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Narrativa de los años 70

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by

Chuck Norris

on 9 March 2013

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Transcript of Narrativa de los años 70

Narrativa de
los años 70
a la
actualidad Marco histórico Novela Muerte de Franco Tuvo 3 consecuencias Desaparición de la censura Vuelta de escritores exiliados Mayor influencia literaria de otros países Características de la narrativa - Carácter aglutinador Toda reforma extranjera fue bienvenida - Individualidad Cada autor tiene su propio estilo Fue el subgénero narrativo más usado Tipos Novela de reflexión íntima Novela de la memoria
y del testimonio Novela policíaca Novela culturalista Novela histórica Manuel Vázquez Montalbán Antonio Muñoz Molina Serie del detective Pepe Carvalho El invierno en Lisboa Plenilunio Sefarad Miguel Delibes El Hereje Arturo
Pérez-Reverte Saga del Capitán Alatriste Alberto Méndez Los girasoles
ciegos Juan José Millás Julio Llamazares El desorden de
tu nombre La lluvia amarilla Rosa Montero Te trataré como
a una reina Luis Mateo Díez Juan Manuel de Prada Las máscaras del héroe La Tempestad Clasificación
de autores - Posguerra Miguel Delibes El Hereje - Generación del 50 Juan Goytisolo La destrucción de la España sagrada Reivindicación del Conde Don Julián Señas de identidad Juan sin Tierra - Generación del 75 Eduardo Mendoza La verdad sobre el caso Savolta El misterio de la cripta embrujada - Posfranquistas Javier Marías Corazón tan blanco Mañana en la batalla piensa en mí Antonio Muñoz Molina El invierno en Lisboa El jinete polaco Desde lo alto del borrico, Cipriano divisó las hileras de palos, las cargas de leña, a la vera, las escalerillas, las argollas para amarrar a los reos, las nerviosas idas y venidas de guardas y verdugos al pie. La multitud apiñada prorrumpió en gran vocerío al ver llegar los primeros borriquillos. Y al oír sus gritos, los que entretenían la espera a alguna distancia echaron a correr desalados hacia los postes más próximos. Uno a uno, los asnillos con los reos se iban dispersando, buscando su sitio. Cipriano divisó inopinadamente a su lado el de Pedro Cazalla, que cabalgaba amordazado, descompuesto por unas bascas tan aparatosas que los alguaciles se apresuraron a bajarle del pollino para darle agua de un botijo. Había que recuperarlo. Por respeto a los espectadores había que evitar quemar a un muerto. Luego, alzó la cabeza y volvió la vista enloquecida hacia el quemadero. Los palos se levantaban cada veinte varas, los más próximos al barrio de Curtidores para los reconciliados, y, los del otro extremo, para ellos, para los quemados vivos, por un orden previamente establecido: Carlos de Seso, Juan Sánchez, Cipriano Salcedo, fray Domingo de Rojas y Antonio Herrezuelo . "En el país de cuyo nombre no quiero acordarme". "... el país que ha dejado de ser el tuyo"

“El escurridizo y pérfido Lepprince, de quien poco o nada se sabe, salvo que es un joven francés llegado a España en 1914, al principio de la terrible conflagración que tantas lágrimas y muertes ha causado y sigue causando al país de origen del mencionado y desconocido señor Lepprince, que pronto se dio a conocer en los círculos aristocráticos y financieros de nuestra ciudad, siendo objeto de respeto y admiración en todos ellos, no sólo por su inteligencia y relevante condición social, sino también por su arrogante figura, sus maneras distinguidas y su ostentosa prodigalidad. [...]” Cógeme, cógeme, por favor cógeme, y quería decir que la abrazara y así lo hice, la abracé por la espalda, mi camisa aún abierta y mi pecho entraron en contacto con la piel tan lisa que estaba caliente, mis brazos pasaron por encima de los suyos, con los que se cubría, sobre ella cuatro manos y cuatro brazos ahora y un doble abrazo, y seguramente no bastaba, mientras la película de la televisión avanzaba sin su sonido en silencio y sin hacernos caso, pensé que algun día tendría que verla enterándome, en blanco y negro (...) Es posible que ya no pudiera más, que ya no aguantara, porque a los pocos minutos le oí decir algo más y dijo: 'Ay Dios, y el niño' (...) Supe al instante que había muerto, pero le hablé y le dije: 'Marta', y volví a decir su nombre y añadí: '¿Me oyes?' (...) Y sólo al cabo de bastantes segundos -o fueron quizá minutos- me fui separando con mucho cuidado, como si no quisiera despertarla (...) 'Mañana en la batalla piensa en mi, y caiga tu espada sin filo: desespera y muere'.
Cógeme, cógeme, por favor cógeme, y quería decir que la abrazara y así lo hice, la abracé por la espalda, mi camisa aún abierta y mi pecho entraron en contacto con la piel tan lisa que estaba caliente, mis brazos pasaron por encima de los suyos, con los que se cubría, sobre ella cuatro manos y cuatro brazos ahora y un doble abrazo, y seguramente no bastaba, mientras la película de la televisión avanzaba sin su sonido en silencio y sin hacernos caso, pensé que algun día tendría que verla enterándome, en blanco y negro (...) Es posible que ya no pudiera más, que ya no aguantara, porque a los pocos minutos le oí decir algo más y dijo: 'Ay Dios, y el niño' (...) Supe al instante que había muerto, pero le hablé y le dije: 'Marta', y volví a decir su nombre y añadí: '¿Me oyes?' (...) Y sólo al cabo de bastantes segundos -o fueron quizá minutos- me fui separando con mucho cuidado, como si no quisiera despertarla (...) 'Mañana en la batalla piensa en mi, y caiga tu espada sin filo: desespera y muere'.
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