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Gayle Rubin

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Catalina Monjeau

on 17 April 2014

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Gayle Rubin
El tráfico de mujeres: notas sobre la "economía política del sexo"

Gayle S. Rubin (1949) es una antropóloga cultural americana. Mejor conocida como activista y teórica influyente en políticas de sexo y género, ha escrito acerca de varios temas que incluyen feminismo, sadomasoquismo, prostitución, pedofilia, pornografía y literatura lesbiana, así como estudios antropológicos sobre subculturas sexuales.
Un aporte original
La autora toma como punto de partida otros autores que previamente discutieron acerca del género y de las relaciones sexuales como instituciones económicas (Karl Marx y Friedrich Engels), que desempeñan una función social convencional (Claude Lévi-Strauss) y que son reproducidas en el desarrollo psicológico del niño (Sigmund Freud y Jacques Lacan), argumentando que estos autores fallaron al explicar de manera adecuada la opresión de la mujer.
Rubin se dio a conocer a partir de este ensayo de 1975 en el que trata de descubrir los mecanismos histórico-sociales por los que el género y la heterosexualidad obligatoria son producidos, y las mujeres son relegadas a una posición secundaria en las relaciones humanas. En este ensayo, Rubin acuñó el concepto sistema sexo/género, definido de modo preliminar, como
"el conjunto de disposiciones por el que una sociedad transforma la sexualidad biológica en productos de la actividad humana, y en el cual se satisfacen esas necesidades humanas transformadas."
El marxismo y la opresión a las mujeres
Muchos enfoques han intentado ubicar la opresión de las mujeres en el corazón de la dinámica capitalista al señalar la relación entre el trabajo doméstico y la reproducción de la mano de obra.


En efecto, el capitalismo retomó ideas de cientos de años sobre el hombre y la mujer, y no así, las creó. Retomando la idea del "
elemento histórico y moral
" que influye de acuerdo a Marx en la determinación del valor de la fuerza de trabajo, Rubin va a afirmar que el mismo es lo que determina que una "esposa" sea una de las necesidades del trabajador, que el trabajo doméstico lo realicen las mujeres y no los hombres y que el capitalismo sea heredero de una larga tradición en la que las mujeres no heredan, no dirigen y no hablan con el Dios. Es este “elemento histórico y moral" el que proporcionó al capitalismo una herencia cultural de formas de masculinidad y femineidad. Es dentro de ese "elemento histórico y moral" que está subsumido todo el campo del sexo, la sexualidad y la opresión sexual. Rubin va a decir que sólo sometiendo al análisis ese "elemento histórico y moral" es posible delinear la estructura de la opresión sexual.
El acento de autoras feministas en este punto está en lo que es el
trabajo doméstico
. En efecto, el trabajo doméstico es un elemento clave en el proceso de reproducción del trabajador o de la trabajadora del que o de la que surge la plusvalía. Así, como generalmente son las mujeres las que hacen el trabajo doméstico, es a través de la reproducción de la fuerza de trabajo que las mujeres se articulan en el nexo de la plusvalía que es la condición
sine qua non
del capitalismo. En este sentido, podría decirse que debido a que no se paga salario por el trabajo doméstico, el trabajo de las mujeres en la casa contribuye a la cantidad final de plusvalía alcanzada por el capitalista. Sin embargo, argumenta Rubin, explicar la utilidad de las mujeres para el capitalismo es una cosa y sostener que esa utilidad explica la génesis de la opresión de las mujeres es otra muy distinta.
El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado,
Engels

Rubin nos alerta acerca de cómo en Engels se destaca la existencia y la importancia del campo de la vida social relacionado con lo que ella llama como sistema de sexo/género.
Distinsión: "Sistema de sexo/género", "Modo de producción" y "Patriarcado"

No se puede, señala la autora, relegar todos los multifacéticos aspectos de la reproducción social al sistema sexual. Por otro lado, no se puede limitar el sistema sexual a la “reproducción", ni en el sentido biológico del término ni en el social. Así, un sistema de sexo/género no es simplemente el momento reproductivo de un "modo de producción". La formación de la identidad de género es un ejemplo para Rubin de producción en el campo del sistema sexual. Y un sistema de sexo/género incluye mucho más que las "relaciones de procreación", la reproducción en sentido biológico.
Asimismo, el término "patriarcado" se introdujo para distinguir las fuerzas que mantienen el sexismo de otras fuerzas sociales, como el “capitalismo”.
Las estructuras elementales del parentesco,
de Lévi-Strauss: aporte fundamental a la hora de entender al matrimonio humano
.
Lévi-Strauss entendiendo explícitamente el parentesco como una imposición de organización cultural sobre los hechos de la procreación biológica, se basa en dos conceptos claves: el "regalo" o "intercambio de mujeres" y el "tabú del incesto".
Lévi-Strauss concluye, en palabras de la autora, que la división del trabajo por sexos no es una especialización biológica, sino que, en efecto, posee algún otro propósito. Ese propósito, sostiene, es asegurar la unión de los hombres y las mujeres haciendo que la mínima unidad económica viable contenga por lo menos un hombre y una mujer.
El tabú del incesto impone los objetivos sociales de la exogamia y la alianza a los hechos biológicos del sexo y la procreación y divide el universo de la elección sexual en categorías de compañeros permitidos y prohibidos. Específicamente, al prohibir las uniones dentro de un grupo impone el intercambio marital entre los mismos. Lévi-Strauss afirmará:
"la prohibición del incesto no es tanto una regla que prohíbe el matrimonio con la madre, hermana o hija, como una regla que obliga a dar a otro la madre, la hermana o la hija. Es la regla suprema del regalo."
El tabú del incesto origina una amplia red de relaciones, un conjunto de personas cuyas conexiones recíprocas constituyen una estructura de parentesco. Parentesco es organización, y la organización otorga poder. Pero, ¿a quién organizan? va a preguntar Rubin.
En efecto, si el objeto de la transacción son mujeres, entonces son los hombres quienes las dan y las toman, y la mujer es el conductor de una relación antes que un participante en ella. Para participar como socio en un intercambio de regalos es preciso tener algo para dar. Si los hombres pueden dar a las mujeres, eso significa que estas no pueden darse ellas mismas.
La división del trabajo por sexos, por lo tanto, puede ser vista como un "tabú": un tabú contra la igualdad de hombres y mujeres, un tabú que divide los sexos en dos categorías mutuamente exclusivas, un tabú que exacerba las diferencias biológicas y así crea el género. De este modo, la división del trabajo puede ser vista también como un tabú contra los arreglos sexuales distintos de los que contengan por lo menos un hombre y una mujer, imponiendo así el matrimonio heterosexual. El género es, entonces, una división de los sexos socialmente impuesta. Es un producto de las relaciones sociales de sexualidad.
Sin embargo, la antropología y las descripciones de sistemas de parentesco no explican los mecanismos por los cuales se graban en los niños las convenciones de sexo y género.
El psicoanálisis, por su parte, es una teoría sobre la reproducción del parentesco y describe, de acuerdo a Rubin, el residuo que deja en los individuos su enfrentamiento con las reglas y normas de la sexualidad en las sociedades en que nacen.
El psicoanálisis y sus malestares
Esquema lacaniano
En Lacan, la crisis edípica se produce cuando el niño se entera de los papeles sexuales inherentes a los términos para los familiares.
Cuando el niño sale de la fase edípica, su líbido y su identidad de género han sido organizadas en conformidad con las reglas de la cultura que lo está domesticando. El complejo de Edipo es un aparato para la producción de personalidad sexual.



Según la ortodoxia freudiana alcanzar una femineidad “normal" es algo que tiene severos costos para las mujeres. La teoría de la adquisición del género pudo haber sido la base de una crítica de los papeles sexuales pero en cambio las implicaciones radicales de la teoría de Freud fueron radicalmente reprimidas.
Lo que a Rubin le va a interesar particularmente es que el psicoanálisis contiene un conjunto de conceptos que es único para la comprensión de los hombres, las mujeres y la sexualidad. En efecto, el psicoanálisis ofrece una descripción de los mecanismos por los cuales los sexos son divididos y deformados, y de cómo los niños, andróginos y bisexuales, son transformados en niños y niñas.
Hasta fines de la década de 1920, la teoría psicoanalítica no tenía un enfoque distintivo sobre el desarrollo femenino; en su lugar, se habían propuesto variantes de un complejo de "Electra" en el que se suponía que la experiencia de las mujeres era una imagen especular del complejo de Edipo descripto para los hombres.
El niño ama a su madre pero desiste de ella por miedo a la amenaza de castración por parte del padre. La niña, supuestamente, ama a su padre pero desiste de él por temor a la venganza materna. Esa formulación suponía que ambas criaturas estaban sujetas, a un imperativo biológico de heterosexualidad. También suponía que ya antes de la fase edípica los niños son hombres y mujeres "pequeños".
Luego, a partir del advenimiento del concepto de
fase preedípica
se esbozó la teoría psicoanalítica clásica de la femineidad.
La idea de una fase preedípica en las mujeres produjo una dislocación de las premisas de origen biológico que subyacía a la idea de un complejo “de Electra”. En la fase preedipica los niños de ambos sexos son psíquicamente imposibles de distinguir, lo que significaba que su diferenciación en niños masculinos y femeninos no se podía suponer sino que había que explicarla. Los niños preedípicos eran descritos como
bisexuales
; ambos sexos exhibían
toda la gama de actitudes libidinales, activas y pasivas. Y para los niños de ambos sexos, el objeto del deseo era la madre.

Si la actividad libidinal de la niña se dirigía hacia la madre, había que explicar su
heterosexualidad adulta
así como
su acceso final a la
"femineidad"
.
Es al explicar la adquisición de la “femineidad" que Freud emplea los conceptos de
envidia del pene
y
castración
.
La niña se aparta de la madre y reprime los elementos "masculinos" de su libido como consecuencia de su reconocimiento de que está castrada. Compara su diminuto clítoris con el pene, y frente a su "evidente mayor capacidad de satisfacer a la madre", es, presa de la envidia del pene y un sentimiento de inferioridad. Desiste de su lucha por la madre y asume una pasiva posición femenina frente al padre.

La teoría del complejo de castración equivale a hacer desempeñar al órgano masculino un papel dominante -esta vez como símbolo- en la medida en que su ausencia o presencia transforma una diferencia anatómica en su clasificación esencial de los seres humanos, y en la medida en que, para cada sujeto esa presencia o ausencia no se da por sentada. El
falo
es un
rasgo distintivo
que diferencia al "castrado" del "no castrado". La presencia o ausencia del falo conlleva las diferencias entre dos situaciones sociales: "hombre" y "mujer".
Además, en la medida en que los hombres poseen derechos sobre las mujeres que las propias mujeres no tienen, el falo conlleva también el significado de la diferencia entre "el que intercambia" y "lo intercambiado", entre el regalo y el dador. El falo es algo más que un rasgo que distingue los sexos: es la encarnación del status masculino, al cual acceden los hombres y que tiene ciertos derechos inherentes -entre ellos-, el derecho a (poseer) una mujer.
Igual que el varón, la niña descubre el tabú contra el incesto y la división de los géneros. Además descubre cierta información desagradable sobre el género al que la están asignando. Para el varón, el tabú del incesto es un tabú sobre algunas mujeres. Para la niña, es un tabú sobre todas las mujeres.
Si la fase edípica sigue normalmente y la niña "acepta su castración", su estructura libidinal y su elección de objeto ahora son congruentes con el papel del género femenino.
Se ha convertido en una mujercita femenina, pasiva, heterosexual.
Hacia un plan político
Es necesario, para Rubin, modificar varios elementos de la crisis edípica para que esa fase no tenga efectos tan desastrosos en el joven yo femenino. La fase edípica instituye una contradicción en la niña al imponerle demandas imposibles de conciliar. Por un lado, el amor de la niña por la madre es inducido por la tarea materna de cuidado infantil. A continuación se obliga a la niña a abandonar ese amor debido al papel sexual de mujer: pertenecer a un hombre.
El sistema de sexo/género debe ser reorganizado a través de acción política. En tal sentido, Rubin afirmará: "personalmente, pienso que el movimiento feminista tiene que soñar con algo más que la eliminación de la opresión de las mujeres: tiene que soñar con la eliminación de las sexualidades y los papeles sexuales obligatorios. (...) El sueño que me parece más atractivo es el de una sociedad andrógina y sin género (aunque no sin sexo) , en que la anatomía sexual no tenga ninguna importancia para lo que uno es, lo que hace y con quién hace el amor."
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