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LA IDONEIDAD DE LOS CANDIDATOS A LAS SAGRADAS ÓRDENES

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Fernanda Garza

on 19 August 2013

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Transcript of LA IDONEIDAD DE LOS CANDIDATOS A LAS SAGRADAS ÓRDENES

Introducción
Hoy día es necesario hacer de nuevo todos los esfuerzos posibles para suscitar vocaciones, para formar nuevas generaciones de candidatos al sacerdocio, de futuros sacerdotes. Hay que hacerlo con auténtico espíritu evangélico y, al mismo tiempo, “leyendo” justamente los signos de los tiempos, a los que el Concilio Vaticano II ha prestado tan grande atención. La plena revitalización de la vida de los Seminarios en toda la Iglesia será la mejor prueba de la efectiva renovación hacia la cual el Concilio ha orientado a la Iglesia .
Importancia de constatar la idoneidad de los candidatos a las órdenes sagradas
El constante cuidado de la Iglesia en la selección y admisión de candidatos idóneos para el orden sacerdotal ha sido siempre una tarea delicada. Hoy más que nunca, hace falta constatar la idoneidad de los futuros pastores del Pueblo de Dios, pues, hace algunos años el contexto social favorecía la vocación sacerdotal, había un clima positivo para la promoción de los futuros sacerdotes; sin embargo, hoy la atmósfera social está viciada, es hostil con quien decide dedicar su vida a la vocación sacerdotal, lo señala y con relativa frecuencia lo ataca.
CUALIDADES DEL CANDIDATO IDÓNEO PARA LAS ÓRDENES (C. 1029)
La llamada de Dios (elemento divino), se corrobora en el candidato a las órdenes sagradas (elemento humano), por unas cualidades naturales como sobrenaturales, a las cuales se refiere el derecho canónico (elemento jurídico). El can. 1029 condensa los signos de idoneidad que la Tradición de la Iglesia ha exigido siempre para corroborar la presunta llamada divina.
Otras cualidades físicas y psíquicas
congruentes al orden a recibir

«Con vigilante atención investíguese -dice OT 6- según la edad y aprovechamiento de cada candidato, acerca de… su adecuada salud corporal y psíquica, teniendo en cuenta también las disposiciones trasmitidas tal vez por la herencia familiar». Se indica en el can. 1029 como signo de idoneidad el desarrollo de cualidades físicas y psíquicas, tales como, la posesión de un equilibrio emocional, conocimiento de sí mismo, carácter estable y madurez afectiva, etc.
Constancia de idoneidad
En OT 6 preexiste la disciplina acerca del cuidado que se ha de tener en la formación y la verificación de las dotes necesarias de un candidato al orden presbiteral:

Hay que examinar con cuidado atento, según la edad y la evolución de cada cual, la rectitud de intención de los candidatos y la libertad de su voluntad, su idoneidad espiritual, moral e intelectual, su adecuada salud física y psíquica, teniendo en cuenta también las disposiciones trasmitidas por su familia. Hay que sopesar también la capacidad de los candidatos para sobrellevar las cargas del sacerdocio y para realizar los deberes pastorales.

Conclusión
No será difícil a la mirada vigilante y experimentada del que gobierna el Seminario, de quien observa y estudia con amor, uno por uno, a los jóvenes que le están confiados y sus inclinaciones, no será difícil, repetimos, asegurarse de si uno tiene o no verdadera vocación sacerdotal

LA IDONEIDAD DE LOS CANDIDATOS
A LAS SAGRADAS ÓRDENES
(can. 1029)

La renovación de la Iglesia depende en gran parte del ministerio de los sacerdotes.
De ahí la grandísima importancia de la formación sacerdotal y sus principios fundamentales (Cf. Optatam Totius Proemio).
El Concilio Vaticano II señaló la importancia de atender con seriedad la formación impartida en el Seminario, lugar imprescindible para la formación de quien es elegido por Dios para el sacerdocio ministerial.
Es más, a lo largo de su historia, la Iglesia ha sancionado la vocación divina a través de algunos signos de idoneidad. También ahora, la vocación divina ha de ser constatada de acuerdo a las normas de la Iglesia.
La idoneidad, entendida como el desarrollo de las cualidades congruentes con el orden que se va a recibir, se refiere a las cualidades y habilidades necesarias para realizar con alta responsabilidad un servicio específico a la Iglesia.
Se trata más de la aptitud del candidato que de su buena intención para colaborar en el proyecto divino a través del orden sagrado.
El sacerdocio ministerial implica una tarea asignada por Dios, quien otorga al candidato las cualidades y habilidades necesarias para su buen desempeño, en favor del pueblo de Dios.
Una vez comprobada la idoneidad de los candidatos, el Obispo podrá llevar a cabo el rito de la ordenación sacerdotal a quienes con plena libertad y recta intención deseen abrazar el sacerdocio para responder al llamado de Dios.
1. JESUCRISTO BUEN PASTOR ES EL MODELO SACERDOTAL
El ser y la misión del ministerio sacerdotal tienen su origen en el ministerio de Jesucristo Buen Pastor, por ello es necesario e inexcusable, que quienes son llamados a esta divina vocación, ya desde la etapa del Seminario vuelvan la vista hacia Él, para conocer, valorar y adquirir los rasgos del ministerio sacerdotal del Buen Pastor . «Él, “el gran Pastor de las ovejas” (Heb 13,20), encomienda a los Apóstoles y a sus sucesores el ministerio de apacentar la grey de Dios (cf. Jn 21, 15ss.; 1 Pe 5,2)» (PDV 1).
En esto consiste el ministerio sacerdotal: en que la Iglesia, Cuerpo de Cristo y continuadora de su obra salvífica siga haciendo presente al Buen Pastor a través de la misión de sus ministros, pues ellos deben transparentar vivamente a Jesucristo el Buen Pastor».
Pero, qué signifique ser el Buen Pastor, Jesús mismo nos lo explica: el Buen Pastor conoce a sus ovejas y las ovejas lo conocen a él, apacienta a sus ovejas y las conduce a pastos frescos y abundantes, defiende a sus ovejas y siente el deseo de ampliar su grey queriendo formar con ellas un solo rebaño y un solo pastor (Cf. Jn 10).
Por tanto, quien aspira al cargo de pastor ha de ver la ineludible referencia de su ser y de su misión al ministerio sacerdotal de Jesucristo porque “los presbíteros son, en la Iglesia y para la Iglesia, una representación sacramental de Jesucristo Cabeza y Pastor” (PDV 15) .
De suyo el ministerio jerárquico tiene como función específica hacer las veces de Cristo, Maestro, Pastor y Sacerdote, y actuar en su persona (Cf. LG 21); esto significa que los ministros actúan con el poder de Cristo a quien hacen presente en el ejercicio de su ministerio (Cf. LG 28).
A este respecto el Papa Juan Pablo II afirmó:

"El Concilio Vaticano II, en la constitución dogmática, Lumen gentium, enseña que el sacerdote in persona Christi celebra el sacrificio de la misa y administra los sacramentos (Cf. n. 10). Además, como observaba oportunamente mi venerado predecesor Pablo VI en la carta encíclica Mysterium fidei, inspirándose en el número 7 de la constitución Sacrosanctum Concilium, Cristo está presente a través de la predicación y la guía de los fieles, tareas a las que el presbítero está llamado personalmente"

El mensaje del Papa, además de enfatizar la presencia de Cristo en el ejercicio ministerial de los presbíteros recuerda la conocida manifestación de este ejercicio ministerial en los tria munera: santificar, enseñar y regir (PO 4-6)
Y, como se trata de funciones inherentes a quien tiene el poder para realizarlas, es necesario ir formando en los candidatos al sacerdocio una concepción firme del ser y el ministerio del sacerdote como maestro de la palabra, ministro de los sacramentos y guía de la comunidad, es decir, una “representación sacramental” del Buen Pastor, para que orienten, desde la etapa del Seminario, todo su potencial hacia este sublime ideal.
El can. 255, inspirado en OT 8 que enfatiza que la educación de los alumnos debe tender a formar verdaderos pastores de almas a ejemplo de Jesucristo maestro, sacerdote y pastor, habla de la necesidad de una formación específicamente pastoral:
"Aunque toda la formación de los alumnos en el Seminario tenga una finalidad pastoral, debe darse en el mismo una instrucción específicamente pastoral, con la que, atendiendo también a las necesidades del lugar y del tiempo, aprendan los alumnos los principios y métodos propios del ministerio de enseñar, santificar y gobernar al pueblo de Dios."
El CIC dedica otros tres cánones a la formación pastoral de los alumnos dirigida al ejercicio del ministerio: se trata del can. 256 que habla de «aquello que de manera peculiar se refiere al ministerio sagrado», como la práctica del método catequético y homilético que se orienta al ministerio de la palabra; la vivencia sacramental que mira al ministerio de los sacramentos; y la formación en el trato con los hombres aún con los no católicos y los no creyentes, la administración de la parroquia y el cumplimiento de las demás tareas pastorales, campos de la formación que apuntan a la guía pastoral (OT 19).
El can. 257 señala la conciencia de la dimensión universal del sacerdocio que deben adquirir los alumnos a través de una adecuada formación pastoral en el Seminario. Se trata de una apertura y disposición no sólo a la problemática de la Iglesia particular, a cuyo servicio se incardinaran, sino también ante las necesidades de otras Iglesias particulares donde podría ser solicitado su ministerio (Cf. PO 10).
Finalmente el can. 258 establece que el ordinario provea a los alumnos con experiencias pastorales prácticas que complementen la formación pastoral , mismas que deben estar programadas de acuerdo a la situación concreta de los alumnos y teniendo en cuenta las circunstancias de lugar . «Además, -dice David Cito- para que esta incipiente y gradual aproximación al ejercicio del ministerio pueda integrarse de modo conveniente con la formación espiritual e intelectual del alumno, debe llevarse a cabo bajo la guía de un sacerdote experto» (OT 21) .
Por ello, la normativa canónica prevista para la formación de los candidatos a las órdenes pretende dar respuesta a la deseada renovación de toda la Iglesia favoreciendo una nueva generación de sacerdotes idóneos (OT Proemio).
En efecto, los cánones referidos expresan jurídicamente la justificación de la existencia de los Seminarios y el fin de la educación en ellos impartida: «formar verdaderos pastores de almas a ejemplo de Nuestro Señor Jesucristo, Maestro, Sacerdote y Pastor» (OT 4).
Por lo tanto, el candidato a las órdenes sagradas ha de configurarse con Cristo buen Pastor para pode realizar su ministerio sacerdotal en la Iglesia y en el mundo (Cf. PDV 42).
La formación del Seminario debe estar orientada hacia este fin pastoral (c. 255), al respecto afirma D. Cito:
Esto adquiere un gran relieve también desde el punto de vista jurídico no sólo porque establece la orientación que debe guiar las diversas dimensiones de la formación del Seminario, sino sobre todo porque expresa de modo sintético el criterio de fondo que sirve para valorar la idoneidad del candidato para recibir las órdenes (can. 1029)

Por su parte, la exhortación apostólica PDV recoge la experiencia de procesos formativos experimentados en modo positivo para tratar sobre las diversas dimensiones de la formación sacerdotal: humana, espiritual, intelectual y pastoral. También trata sobre los ambientes y los responsables de la formación de los candidatos al sacerdocio (Cf. PDV 42).
Signos de idoneidad
La vocación divina es un acto de la gratuidad de Dios, colocado en el fuero interno de la persona llamada, pero verificable a través de los «signos de idoneidad».
El can. 1029 señala un elenco de cualidades que pueden comprobarse objetivamente en el fuero externo y que la Iglesia verifica a través del juicio prudente del obispo propio o del superior mayor competente , se trata de los signos de esta vocación divina, llamados también signos de idoneidad, con los que la Iglesia prueba sus futuros ministros antes de ser llamados a las órdenes sagradas.
Los requisitos señalados por el c. 1029, llamados también signos de vocación divina, pueden y deben probarse en el fuero externo, constituyendo así los criterios elementales para un correcto discernimiento vocacional de la autoridad competente.
«Dichos criterios deben ser apreciados (omnibus perpensis) en relación al lugar, a la cultura y a la educación familiar en que ha crecido el candidato».
Tales criterios son:
FE ÍNTEGRA
La fe íntegra se refiere a la aceptación de la fe como la enseña la Iglesia, implica creer lo que es de fe divina y católica (Cf. can. 750 § 1), asimismo aceptar y retener firmemente todas y cada una de las cosas sobre la doctrina de la fe y las costumbres propuestas de modo definitivo por el magisterio de la Iglesia (Cf. can. 750 § 2), y prestar asentimiento religioso del entendimiento como de la voluntad a la doctrina que enseña el Romano Pontífice o el Colegio de los Obispos, en el ejercicio de su magisterio auténtico, acerca de fe y costumbres (Cf. can. 752).
Pero además la integridad de la fe requerida por el can. 1029, como signo de idoneidad, consiste en confirmar que «el candidato… es un creyente que vive la fe y, obediente al Espíritu, se compromete a un interminable proceso de conversión».
Según M. Pérez Gil, la noción «fe», al estar acompañada por el adjetivo «íntegra», hace referencia al conocimiento y al amor del candidato a la doctrina católica que lo llevan a «nutrir su fe con una visión integral de la Palabra revelada, bajo la autoridad y el acompañamiento del Magisterio de la Iglesia» , «vivir su fe, con el estudio sistemático y progresivo de Dios que se comunica con el hombre para salvarlo» y «proyectar su fe, haciéndola creíble y alimentando con ella al Pueblo de Dios, destinatario de esa Palabra» .
Al respecto, la RFS, en base al c. 248 y a OT 13-17, formula la finalidad de la formación doctrinal en el Seminario:
El fin de la formación doctrinal es que los alumnos, juntamente con una cultura general acomodada a las exigencias de nuestro tiempo, adquieran una amplia y sólida doctrina en las ciencias sagradas, de forma que, radicada y nutrida en ellas su fe, puedan anunciar competentemente a los hombres las enseñanzas del Evangelio e insertarlas en su cultura (n. 59).

Al respecto señala A. D. Busso, basándose en los cann. 757 y 836: «La fidelidad al Magisterio y la coherencia con esa enseñanza lo exige su misma obligación de predicar el Evangelio y a suscitar e ilustrar la fe a los fieles» .
El ministerio sagrado precisa de un hombre en plena comunión de fe, de sacramentos y de gobierno eclesiástico (Cf. LG 14), puesto que «Dios no puede llamar a un ministerio en la Iglesia católica al que no profesa la fe católica íntegra y no está, por tanto, en plena comunión con ella» .
Así, la herejía, la apostasía y el cisma se oponen totalmente a la fe íntegra demandada a los candidatos; incluso el can. 1041, 2º establece que quien haya cometido estos delitos queda irregular para recibir las órdenes sagradas. Por ello, a tenor del can. 833, 6º, el candidato al diaconado ha de emitir antes de la ordenación la profesión de fe, en la que expresará su asentimiento a la doctrina de la Iglesia de acuerdo con los grados diversos con que el Magisterio se pronuncia
B. RECTA INTENCIÓN
«La recta intención hace referencia a la voluntad y a la capacidad de auto-determinación personal de cara a la opción donde el sujeto expresa con autenticidad los motivos que le impulsan a elegir el camino del sacerdocio» , supone que las motivaciones del candidato a las órdenes sagradas para ejercer el ministerio sacerdotal estén sustentadas en la finalidad esencial del sacramento del orden, a saber, «apacentar el pueblo de Dios según el grado de cada uno, desempeñando en la persona de Cristo Cabeza las funciones de enseñar, santificar y regir» (can. 1008)
Esta elección ha de estar enmarcada en la virtud de la sinceridad evitando así una intencionalidad diversa al servicio de Dios y la salvación de las almas a través de la entrega personal, en la Iglesia y en colaboración con el Obispo
Por tanto, la recta intención, entendida como la “manifiesta y firme voluntad, con que alguien desee entregarse totalmente al divino servicio” ha de apuntar a la imitación de Cristo maestro, sacerdote y pastor, y oponerse al deseo de recibir las órdenes sagradas por otros intereses, como: aprovechar el ministerio para acrecentar la propia economía; hacer carrera a fin de obtener poder, mayor status social, prestigio y privilegios; satisfacer planes meramente personales al margen del ministerio, como llevar una relación de “pareja” con otra persona; el deseo de recibir las órdenes a fin de huir de algún fracaso no superado; o también el estar movido por ilusiones pasajeras o un sentimentalismo transitorio.
Al respecto el Papa Pío XI comenta:
La verdadera vocación sacerdotal… más que un sentimiento del corazón o atractivo sensible, que a veces puede faltar o dejar de sentirse, se revela en la rectitud de intención del aspirante al sacerdocio, unida a aquel conjunto de dotes físicas, intelectuales y morales que le hacen idóneo para tal servicio .

Acerca de las personas que practican la homosexualidad, los que presentan tendencias homosexuales profundamente arraigadas o sostienen la considerada Cultura gay, la Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos afirma que no pueden ser admitidos al Seminario y a las Órdenes sagradas
La Congregación considera que falta rectitud de intención en quien oculta la propia homosexualidad para poder ser ordenado sacerdote:

Sería gravemente deshonesto que el candidato ocultara la propia homosexualidad para acceder, a pesar de todo, a la ordenación. Disposición tan falta de rectitud no corresponde al espíritu de verdad, de lealtad y de disponibilidad que debe caracterizar la personalidad de quien cree que ha sido llamado a servir a Cristo y a su Iglesia en el ministerio sacerdotal


Para que se dé la recta intención en el candidato a las órdenes se suponen al menos los siguientes elementos:
a) Conciencia del llamado de Dios.
b) Conocimiento suficiente de las obligaciones del ministerio, porque no se puede querer lo que no se conoce.
c) La voluntad libre y firme de abrazar el sacerdocio sin ninguna coacción externa ni interna.
d) Una vida que demuestre prácticamente la actuación de tal intención

El candidato con sinceridad deberá purificar su intención durante los primeros años de la formación con la sabia y prudente ayuda de sus formadores y continuar en el Seminario únicamente si considera con sinceridad que ha sido llamado al sacerdocio y tiene las aptitudes requeridas, aunque a veces será necesario escrutar, con la ayuda de peritos, si es necesario, los factores inconscientes que a veces no sólo condicionan, sino que determinan una elección.
Los responsables de la formación causarían un grave daño al permitir que un individuo sin recta intención continúe viviendo en el Seminario, en primer lugar, porque éste se vería forzado a vivir en una situación de mentira y en un ambiente para el que no habría sido llamado y con el que nunca se sentiría ni identificado, ni realizado; además porque permitirlo desvirtuaría la razón de ser y la finalidad por la que fueron creados los Seminarios , disminuyendo su eficacia formativa de cara al resto de los seminaristas; finalmente porque «la experiencia ha mostrado que un error en esta área puede llevar a resultados desafortunados para la vida del individuo y muy frecuentemente también para el ministerio de la Iglesia»
Por ello, el Decreto sobre la formación sacerdotal encomienda una delicada tarea a los responsables de la formación:
Hay que examinar con cuidado atento, según la edad y la evolución de cada cual, la rectitud de intención de los candidatos y la libertad de su voluntad, su idoneidad espiritual, moral e intelectual, su adecuada salud física y psíquica, teniendo en cuenta también las disposiciones transmitidas por su familia (OT 6).

Hay que constatar, por tanto, que la motivación que induce al joven a entrar al Seminario o al candidato a solicitar las órdenes sagradas tiene su origen en el llamado del Señor al sacerdocio y no en otra razón .
C. CIENCIA DEBIDA
La ciencia debida se refiere tanto al conocimiento integral de la naturaleza del sacerdocio y sus exigencias, como a una preparación doctrinal sólida y exigente que pueda dar respuesta a los retos que se presentan constantemente a la tarea evangelizadora
La situación del mundo actual urge considerar la madurez intelectual como un elemento necesario para el desempeño eficaz del ministerio sacerdotal, por ello se precisan, la adquisición de criterios sólidos, la necesidad de contar con ideas claras, el tan necesario sentido común; además de conocimientos culturales básicos, la capacitación en las ciencias humanas y sobre todo, la adquisición de profundas convicciones filosóficas y teológicas, que cercioren que el candidato puede dar razón de su fe en la tarea evangelizadora.
En este sentido, a J. S. J. Prisco le parece urgente la necesidad de exigir una excelente preparación a los candidatos al sacerdocio:

Para asegurar una adecuada formación intelectual en los ordenandos el Código establece que los aspirantes al presbiterado sólo puedan recibir el orden sacerdotal al concluir los estudios filosóficos y teológicos en el lapso de seis años (cfr. can. 250, RFS, 61), ya sea en el Seminario (can. 250), o en una Universidad o facultad eclesiástica (can. 819).
«Como el primer ciclo institucional de una facultad teológica se extiende a la largo de un quinquenio (cfr. SCh, 72), será preciso añadir el llamado año pastoral (cfr. OT 12), que debe preceder a la ordenación sacerdotal (can. 1032 § 2)» , cuya organización no corresponde a la propia facultad (Cfr. SCh, art. 74; SCIC, Normas, 29 de abril de 1979, aa. 51,52 y 54).
Para esto, la recepción del diaconado se llevará acabo «una vez terminado el quinto año del ciclo de estudios filosófico-teológicos», es decir, cuando el candidato haya completado el tercer año de teología en el Seminario o el quinquenio en una facultad eclesiástica (can.1032 § 1) .
¿Qué implica esta ciencia debida?
Indudablemente que este signo de idoneidad se refiere a que el candidato haya aprobado las materias de los cursos filosófico-teológicos requeridos por el derecho universal y particular en la formación de los futuros sacerdotes y los resultados académicos (cann. 1032, 1050, 1º) , así como al juicio maduro del candidato expresado en la adquisición de criterios acordes al evangelio y a la vocación sacerdotal (Cf. OT 11); también se refiere al conocimiento del orden que va a recibir y las obligaciones que éste implica (can.1028).
“Cuando se habla de dotes intelectuales suficientes se entiende proporcionadas al ministerio que va a desarrollar” .
El sacerdote al participar del sacerdocio de Cristo está llamado a ser maestro de la palabra, ministro de los sacramentos y guía de la comunidad, por ello es necesario que cuente con aptitud elemental, sólida doctrina y sentido común para desempeñar el ministerio evangelizador en el contexto actual
El decreto sobre la formación sacerdotal une formidablemente, en la proyección que hace de los futuros sacerdotes, el compromiso con Cristo en el ministerio de la Iglesia y la adquisición de la ciencia.
Estos son elementos clave con los que se puede comprender la ciencia debida exigida por el canon 1029 y no sólo la finalización de los estudios determinados :
En la revisión de los estudios eclesiásticos debe buscarse, en primer lugar, una mejor articulación entre las materias filosóficas y teológicas, de manera que contribuya en perfecta armonía a descubrir cada vez más a las inteligencias de los alumnos el misterio de Cristo, que afecta a toda la historia de la humanidad, influye constantemente en la Iglesia y se actúa principalmente por el ministerio sacerdotal (OT 14).
D. GOZAR DE BUENA FAMA Y COSTUMBRES INTACHABLES
Este signo de idoneidad trata acerca de tener “buena reputación” y no únicamente carecer de “mala reputación”.
La buena estima que el candidato pueda adquirir ante los demás con su respuesta vocacional está lejos de poder ser evaluada únicamente en razón de su buena capacidad para relacionarse, o por la ausencia de problemas con las demás personas, incluso por la simpatía ganada ante los formadores; más bien el canon apunta a gozar de tal fama, que garantice de alguna manera su buen comportamiento en el futuro ministerio como persona pública en la Iglesia.
Las costumbres intachables a las que se refiere el canon son aquellas que en el ministerio expresan que la vocación sacerdotal es un llamado a la santidad, de ahí que la vida del candidato al sacerdocio deba estar orientada a la santidad a través de medios de santificación como la piedad sincera, la oración mental, la austeridad en el uso de los bienes materiales, una sana relación con las mujeres, espíritu de docilidad ante los superiores, entre otras buenas costumbres.
Desdicen su buena fama y sus costumbres intachables quienes cometen delitos graves contra la fe (cann. 751,1330), la castidad (can. 1394, Cf. can. 277) y la vida (can. 1397, Cf. can. 1041, 4º y 5º).
Quienes se obstinan en estos delitos o en prácticas contrarias al espíritu evangélico, se hacen personas indignas o incapaces de recibir el orden sagrado. Por esto, el Concilio valora la vocación sacerdotal como un llamado a la santidad, ya que, el sacerdote representa a la persona del mismo Cristo, de ahí la necesidad del testimonio de una vida virtuosa mediante costumbres intachables.
El decreto PO enseña la importancia de la santidad sacerdotal para colaborar de modo más eficaz en la obra salvífica de Cristo:

El Código fiel a la enseñanza conciliar reproduce de modo imperante la importancia de la santidad sacerdotal en razón de la especial consagración hecha a Dios en el sacramento del Orden (c.276, Cf. PO 12).
Por esto la investigación de los candidatos a las órdenes sagradas debe constatar que el candidato se esté esmerando seriamente en esta exigencia de la vida sacerdotal y de toda vida cristiana, a través de la presencia de las cualidades requeridas para el ejercicio del orden y no sólo en la ausencia de rumores o escándalos que impidan la recepción de este.
E. VIRTUDES PROBADAS:
Las virtudes a las que alude el c.1029 tienen su fuente más inmediata en el decreto Optatam Totius, allí los padres sinodales destacaron ampliamente en qué consiste una vida virtuosa propia de un candidato a las órdenes y el fin de esta formación:
La formación sabiamente ordenada ha de cultivar también en los alumnos la debida madurez humana, demostrada principalmente en la estabilidad psicológica, en la capacidad de tomar decisiones ponderadas y en el modo recto de enjuiciar los acontecimientos y a las personas.
El decreto Optatam Totius trata de las virtudes, tanto naturales como sobrenaturales, a las que se referirá el can. 1029, las cuales deberán estar ordenadas a la fecundidad ministerial.
Al respecto subraya Ghirlanda:
Por el hecho mismo de que el ordenado, como dispensador de los misterios de Dios, debe instruir a sus fieles en las costumbres que están conformes con la vocación cristiana y debe suscitar en ellos las virtudes cristianas, es necesario que viva lo que administra y enseña

Las virtudes antes mencionadas pueden clasificarse, según la Carta Circular, en dos grandes grupos: las virtudes naturales y las virtudes sobrenaturales.
Virtudes naturales: sinceridad, laboriosidad, prudencia, honradez, constancia, firmeza de convicciones, espíritu de sacrificio, servicialidad, capacidad de convivencia y de trabajo en común (Cf. cann. 245 § 2; 275 § 1).
Virtudes sobrenaturales: espíritu de fe, amor a Jesucristo y a la Iglesia, espíritu de oración y fidelidad a ella; celebración de la Liturgia de las Horas, rezo del Santo Rosario, recepción regular del sacramento de la Penitencia, celo apostólico, amor a la Liturgia, espíritu de abnegación y de mortificación (cann. 245 § 1, 246) .
Las virtudes en las que se ejercitará el candidato apuntan siempre al cultivo de valores humanos, al buen desempeño pastoral en las funciones de enseñar, santificar y regir, y también favorecen los lazos de comunión eclesial a través del diálogo y la obediencia del sacerdote idóneo (Cf. PO 17).
Estos signos de vocación deben ser probados una vez que el joven se haya esforzado durante el período formativo del Seminario con el consejo sabio y prudente de sus formadores en el ejercicio de las virtudes naturales y sobrenaturales necesarias para el ministerio sacerdotal porque es en el Seminario donde se debe recibir una conveniente formación sacerdotal (cann. 232-235), por tanto, sería injusto exigir al recién ingresado al Seminario las virtudes y cualidades del sacerdote ideal.
Sin embargo, se supone en el joven que entra al Seminario una base humana y cristiana dispuesta a recibir la formación sacerdotal. Esta debe ser orientada por el promotor vocacional y verificada por el Obispo antes de aceptar un joven al Seminario (Cf. can. 241 § 1).
Ahora bien, si un candidato después de un prudente periodo formativo presenta hábitos arraigados e incongruentes con el orden que pretende recibir, al grado que parece infructuoso su esfuerzo por superar algunos defectos, a pesar de la ayuda de sus formadores, habría que invitarle a desistir de su empeño a ser sacerdote, pues si es cierto que la potencia divina puede actuar, también es verdad que «la gracia supone la naturaleza».
Las cualidades exigidas en el canon suponen la ausencia de ciertas incapacidades físicas y de irregularidades de naturaleza psíquica (Cf. c. 984, 2º CIC 17, can. 1041,1º del CIC 83).
El c. 984, 2º del CIC 17 señalaba como irregulares por defecto a «los defectuosos de cuerpo, si no pueden ejercer con dignidad los ministerios del altar a causa de su debilidad, o con decencia a causa de su deformidad».
En el CIC 83 no aparecen ya las irregularidades de orden físico, sin embargo las cualidades físicas como requisito y como signos de idoneidad se incluyen de modo genérico en los cann. 1029 y 1051,1º, dejando así amplia discrecionalidad al obispo para valorar las cualidades físicas o los posibles defectos del ordenando .
Por su parte el can. 1041, 1º indica que es irregular «quien padece alguna forma de amencia u otra enfermedad psíquica por la cual, según el parecer de los peritos, queda incapacitado para desempeñar rectamente el ministerio» .
Por tanto, quien padece de amencia, es decir, de carencia habitual del uso de razón o de una enfermedad psíquica que abarca todo trastorno de la personalidad, no posee las cualidades psíquicas requeridas para ser ordenado y ejercer el ministerio sacerdotal
En lo que se refiere a la amencia, habrá que verificar que se trate de la carencia habitual del uso de razón y no sólo de una carencia temporal:

En este sentido, la carencia temporal del uso de razón, como es el estado de inconsciencia por la embriaguez u otra adicción, o el estar dormido o hipnotizado, no constituyen irregularidad alguna. La irregularidad contemplada en el derecho es la proveniente de la permanente carencia del uso de razón, como pueden ser los estados de locura, los trastornos mentales o los estados de quienes se equiparan a los infantes por la falta de desarrollo del coeficiente intelectual
Las enfermedades psíquicas a las que alude la irregularidad en el derecho se refieren a trastornos de la personalidad puesto que si se tratara de un estado superable, a tal grado de lograr la aptitud requerida para el ejercicio del ministerio, no habría inconveniente, porque una vez que el candidato demostrara el deseado equilibrio psicológico, podría ser promovido a las órdenes sagradas.
Cabe presentar aquí la definición de Trastorno de la personalidad y sus variadas manifestaciones:


Un trastorno de la personalidad es un patrón permanente e inflexible de expectativas de la cultura del sujeto, tiene su inicio en la adolescencia o principio de la edad adulta, es estable a lo largo del tiempo y comporta malestar o perjuicios para el sujeto .

Los trastornos de la personalidad se pueden clasificar en tres grupos de acuerdo a la similitud de sus características.

El primer grupo está conformado
por sujetos que suelen parecer raros
o excéntricos:
El trastorno paranoide de la personalidad es un patrón de desconfianza y suspicacia que hace que se interpreten maliciosamente las intenciones de los demás.
El trastorno esquizoide de la personalidad es un patrón de desconexión de las relaciones personales, distorsiones cognoscitivas o perceptivas y excentricidades de comportamiento .
En el segundo grupo
presenta a sujetos que
suelen parecer dramáticos,
emotivos o inestables:
El trastorno antisocial de la personalidad es un patrón de desprecio y violación de los derechos de los demás.
El trastorno límite de la personalidad es un patrón de inestabilidad en las relaciones interpersonales, la autoimagen y los afectos, y de una notable impulsividad.
El trastorno histriónico de la personalidad es un patrón de emotividad excesiva y demanda de atención.
El trastorno narcisista de la personalidad por evitación es un patrón de inhibición social, sentimientos de incompetencia e hipersensibilidad a la evaluación negativa .
En el último grupo encontramos sujetos que suelen parecer ansiosos o temerosos.
El trastorno obsesivo-compulsivo de la personalidad es un patrón de preocupación por el orden, el perfeccionismo y el control.
El trastorno de la personalidad no especificado es una categoría disponible para dos casos:
1) el patrón de la personalidad del sujeto cumple el criterio general para un trastorno de la personalidad y hay características de varios trastornos de la personalidad diferentes, pero no se cumplen los criterios para ningún trastorno específico de la personalidad, o 2) el patrón de personalidad del sujeto cumple el criterio general para un trastorno de la personalidad, pero se considera que el individuo tiene un trastorno de la personalidad que no está incluido en la clasificación (p. ej., el trastorno pasivo-agresivo de la personalidad) .
Es preciso destacar que los individuos pueden presentar al mismo tiempo varios trastornos de la personalidad pertenecientes a grupos distintos
Un tema, que concerniente
a las cualidades físicas y psíquicas
es el del celibato sacerdotal.
En este contexto, Mariezcurrena opina que el candidato a las órdenes sagradas deberá considerar que «la situación concreta del sacerdote católico urge la posesión de un equilibrio humano, difícilmente comprensible muchas veces fuera del ámbito de la gracia de Dios» .
El contar con cualidades físicas y psíquicas para vivir el celibato sacerdotal es estimado en la Iglesia latina como un signo de idoneidad puesto que en el candidato convergen el plano de la naturaleza y el plano de la gracia, de ahí la necesidad de tener en cuenta, el estado biológico y psicológico del candidato para orientarlo al ideal del sacerdocio.
Por su parte, «los sujetos que se descubran física y psíquica o moralmente ineptos, deben ser inmediatamente apartados del camino del sacerdocio… y no se debe pretender que la gracia supla en esto la naturaleza»
Ya desde la solicitud de ingreso al Seminario, el obispo diocesano ha de poner especial cuidado en «la salud física» y el «equilibrio psíquico» de aquellos que va a admitir al Seminario (can. 241), esta responsabilidad la podrá realizar con la ayuda del promotor vocacional y la aplicación de pruebas psicológicas y certificaciones médicas a los jóvenes que desean ingresar al Seminario .
Sin embargo, el obispo deberá servirse periódicamente del juicio del rector del Seminario y de los demás formadores para cerciorarse de la presunción inicial que motivó la aceptación al Seminario, ya que ésta no significó un juicio definitivo sobre la vocación del candidato.
Así, el obispo teniendo como base el informe del rector o de la casa de formación, y, si fuera necesario, certificaciones periciales, podrá constatar la salud física y psíquica como signo de vocación divina en el candidato , formular un juicio más prudente y objetivo ante la solicitud del candidatos y decidir admitirlo o no a las órdenes sagradas (Cf. can. 1051, 1º).
Los signos de idoneidad expuestos en OT para la formación sacerdotal y refrendados en el c. 1029 son criterios elementales para juzgar la aptitud de un fiel que se acerca a recibir el sacramento del orden y para constatar la veracidad de la llamada divina en orden al ministerio sacerdotal
En cuanto al escrutinio sobre las cualidades requeridas en el ordenando, han de observarse las siguientes normas a tenor del can. 1051:
1) La elaboración de un certificado por parte del rector del seminario o de la casa de formación en donde conste que el candidato posee las cualidades exigidas para el orden que va a recibir y la investigación necesaria, sobre el estado de su salud física y psíquica.
2) El uso de otros medios como son las letras testimoniales, las proclamas u otras informaciones si el obispo diocesano o el superior mayor consideraran necesario para completar el escrutinio.
El can. 1051 centra su atención en la responsabilidad propia del obispo acerca de comprobar la idoneidad de los candidatos. Usualmente, el obispo delega esta responsabilidad al Rector del Seminario quien, mediante «informes», da a conocer al obispo el proceso vocacional del candidato.
Sin embargo, hay que subrayar que, para hacer un mejor discernimiento, es necesario el contacto personal y frecuente del obispo con quienes van a ser promovidos a las sagradas órdenes, adquiriendo así un mejor «conocimiento de la vocación, carácter, piedad y aprovechamiento de los alumnos» (can. 259 § 2).
Esta norma no se cumple en su plenitud
cuando el contacto del obispo
con los candidatos es únicamente
a través del rector.
El código insta a recabar informes necesarios de acuerdo a la apreciación de quienes conocen y tratan al candidato a fin de poder vislumbrar su capacidad para el ejercicio del ministerio: en primer lugar, se refiere al rector del Seminario o de la casa de formación como responsable de certificar que el candidato posee las cualidades necesarias para recibir el orden; y en segundo lugar, se refiere a otros medios que parezcan útiles al obispo diocesano o al Superior mayor como son las cartas testimoniales, las proclamas u otras informaciones (can. 1051).
Estos documentos han de testimoniar que la buena fama que se presume en el candidato está fundada en el ejercicio de costumbres intachables, como la doctrina recta, piedad sincera y aptitud para ejercer el ministerio, además de buen estado de salud física y psíquica, es decir, que habiendo sido escrutado en estas cualidades, ha sido considerado idóneo para asumir las cualidades y habilidades que se le exigirán en el sacerdocio ministerial.
Los resultados de la investigación hecha por el rector del Seminario o el superior de la casa de formación han de ser enviados al ordinario propio como indica la Carta circular sobre Los escrutinios acerca de la idoneidad de los candidatos.
Estos escrutinios de idoneidad se harán en cuatro momentos: Admisión a las órdenes, Ministerios, Diaconado y Presbiterado.
La documentación para el escrutinio en cada uno de estos momentos, según el anexo II de la Carta Circular, ha de incluir:
a) La solicitud escrita del candidato a ser admitido al respectivo rito.
b) El informe personal del rector del Seminario o la Casa de formación.
c) El informe colegial de los sacerdotes formadores del Seminario o Casa de Formación.
d) Un informe del párroco donde tiene su domicilio la familia del candidato, o el propio candidato si no vive con su familia.

e) Un informe del sacerdote responsable del lugar o institución en que el candidato presta su colaboración pastoral.

La Carta circular señala en su anexo III la conveniencia de que en cada diócesis o Instituto de Vida Consagrada, el ordinario nombre por un tiempo determinado un «Consejo de Órdenes y ministerios», el cual debe ser presidido por el obispo o superior mayor, o por un delegado suyo e integrado por sacerdotes de experiencia, de sana doctrina y probado criterio, incluso algunos de estos podrían ser nombrados “ex officio” o “ratione muneris”.
El Consejo tiene como función estudiar en sesión colegiada los antecedentes de cada candidato a las Órdenes para recomendar o no al obispo o superior mayor competente, la admisión del respectivo candidato al rito litúrgico solicitado
Aunque la recomendación del Consejo no es vinculante para el obispo o el superior, es un acto de alto valor moral que no se debe ignorar (Cf. can. 127 § 2, 2º).
Después de haberse probado de manera positiva la idoneidad del candidato mediante la investigación realizada según derecho (cann. 1050 y 1051), el Obispo podrá conferir la ordenación (can. 1052 § 1).
Sin embargo si el Obispo dudase con razones ciertas de la idoneidad del candidato, no lo debe ordenar (can. 1052 § 3) quedando a salvo que la negación de la ordenación presbiteral a un diácono ha de hacerse únicamente por una causa canónica, aunque sea oculta, y salvo el recurso conforme a derecho (can. 1030).
Podemos concluir que la idoneidad canónica es signo pero no prueba de vocación, ya que puede haber quien posea los requerimientos exigidos por la Iglesia para la ordenación sacerdotal sin tener vocación
Pero no puede darse que alguien tenga vocación y no posea los signos de idoneidad, puesto que Dios concede la capacidad de responderle a quien llama y se dispone a responderle.
Tampoco habrá que olvidar que el tiempo de formación sirve para discernir si hay verdadera vocación y para constatar o ayudar a alcanzar la idoneidad de los candidatos al orden sacerdotal, esta es la tarea principal de los responsables de la formación sacerdotal.
El Concilio Vaticano II, por su parte, se concretó a decir que «no hay que esperar que esta voz del Señor que llama llegue a los oídos del futuro presbítero de una forma extraordinaria.
Más bien, hay que captarla y juzgarla por los signos ordinarios…» (PO 11), sin olvidar que, la vocación sacerdotal, divina en inspiración, debe ser examinada y reconocida finalmente por el obispo o el superior mayor competente, que tiene la responsabilidad de prestar este servicio en favor de la comunidad eclesial, al ordenar sólo a los candidatos idóneos (OT 2).
Dicha responsabilidad habitualmente la realiza con la colaboración del rector y los formadores del Seminario, con quienes tendrá que considerar que la idoneidad no equivale exactamente a una perfección acabada, porque el candidato es un hombre tomado de entre los hombres, con su historia propia, fragilidades y limitaciones, pero llamado a una constante conversión y crecimiento
En efecto, «Sólo deben ser ordenados aquellos que, según el juicio prudente del obispo propio o del superior mayor competente, sopesadas todas las circunstancias, tienen una fe íntegra, están movidos por recta intención, poseen la ciencia debida, gozan de buena fama y costumbres intachables, virtudes probadas y otras cualidades físicas y psíquicas congruentes con el orden que van a recibir» (can. 1029).
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Por ello, la Iglesia al dar gran importancia a los signos de idoneidad, como prueba de la llamada divina y garantía de la eficacia pastoral, quiere propiciar sacerdotes idóneos cuyo testimonio de vida, refiera a Jesucristo Buen Pastor.
En general, debemos exigir un grado de capacidad intelectual en nuestros candidatos, adecuado a la necesidad de completar los estudios eclesiásticos y a las exigencias de nuestra cultura y sociedad contemporáneas, una capacitación también en las ciencias humanas, para que el futuro presbítero pueda ser fiel al hombre histórico, familiarizándose con el lenguaje, la cultura, los problemas sociales y todas las preocupaciones del hombre de hoy .
Aunque la gracia de Dios pueda llevar a cabo sin duda la obra de salvación, incluso por medio de ministros indignos, sin embargo, como ley ordinaria, Dios prefiere mostrar sus maravillas por medio de aquellos que, dóciles al impulso y a las inspiraciones del Espíritu Santo, por su unión íntima con Cristo y por su santidad de vida, pueden decir con el Apóstol: Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí (PO 12).
Esta disciplina ha de aplicarse de tal manera que se convierta en una disposición interna de los alumnos, con la que acepten la autoridad de los superiores por convicción interior o por conciencia (Cf. Rom 13,5) y por motivos sobrenaturales (OT 11).
Hay que apreciar la disciplina de la vida del Seminario no sólo como una defensa eficaz de la vida común y de la caridad, sino también como un elemento necesario de toda la formación para adquirir el dominio de sí mismo, favorecer una sólida madurez personal y formar las demás cualidades del espíritu, que tanto ayudan a la actividad ordenada y eficaz de la Iglesia.
Los alumnos han de acostumbrarse a formar con rectitud su propio carácter: deben formarse en la fortaleza de ánimo y aprender a estimar todas aquellas virtudes que cuentan mucho entre los hombres y que acreditan al ministro de Cristo, como son la sinceridad de espíritu, la preocupación constante por la justicia, la fidelidad en guardar compromisos, la buena educación en el actuar y la discreción en el hablar, unida a la caridad.
Por su parte, Mariezcurrena opina que, durante el tiempo de la formación, sería provechoso recurrir a la ciencia de la psicología, para seleccionar a los candidatos suficientemente equilibrados, y, sobre todo, para ayudarlos a tomar conciencia de su estado personal y de sus reacciones afectivas en orden a las diversas situaciones en que se encontraran en el ejercicio del ministerio
f) Otros informes que el Rector del Seminario o Casa de Formación estime del caso a recabar el parecer, dado en forma absolutamente secreta, personal y separadamente de algunos de sus compañeros de curso y en el que se exprese clara y motivadamente, a ser posible, la opinión, positiva o negativa acerca de la idoneidad del candidato.

g) Para el diaconado y el presbiterado, el resultado de las «proclamas» que se hayan realizado con suficiente anticipación en la o las parroquias que parezca oportuno (Cf. can. 1051, 2º) .

h) La recomendación del “Consejo de Órdenes y ministerios”.

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