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Doña Flor y sus dos maridos- Esquema de Bremond-

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by

María Belén Castelló

on 16 June 2014

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Transcript of Doña Flor y sus dos maridos- Esquema de Bremond-

Doña Flor y sus dos maridos
Situación inicial
ESQUEMA
DE BREMOND

PLANO DE CONJUNTO
POSICIÓN DE LA CÁMARA: NORMAL
Factor de crisis
PLANO DE CONJUNTO, PLANO AMERICANO O MEDIO
POSICIÓN DE LA CÁMARA: NORMAL Y CENITAL
Proceso de eliminación del obstáculo
PLANO DE MEDIA CINTURA, PLANO CORTO
POSICIÓN DE LA CÁMARA: NORMAL
Mejoramiento /Empeoramiento
PLANO CORTO Y PLANO MEDIO CORTO
POSICIÓN DE LA CÁMARA: NORMAL
Situación final
PRIMER PLANO, PLANO N Y PLANO MEDIO, PLANO DE CONJUNTO.
POSICIÓN DE LA CÁMARA: NORMAL
ÁNGULO: MEDIO NORMAL
ÁNGULO DE LA CÁMARA: DE ESPALDA, PICADO
ANGULO : DE ESPALDA Y NORMAL
ÁNGULO: OVER SHOULDER Y NORMAL
ÁNGULO: NORMAL Y DE ESPALDA
Un atorrante que no poseía nada;
ni para un remedio; una esponja, un jugador, no valía para nada... Y se metió en
mi familia, la mareó a mi hija, sacó a la infeliz de la casa para vivir a costa de
ella...
Jugador, borrachín, mal marido... Todo era verdad, reflexionó doña
Norma. Pero ¿cómo se puede odiar más allá de la muerte? ¿Acaso en las exequias de los difuntos no se deben barrer y enterrar resentimientos y
discordias? Mas no era ésa la opinión de doña Rozilda:
—Me llamaba vieja chismosa, nunca me respetó, se reía de mí en mis
narices... Me engañó cuando me conoció, me tomó por idiota, me hizo pasar las
de Caín... ¿Por qué voy a olvidarme? ¿Solamente porque está muerto, en el
cementerio? ¿Sólo por eso?

Otro disfrazado, vestido con una bolsa y cubierto con una cabezota de oso,
atravesó el compacto grupo, consiguiendo acercarse y ver al muerto. Entonces
se quitó la máscara, dejando a la vista una cara llena de aflicción, de bigotes
caídos y cabeza calva, y murmurando:
—Vadinho, hermanito, ¿qué te hicieron?
«¿Qué le pasó? ¿De qué murió?», se preguntaban unos a otros, y alguien
respondió: «Fue la cachaca.» Explicación demasiado fácil para muerte tan
inesperada.
Lo decían todos sin excepción — el mundo de invitados que llenaba la
iglesia—, incluido el banquero Celestino, que, siempre tan ocupado, llegó con
retraso, como ocurrió en el primer casamiento; lo decían todos al concluir la
ceremonia en la iglesia de Sao Bento. En el principio de aquella noche de luna,
cuando ya los novios iban a entrar al taxi que los conduciría fuera de la ciudad
para celebrar las nupcias en la quietud de Sao Tomé de Paripé, en el golfo verde
azul de la Bahía de todos los Santos, con innumerables estrellas, música de
grillos y coro de sapos..., todos lo decían, incluso doña Rozilda:
—Esta vez sí que acertó; va a ser feliz.
Esta vez sí: lo decían todos, sin excepción.

—¿Por qué viniste justamente hoy?
—Porque me llamaste..., y hoy me llamaste tanto y tanto que vine... —
como si dijera que sus llamadas habían sido tan insistentes e intensas que
llegaron a borrar los límites de lo posible y lo imposible—. Pues aquí estoy, mi
bien, llegué ahora mismito... — y, semiincorporándose, le tomó la mano.
Atrayéndola hacia sí, la besó. En la mejilla, porque ella apartó la boca:
—En la boca, no. No se puede, loquito.
—¿Y por qué no?
Sentóse doña Flor en el borde del lecho y Vadinho de nuevo se tendió con
libertad, entreabriendo las piernas y mostrándolo todo, todas aquellas
prohibidas (y hermosas) indecencias. Doña Flor se enternecía con cada detalle
de ese cuerpo: no lo había visto desde hacía tres años, pero estaba igual, como si
no hubiera pasado el tiempo.
—Estás igual, no cambiaste ni un poquito. Yo engordé.
—Tú estás bien..., ni te lo imaginas... Pareces una cebolla carnosa, jugosa,
de ésas que da gusto morder... El que tiene razón es el zafado Vivaldo... Le echa
cada mirada a tu pandero, ese crápula...
Del brazo del marido, sonreía mansamente doña Flor: ¡ah!, esa manía de
Vadinho, de ir por la calle tocándole los pechos y los cuadriles, revoloteando en
torno a ella como si fuese la brisa de la mañana. De esta limpia mañana de
domingo, en la que doña Flor va de paseo, feliz de la vida, satisfecha con sus dos
amores.
Y aquí se da por terminada la historia de doña Flor y sus dos maridos,
narrada en todos sus pormenores y con todos sus misterios, clara y oscura como
la vida. Todo esto sucedió realmente, créalo quien quisiere. Pasó en Bahía,
donde estas y otras cosas mágicas suceden sin que nadie se asombre. Si lo
dudan, pregúntenle a Cardoso y S.a y él les dirá si es o no verdad. Pueden
encontrarlo en el planeta Marte o en cualquier esquina pobre de la ciudad.
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