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1. CIVILIZAR Y EDUCAR

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Daniela Cardona Valencia

on 22 August 2015

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Transcript of 1. CIVILIZAR Y EDUCAR

En el centro virtual Cervantes se ha encontrado una interesante polémica de 1763 en torno a las palabras civilizar, civilización y civilizado, que recoge de sus acteas originales el profesor José Escobar de la Universidad de York, en Toronto; del cual se retoman algunas de las ideas textuales que es la encargada de dar pie a una reflexión indispensable.
Civilidad
Civilizar
Es claro que la educación escolar y universitaria que tenemos no es suficiente para civilizarnos, a pesar de la enorme importancia que ha tenido la educación formal en la tarea civilizadora.
Dentro de esta primera parte es importante rescatar el papel que se le asigna a la educación en esta importante tarea, aunque no es suficiente lo poco que se hace y lo mínimo que se logra a nivel nacional pues los factores sociales que inciden son mucho más graves y enormes y es precisamente esto lo que no ha permitido avances hacia la civilidad.
No basta que los niños y jóvenes accedan a las competencias básicas que les permitan presentarse en pruebas nacionales e internacionales, en las cuales tampoco tenemos buenos resultados.
Necesitan:
Más arte
Más lugares dignos para estudiar
Más seguridad en las calles
Mayor confianza en las autoriades
Altas dosis de solidaridad social
Los polemistas de la época añaden que “la prosperidad del Estado mismo depende de la civilidad y aseo que reina en un Nación. Ahora pues, esa civilidad o pulimiento político, no puede existir si todo el pueblo no está civilizado; esto es, si no está instruido hasta cierto punto, y si no se tiene bien formado el corazón y el juicio”. “La educación es el principio más noble y más útil, para la civilidad y el pulimiento político de una Nación”. En este contexto, no estamos hablando de que civilizar sea dominar o somete una cultura a otra, sino recorrer la senda del progreso humano.
1. CIVILIZAR Y EDUCAR
Civilizar una nación será perfeccionar sus costumbres, como resultado de la “enseñanza pública”.
El sentimiento de la vergüenza
La civilidad se opone a la espontaneidad.
El autocontrol que es indispensable desarrollar desde la infancia, a través de un proceso educativo que enseñe a regular las emociones, permite comportarse de manera civilizada e implica pensar antes de actuar, actuar de manera adecuada y hablar sin expresar y provocar la agresividad del interlocutor.
Un país sin vergüenza es un país que no logra salir del ámbito de lo salvaje. El nuestro, por desgracia, padece de ese mal.
El cambio de rumbo
Los tratados de urbanidad
Tal vez haya que trabajar más en civilizarnos que en conseguir buenos resultados de pruebas académicas y eso incluye el permanente ejemplo y limpieza de quienes nos gobiernan.
En este contexto adquiere una gran significación el sentimiento de la vergüenza.
Proceso de paz
Vergüenza
Culpa
Calidad=resultado académico de los jóvenes.
Aparición de la diplomacia como mecanismo de negociación entre poderosos que desde entonces ha permitido hallar soluciones favorables a diferencias de ideologías, problemas de fronteras y negociación de intereses comerciales en conflicto sin necesidad de usar las armas.
Manuales de urbanidad: se ocuparon de establecer el modo de vestir, las formas correctas de sentarse a la mesa, las normas de cortesía entre iguales, las actitudes de respeto frente a los mayores, las posturas corporales que correspondían a los hombres y mujeres, el lenguaje que correspondía en cada ocasión, los gestos deseables y los ademanes de mal gusto, los hábitos de aseo e higiene corporal y un sinfín de comportamientos que regulaban la vida en comunidad.
Es claro que en un contexto en el cual la participación democrática, la inclusión, la valoración de la diversidad, el libre desarrollo de la personalidad o el fortalecimiento de la autonomía constituyen el eje de construcción de un ciudadano libre y responsable ya no tiene la misma vigencia la solución de publicar manuales de urbanidad para memorizar, como sugirió una ministra de educación hace un poco más de diez años. Pero tampoco es claro que los discursos abundantes y eruditos hayan tenido ningún efecto.
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