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Imágenes Evangelio San Juan

Trabajo Final
by

sebastian vasquez

on 24 November 2011

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Transcript of Imágenes Evangelio San Juan

LAS GRANDES IMÁGENES DEL
EVANGELIO DE JUAN Imágenes Joánnicas Imágenes Joánicas PAN El Pastor Vid y Vino 1.INTRODUCCIÓN: LA CUESTIÓN JOÁNICA El capítulo se centrará en la imagen de Jesús que presenta el cuarto Evangelio. Divinidad sin tapujos sermones centrados en imágenes Estos sermones y el escenario de la actuación de Jesús han sido negados en su historicidad por la crítica moderna y a considerarlo una reconstrucción teológica posterior. Para la interpretación del cuarto Evangelio en la segunda mitad del siglo XX fue determinante el comentario de Rudolf Bultmann que afirmaba que del gnosticismo provenían los principales temas del Evangelio, como la encarnación, ya que eran anteriores a él. La investigación actual ha confirmado lo que Bultmann sabía, que el cuarto Evangelio se basa en un conocimiento extraordinario de lugares y tiempos, que solo pueden proceder de alguien familiarizado con la Palestina del tiempo de Jesús. Se ha visto con claridad, que el Evangelio piensa y argumenta totalmente a partir del Antiguo Testamento, enraizado en el judaísmo de la época de Jesús y escrita en koiné no literario, tal como lo hablaban las clases medias y altas de Jerusalén. Autor Jn 19,35s ayuda bastante: «El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero… Se afirma en el mismo Evangelio que hay un testigo ocular, que es el discípulo del que antes se cuenta que estaba junto a la cruz (cf.19, 26). En Jn 21, 24 se menciona a este discípulo como autor del Evangelio y su figura aparece además en Jn13, 23; 20,2-10; 21,7 y tal vez en 1,35.40; 18, 15-16. La identificación del verdadero autor es compleja, Eusebio de Cesara nos informa sobre una obra del obispo Papías de Hierápolis, en la que habría mencionado que él no había llegado a ver o a conocer a los santos apóstoles, pero que había recibido doctrina de aquellos próximos a ellos, entre ellos un «presbítero Juan», distinguiendo entre el apóstol y evangelista Juan, por un lado, y el presbítero Juan, por otro. Hengel:
separación memoria personal-realidad histórica

Los elementos del análisis de Hengel no pueden concebirse por separado, la memoria personal y la realidad histórica van unidas, esto es designado por los Padres como factum historicum que determina el sentido literal de un texto. Estos dos factores llevan por sí mismos al tercero y al quinto: la tradición eclesiástica y la guía por el Paráclito. En Juan el sujeto del recuerdo es siempre el nosotros. Si bien el autor se presenta como individuo en el papel del testigo, habla siempre el nosotros de la Iglesia.
Memoria Para Juan, el significado de la palabra memoria aparece en tres momentos claves. En el relato de la purificación del templo, la memoria permite descubrir el sentido del hecho y sólo de esta manera hace que el hecho mismo sea significativo. Luego en Jn 2,22 cuando los discípulos se acordaron de lo que había dicho, la resurrección despierta el recuerdo y el recuerdo a la luz de la resurrección deja aparecer el sentido de la palabra que hasta entonces permanecía incomprendida. La palabra acordarse vuelve a aparecer en el Domingo de Ramos, todo sucede como estaba escrito. Esto será comprendido por sus discípulos cuando se manifieste su gloria (Jn 12,16). En este sentido, la memoria clarifica lo vivido y da un nuevo significado a lo anteriormente revelado y se vuelve comprensible. Con estos textos el evangelista nos ofrece indicaciones decisivas sobre cómo está compuesto el Evangelio. Se basa en los recuerdos del discípulo que, consisten en un recordar juntos en el nosotros de la Iglesia. Este recordar es una comprensión guiada por el Espíritu Santo y en el Evangelio de Juan el recordar se convierte en un comprender y en un caminar hacia la verdad plena. Para Juan el recordar no es un simple proceso psicológico o intelectual, sino un acontecimiento pneumático, donde la inspiración tiene un lugar central, ya el autor es guiado por el Espíritu de Dios, que es el Espíritu de la verdad. Agua La primera forma citada es el manantial, el agua fresca que brota de las entrañas de la tierra. Aparece como verdadero elemento creador, como símbolo de fertilidad y de la maternidad.

La segunda es el río. Los grandes ríos son los grandes portadores de vida en las vastas tierras que rodean a Israel, que aparecen incluso con carácter casi divino. Finalmente está el mar como fuerza que causa admiración y que se contempla con asombro en su majestuosidad, pero al que se teme sobre todo como opuesto a la tierra, el espacio vital del hombre. Aparece la idea de mar, como símbolo de la muerte: el atravesar el mar se convierte en imagen del misterio de la cruz.
El simbolismo del agua recorre el Evangelio de Juan de principio a fin. Nos los encontramos en la conversación con Nicodemo (3,5) como un renacer del agua y del Espíritu. El bautismo como un renacer responde a un doble principio: el Espíritu divino y el agua como madre universal de la vida natural, elevada en el sacramento mediante la gracia a imagen gemela de la Theotokos virginal. En el capítulo 4, encontramos a Jesús junto al pozo de Jacob: el Señor promete a la Samaritana un agua que será, para quien beba de ella, fuente que salta para la vida eterna. Juan distingue entre biós y zoé, la vida biológica y esa vida completa que, siendo manantial ella misma, no está sometida al principio de muerte y transformación. Así el agua se convierte en símbolo de Pneuma, de la verdadera fuerza vital que apaga la sed más profunda del hombre. En el capítulo 5, el agua aparece más bien de soslayo. Se trata de la historia del hombre que yace enfermo desde hace treinta y ocho años, y espera curarse al entrar en la piscina de Betesda, pero no encuentra a nadie que le ayude a entrar en ella. El Todo el capítulo se muestra como una explicación del bautismo, que nos hace capaces de ver. Con un significado similar, en el capítulo 13, durante la Última Cena, aparece el agua con el lavatorio de los pies. La humildad de Jesús, que se hace esclavo de los suyos, es el baño purificador de los pies que hace a los hombres dignos de participar en la mesa de Dios.
Finalmente, el agua aparece llena de misterio, al final de la pasión: «con una lanza le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua» (19,34). No cabe duda que aquí Juan quiere referirse a los dos principales sacramentos de la Iglesia –Bautismo y Eucaristía- que proceden del corazón abierto de Jesús y con los que la Iglesia nace de su costado.
Todo el Evangelio de Juan y también los Sinópticos y toda la literatura del Nuevo Testamento, legitiman la fe en Jesús sosteniendo que en Él confluyen todos los ríos de la Escritura. Así, la Escritura en Juan se convierte en una visión que abarca todos sus textos, y que manifiesta su riqueza así como la del agua que manaba de la roca. Mientras el agua es un elemento fundamental para la vida de todas las criaturas de la tierra, el pan de trigo, el vino y el aceite de oliva son dones típicos de la cultura mediterránea.

Los tres grandes dones de la tierra se han convertido, junto al agua, en los elementos sacramentales fundamentales de la Iglesia, en los cuales los frutos de la creación se convierten en vehículos de la acción de Dios en la historia. Estos dones presentan una característica diferente entre sí y cada uno tiene una función distinta de signo.
El pan es el alimento básico, propio tanto de los pobres como de los ricos, pero sobre todo de los pobres. Representa la bondad de la creación y del Creador, pero al mismo tiempo la humildad de la sencillez de la vida cotidiana. En cambio, el vino representa la fiesta, permite al hombre sentir la magnificencia de la creación. Finalmente, el aceite proporciona al hombre fuerza y belleza, posee una fuerza curativa y nutritiva. En la unción de profetas, reyes y sacerdotes, es signo de una experiencia más elevada. Centrándose en el milagro de Caná, qué sentido tiene que Jesús proporcione una gran cantidad de vino? Es posible recibir aquí una referencia anticipada a la teofanía final y decisiva de la historia: la resurrección de Cristo. Este relato es una primera manifestación de Dios que está en continuidad con los acontecimientos del Antiguo Testamento. Otro elemento relacionado con el relato, es cuando Jesús dice a María, su madre, que todavía no le ha llegado su hora. De modo más preciso, la «hora» hace referencia a su «glorificación». La hora de Jesús, comienza en el momento de la cruz y tiene exacta localización histórica. Jesús tiene el poder de anticipar esta «hora» misteriosamente con signos, por tanto, el milagro de Caná se caracteriza como una anticipación de la hora y está interiormente relacionado con ella. De esta manera se entiende lo sucedido en Caná. La señal de Dios de sobreabundancia es, por ello, un signo de que ha comenzado la fiesta de Dios con la humanidad, su entregarse a sí mismo por los hombres. Escatológicamente, Jesús se presenta como el novio de las nupcias prometidas de Dios con su pueblo, introduciendo así misteriosamente su existencia, él mismo, en el misterio de Dios.



Mientras la historia de Caná trata del fruto de la vid con su rico simbolismo, en Juan 15- en el contexto de los sermones de despedida- Jesús retoma la antiquísima imagen de la vid y lleva a término la visión que hay en ella. Para entender este texto es fundamental Isaías 5,1-7, donde nos encontramos con una canción de la viña. Los oyentes de este canto, entienden que la viña era la imagen de la esposa que había sido infiel, defraudando la confianza y la esperanza, el amor que había esperado el amigo, éste la repudia y abandona. La historia de la lucha siempre nueva de Dios por y con Israel se muestra en también en la parábola de la viña y los arrendatarios (Mc 12,1-12), donde Israel está representado por los arrendatarios de una viña, cuyo dueño ha marchado y reclama desde lejos los frutos que le corresponden. Siguiendo con la parábola, la amenaza y la promesa del traspaso de la viña a otros criados sigue una promesa mucho más importante. El Señor cita el Salmo 118, 22: «La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular» esto nos invita afirmar que Aquel a quien han matado no permanece en la muerte, sino que se convierte en un nuevo comienzo. Se abandona la imagen de la cepa y se reemplaza por la imagen del edificio vivo de Dios. El canto de la viña no termina con el homicidio del hijo, abre el horizonte para una nueva acción de Dios. La parábola de la viña en los sermones de despedida de Jesús continúa toda la historia del pensamiento y de la reflexión bíblica sobre la vid, dándole una mayor profundidad. «Yo soy la verdadera vid» (Jn 15,1). En estas palabras resulta importante sobre todo el adjetivo «verdadera», pero el elemento esencial y de mayor relieve es esta frase es el «Yo soy»: el Hijo mismo se identifica con la vid, Él mismo se ha convertido en vid: el misterio de la encarnación. La imagen de la vid también aparece en el contexto de la Última Cena. Tras la multiplicación de los panes Jesús había hablado del verdadero pan del cielo que Él iba a dar, ofreciendo así una interpretación anticipada y profunda del Pan eucarístico. Así el fruto que Jesús trae es su amor entregado en la cruz, que es el vino nuevo y selecto reservado para el banquete nupcial de dios con los hombres.

Purificación y fruto van unidos, al igual que fruto y amor van unidos, esta dinámica genera la perseverancia que pacientemente acompaña con el Señor a través de todas las vicisitudes de la vida.
El contexto fundamental en que se sitúa todo el capítulo es la comparación entre Moisés y Jesús: Jesús es el Moisés definitivo y más grande, el «profeta» que Moisés anunció a las puertas de la tierra santa. Moisés había regalado el pan del cielo a los israelitas, donde Dios mismo había alimentado a su pueblo errante, para un pueblo en sufrimiento y fatiga, ésta era la promesa de las promesas. El capítulo 6 de Juan debe entenderse así y se debe completar la imagen de Moisés, para precisar la imagen de Jesús. Moisés hablaba cara a cara con Dios. Solo porque hablaba con Dios mismo podía llevar la Palabra de Dios a los hombres. Pero aún así, se cierne la sombra pues Dios no muestra su gloria a Moisés, de hecho lo cuida de ella (Ex 33,18.22).

La imagen decisiva de Jesús en el Evangelio de Juan se encuentra en afirmación con esto. «A Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer» (Jn 1,18) Sólo quien es Dios, ve a Dios: Jesús.
Dios ha comunicado su nombre a Moisés, por eso él se convierte en mediador de una verdadera relación de los hombres con el Dios vivo. En la oración sacerdotal Jesús acentúa que Él manifiesta el nombre de Dios, llevando a su fin también en este punto la obra iniciada por Moisés. Moisés Jesús Plenitud Revelación La Torá es alimento, es pan que viene de Dios, pero solo nos muestra la espalda, una sombra, al igual que Moisés. «El pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo» (Jn 6,33).
Aquí, la Ley se ha hecho persona, el mismo Dios se hace pan para nosotros. En la encarnación del Logos, la Palabra se hace carne y el Logos se hace uno de nosotros y entra en nuestro ámbito, en aquello que nos resulta accesible.

En este capítulo, la teología de la encarnación y la teología de la cruz se entrecruzan; ambas son inseparables. Juan sigue aquí la misma línea que desarrolla la Carta a los Hebreos. Jesús se hace hombre para entregarse y ocupar el lugar del sacrificio de los animales, que sólo podían ser el gesto de un anhelo, pero no una respuesta.

alimento
vida
entrega La imagen del pastor, con la cual Jesús explica su misión tanto en los sinópticos como en el Evangelio de Juan, cuenta con una larga historia precedente.
Así lo expresa el Salmo 23, y también la imagen de pastor que se desarrolla en los capítulos 34-37 de Ezequiel.
Jesús ocupa también esta imagen en su camino hacia el monte de los Olivos, después de la Última Cena, predice lo que ocurrirá anunciado por Zacarías 13,7: «Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño». Sorprendentemente, el discurso del pastor no comienza con la afirmación: «Yo soy el buen pastor» sino con otra imagen: «Os aseguro que yo soy la puesta de las ovejas» (10,7). Aquí Jesús da la pauta para los pastores de su rebaño tras la ascensión al Padre. Se comprueba que alguien es un buen pastor cuando entra a través de Jesús, entendido como la puerta. En el sermón del capítulo 10, aparece la afirmación: «Yo soy el buen pastor». Toda la carga histórica de la imagen del pastor se recoge aquí, purificada y llevada a su pleno significado. Jesús a través de esta promesa, es el buen pastor que «da» vida, no el ladrón que «roba». Él entrega vida en abundancia. El alimento que da vida es la palabra de Dios, las ovejas y los pastores viven de este alimento, que en definitiva es Amor, es Dios mismo. Otro motivo importante de este sermón es: «El buen pastor da la vida por las ovejas» (10,11). Este punto es central, porque la cruz es el punto central del sermón sobre el pastor y no como un acto de violencia que encuentra desprevenido a Jesús y se le inflige desde fuera, sino como una entrega libre por parte de Él mismo. conocimiento intimidad pertenencia El conocimiento mutuo entre le Padre y el Hijo se entrecruza con el conocimiento mutuo entre el pastor y las ovejas. El conocimiento que une a Jesús con los suyos se encuentra dentro de su unión congnoscitiva con el Padre. La compenetración de estos dos niveles del conocer resulta de suma importancia para entender la naturaleza del «conocimiento» de la que habla el Evangelio de Juan. Llegamos al último gran tema del sermón sobre el pastor: el tema de la unidad. El pastor Dios reúne de nuevo en un solo pueblo al Israel dividido y disperso.
Su misión como pastor no sólo tiene que ver con las ovejas dispersas de la casa de Israel, sino que tiende, en general, «a reunir a todos los hijos de Dios que estaban dispersos» (11,52).
Aquí se nos muestra la razón interna de esta misión universal: hay un solo pastor y la humanidad, más allá de su dispersión, puede alcanzar la unidad a partir del Pastor verdadero, del Logos, que se ha hecho hombre para entregar su vida y dar, así, vida en abundancia (10,10).
UNIDAD
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