciamos a los ángeles?...
¿Por qué nos gustan tanto los demonios?
Disgusto y casi sacro furor le posee respecto al mundo. No habla el poeta; grita el hombre:
Si yo fuera serpiente, a cuántos monstruos viles
de almas inmundas en que hierve el cieno
les hubiera infiltrado mi veneno!

Conoce la envidia, ese mal que corroe a tantos escritores de América, y habla con amargura de ella, en La Guirnalda:

Siempre encubre alguna espina
punzadora,
la corona de laurel...

Nostálgico se muestra en:

¡Y no temblé al mirarla! El tiempo había
su tez apenas marchitado; ¡hacía
tanto... que ni de lejos la veía!

Su personalidad y estilo de escritura
El poeta juega con las emociones, más que sentirlas. Su imaginación desbordada, enfermiza casi, le hace saltar de una emoción a otra, como una marioneta humana; pero es siempre valiente, honrado en sus pasiones, sincero.

Sentimental, fantástico, romántico. Su vida entera es la de un vagabundo, una especie de Diógenes poeta, indiferente a los bienes materiales y atento sólo a la emoción que pasa. Su misma figura física, su ropaje y chambergo siempre negros, llamaban la atención.
Menos fino que Silva, menos esteta que Valencia, es sin embargo, el más leído, gustado y recordado de todos los poetas colombianos, porque es profundamente humano e interpreta cabalmente el sentir puro y sin pose, del pueblo, y esa aguda tristeza y ese deconsuelo trágico del mestizaje americano.
Es comparado, a menudo, con Becquer y con Campoamor, pero eso ¿qué? La poesía es una hermandad. Todos los poetas tienen algo de común entre sí. Lo verdaderamente importante de un poeta es que lo sea.
¿Por qué me gusta?
Aquella personalidad enfermiza y ese aire bohemio que transmite con cada uno de sus versos son propios de alguien que se pasa la vida coleccionando y disfrutando emociones.
Compone a las desdichas amorosas, se nota en sus letras lúgubres, un toque melancólico y gran pasión por el estilo romántico. Se distingue también en sus poemas, su manera taciturna de enamorarse de pequeños detalles y de aventurarse a descubrir emociones, con una curiosidad interminable.
Tus ojos
Ojos indefinibles, ojos grandes,
como el cielo y el mar hondos y puros,
ojos como las selvas de los Andes:
misteriosos fantásticos y oscuros.

Ojos en cuyas místicas ojeras
se ve el rastro de incógnitos pesares,
cual se ve en la aridez de las riberas
la huella de las ondas de los mares.

Miradme con amor, eternamente,
ojos de melancólicas pupilas,
ojos que semejáis bajo su frente,
pozos de aguas profundas y tranquilas.

Miradme con amor, ojos divinos,
que adornáis como soles su cabeza,
y, encima de sus labios purpurinos,
parecéis dos abismos de tristeza.

Miradme con amor, fúlgidos ojos,
y cuando muera yo, que os amo tanto
verted sobre mis lívidos despojos,
el dulce manantial de vuestro llanto.
¡Oh! luna
Melancólica reina pudibunda
que vagas por los ámbitos del cielo
como un místico témpano de hielo
entre la negra oscuridad profunda.

En esta noche en que tu faz circunda
un halo transparente como el velo
de las vírgenes novias, un anhelo,
azul y enorme como el mar, me inunda.

¿Sabes lo que mi espíritu ambiciona
en esta noche de noviembre, fría,
en que el cierzo las tumbas desmorona?

Que bajes de la bóveda sombría,
y pongas esa sideral corona
sobre el sepulcro de la madre mía.

A Rafael Pombo.

I

En una roca de la sierra umbría
Vive un cóndor ya viejo y desplumado,
Que contempla la bóveda vacía
Con tan honda y tenaz melancolía,
Cual si estuviese allí petrificado.
Ya no puede volar y cuando empieza
La blanca nube a coronar la altura,
Envidioso la mira y con tristeza
Inclina taciturno la cabeza
Sobre su roca inconmovible y dura.

II

Sirve de escarnio a los demás cóndores
Que anidan en las cumbres de granito,
Y que, del hondo espacio triunfadores,
Bañan su cuello en mares de colores
Al desgarrar la aurora el infinito.
En la noche, en los hondos agujeros
De su peñón, donde las brisas suaves
Se refugian, él sueña cosas graves:
Ya, que eleva en el aire los corderos,
Ya, que agarra en las nubes a las aves.

III

Mas se mira las alas compungido
Y no halla en ellas ni siquiera rastro
De aquel tiempo en que hubiera hasta podido
Colgar su enorme y silencioso nido
De las rubias pestañas de los astros;
Cuando, al lanzarse en inauditos vuelos
Rozaba con el arco de sus plumas
Los bruñidos cristales de los hielos,
Al hundirse en el polvo de las brumas
Bajo el zafiro inmenso de los cielos;
El cóndor viejo
IV

Cuando, el rugir del rey de los titanes,
El hondo mar que eterna rabia alienta,
Llegaba a los ignívomos volcanes
Por sentir estertores de tormenta
Y escuchar aleteos de huracanes,
Cuando, ávido de luz, a ambientes puros,
Del Sol siguiendo el luminoso paso,
Desde los altos peñascales duros
Iba a alumbrar sus ojos verdioscuros
En los rojos incendios del ocaso.

V

Yo conozco un poeta desplumado
Como el cóndor aquel, cuya presencia
Es un mísero escombro del pasado
¡Ya no puede volar! Hoy vive atado
A la roca fatal de la impotencia.
Eso pensé de ti; mas hoy que he visto
Que tú, viejo cóndor, con rudo aliento,
Subes aún rasgando el firmamento,
Presa del más atroz remordimiento.

VI

El mismo eres de ayer. La artera bala
Que cierto cazador disparó un día
Contra ti, no logró romperte el ala;
No eres momia ambulante todavía;
¡Tu espíritu inmortal vigor exhala!
Perdóname poeta, si atrevido
Quise herirte también; fúlgidos rastros
Nos dejas al volar; ¡no estás vencido!
¡Puedes aún colgar tu enorme nido
De las rubias pestañas de los astros!
Cuando lejos, muy lejos
Cuando lejos, muy lejos, en hondos mares,
en lo mucho que sufro pienses a solas,
si exhalas un suspiro por mis pesares,
mándame ese suspiro sobre las olas.

Cuando el sol con sus rayos desde el oriente
rasgue las blondas gasas de las neblinas,
si una oración murmuras por el ausente,
deja que me la traigan las golondrinas.
Cuando pierda la tarde sus tristes galas,
y en cenizas se tornen las nubes rojas,
mándame un beso ardiente sobre las alas
de las brisas que juegan entre las hojas.

Que yo, cuando la noche tienda su manto,
yo, que llevo en el alma sus mudas huellas,
te enviaré, con mis quejas, un dulce canto
en la luz temblorosa de las estrellas.
Tú no sabes amar
Tú no sabes amar; ¿acaso intentas
darme calor con tu mirada triste?
El amor nada vale sin tormentas,
¡sin tempestades... el amor no existe!

Y sin embargo, ¿dices que me amas?
No, no es el amor lo que hacia mí te mueve:
el Amor es un sol hecho de llamas,
y en los soles jamás cuaja la nieve.
¡El amor es volcán, es rayo, es lumbre,
y debe ser devorador, intenso,
debe ser huracán, debe ser cumbre...
debe alzarse hasta Dios como el incienso!

¿Pero tú piensas que el amor es frío?
¿Que ha de asomar en ojos siempre yertos?
¡Con tu anémico amor... anda, bien mío,
anda al osario a enamorar los muertos!

Conclusiones
Julio Flórez fue coronado hace 90 años poeta nacional. A los 24 días falleció de cáncer.

Todo el país de 1923 sabía que Julio Flórez estaba a punto de morir. Que ya no quedaban meses sino días si la cuestión era hacerle saber, en vida, que él era de lejos el poeta más popular de Colombia: que los versos lacerados que consiguió escribir desde los 7 años hasta los 50, "cierro los ojos y entre mí te veo", "algo se muere en mí todos los días", "todo nos llega tarde, ¡hasta la muerte!", no solo le habían evitado quedarse sin excusas para seguir viviendo, sino que habían sido leídos por miles y miles de lectores en una nación profundamente conservadora en la que no era posible hallar un oficio más atractivo ni más importante que el oficio del escritor. Flórez tenía que ser coronado como "el gran poeta de la patria" -y no es una metáfora: la idea, de comienzos del siglo XX, era en verdad ponerle una corona- antes de que terminara de perder el pulso con una enfermedad maligna que ni siquiera los brujos sabían curar.
Y, como el malestar le hacía imposible emprender el viaje a Bogotá o a Barranquilla, no quedaba alternativa aparte de llevarle la gloria a la pequeña esquina de la costa en la que se refugiaba desde hacía quince años: el municipio sanador de Usiacurí.


Este reconocimiento y la fundación de "La gruta simbólica" son prueba de la gran influencia que hizo, y, aun después de su muerte, sigue haciendo con sus poemas inmortales.

La Gruta Simbólica fue un círculo o tertulia literaria que surgió en Bogotá a comienzos del siglo XX. Su existencia permitió concentrar un buen número de escritores que habían nacido aproximadamente 30 años antes y que, más que bohemios, tuvieron una motivación humanística y poética para sus encuentros.

Debe su nombre por estar en ese entonces muy en boga la escuela llamada simbolista que era objeto de intensas polémicas entre quienes tomaban partido por defender los estilos clásicos, entre ellos los románticos, y aquellos otros que, con nuevas formas y concepciones, introducían otras propuestas para la prosa y el verso. Llama la atención que los miembros de la Gruta Simbólica, siendo contrarios al apelativo, lo hayan adoptado como identificación. Uno de sus principales integrantes, el escritor Luis María Mora, dijo que la escogencia del nombre se debió a que él había escrito un folleto titulado De la decadencia y el simbolismo, en el que fijaba el valor artístico y filosófico de las nuevas tendencias. El texto, por entonces inédito, fue leído en una pequeña reunión donde participaban sus amigos, y ahí adoptan el nombre de Gruta Simbólica.

Pero lo que produce su nacimiento como lugar físico de reunión se debió al conflicto bélico civil que cruza los dos siglos, el XIX que termina y el XX que comienza y que se ha denominado la Guerra de los Mil Días. Para los protagonistas de la tertulia fue un caso fortuito. Seis hombres de letras, Luis María Mora, Julio Flórez, Julio de Francisco, Ignacio Posse Amaya, Miguel Peñarredonda, Rudesindo Gómez y Carlos Tamayo, se sintieron sorprendidos en las calles de Bogotá por soldados que exigían salvoconducto. Como no lo tenían, Tamayo les dijo a los de la ronda: Señores, tenemos un enfermo grave; vamos en busca de un médico; acompáñenos hasta la casa a llamarlo.. Llegaron a casa de Rafael Espinosa Guzmán, conocido como Reg, en la carrera 5ª número 203 y ahí, con la complicidad del galeno que entendió el engaño, se quedaron en el sitio que se convirtió en el lugar escogido para los encuentros que duraban hasta el amanecer, y por más de una vez, pues las tenidas, siempre de orden literario, se continuaron haciendo con un número grande de concurrentes entre los que se contaban poetas y practicantes de todas las artes.
Créditos
Presentado por:
Johnny Anderson Franco López

Maestro:
Leandro Arbey Giraldo Henao

Universidad Tecnológica
de Pereira

27/Nov./13
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