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El Cantar de Roldán

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En Espiral

on 4 April 2014

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Transcript of El Cantar de Roldán

Introducción
El Cantar de Roldán
Merovingios y Carolingios
El Cantar de Roldán
La cultura medieval
En el aspecto cultural, la Edad Media supuso, especialmente a partir del siglo X, un interesante florecimiento de nuevas manifestaciones artísticas y culturales, animadas por el horizonte que se abría ante los contemporáneos.

Los siglos medievales fueron, asimismo, tiempos de movimientos de personas e ideas, auspiciadas por el desarrollo del comercio, de las ciudades y su nueva clase emergente, la burguesía, así como de las universidades y las peregrinaciones, además de los movimientos de juglares y monjes de las grandes órdenes que iban de un monasterio a otro.
El intercambio al que hacemos referencia fue favorecido por el uso del latín como lengua común, ya que no sólo era el modo de expresión de los más cultos, sino que también del pueblo. No obstante, no toda la sociedad hablaba el mismo latín, de hecho, hoy en día los estudiosos han diferenciado entre el lenguaje culto y el popular, entre aquel utilizado por los monjes en sus traducciones y copias -considerado hoy un paso esencial en el desarrollo de la cultura- y el usado por el pueblo, siempre en forma oral.
Monasterios y universidades

El clero fue el depositario de la cultura intelectual en la Edad Media, donde los monasterios y las escuelas, sirvieron como centro de estudio hasta la creación de las universidades, instituciones que consiguieron, de forma progresiva, un status de independencia.

Las universidades podían ser de dos tipos dependiendo de la naturaleza de las mismas: las Mayores eran aquellas fundadas por el poder real mientras que las Menores los eran por los prelados. Independientemente de su titularidad, en ambas se estudiaban las siete Artes Liberales o trívium y cuadrivium.
El
Trivio
comprendía la gramática, la dialéctica y la retórica; y el
Cuadrivio
, abrazaba la aritmética , la geometría, la astronomía y la música.
El
Trivio
, que era la triple vía o camino que conduce a la elocuencia, comprendía las artes que hoy llamaríamos letras humanas o las humanidades, y el
Cuadrivio
abrazaba las ciencias puras.
Al
Trivium
y al
Quadrivium
añadían la teología, el derecho canónico, el derecho civil y la medicina, con las cuales creían quedaba completa la enseñanza.
Literatura medieval

A partir del siglo XI encontramos las primeras manifestaciones literarias en lenguas vernáculas o romances. Así, por ejemplo, en la península ibérica se fue imponiendo el castellano gracias a que fue la lengua de aquellos que llevaron a cabo la reconquista.
Entre estas lenguas locales, por ejemplo, comenzamos a observar un gusto por la lírica y la narrativa, especialmente aquella anónima y cantada, donde los temas del amor entre una dama y un caballero, amor cortés, las andanzas de los caballeros en las guerras -que además buscaban en el pasado tiempos de gran gloria- o los cantares de gesta eran los preferidos.

Estas composiciones eran cantadas por los juglares, poetas-cantantes preparados en escuelas especiales, que marchaban de pueblo en pueblo recitando las historias. El tema preferido de los cantos juglares era el amor, especialmente aquel entre un caballero y una dama. De esta forma surge el amor cortés, relación entre un caballero, y una dama casada y, por tanto, una relación más platónica que real, bajo peligro de realizar un acto infiel e incumplir así las reglas de juego.
En España, la literatura fue muy rica y variada. Desde las jarchas judías y moriscas -pequeños poemas escritos en lengua romance que algunos autores colocaban al final de sus obras, y por algunos estudiosos consideradas las composiciones líricas más antiguas de Europa- hasta el poema se los
Siete Infantes de Lara
, el cantar de gesta de
Don Sancho II de Castilla
o el
Mio Cid
, cantar de gesta anónimo que representa mejor que ningún otro, las andanzas de un caballero medieval en tierras españolas. Es además el único que se conserva de forma completa, la primera obra extensa de la literatura española escrita en lengua romance.
En el siglo siguiente aparecen los primeros poetas conocidos, entre los que destacarán Gonzalo de Berceo. Los principales autores españoles del siglo XIII fueron el Arcipreste de Hita, poeta satírico, Don Juan Manuel, autor de El Conde Lucanor para pasar al siglo XV con Juan de Mena, El Marqués de Santillana o Jorge Manrique, verdaderos maestros de la pluma.
Las composiciones, escritas en latín o en lenguas vernáculas, para las clases más populares o más cultas, tienen en común un fin didáctico. Todas ellas terminan con una enseñanza. El mismo fin, en una sociedad en su mayoría analfabeta, perseguían las esculturas colocadas en las fachadas de las iglesias y catedrales. Desde que sólo una minoría sabía leer y escribir, eran necesarias escenas que narrasen hechos que tuviesen cierto fin moralizador.
Filosofía

En el plano intelectual, la cultura monástica impartida en las escuelas catedralicias primero, y en las universidades, después, tras surgir a finales del siglo XII, fue la preponderante. Así, la escolástica- método por el cual se pretendía descubrir la Verdad filosófica a través de la Dialéctica bajo el eje vertebrador de Fe y Razón- se convirtió en la manifestación filosófica más destacada de la época, dando lugar a debates y discusiones que marcarían la superioridad del mundo espiritual frente al terrenal.
Dentro de la corriente escolástica, se abrieron cuatro etapas diferentes que correspondieron a teorías desarrolladas por diferentes teólogos, filósofos y pensadores. Entre ellos destacaremos a Pedro Abelardo, Roger Bacon, Alberto Magno- quien tradujo a Aristóteles- su ayudante Santo Tomás de Aquino- el pensador más prolífico de la Edad Media que llevó a la escolástica a su máximo apogeo- o Guillermo de Ockham, quien realizó una excepcional crítica a las teorías Tomasistas.
http://www.luventicus.org/articulos/04U004/index.html
Durante la Edad Media la filosofía bebió del cristianismo, por el que explicaba la existencia y los fenómenos del mundo que les rodeaba. La Verdad era buscada en la
Biblia
, libro de máxima sabiduría junto a
Los Evangelios
, según los cuales Dios creó el mundo y a todas las personas. El cristianismo se convertirá, además de en una religión, en una solución para dilucidar las cuestiones más comunes en la época, cambiando el paradigma que había imperado en la filosofía de la etapa anterior, la helénica.
La primera etapa en la filosofía medieval es aquella que corresponde a la articulación definitiva de los dogmas cristianos, su defensa ante otras religiones y a la iniciación a la humanidad en la Verdad de Cristo, la única posible. Estos primeros hombres fueron llamados Padres de la Iglesia y su estudio y difusión se denominó Patrística a manos de autores como Hipólito de Antioquia o de San Agustín.
Si atendemos al segundo, encontraremos sus teorías encuadradas en lo que se ha dado en llamar neoplatonismo y es que a él corresponde una reinterpretación de Platón bajo un tinte cristiano: Agustín (354-430) es el último gran filósofo de la antigüedad y principio de la modernidad, el límite entre dos formas de entender y pensar la filosofía. Se presenta como un buscador afanoso de la Verdad que hace del Saber una cuestión de vida o muerte y ello lo consigue al describir, según sus escritos, la profunda vena religiosa de Platón resumida así: no hay posibilidad de conocer sin amar porque el conocimiento es amor y sólo amando, llegando a Dios, conocemos con certeza. Todo conocimiento de Verdad se conoce a través de la luz de Dios.
A través de la Patrística -del estudio de los padres- San Agustín recibe la oportunidad de solucionar el problema de Fe y Razón aunque no parte de distinguir entre la religión y la filosofía sino que considera a las dos como soluciones equivalentes para una necesidad vital del hombre que es la posesión de la Verdad. San Agustín los identificó sin confundirlas, sabía que la razón religiosa se alcanza con la Fe y la razón de la filosofía se alcanza con la razón.
La segunda etapa en la filosofía medieval, la Escolástica, surgirá a partir del siglo XIII. Dicha centuria se convertirá en el de la metafísica, consecuencia del conocimiento de Aristóteles y del neoplatonismo greco-árabe cuyo objetivo principal es descubrir las causas profundas o esenciales y después practicar a partir de ellas el método científico por excelencia con la reinterpretación de Aristóteles, gracias a nuevas traducciones que se realizan en las Escuelas y Universidades. En estos espacios, surgidos todos en tiempos del Medievo, se va a cultivar un saber principalmente teológico y filosófico por el que a través de la ciencia de Aristóteles, se intentará explicar la existencia sobrenatural de Dios. A pesar de que la Escolástica es principalmente teología, es esencialmente filosofía.
Santo Tomás de Aquino desarrolló una teoría que conjugaba las posibilidades del cristianismo con las ideas aristotélicas, que con el tiempo se convertirán en las ideas oficiales del catolicismo.
Los tres grandes problemas de la filosofía medieval lo constituyeron "Dios", "Relaciones entre Fe y Razón" y "Los Universales". La primera de las cuestiones, la referida a Dios, plantea en los filósofos medievales la necesidad de explicar mediante métodos científicos la existencia del mismo siendo no sólo cuestión de fe sino también de ciencia.
Dentro del segundo punto encontramos tres posturas que corresponden a tres autores: aquella defendida principalmente por San Agustín en la que sólo existe una Verdad que es dada a través de la confluencia de ambas corrientes. La segunda de ellas es la defendida por Averroes, llamada de la Doble Verdad ya que bajo su punto de vista ambas fuentes son independientes y por tanto independientes van a ser sus resultados aunque confluyan en un punto común. La postura de la autonomía armónica fue defendida por San Tomás quien pensaba que ambas, religión y fe, comparten verdades que pueden ser explicadas sin la necesidad de la otra.
Los "universales son, atendiendo a la tercera de las cuestiones, los problemas más debatidos por los filósofos medievales, consistentes en decidir si las ideas más generales y abstractas poseen existencia separada e independiente del entendimiento humano o son sólo nombres, definiciones.
Definición y rasgos generales de
La Escolástica

La Escolástica es un método especulativo filosófico-teólogico desarrollado, difundido y cultivado en las escuelas de la Europa del Medievo desde el Imperio carolingio al Renacimiento. Las escuelas filosóficas que albergaron este pensamiento se localizaron en catedrales y conventos para, más adelante y en especial durante el siglo XIII, pasar a las universidades.
En una definición más extensa, se conoce como Escolástica al movimiento doctrinal que, sin emplear el movimiento racional-conceptual que se enseñaba en las escuelas, se mueve en el mismo entorno y contexto. El movimiento escolástico se manifestaba a través de dos vertientes: la enseñanza y las formas literarias. La base de la enseñanza en las escuelas fueron las artes liberales, divididas en el trivium -gramática, dialéctica y retórica- y el quadrivium -aritmética, geometría, música y astrología-.
Los programas donde se enseñaban estas materias gozaban de flexibilidad y, bajo el nombre de dialéctica se enseñaba lógica, práctica y, en general, toda la materia filosófica y, en la retórica, se incluía también la ética, de acuerdo con la tradición grecolatina respecto a la teoría porque, respecto al contenido, hundía sus raíces en la Patrística.
Las formas literarias surgieron de la aplicación de esta enseñanza. De la lectio salieron los comentarios y, de los comentarios nacieron las sumas cuando los maestros, desarrollaron el corpus doctrinal de una forma libre pero en un orden más sistemático.
Las universidades y órdenes tuvieron, también, un papel destacado en esta labor difusora. Las universidades, por la importancia otorgada a la filosofía y a la teología como cuerpo central de los programas de estudio y, en el caso de los religiosos, por el afán de ahondar en estas dos disciplinas en busca de alcanzar la plenitud del sentido al voto de pobreza. No en vano los principales escolásticos serán dominicos o franciscanos.
Se denomina literatura medieval a todos aquellos trabajos escritos principalmente en Europa durante la Edad Media, es decir, durante los aproximadamente mil años transcurridos desde la caída del Imperio Romano de Occidente hasta los inicios del Renacimiento a finales del siglo XV. La literatura de este tiempo estaba compuesta básicamente de escritos religiosos, concepto amplio y complejo, que abarca desde los escritos más sagrados hasta los más profanos. A causa de la gran amplitud espacial y temporal de este período se hace difícil hablar de la literatura medieval en términos generales sin caer en simplificaciones. Por ello, es más adecuado caracterizar las obras literarias por su lugar de origen, su lenguaje o su género.
Una gran cantidad de obras pertenecientes a la literatura medieval son anónimas. Los autores medievales estaban sometidos a menudo a los escritores clásicos y a los Padres de la Iglesia Católica, y tendían a reescribir historias, que habían oído o leído, de forma embellecida, más que a crear historias nuevas. E incluso cuando creaban una nueva historia no suele quedar claro quien era el autor, ya que atribuían ciertas ideas a otros libros de otros autores. Esto hace que el nombre de los autores individuales sea poco o nada importante y por ello, los grandes trabajos de la época nunca son atribuidos a una persona en concreto.
Numerosos himnos de esta época han sobrevivido al paso del tiempo, Ciertos estudiosos religiosos escribieron largos tratados sobre teología y filosofía, tratando de reconciliar las enseñanzas de los autores griegos y paganos romanos con las doctrinas de la Iglesia Católica. Las hagiografías, o las vidas de los Santos, también fueron escritas principalmente durante este período, a modo de estímulo para el devoto y de advertencia para el resto.
El nacimiento de un nuevo tipo de literatura en la época medieval puede ejemplificarse en el cambio de sentido de la palabra “romance” (en francés roman). Si en un principio se trató de traducir a las lenguas romances textos latinos tanto clásicos (“materia antigua”, o reescrituras de la
Eneida
, de Ovidio y otros) como hagiografías o crónicas históricas, al dejar de lado las fuentes clásicas e inspirarse en tradiciones orales, surgió la expresión
emprendre un roman
, escribir, crear, un romance. El nuevo sentido de la palabra como sustantivo indica la creación de un nuevo género.
Las tradiciones orales hacen referencia a la llamada
materia de Bretaña
( Mito artúrico o Leyenda arturiana), surgida de un fondo de mitos reelaborados por la cultura normanda de habla francesa que se extendía por Francia y las islas británicas. Aunque el concepto de historicidad era difuso en esa época, y se consideraba tan real a Edipo como a Carlomagno, las historias de los antiguos reyes bretones, junto con las leyendas que los rodeaban, no poseían la autoridad de la cultura clásica o la historia eclesiástica, y por tanto, los autores de la época pudieron apoderarse de esa materia y reinterpretarla más libremente. Es posible que la pequeña y mediana nobleza se adueñara de esta mitología como oposición a la cultura eclesiástica oficial, identificada con la alta nobleza. Le serviría para desarrollar los valores de la caballería.
El tema del amor cortés cobró importancia en el siglo XI, especialmente en las lenguas romances, principalmente el francés, el Castellano, el provenzal, el gallego y el catalán, y en las lenguas griegas, donde los cantantes ambulantes — los trovadores — se ganaban la vida con sus canciones. Los escritos de los trovadores suelen ir asociados al anhelo no correspondido.
La teoría del amor cortés supone una concepción platónica y mística del amor:
Origen cortesano de la Dama, ella reside y se encuentra en la corte señorial o burgo, pertenece a la élite urbana.
Total sumisión del enamorado a la dama (el enamorado rinde vasallaje a su señora). Esto origina el "sufrimiento gozoso".
La amada es siempre distante, admirable y un compendio de perfecciones físicas y morales.
El estado amoroso, por transposición al amor de las emociones e imaginería religiosas, es una especie de estado de gracia que ennoblece a quien lo practica.
Los enamorados son siempre de condición aristocrática (aunque también es común que el enamorado sea de condición social más baja que la amada).
El enamorado puede llegar a la comunicación, con su inaccesible señora, después de una progresión de estados: suspirante, suplicante, oyente y amante.
Se trata, frecuentemente, de un amor adúltero. Por lo tanto, el poeta oculta el objeto de su amor sustituyendo el nombre de la amada por una palabra clave o seudónimo poético.
Además de los poemas épicos típicos de la tradición anglo-germánica, como el
Beowulf
o el
Cantar de los nibelungos
, otros poemas épicos incluidos dentro de los cantares de gesta como el
Cantar de Mío Cid
, el
Cantar de Roldán
, que tratan sobre la
Materia de Francia
(ciclo carolingio) y las canciones o romances respectivamente, y los amoríos corteses a la manera de la cortesía romance, que tratan sobre la Materia de Bretaña (ciclo artúrico) y la Materia de Roma (ciclo clásico), lograron alcanzar una gran popularidad. El romance cortés no se distingue únicamente de los cantares de gesta por los temas tratados, sino también por su énfasis en el amor y en el código de honor de la caballería, en lugar de centrarse en acciones de guerra.
También se pueden encontrar en este período poesías políticas, escritas tanto por clérigos como por escritores laicos. La literatura de viaje (
Los viajes de Marco Polo
) también fue muy popular en esta época, cuyos escritos entretenían a la sociedad con historias de fabulosas tierras (si no embellecidas, muchas veces falsas). Cabe destacar la importancia de los peregrinajes en esa época, especialmente el de Santiago de Compostela, fuente de fábulas e historias influidas por la prominencia de los
Cuentos de Canterbury
de Geoffrey Chaucer.

Aunque las mujeres en el período medieval no se encontraran en igualdad de condiciones con los hombres (de hecho, abundaban los folletos misóginos), algunas mujeres fueron capaces de utilizar su habilidad con la palabra escrita para ganar renombre. La escritura religiosa fue la opción más fácil para ellas — las mujeres que eran posteriormente canonizadas como santas solían haber publicado sus reflexiones, sus revelaciones y sus oraciones. La mayor parte de los conocimientos actuales acerca de las mujeres en la Edad Media han sido adquiridos a través de los trabajos llevados a cabo por monjas como Clara de Asís, Brígida de Suecia y Catalina de Siena.
Sin embargo, las perspectivas religiosas de las mujeres fueron frecuentemente tachadas de poco ortodoxas por el poder establecido, y las experiencias místicas de autoras como Juliana de Norwich e Hildegard de Bingen nos dan una visión de una de las experiencias medievales menos confortables para las instituciones que gobernaron Europa en esa época. Las mujeres también escribieron algunos textos influyentes entre los escritos laicos — las reflexiones en el amor cortés y en la sociedad por Marie de France y Christine de Pizan.
Las epopeyas románicas se denominan cantares de gesta (en francés chansons de geste), del latín gesta, «hechos, hazañas». Suponían recordar pasadas acciones gloriosas de las que se podía enorgullecer una familia. Los cantares de gesta conservados llegan al centenar, una gran mayoría en lengua francesa, con diversas peculiaridades (francés de la isla de Francia, picardo, anglonormando, francoitaliano, etc.), y otros, en ínfima proporción en provenzal y en castellano. La extensión de estos cantares es muy irregular: oscila entre los ochocientos y los veinte mil versos, si bien los de mayor longitud suelen ser tardíos y presentar contaminaciones con la novela.
Los cantares de gesta no se componían para ser leídos, sino para ser escuchados. De divulgarlos se encargaban unos recitantes llamados juglares, que se solían acompañar de instrumentos de cuerda y que ejercitaban su misión frente a toda suerte de público, tanto el aristocrático de los castillos como el popular de las plazas, de las ferias o de las romerías. Consta, que antes de trabarse batallas los juglares entonaban versos de gestas a fin de enardecer a los combatientes.
El cantar de gesta tiene un fondo histórico cierto, al que es más o menos fiel. Esta fidelidad a la exactitud histórica de lo narrado reviste una serie de matices, que van desde aquellos cantares que casi son una crónica rimada hasta aquellos otros cuya historicidad queda tan reducida que casi parecen una obra de pura imaginación. Por lo general, cuanto más remoto es el asunto de una gesta, más pesan en ella las versiones tradicionales y legendarias de los hechos y más se aparta de la realidad histórica, al paso que, cuando relata hechos sucedidos en un pasado próximo, la fidelidad a lo que realmente acaeció es mayor, entre otras razones porque el público que ha de escuchar los versos conoce con más precisión el asunto y sus personajes.
Por otra parte, cuando la gesta tiene por escenario las mismas tierras en que se desarrollaron los acontecimientos que poetiza, suele mantener unos datos geográficos, ambientales y sociales mucho más fieles a la realidad que aquellas gestas que transcurren en países lejanos y exóticos. Ya veremos con detalle que estas dos modalidades de cantares de gesta se pueden cifrar en el Cantar de Roldán francés, alejado en el tiempo y en el espacio de la batalla de Roncesvalles, y el Cantar del Cid castellano, tan próximo al tiempo y al lugar en que obró y vivió Rodrigo Díaz de Vivar.
Los cantares de gesta son algo así como la historia al alcance y al gusto del pueblo. El hombre docto se enteraba de los hechos del pasado leyendo crónicas y anales en latín, y quedaba su curiosidad satisfecha con el dato frío y escueto. El hombre iletrado precisaba de alguien que le expusiera de viva voz la historia, de la cual lo que le interesaba era lo emotivo, sorprendente y maravilloso y la idealización de héroes y guerreros a los que se sentía vinculado por lazos nacionales, feudales o religiosos.
La crítica debate desde hace siglo y medio cómo se generaron estos relatos más o menos históricos que son los cantares de gesta, y hay quien sostiene, con argumentos muy dignos de consideración, que determinados acontecimientos, sobre todo grandes campañas militares o significativas acciones de guerra, suscitaron inmediatamente cantos que narraban sus trances más salientes o las hazañas de los guerreros más famosos, con la finalidad de informar de ello a una colectividad vivamente interesada: breves composiciones en verso que podríamos comparar, en cuanto a su finalidad informativa, a los modernos reportajes periodísticos, y no en vano relatos de este tipo eran denominados en Castilla «cantos noticieros». Muchos de estos presuntos relatos versificados debieron de conservarse en la memoria popular y en la tradición juglaresca hasta convertirse en cantares de gesta.
Lo importante es la actitud literaria del juglar de gestas. Frente a los datos que le ofrecen la historia y la tradición, se adjudica una libertad creadora que le permite construir un relato versificado, con su planteamiento, nudo y desenlace, y entretenerse en la caracterización de los personajes, en las descripciones y en el diálogo. Tiene que hacer concesiones a los gustos del público -que también son los suyos-, dejando paso libre al elemento maravilloso y a la pormenorizada descripción de batallas, de combates singulares y del atuendo guerrero.
Este último aspecto se hace fatigoso al lector actual, que a veces no acierta a comprender la razón de tan prolijas descripciones bélicas; pero no debe olvidarse que el público medieval advertía matices y detalles importantes en lo que hoy puede parecernos uniforme y repetido, y la descripción minuciosa de determinado golpe de espada o del procedimiento de desarzonar al adversario con la lanza les interesaba tanto como puede apasionar a nuestros contemporáneos un lance especial de una corrida de toros o una jugada notable en una competición deportiva.
Parece evidente que en una época remota las gestas fueron creaciones orales sin forzosa transcripción a la escritura, y ello lo corrobora la existencia en tantos países del mundo de canciones populares, incluso narrativas, como gran parte del romancero castellano, que se han conservado oralmente y sin necesidad del apoyo de un texto escrito.
Pero si hoy conocemos cantares de gesta, lo debemos exclusivamente a que hubo amanuenses que los copiaron en manuscritos, y entre estos manuscritos hoy conservados hay un pequeño número que se denominan juglarescos porque constituían el memorándum o libreto del juglar, con los cuales éste refrescaba la memoria antes del recitado o aprendía cantares que hasta entonces le eran desconocidos. Los preciosos manuscritos del Cantar de Roldán (de Oxford) y del Cantar del Cid (de Madrid) son de pequeño formato, escritos sobre un pergamino aprovechado y con la finalidad de ser útiles a un juglar, y en modo alguno constituyen un libro de lectura.

Francia en la Edad Media

Francia como término en latín, designa el territorio geográfico de los francos, que establecidos en el limes del Imperio romano fueron expandiéndose y ocupando las Galias. Ahí ya estaban establecidos los galorromanos, los visigodos y los burgundios: los galorromanos fueron sometidos tras la batalla de Soissons (que tuvo lugar en el año 486, enfrentó a las tropas francas al mando del rey Clodoveo con los últimos restos del poder romano en la Galia), los visigodos fueron expulsados de Aquitania (su capital es Burdeos) pero no de Septimania (ahora Languedoc-Rosellón), y los burgundios perdieron su Reino, los bretones continuaron establecidos en Armórica (región costera del noroeste francés). La expansión de los francos a Germania e Italia ampliará el ámbito territorial de dicho pueblo.
Visigodos, Francos y Burgundios
Aquitania
Septimania
Armórica
Los francos establecidos en la desembocadura del Rin a mediados del siglo IV aprovecharon el declive de la autoridad romana en la Galia tras el paso del Rin de las tribus germánicas (406), de modo que desde la década de 420, fueron conquistando gradualmente la mayor parte de la Galia romana al norte del río Loira y al este de la Aquitania visigoda. Esta invasión avanzó por la región parisina, donde terminaron con el control romano en el 486, y prosiguió hacia los territorios al sur del río Loira, de donde se expulsó a los visigodos a partir del 507.
El artífice de esta expansión que expulsó a los visigodos de la Galia y suprimió el control romano en la región de París, fue un rey de los francos salios, de la estirpe de los merovingios, Clodoveo I. Este rey, además de expandir su territorio llevó a cabo campañas para eliminar a los demás reyes francos, de modo que quedó como el único rey de los francos. Por otro lado, la conversión de Clodoveo -y su pueblo- al cristianismo ortodoxo, favoreció su aceptación entre la población galorromana.
Tras la muerte de Dagoberto I en 639 se desembocó en un periodo de reyes menores de edad. Como los reyes carecían de poder, las querellas por el poder las llevaron a cabo los mayordormos de palacio. Los mayordomos de Austrasia pertenecientes al linaje de los pipínidas consolidaron su posición entre la aristocracia terrateniente a través de vínculos territoriales, esto es, el mayordomo otorgaba tierras ajenas a la Iglesia o a un aristócrata a cambio de contar con su fidelidad y de aportar apoyo militar de un grupo de vasallos, de modo que en el futuro, el rey se verá obligado a contar con sus vasallos, quienes en definitiva, son los que van a tener la fuerza militar. Desde esta posición asumieron el poder regio pero sin poder asumir el título real, hasta que a mediados del siglo VIII lograron ser elegidos con beneplácito del Papa y fundaron una nueva dinastía: los carolingios.
A la muerte de Clodoveo en 511, se repartió el reino entre sus cuatro hijos, hasta que su hijo Clotario I reunió temporalmente los reinos. Los soberanos merovingios, siguiendo la tradición germánica, tenían la costumbre de dividir sus tierras entre los hijos supervivientes, ya que carecían de un amplio sentido de la res pública, concebían el reino como una propiedad privada de grandes dimensiones. Esto dio lugar divisiones territoriales, segregaciones y redistribuciones, reunificaciones y nuevas particiones, en un proceso que originaba asesinatos y guerras entre las distintas facciones.
Tras Clotario I, los territorios francos volvieron a dividirse en 561, y sus descendientes entraron en otra nueva guerra civil, en la que se delimitaron los reinos de Neustria, Austrasia y Borgoña (conquistada en 534 a los burgundios). Clotario II reunió en 613 estos territorios.
Dinastía de los Merovingios (siglo V-751)
La rápida disminución del comercio por la expansión musulmana en el Mediterráneo, y las frecuentes guerras civiles, provocaron que los reyes debían mantener apoyos entre la aristocracia, y como no tenían suficiente dinero, enajenaron su propio patrimonio real, resulta de lo cual, el propio poder real fue debilitándose.
Arte Merovingio
Las características más importantes: de la arquitectura merovingia es el empleo de la planta basilical con triple cabecera, transepto y nártex.
Baptisterio de San Juan de Poitiers
Escultura

La escultura merovingia es mayoritariamente de ámbito funerario y ejecutada en piedra. Los capiteles con motivos clásicos (acantos, aves, acanaladuras) y otros más esquemáticos (rosáceas).
Muy pocos manuscritos ilustrados han quedado. Entre ellos destaca el Sacramentario gelasiano, del siglo VIII, que se encuentra en la Biblioteca del Vaticano. Tiene una decoración geométrica y animal. Los principales centros de creación de manuscritos fueron la Abadía de Luxeuil y más tarde la Abadía de Corbie.
Sacramentario gelasiano, del siglo VIII,
Apogeo de los Carolingios (751-843)
Carlos Martel, (686 – 741 Abuelo de Carlo Magno) fue Mayordomo (Primer Ministro o Jefe de Gobierno) de palacio del reino de Austrasia.
A la muerte de su padre Pipino, Carlos, que ya tenía 29 años, pasó a ocupar la plaza de mayordomo de palacio. Pero como era bastardo, Plectrude, esposa de Pipino, instigó para echarle del poder a fin de que lo ocupara su hijo Thiaud, que contaba entonces 6 años y era el heredero legítimo. Carlos fue encarcelado. Sin embargo, diversas provincias del reino no aceptaban que una mujer las gobernara, y las revueltas empezaron a estallar. En ese momento Carlos se evade de la cárcel y se pone al frente de las revueltas de Austrasia. Saldrá victorioso en dos batallas. Entonces se dirige a Colonia, donde reside Plectrude con su hijo, a quien no le queda más remedio que reconocer la derrota y dejar el poder de Austrasia en manos de Carlos. En 732 d. C., Carlos Martel derrotó a las fuerzas árabes del califato omeya en la Batalla de Poitiers.
A su muerte, su poder es repartido entre sus dos hijos:

Carlomán, que obtiene Austrasia, Alammania y Turingia
Pipino el Breve, que hereda Neustrasia, Borgoña y Provenza

Carlos Martel fue enterrado en la Basílica de Saint-Denis a petición suya: de hecho, había mandado educar allí a su hijo Carlomán.
Aunque no obtuvo jamás el título de rey, pese a tener más poder que los soberanos francos de la época, la dinastía merovingia estaba en ese momento en plena decadencia. Su poder marcó las primeras bases de la línea carolingia.
El mayordomo de palacio de todos los reinos merovingios, Pipino el Breve (hijo del mayordomo Carlos Martel), logró destronar a su rey merovingio Childerico III en 751, y fue reconocido rey de los francos con apoyo del Papa Zacarías, y posteriormente ungido como rey por el Papa Esteban II en 754. Así, aunque Pipino fue rey electo, aseguró su legitimidad divina a través del Papa. Como contrapartida, Pipino conquistó el Rávena a los lombardos, pero en lugar de devolvérselo al emperador bizantino se los entregó al Papa.
Pipino, el Breve (padre de Carlomagno), murió el 24 de septiembre de 768 en Saint-Denis, tras haber repartido el reino, siguiendo la vieja costumbre franca, entre sus dos hijos Carlos I (el futuro Carlomagno) y Carlomán.
Carlos conquistó a los lombardos, incluyendo de esta manera el norte de Italia en su esfera de influencia. Por otro lado, Carlos amplió su territorio derrotando a los sajones en 804. En el 788, Carlos continuó expandiendo su reino todavía más hacia el sureste, incluyendo la sumisión de Baviera hasta la actual Austria y a partes de Croacia. El territorio del reino de Carlos abarcaba desde los Pirineos hasta la mayor parte de la actual Alemania, incluyendo el norte de Italia y la actual Austria. En la jerarquía de la Iglesia, los obispos y abades buscaban la protección del palacio del rey, fuente tanto de protección como de seguridad. Carlomagno se había erigido en líder de la cristiandad occidental.
Las dimensiones del imperio de Carlomagno precisaban de un aparato burocrático que lo sostuviera. Para ello era necesario servidores públicos alfabetizados, es decir, que supieran leer y escribir. La falta de personas letradas significaba una gran dificultad. Para tratar de solucionar ambos problemas, Carlomagno ordenó la creación de escuelas y atrajo a muchos de los más importantes eruditos de la época a su corte. Creó una red de escuelas episcopales que habrían de crearse en cada una de las diócesis de cada parte del Imperio. Institucionalmente, esas nuevas escuelas podían ser monacales, bajo la responsabilidad de los monasterios; catedrales, junto a la sede de los obispados; municipales, bajo el auspicio de los ayuntamientos; y palatinas, junto a las cortes.
Arte Carolingio
Más que un estilo bien determinado es un "renacimiento" o deseo de restauración de la arquitectura romana, al igual que en otras artes, debida al empeño de Carlomagno por el fomento de la cultura y el arte cristiano (el llamado renacimiento carolingio).
Una importante aportación de la arquitectura carolingia fue el modelo de construcción de los monasterios benedictinos que se fijaría posteriormente en el monasterio de Cluny; cuyos precedentes fueron monasterios carolingios.
Abadía de Corvey
De la pintura, tanto de temas sacros como profanos, quedan pocos fragmentos, pero de extraordinario valor, en Saint-Germain de Auxerre (Yonne) y en la cripta de San Máximo de Tréveris, así como las pinturas de San Juan de Müstair.
La Canción de Roldán (La Chanson de Roland) es un poema épico, escrito a finales del siglo XI en francés antiguo, atribuido a un monje normando, Turoldo, cuyo nombre aparece en el último y enigmático verso: "Aquí termina la gesta que cuenta (transcribe, recita) Turoldo". Sin embargo, no queda claro el significado de este verso: puede querer decir "componer" o quizás"transcribir", copiar. Es el cantar de gesta más antiguo de Europa. Escrito en anglo-normando(de alrededor de1170) consta de 4.002 versos decasílabos, distribuidos en 291 estrofas de desigual longitud.
Se llama Cantar de gesta a ciertos poemas destinados a ser recitados en público. Este recitado se hacía sobre una o varias frases melódicas simples.La palabra "gesta" proviene del latín"hechos". Se trata, pues, de cantos de hechos memorables, heroicos, de hazañas.España y Franciacuentan con una abundante tradición épica: como todos los cantares de gesta, el de Roldán es anónimo. Este cantar de gesta fue el primero que surgió en Europa. Muchos otros le seguirían, siempre con los hechos de Roncesvalles en primer plano. La historia es un fiel reflejo de las virtudes que se exigían a los caballeros.
Ideales caballerescos
Valor
Los caballeros deben soportar sacrificios personales para servir los ideales y a las personas necesitadas. Esto implica el elegir mantener verdad a toda costa. El valor no significa arrogancia, sino tener voluntad de hacer lo correcto. Estos personajes tenían un gran valor, capaces de pelear con gran coraje contra seres superiores que mantenían a las personas de los pueblos aterrorizados. Los caballeros eran capaces de enfrentarse a personas con mayor habilidad para luchar, sin medir consecuencias.
Defensa
Los caballeros juraban cuando eran ascendidos, defender a sus señores y señoras, a sus familias, a su nación, a las viudas y a los huérfanos, y a la Iglesia.
Fe
Los caballeros que tenían una fuerte fe en Dios les permitía llevar a cabo toda una vida de sacrificios y tentaciones, dándoles raíces y esperanza fuertes contra los malvados del mundo. El caballero siempre antes de una batalla, la encomendaba a Dios y sabía que de Él dependía la suerte del éxito.
Humildad
Los caballeros humildes eran los primeros en decir a las otras personas cuando llevaban a cabo hechos de gran heroicidad, dándoles el honor que merecen de sus buenos hechos. Y dejando o otros que los feliciten por sus propios hechos y estos los ofrece a Dios. Esta es una de las características más sobresalientes de un caballero. Siempre atribuía el éxito de las batallas al coraje de sus soldados y repartía proporcionalmente las riquezas ganadas.
Justicia
Para los caballeros era muy importante buscar la verdad sobre todo, los caballeros no buscaban su beneficio personal. La justicia sin templar por misericordia puede traer pena, sin embargo. La justicia buscada por los caballeros sin la flexión a la tentación era la utilizada por ellos. El caballero, si le es posible, prefiere llevar a juicio (buscar el castigo justo) antes que matar.
Generosidad
La generosidad era una característica de un caballero. Para contradecir la debilidad de la avaricia, los caballeros eran tan abundantes como sus recursos permitirían. Un caballero generoso puede recorrer mejor la línea entre la misericordia y la justicia fría. El caballero repartía los bienes de las batallas ganadas y además era generoso con los enemigos derrotados.
Templanza
El caballero debía estar acostumbrado a comer y beber con moderación. Además el caballero debe ser moderado con sus riquezas, esto no significaba abstenerse de ellas sino, no utilizarlas vanamente. Sin templanza no se podía mantener el honor de la caballería. El caballero debía contenerse de sus apetitos sexuales.
Lealtad
Los buenos caballeros juraban defender fervientemente sus ideales, a la Iglesia y a sus señores, ellos darían su vida por defenderlos. Aunque el Señor cometa un error, el caballero cumple sus órdenes.
Nobleza
La nobleza es el principio de la cortesía. Y los caballeros debían así ser corteses, honrados, estimables, generosos e ilustres equitativos a todos mientras que desarrollaron y mantuvieran un carácter noble con los ideales de la caballería. Un caballero es por siempre un ejemplo a seguir.
“La Chanson de Roland”. Poema épico francés.

Poema épico del “Renacimiento Carolingio” compuesto a finales del siglo XI por un autor anónimo, quizás de origen normando. Narra en casi trescientos pequeños cantos las causas, hechos y consecuencias de aquella batalla de Roncesvalles del año 778 en la que se enfrentaron las tropas cristianas de Carlomagno contra las de los árabes (y quizás grupos de vascones).
Destacan en él las descripciones hiperbólicas –número y condición de los combatientes, ornamentos y armas-, el contraste entre las virtudes de un bando frente a las perfidias del otro, propio de los “cantares de gesta”; también la intervención y apoyo de elementos divinos de la Cristiandad y, sobre todo, la exaltación de los valores propios del héroe medieval, encarnados en Roldán: la lealtad, el honor, su sacrificio y muerte que le otorgan la inmortalidad.
Primera parte (1-80):

Introduce las causas del enfrentamiento y los preparativos del combate. Marsil, rey de Zaragoza, amenazado durante siete años por Carlomagno, busca una “tregua”, una nueva treta para que se retire el emperador cristiano. Le jurará fidelidad, abandonar Zaragoza y enviar riquezas para convencer a su rival. Todo vale, siempre y cuando Carlos, sus Pares (arzobispos), Roldán y Oliveros vuelvan a Francia. Una vez allí, el día de San Miguel, Marsil se rendirá y se convertirá.
Carlomagno recibe la promesa del árabe y a su vez decide enviar un mensajero con su respuesta. Como nadie se fía de las promesas del enemigo, aunque todos creen intuir algo convincente, buscan un voluntario como legado para el viaje: ninguno de los Doce Pares ni caballeros excelentes y recelosos, irá. Roldán, sobrino del monarca, un héroe entre los suyos, propone a Ganelón, quien toma la iniciativa como una represalia del caballero –de quien jura que ha de vengarse-, pero acepta y pide al emperador ciertas garantías.
Ganelón llega junto a Marsil y traiciona a sus compatriotas, acordando los ahora aliados que el objetivo será Roldán, no Carlomagno: la columna de retaguardia cristiana, en su regreso por las montañas, será atacada allá donde se encuentran los más esforzados caballeros francos. (En vanguardia va el rey con otros tantos “innumerables”). Roldán, en el paso de Roncesvalles, será el blanco del ataque.
El legado imperial, ya un renegado, regresa habiendo recibido honores y regalos de Marsil. Comienza la retirada cristiana a cambio de la ciudad de Zaragoza, de otros dominios y de la conversión de mismo Marsil. Los caballeros árabes, por su parte, con doce émulos de los francos a la cabeza, se disputarán el honor de ser los primeros en asestar el golpe que derribe a Roldán.
Segunda Parte (81-176):

La batalla. Los franceses, ya en el desfiladero de Roncesvalles, descubren la trampa y se preparan para una lucha desigual pues los árabes les superan en número y posición estratégica. La encerrona entre los abruptos pasos desemboca en un durísimo enfrentamiento que los cristianos resisten épicamente. Sin embargo, la larga duración de la contienda les resulta mortalmente desfavorable.
Roldán rechaza, como desea Oliveros, tocar el “olifante” que avisaría al Emperador Carlos de las desesperadas escaramuzas a retaguardia. Así pues, la derrota es total: caen los Doce Pares, Oliveros, el Arzobispo Turpin –modelo de clérigo y guerrero- no sin antes haber dejado a su alrededor un campo sembrado de cadáveres infieles. El último, ya solo, es Roldán, herido en todo el cuerpo. Antes de expirar intenta romper su espada llena de reliquias, “Durandarte”, para que no caiga en manos enemigas, pero no lo consigue. Cuando fallece, los Arcángeles se llevan su alma al Paraíso.
Tercera parte (180- final):

Carlos, que ha escuchado el “olifante” de Roldán –sólo se ha hecho sonar como último remedio para que el Emperador conozca la traición y reconozca la valía de los combatientes- regresa con el grueso de sus tropas. Los árabes escapan aterrados. Carlos encuentra el lugar repleto de muertos fieles e infieles. Sigue su avance para vengarse del enemigo en fuga, dejando un cuerpo de ejército para velar los restos de sus héroes fallecidos. Los persigue hasta Zaragoza, donde se esconde Marsil, al que le falta una mano, cortada por al espada de Roldán durante el combate. Su propio hijo ha muerto y él mismo ha vuelto como derrotado. El pueblo árabe reniega de sus dioses, Apolo y Mahoma, que no les han protegido en la batalla y maldice y tortura a Marsil. La reina Abraima, esposa de éste, llora desconsoladamente.
Pronto llegará al poder el Emir Baligán de Babilonia, que viene acompañado de cientos de soldados de Arabia. Prepara un nuevo enfrentamiento –que Carlos, siempre aconsejado por la divinidad, ya había soñado-. El emperador cuenta con un arma poderosa, la espada “Gozosa”, rematada con la punta de la lanza que hirió a Cristo. Tras realizar los más exquisitos sepelios de los caballeros fallecidos, a quienes ha llorado como nadie, encabeza una nueva batalla contra los infieles que pelean incansables hasta la muerte.
(En este momento se habla incluso de los de Vasconia en el bando árabe). Unos y otros esgrimen animosamente sus respetivos gritos de guerra: “Montjoie” dicen los cristianos, “Preciosa” los del Emir. Vencen los francos y sus aliados; los derrotados huyen de nuevo a Zaragoza, que pronto es arrasada. Marsil y el nuevo Emir mueren y sus espíritus llegan a tierras de demonios. Abraima es tomada prisionera y llevada a Francia, por Burdeos y Blayes, donde se convertirá y entrará al servicio de Dios.
El poema se cierra con el juicio del traidor Ganelón en Aquisgrán, corte de Carlos. Se establecen dos bandos: de un lado los que defienden que su acción fue correcta pues la venganza iba contra Roldán, de otro quienes piensan que al ser Roldán vasallo de Carlos la afrenta iba contra el Emperador. Posturas irreconciliables que se solucionarán con un “Juicio de Dios”, enfrentándose individualmente dos paladines rivales. Vence el bando de Carlos, y Ganelón es ajusticiado y descuartizado por cuatro caballos; los otros perdedores serán ahorcados.
Carlos, finalmente, dispondrá una nueva lucha contra los árabes, apesadumbrado aún por la pérdida de sus vasallos.

Siente Roldán que la muerte le va haciendo su presa. De su cabeza le va bajando hasta su corazón. Se precipita a acogerse bajo un pino, y allí se tiende postrado sobre la verde hierba. Bajo él pone su espada y olifante. Ha vuelto su rostro hacia la gente infiel; porque quiere que Carlos y los suyos digan que él, el conde esforzado, ha muerto victorioso. Con débil impulso y reiteradamente confiesa sus culpas. Pos sus pecadas tiende hacia Dios el guante.
Siente Roldán que su tiempo es acabado. Está tendido sobre la empinada colina, vuelto el rostro hacia España. Con una mano golpea su pecho:
-¡Dios! –dice- ¡Que tu gracia borre mis culpas, mis pecados grandes y pequeños que cometí desde la hora en que nací hasta el día en que me ves aquí quebrantado!
Y tiende hacia Dios su guante derecho. Los ángeles del cielo descienden hasta él.
Yace el conde Roldán bajo un pino. Hacia España tiene vuelto el rostro. Y comienza a recordar muchas cosas: las tierras que ha conquistado, la poderosa, la dulce Francia; os hombres de su estirpe; Carlomagno, su señor, que le ha alimentado. Por todo lloras y suspira, sin poder refrenarse. Pero no quiere olvidarse a sí mismo; confiesa sus culpas y pide a Dios perdón:
-¡Padre verdadero, que jamás has mentido: Tú, que resucitaste a Lázaro de entre los muertos; Tú, que salvaste a Daniel de los leones, salva mi alma de todos los peligros, por los pecados que cometí durante mi vida!
Ha ofrecido a Dios su guante derecho. San Gabriel lo ha tomado de la mano. Sobre su brazo ha inclinado la cabeza, y avanza, juntas las manos, hacia su fin. Dios le envía su ángel Querubín y San Miguel del Peligro. Con ellos se acerca San Gabriel. Entre todos conducen el alma del conde al paraíso.
-Cantos CLXXXIV a CLXXVI-

Ancha es la llanura y dilatada la comarca. Brillan los yelmos incrustados de pedrería, y los escudos, y las lorigas bordadas, y las lanzas, y los pendones sujetos a los hierros. Suenan los clarines, y sus tañidos son más claros. El olifante suena más alto, llamando a la pelea. El emir llama a sus hermanos, Canabeu, el rey de Betulia, que posee las tierras que llegan hasta Valsevré, y le muestra los cuerpos d ejército de Carlos:
-¡Mira la altivez de Francia, la afamada! El emperador galopa muy gallardo. Va detrás de esos viejos que dejaron flotar sobre sus lorigas las barbas tan blancas como la nieve sobre el hielo. Bien combatirán con sus espadas y sus lanzas; ruda y encarnizada vamos a tener la pelea; jamás vio nadie ninguna semejante.
Ante sus tropas, a más distancia que podría arrojarse una vara pelada, cabalga Baligán. Y grita:
-¿Adelante, paganos! ¡Yo os marcaré el camino!
Blande la lanza y enfila su punta contra Carlos
Carlos el Grande, cuando ve el emir y el dragón, el estandarte y la enseña, y calcula la gran multitud de los árabes que llena toda la comarca, menos el terreno que él pisa, exclama:
-¡Barones francos! ¡Sois buenos vasallos; muchas batallas habéis resistido! Mirad los infieles. Son felones y cobardes. Toda su religión no les vale un ochavo. Si son numerosas sus tropas, ¿qué puede importarnos? ¡Que venga conmigo el que quiera ya atacarlos!
Luego azuza a su corcel con las espuelas. Tencedor salta cuatro veces, y los francos dicen:
-¡Este rey es un valiente! ¡Cabalgad, hombres de pro! ¡Ninguno de nosotros ha de desfallecer!
Claro fue el día, esplendente la mañana. Bellos son los ejércitos, poderosos los escuadrones. Los de vanguardia chocan. El conde Rabel y el conde Guinemán sueltan las riendas y espolean vivamente a sus veloces caballos. Los francos se lanzan a la carrera y comienzan a herir con sus lanzas afiladas.
Este Cantar de gesta narra deformando legendariamente los hechos de la batalla de Roncesvalles, que históricamente no pasó de ser una escaramuza, y que pudo enfrentar a tribus de vascones contra la retaguardia de las fuerzas carolingias al mando del conde Roldán, prefecto de la Marca de Bretaña. No está claro que por la envergadura del encuentro llegara a ser considerada una batalla, en los llanos de Roncesvalles y Burguete. Lo más probable es que se tratara de una emboscada sufrida por la columna carolingia el 15 de agosto de 778 en el desfiladero de Valcarlos, en la vertiente norpirenaica, según datos extraídos de anales y crónicas del siglo IX. Por ejemplo, la Vita Caroli de Eginhard, una crónica en latín del reinado de Carlomagno, narra cómo el joven rey Carlos (aún no se ha convertido en el emperador Carlomagno), aliado a ciertos caudillos musulmanes en sus luchas contra otros, atraviesa los Pirineos en la primavera de 778, toma la ciudad de Pamplona y sitia Zaragoza. Reclamado en su propio reino debido a un ataque de los sajones y a un amotinamiento en la región de Aquitania, levanta el asedio, saquea Pamplona y emprende el regreso. Es entonces, en venganza por el saqueo de la ciudad de Pamplona, cuando su retaguardia es atacada por montañeses vasco-navarros.
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