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Don Quijote de la Mancha: Écfrasis

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En Espiral

on 19 February 2014

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Transcript of Don Quijote de la Mancha: Écfrasis

Don Quijote de la Mancha: Écfrasis
La historia
Lectura del capítulo IX
Écfrasis
Miguel de Cervantes Saavedra
En un lugar de la Mancha(1), de cuyo nombre no quiero acordarme(2), no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor(3).
(1) Lugar: no con el valor de ‘sitio o paraje’, sino como ‘localidad’ y en especial ‘pequeña entidad de población’, en nuestro caso situada concretamente en el Campo de Montiel, a caballo de las actuales provincias de Ciudad Real y Albacete.
... "cuyo lugar no quiso poner Cide Hamete puntualmente..." (II, 74). La indeterminación de ese comienzo, que tiene numerosos análogos en narraciones de corte popular, contrasta con los prolijos detalles con que se abren algunos libros de caballerías.
Astillero: ‘percha o estante para sostener las astas o lanzas’;

Adarga: ‘escudo ligero, de ante o cuero’; el hidalgo que no poseyera cuando menos un caballo —aunque fuera un rocín de mala raza y mala traza—, en teoría para servir al Rey cuando se le requiriera, decaía de hecho de su condición; el galgo se menciona especialmente en cuanto perro de caza.

Nótese que la adarga, como sin duda la lanza, es antigua: son vestigios de una edad pasada, en el cuadro contemporáneo (no ha mucho tiempo) de la acción.
http://quijote.bne.es/libro.html
Prólogo
Cervantes se dirige en primera persona a un "desocupado lector" y confiesa que no es el "padre" sino el "padrastro" de la obra.
Expresa su preocupación por la falta de erudición en su prólogo, característica tan frecuente en los libros de caballerías, sea en forma de sonetos de personas importantes, sentencias de filósofos, epigramas o elogios.
"Libros de caballerías: los que tratan de hazañas de caballeros andantes, ficciones gustosas y artificiosas de mucho entretenimiento y poco provecho, como los libros de Amadís, de don Galaor, del Caballero de Febo y de los demás." Así reza la breve definición —elogiosa y despectiva a un tiempo— que de la literatura caballeresca española propone Sebastián de Covarrubias en su
Tesoro de la lengua castellan
a de 1611
Cervantes se frustra tanto que le dice a un amigo que está considerando no terminar el libro. Para burlarse de esa pedantesca erudición, su amigo le dice que sabe el truco de esos libros y que no es nada más que inventar sonetos, elogios y frases en latín, y atribuirlos a personajes legendarios.
Un soneto es una composición poética de origen italiano que consta de 14 versos endecasílabos consonantes. Se divide en cuatro estrofas: los primeros ocho versos en dos cuartetos y los últimos seis en dos tercetos. La rima de los cuartetos puede ser ABBA-ABBA o ABAB-ABAB. La rima de los tercetos puede varía aún más, pero las combinaciones más comunes son CDC-DCD y CDE-CDE. En el soneto clásico generalmente el tema se enuncia en los cuartetos y la solución aparece en los tercetos.
"Dulce soñar y dulce congojarme", soneto del siglo XVI, de Juan Boscán:

Dulce soñar y dulce congojarme,
cuando estaba soñando que soñaba;
dulce gozar con lo que me engañaba,
si un poco más durara el engañarme

dulce no estar en mí, que figurarme
podía cuanto bien yo deseaba;
dulce placer, aunque me importunaba
que alguna vez llegaba a despertarme:

¡oh sueño, cuánto más leve y sabroso
me fueras si vinieras tan pesado
que asentaras en mí con más reposo!

Durmiendo, en fin, fui bienaventurado,
y es justo en la mentira ser dichoso
quien siempre en la verdad fue desdichado.
Este amigo también critica los libros de caballerías y le da este consejo a Cervantes:

"Y, pues, esta vuestra escritura no mira a más que deshacer la autoridad y cabida que en el mundo y en el vulgo tienen los libros de caballerías, no hay para qué andéis mendigando sentencias de filósofos, consejos de la Divina Escritura, fábulas de poetas, oraciones de retóricos, milagros de santos, sino procurar que a la llana, con palabras significantes, honestas y bien colgadas, salga vuestra oración y periodo sonoro y festivo [...] llevad la mira puesta a derribar la máquina mal fundada destos caballerescos libros, aborrecidos de tantos y alabados de muchos más; que si estos alcanzásedes, no habríades alcanzado poco".
Una fábula es un género narrativo en verso o prosa que tiene un fin didáctico. Las fábulas suelen ser breves, protagonizadas por animales personificados, y contienen una moraleja que a veces aparece al final. Este género tiene su origen en las civilizaciones antiguas del Oriente Próximo, pero lo desarrollan aún más los escritores greco-latinos, como Esopo y Fedro. El mejor ejemplo de la literatura española de la Edad Media viene del
Libro de Buen Amor
, del Arcipreste de Hita, y en el siglo XVIII y lo cultivaron los escritores Tomás de Iriarte y Félix M. Samaniego.
La serpiente y la lima, de Félix M. Samaniego
En casa de un cerrajero
entró la Serpiente un día,
y la insensata mordía
en una Lima de acero.
Díjole la Lima: "El mal,
necia, será para ti;
¿cómo has de hacer mella en mí,
que hago polvos el metal?"

Quien pretende sin razón
al más fuerte derribar
no consigue sino dar
coces contra el aguijón.
Al prólogo le siguen los versos preliminares que consisten en su mayoría en sonetos y décimas con versos de cabo roto. No se sabe con certeza si Cervantes escribió estos versos. Por incongruencias entre dichos versos y la novela, algunos críticos creen que amigos de Cervantes los escribieron como elogios preliminares a su obra, una costumbre común en esta época.
Una décima es una estrofa de 10 versos de ocho sílabas cada uno y de rima consonante. Entre las diferentes modalidades de la décima, que varían según su construcción y combinación de rima, hay la espinela, la italiana y la francesa, la primera siendo la más utilizada en la literatura española e hispanoamericana. La décima espinela, que toma su nombre de Vicente Espinel, escritor y músico español que divulgó esta estrofa en el Siglo de Oro, tiene una rima distribuida de la siguiente manera: abbaaccddc. Muchos escritores, incluido Lope de Vega, prefirieron la décima para la expresión de quejas.
De "Jesús en camino", de Carlos Bousoño
"Miradle: es luz que nos viene."
El crepúsculo se hundía.
Lentitud. Melancolía.
"¡Sólo tu amor me sostiene!"
Parado el aire, no tiene
sino sombra, sino hastío...
El pasó. Cuerpo, sin brío,
dolor. La sombra se adensa.
Nadie ya... Noche suspensa.
Quieto el horizonte frío.
La rima consonante es la rima de los sonidos vocálicos y consonánticos a partir de la última vocal acentuada de las palabras finales en dos o más versos.

Un ejemplo de la rima consonante es el poema "A un olmo seco" de Antonio Machado:

Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.

¡El olmo centenario en la colina
que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina
al tronco carcomido y polvoriento.

No será, cual los álamos cantores
que guardan el camino y la ribera,
habitado de pardos ruiseñores.

Ejército de hormigas en hilera
va trepando por él, y en sus entrañas
urden sus telas grises las arañas.
El Siglo de Oro es el periodo de máximo esplendor literario en España, pero en realidad consiste en dos siglos. Comienza con la publicación de
Gramática castellana
de Antonio de Nebrija en 1492 y termina con la muerte del dramaturgo Pedro Calderón de la Barca en 1681. A nivel histórico y social, es una época marcada por el apogeo del Imperio español, guerras religiosas, la Contrarreforma, recesión económica y estancamiento social. Pero lo que le faltaba en paz y estabilidad, le sobraba en arte y literatura.
Capítulo I:
"Que trata de la condición y ejercicio del famoso hidalgo Don Quijote de la Mancha"
"Que trata de la condición y ejercicio del famoso hidalgo Don Quijote de la Mancha"


La narración comienza con esas famosas palabras: "En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antgiua, rocín flaco y galgo corredor".
Presenta a un hidalgo de unos 50 años, soltero y sin hijos, quien se llama Alonso Quijada o Quesada o Quejana. El narrador atribuye esta ambigüedad a otros autores: "que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben; aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se llamba Quejana", pero Cervantes aún no entra en detalle para explicar quiénes son estos otros autores.
El narrador nos cuenta que el hidalgo se obsesionó con los libros de caballerías de tal manera que hasta vendió algunas de sus tierras para comprar aún más libros de este género. Cervantes aprovecha esta parte de la historia para parodiar el lenguaje de los libros de caballería:
". . . ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva, porque la claridad de su prosa y aquellas entricadas razones suyas le parecían de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos, donde en muchas partes hallaba escrito: La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura. Y también cuando leía: . . .los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza".
Además de Feliciano de Silva, se mencionan otros libros de caballerías y sus protagonistas, como Amadís de Gaula y Palmerín de Inglaterra. Pero por leer tantos libros de caballerías, el hidalgo pierde el juicio y decide hacerse caballero andante "para el aumento de su honra y para el servicio de su república".
Amadís de Gaula pertenece al género de las novelas de caballería escritas en España a finales del siglo XV y la primera mitad del siglo XVI, a menudo sobre la base de fuentes francesas. Se caracterizan por ser obras imaginativas de ilusión, llenas de magia y encantamiento.
Por ende, Don Quijote, busca y limpia las armas que eran de su bisabuelo, pero no tiene celada de encaje (pieza de armadura para proteger la cabeza y el rostro), sólo un casco, así que decide agregarle cartón. Cuando prueba su celada mal hecha con la espada, para ver qué tan resistente es, la hace pedazos.

Vuelve a agregar el cartón a la celada, pero esta vez le pone unas barras de hierro y no la vuelve a probar. (De lo contrario, no sólo destruiría en toda probabilidad la celada, sino también la ilusión). A su caballo esquelético le pone un nuevo nombre, Rocinante, y decide llamar a sí mismo, tras ocho días de contemplación, don Quijote. Luego recuerda que Amadís de Gaula no se contentó con llamarse Amadís a secas, por lo que agrega "de la Mancha".
Sólo le falta una dama de quien enamorarse. Elige a Aldonza Lorenzo, una labradora quien vivía cerca, y decide llamarla Dulcinea del Toboso, pero no se entera que ya es la dama de don Quijote ni que tiene otro nombre.
Dulcinea del Toboso es la dama de quien está enamorado el protagonista Don Qujote en la novela El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha por Miguel de Cervantes Saavedra. Sin embargo, Dulcinea nunca aparece en la novela, dado que es una figura imaginada por Don Quijote basada en la labradora Aldonza Lorenzo (quien sí existe, pero tampoco aparece). Siguiendo la costumbre de los cabelleros andantes, Don Quijote dice que necesita tener una dama a quien encomendarse, y ella se convierte en el motor impulsor de todas sus venturas.
Dulcinea: Emperatriz de la Mancha

En su primera salida, nuestro caballero andante y su escudero Sancho Panza se encuentran con unos mercaderes y Don Quijote les exige que proclamen que Dulcinea, Emperatriz de la Mancha, es la dama más hermosa sobre la tierra. Los mercaderes se rehúsan a hacerlo sin haberla visto, a lo que Don Quijote responde:

"La importancia está en que sin verla lo habéis de creer, confesar, afirmar, jurar y defender; donde no, conmigo sois en batalla, gente descomunal y soberbia". (Parte I, Capítulo IV)

Poco después de este intercambio, el caballero arremete con la lanza contra los mercaderes, pero en el intento su caballo Rocinante tropieza y los dos se caen.
En un episodio de la segunda parte, la duquesa se burla de Don Quijote y cuestiona la existencia de Dulcinea, a lo que Don Quijote dice:

"Dios sabe si hay Dulcinea o no en el mundo, o si es fantástica o no es fantástica; y estas no son de las cosas cuya averiguación se ha de llevar hasta el cabo. Ni yo engendré ni parí a mi señora, puesto que la contemplo como conviene que sea una dama que contenga en sí las partes que puedan hacerla famosa en todas las del mundo, como son hermosa sin tacha, grave sin soberbia, amorosa con honestidad, agradecida por cortés, cortés por bien criada, y, finalmente, alta por linaje, a causa que sobre la buena sangre resplandece y campea la hermosura con más grados de perfeción que en las hermosas humildemente nacidas". (Parte II, Capítulo XXXII)
Cuando don Quijote creó su nueva identidad enumeró los elementos necesarios para ser caballero andante según los libros de caballería: armas, celada y caballo, y también una dama de quien enamorarse. Con este propósito inventó a Dulcinea del Toboso, una mujer ideal pero irónicamente basada en la labradora Aldonza Lorenzo. En la segunda parte, don Quijote vuelve a expresar explícitamente la función instrumental de una dama para un caballero andante: "Otras muchas veces lo he dicho, y ahora lo vuelvo a decir: que el caballero andante sin dama es como árbol sin hojas, el edificio sin cimiento, y la sombra sin cuerpo de quien se cause".

Aquí se hace evidente que la mujer se convierte en una suerte de propiedad. Aunque no la posee físicamente y quizá no exista Dulcinea, se ha convertido en otro accesorio necesario para su oficio, así como su caballo o espada.
En una de sus conversaciones con la duquesa, quien había leído la primera parte de la novela, ella le dice:

"Si mal no me acuerdo, que nunca vuesa merced ha visto a la señora Dulcinea, y que esta tal señora no es en el mundo, sino que es dama fantástica, que vuesa merced la engendró y parió en su entendimiento, y la pintó con todas aquellas gracias y perfecciones que quiso".

Don Quijote le responde que no le importa enterarse si Dulcinea existe o no, y que él no le engendró ni le parió, como cité previamente. Sin embargo, en otros episodios, cuando las mujeres retan a sus ideas, les responde de un modo más agresivo y menos respetuoso. Por ejemplo cuando la sobrina acusa a Don Quijote de mentir, él responde:

"Por el Dios que me sustenta . . . que si no fueras mi sobrina derechamente, como hija de mi misma hermana, que había de hacer un tal castigo en ti, por la blasfemia que has dicho, que sonara por todo el mundo. ¿Cómo es posible que una rapaza que apenas sabe menear doce palillos de randas se atreva a poner lengua y censurar las historias de los caballeros andantes?".
Capítulo 2:

"Que trata de la primera salida que de su tierra hizo el ingenioso Don Quijote"
Con todas sus armas, don Quijote se monta en Rocinante y con su lanza y sale al campo sin avisarle a nadie. De repente recuerda que los caballeros noveles deben llevar escudos blancos hasta realizar alguna proeza notable. Decide limpiar sus armas hasta que queden blancas y planea hacerse armar de caballero en la primera oportunidad que se le presente.
Pasa todo el día caminando sin acontecerle nada, cuando por fin llega a una venta, que para este "caballero andante" es un castillo. En la puerta están dos mujeres jóvenes. Al verlo vestido así, se asustan y comienzan a entrar a la venta, pero don Quijote les dice que no huyan y se presenta a ellas como caballero. Las mujeres comienzan a reírse de su forma de hablar. El ventero tampoco sabe qué pensar de él.
Don Quijote se quita el peto y el espaldar, pero no puede quitarse la celada ya que ésta se sostiene con unos cordones verdes, así que pasa toda la noche con la misma puesta, lo cual lo hace ver aún más extraño. Se siente a comer, pero tiene muchas dificultades por no poder quitar la celada y las señoras de la venta lo tienen que ayudar.
Capítulo 3:

"Donde se cuenta la graciosa manera que tuvo don Quijote en armarse caballero"
Después de la cena, don Quijote va a la caballeriza y se pone de rodillas ante el ventero y le pide que le dé la orden de caballería y permiso para velar sus armas en la capilla. Con la sospecha de que don Quijote ha perdido el juicio, el ventero le sigue el juego y le dice que también tuvo sus propias aventuras de caballero cuando era más joven y que puede velar sus armas en el patio del "castillo", ya que la capilla está en obras.
Las Órdenes de Caballería son instituciones creadas por los monarcas feudales europeos tras el fracaso de las Cruzadas, imitando el modelo de las órdenes militares creadas en Tierra Santa.
Los caballeros de las órdenes de caballería, identificados con la institución tradicional de la caballería medieval, que se remontaba a la Alta Edad Media, y a sus ideales justificativos de la misión de la nobleza en la sociedad estamental, dieron origen al concepto de "código de caballería" que debía cumplir quien era "ordenado caballero"; reflejado en la literatura caballeresca (ciclo artúrico).
El ventero le pregunta si trae dinero y don Quijote le responde que no porque nunca leyó en los libros de caballerías que traían dinero. El ventero le explica que era un detalle menor que los autores no mencionaron y le recomienda que además de dinero lleve encima camisas, ungüento para curar heridas y otros víveres necesarios.
Don Quijote pone sus armas sobre la pila en el patio para velarlas durante la noche, pero llega un arriero quien quiere darles agua a sus mulas. Tiene que mover las armas para acceder a la pila, pero a don Quijote le parece una falta de respeto que las toque y afronta al arriero. Éste no le hace caso y como resultado don Quijote le da un golpe en la cabeza con su lanza. Viene otro arriero a la pila por el mismo motivo y don Quijote arremete contra él también. Los compañeros de los arrieros comienzan a tirarle piedras a don Quijote por lo que se enfada aún más.
Para poner fin al conflicto, el ventero le dice a don Quijote que no es necesario velar las armas durante toda la noche y que ya hecho más que suficiente. Luego le hace una pequeña ceremonia para darle la orden de caballería. Don Quijote sale de la venta y el ventero no le cobra el alojamiento.
Capítulo 4:

"De lo que le sucedió a nuestro caballero cuando salió de la venta"
Feliz por haber recibido la orden de caballería, don Quijote se dirige a su aldea para recoger los víveres que le recomendó el ventero y para reclutar a un labrador vecino para ser su escudero. En el camino, don Quijote escucha voces que vienen del bosque y se imagina que son de personas que necesitan su ayuda. En el bosque halla a un labrador dándole azotes a un joven de unos 15 años que se llama Andrés.
Don Quijote le dice al labrador que es un cobarde por reñir a quien no puede defenderse y el labrador le explica que le está castigando por no cuidar bien a su manada de ovejas y porque el joven dice que le debe dinero. Don Quijote le exige al labrador que le pague a su criado la deuda. El labrador le responde que Andrés tendrá que ir con él a su casa porque no trae el dinero que le debe. Sin embargo, Andrés no quiere ir con su amo porque dice que no es un caballero y que una vez que don Quijote se vaya, volverá a maltratarlo.
Don Quijote le responde a Andrés que igual puede ser un caballero dado que cada uno es hijo de sus obras. Confía en que el labrador le pagará, amenaza con volver si no cumple su promesa y sigue su camino. Tras su partida, el labrador vuelve a atar a Andrés al árbol y le da tantos azotes que casi lo deja por muerto.

Finalmente lo deja ir y le dice: "Llamad, señor Andrés, ahora--decía el labrador--al desfacedor de agravios; veréis como no desface aquéste".
Sin saber cómo terminó la historia de Andrés, don Quijote sigue su camino muy satisfecho y hablando a sí mismo alude a la idea de que
alguien está escribiendo sobre él
: "...tan nombrado caballero como lo es y será don Quijote de la Mancha, el cual, como todo el mundo sabe, ayer rescibió la orden de caballería, y hoy ha desfecho el mayor tuerto y agravio ...".
La metaficción es ficción sobre ficción. Es un discurso autoreferencial que se manifiesta de varias formas. En algunos casos el autor interrumpe el argumento o se mete dentro de él para aclarar algo, hacer juicios de la obra misma y de su elaboración, tratar temas relacionados al género y las técnicas narrativas o hablar de la literatura en general. En otros casos, es un personaje quien aborda estas cuestiones. El texto se vuelve autoconsciente y difumina la barrera entre la ficción y la realidad.
Los ejemplos abundan en Don Quijote, de Miguel de Cervantes. Por ejemplo en el capítulo VI de la primera parte, el cura y el barbero hacen juicios literarios de las obras que hallan en la librería de Don Quijote en la que predominan los libros de caballería. También mencionan a Cervantes, como vemos en esta cita del cura: "Muchos años ha que es grande amigo mío ese Cervantes, y sé que es más versado en desdichas que en versos".
En la segunda parte, Don Quijote y Sancho hablan del Quijote apócrifo, de Alonso Fernández de Avellaneda. En el capítulo LIX, un caballero les dice: "Sin duda, vos, señor, sois el verdadero don Quijote de la Mancha, norte y lucero de la andante caballería, a despecho y pesar del que ha querido usurpar vuestro nombre y aniquilar vuestras hazañas como lo ha hecho el autor [Avellaneda] deste libro que aquí os entrego".
En su camino se encuentra con un grupo de mercaderes toledanos. Don Quijote les exige que declaren que no hay doncella más hermosa en el mundo que Dulcinea del Toboso. Los mercaderes le dicen que no conocen a Dulcinea, pero le piden que se la muestren para comprobarlo. Don Quijote les responde: "La importancia está en que sin verla lo habéis de creer, confesar, afirmar, jurar y defender".
Sin embargo, los mercaderes se niegan a hacer semejante declaración sin poder verla e insisten en que les muestre un retrato de ella y que aun si es tuerta de un ojo, por complacerlo dirán lo que él quiera. Por haber sugerido que Dulcinea podría ser tuerta don Quijote se ofende y arremete contra el mercader quien lo dijo, pero Rocinante se tropieza y los dos se caen. A don Quijote se le hace difícil levantarse por el peso de sus armas y los mercaderes huyen. Un mozo quien había observado todo el incidente rompe la lanza de don Quijote y usa un pedazo para darle palos. Pese a lo sucedido, don Quijote sigue feliz porque le parece una desgracia propia de los caballeros.
Capítulo 5:

"Donde se prosigue la narración de la desgracia de nuestro caballero"
Tras haber sido apaleado por el mozo, don Quijote no sabe qué hacer, pero entonces se acuerda de un episodio parecido en una novela de caballerías y comienza a revolcarse en la tierra y recitar los mismos versos que dice el protagonista de dicha escena.
Mientras tanto, pasa un labrador que es un vecino suyo, pero don Quijote lo confunde con un personaje de un libro de caballerías, y sigue con su romance. Su vecino lo reconoce como el señor Quijana y le quita la armadura para ver si está herido. Lo levanta y lo lleva al pueblo. Por todos los disparates que don Quijote sigue diciendo, comienza a sospechar que ha perdido el juicio y trata de corregirle cuando le dice que no es ninguno de los personajes que cita y que él no es un caballero andante sino el señor Quijana.
A esto le responde don Quijote: "Yo sé quién soy [...] y sé que puedo ser no sólo los que he dicho, sino todos los doce Pares de Francia, y aun todos los nueve de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron, se aventajarán las mías".
Cuando el vecino lo trae a su casa, allí encuentra al barbero, al cura, al ama y a la sobrina, quienes creen que don Quijote se ha vuelto loco por leer tantas novelas de caballerías y que deben quemar sus libros. Don Quijote les dice que viene mal herido (pero no le encuentran heridas), por lo que lo llevan a su cama. El vecino les cuenta el estado en que lo encontró y los disparates que decía.
Los libros de caballerías
Género novelesco en que se cuentan las hazañas y hechos fabulosos de caballeros aventureros o andantes. Los libros de caballerías contienen hechos e historias fingidas de héroes fabulosos, caballeros armados. La novela de caballerías, que también se llamó libros de caballerías, tuvo su máximo desarrollo como género narrativo en España entre los siglos XIV y XVII.
Así como la novela sentimental encarna el ideal amoroso en el siglo XV, los libros de caballerías responden, además, a otro de los incentivos que agitaban el alma de la sociedad cortesana de la época: la aventura caballeresca.
Cambios que experimenta la nobleza a lo largo de la Edad Media: Si en los primeros tiempos se trata de una aristocracia bárbara, que ve en la guerra el primer objetivo de su existencia, con el tiempo se transforma en una clase social más refinada, cuyos dos ideales máximos son el amor y el esfuerzo heroico individual. Esta evolución dio lugar en Francia a la aparición –junto a la vieja época carolingia, guiada por ideales guerreros y religiosos de tipo colectivo– de un tipo de novela en verso, el «roman courtois», en el que se enaltecía el sentimiento amoroso y el valor personal utilizando, principalmente, los temas de Bretaña: la leyenda de Tristán e Iseo, las hazañas de los caballeros del Santo Grial (Perceval, Merlín...) y los del rey Artús o de la Tabla Redonda (Lanzarote, Iván...). Un vago lirismo y un ambiente de fantasía y misterio, típicos de la literatura céltica, rodeaban estas narraciones, que, con el tiempo y al profesionalizarse, se convirtieron en las novelas de caballerías.
El protagonista de casi todos los libros de caballerías es un caballero andante, prototipo de heroísmo y de fidelidad amorosa, quien, en una larga serie de viajes por lejanas tierras, busca fama y honor combatiendo contra multitud de caballeros y seres maravillosos, convirtiéndose en el paladín de los oprimidos. El deseo de adquirir fama y honor tiene como finalidad última conseguir el amor de su dama, a la que ofrece todas sus victorias. El código moral se entrelaza con el código erótico, de ahí el parecido de las novelas caballerescas con la novela sentimental. Los móviles del caballero andante son la defensa del oprimido, el amor a una dama de su elección y el gusto por la aventura fantástica, impulsado por un espíritu de sacrificio y una adoración casi mística de su amada.
Un rasgo bastante común en estas obras es que el autor afirma que el texto procede de un manuscrito encontrado por él y que está escrito en una lengua extranjera, que precisará de un traductor. Cervantes parodia este rasgo de los libros de caballerías en su Quijote, cuando alude a que el texto lo ha sacado de una traducción que un morisco hizo de un texto de un historiador llamado Cide Hamete Benengeli.
Las obras originales españolas publicadas en los Siglos de Oro fueron creadas a partir del modelo establecido por Amadís de Gaula, deudor a su vez de una larga progenie que comienza en los romans artúricos del poeta francés Chrétien de Troyes (finales del siglo XII), que fue uno de los primeros poetas que escribió romances en versos pareados sobre el semilengendario rey Arturo de Inglaterra y sus nobles caballeros. Está considerado como el precursor del romance medieval.
La literatura caballeresca castellana tiene su origen en la literatura artúrica francesa, que en Francia fue un fenómeno medieval mientras que en España floreció en el Renacimiento. En la Península circulaban traducciones de la literatura artúrica, que fueron leídas por toda la nobleza por ser una de las escasas formas de ficción literaria disponibles entonces. Más tarde los autores españoles adaptaron estas fuentes francesas al gusto castellano, reduciendo el elemento místico-religioso y desarrollando el elemento combativo.
Las obras castellanas anteriores al siglo XVI que presentan una cierta influencia artúrica, como la Gran conquista de ultramar y el Caballero Zifar, no se pueden catalogar como verdaderos libros de caballerías. La literatura caballeresca comenzó a florecer en el siglo XVI con el libro más perfecto del género que fue el Amadís de Gaula.
La obra maestra de Cervantes, acaba con los libros de caballerías, de los que hace una parodia.
Después de la publicación del Quijote (1605) se dejan de reimprimir los libros de caballerías, a excepción de las dos ediciones de Espejo de príncipes y caballeros realizadas en 1617 y en 1623.
Para esquivar la censura en tiempos de Felipe II, se escribieron libros de caballerías "a lo divino", que presentaban obras con contenido religioso: el caballero andante lucha ahora contra los vicios y la corrupción moral. Esta fue, sin embargo, una moda pasajera. El Quijote contribuyó a desterrar el gusto por los libros de caballerías, que seguían teniendo asiduos lectores. Este género literario desapareció cuando el público comenzó a interesarse por otro tipo de literatura. Aunque vemos que todavía Baltasar Gracián en su Criticón (1653) insta a dejar la lectura de los libros de caballerías, lo que significa que por esas fechas seguían teniendo lectores.
Capítulo 6:

"Del donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero hicieron en la librería de nuestro ingenioso hidalgo".
En este capítulo prevalece la metaficción, puesto que el barbero y el cura comienzan a revisar y comentar la librería de don Quijote para ver cuáles libros deben quemarse. Encuentran Los cuatro de Amadís de Gaula y deciden no quemarlo por ser el mejor de todos los libros de ese género. También encuentran Las Sergas de Esplandián, Don Olivante de Laura y Amadís de Gaula, entre otros. Deciden quemar la mayoría de los libros "por disparatado[s] y arrogante[s]". Otro que deciden salvar de las llamas es Palmerín de Inglaterra por ser una historia "muy buena" y porque su autor fue un "discreto rey de Portugal".
El barbero quiere salvar los libros de poesía porque cree que no le harán daño ni perjudicarán la moral, pero la sobrina le dice que sin los libros de caballerías, don Quijote podría leer estos de poesía y luego querer dedicarse a ser pastor o, lo que consideran peor, poeta "que, según dicen, es enfermedad incurable y pegadiza", agrega la sobrina. Deciden no quemar uno que otro libro que consideran de buen gusto, y salvan también El Cancionero porque el autor es amigo del cura.
Otro hallazgo es nada más y nada menos que La Galatea, de
Miguel de Cervantes
. Sobre este autor, el cura dice: "Muchos años ha que es grande amigo mío ese Cervantes, y sé que es más versado en desdichas que en versos. Su libro tiene algo de buena invención; propone algo, y no concluye nada: es menester esperar la segunda parte que promete; quizá con la emienda alcanzará del todo la misericordia que ahora se le niega".
Capítulo 7:

"De la segunda salida de nuestro buen caballero don Quijote de la Mancha"
Gritos que vienen de la habitación de don Quijote interrumpen el escrutinio de la biblioteca. Cuando el cura llega a su cuarto, don Quijote está despierto, diciendo disparates y dando cuchilladas a enemigos invisibles. Le dice al cura que fue don Ronaldo (un personaje de un libro de caballerías) quien le dio palos, tras lo que le dan de comer y se duerme de nuevo. Ya todos están convencidos de que don Quijote ha perdido el juicio por lo que deciden seguirle el juego con la esperanza de traerle a razón si le hablan en términos que él entiende.
Después de dos días en la cama, don Quijote se levanta y lo primero que hace es dirigirse a donde estaban sus libros, pero no los halla. Le pregunta al alma por sus libros, y ella le responde que los llevó el mismo diablo, pero entonces su sobrina le corrige y le dice que los llevó un encantador. Don Quijote cree la historia y sospecha que fue el encantador Frestón (otro personaje de ficción).
Por dos semanas, don Quijote se queda tranquilo en su casa y no muestra mucho interés en salir de nuevo hasta que un día le pide a su vecino, Sancho Panza, un labrador simple, que sea su escudero. Para persuadirlo, don Quijote le dice, entre otras cosas, que existe la posibilidad de que en algún futuro tenga su propia isla ("ínsula") para gobernar. Sancho Panza acepta su propuesta y deja atrás a su mujer e hijos para servirle como escudero.
Preparándose para la segunda salida, don Quijote vende sus pertenencias para tener dinero suficiente y le pide a un amigo que le preste una rodela (escudo pequeño, propio de un infante o gente de pie, dándole a su armadura un aspecto aún más ridículo). Sancho Panza decide traer su asno, ya que no le gusta caminar mucho.
La rodela era un escudo metálico redondo, ligeramente convexo y de una sola asa.
Rodela era un escudo más propio de infantes que de jinetes o caballeros.
El uso de este escudo fue muy extendido en la Edad Media y se usaba sobre todo para la lucha con espada.
El escudo Rodela se llevaba atado en el brazo izquierdo para poder cubrirse el pecho durante la lucha.
La rodela era un escudo con fama de ser bastante duro para aguantar un disparo de arma a larga distancia.
Una noche, sin despedirse nadie y sin que nadie los vea, salen de sus casas y emprenden la aventura. En el camino hablan de la posibilidad de que Sancho Panza tenga su propia isla o reino y le dice a don Quijote que su esposa no sirve para reina y que le convendría más ser condesa. A esto don Quijote le responde que no debe tener expectativas bajas.
Capítulo 8:

"Del buen suceso que el valeroso don Quijote tuvo en la espantable y jamás imaginada aventura de los molinos de viento, con otros sucesos dignos de felice recordación"
En su camino encuentran a treinta o cuarenta molinos de viento y don Quijote le dice a Sancho que son gigantes y que van a entrar en batalla con ellos. Sancho le corrige y le dice que no son gigantes sino molinos de viento, pero don Quijote insiste en su fantasía y arremete contra ellos. Le da una lanzada en el aspa, pero cuando un fuerte viento mueve al aspa, rompe su lanza en pedazos y los lleva por delante a don Quijote y Rocinante. Sancho acude a ayudarlos y le dice a don Quijote que bien le había dicho que no eran gigantes. Don Quijote cree que fue el encantador Frestón quien convirtió a los gigantes en molinos para quitarle la gloria de su vencimiento.
Pasan esa noche afuera descansando entre unos árboles y don Quijote desgaja un ramo de uno de ellos para reemplazar a su lanza, ya que había leído que otro caballero hizo lo mismo cuando se quedó sin espada. El día siguiente, don Quijote le dice a Sancho que sólo puede ayudarlo en batalla si es contra gente baja y canallas, pero que no debe interferir si es un altercado entre caballeros hasta que reciba la orden de caballería.
En el camino ven que se acercan dos frailes y detrás de ellos un coche en el que viene una señora vizcaína que va a Sevilla. Don Quijote, sin embargo, cree que son encantadores que llevan en el coche a alguna princesa secuestrada. De nuevo, Sancho trata de hacerlo entender que son frailes y gente pasajera en el coche, pero don Quijote le responde que no sabe mucho de aventuras.
Don Quijote se les acerca a los frailes, les llama "gente endiablada y descomunal", y les exige que dejen libres a las princesas que han secuestrado. Los frailes se quedan muy asombrados ante tales acusaciones e insisten en que no son endiablados ni llevan a nadie secuestrado, pero no llegan a convencer a don Quijote, quien arremete contra el primer fraile, dejándolo tirado al suelo mientras que el otro huye.
Sancho comienza a quitarle los hábitos al fraile porque cree que le corresponden como despojos de batalla. Llegan dos mozos de los frailes y lo atacan a Sancho. Mientras tanto, don Quijote está hablando con la señora que viene en el coche. Le dice que el único agradecimiento que quiere de ella por haberle salvado es que regrese a Toboso y que le cuente todo lo sucedido a su señora Dulcinea. Un escudero vizcaíno que acompaña a la señora escucha esto, amenaza a don Quijote y los dos comienzan una pelea de espadas.
Aquí la historia queda en suspenso, ya que Cervantes interrumpe el argumento para decir que el autor dejó la historia en este punto y que no ha hallado más escrito sobre esta batalla. Aquí también menciona a un segundo autor y dice que éste no pudo creer que no existieran en los archivos documentos sobre el famoso caballero.
Capítulo 9:

"Donde se concluye y da fin a la estupenda batalla que el gallardo vizcaíno y el valiente manchego tuvieron"
Este capítulo es el primero de la segunda parte del primer libro. De nuevo, Cervantes se dirige directamente al lector y le dice que le causó mucha pena no hallar el final de la batalla entre don Quijote y el escudero vizcaíno, y que le pareció increíble que el caballero no tuviera a algún sabio para documentar cada una de sus hazañas. Por ende, nos dice que se puso a buscar la segunda parte de esta historia.
Cervantes cuenta que un día, estando en Toledo, se encontró con un muchacho que estaba vendiendo unos viejos papeles con texto en árabe. Llevó los papeles a un "morisco aljamiado" (que lee árabe y castellano) para que los tradujera. Cuando le leyó a Cervantes una nota en el margen sobre Dulcinea de Toboso, el autor se dio cuenta de que ésta era la historia que buscaba. El título del texto en árabe decía: "Historia de don Quijote de la Mancha, escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo". Se emocionó tanto Cervantes por este hallazgo que le compró el texto al muchacho y le pidió al morisco que lo tradujera en su totalidad.
Cervantes agrega que cree que la historia es verdadera y que el único motivo que tendría por no creerlo sería porque su autor es moro: "Si a ésta se le puede poner alguna objeción cerca de su verdad, no podrá ser otra sino haber sido su autor arábigo, siendo muy propio de los de aquella nación ser mentirosos; aunque, por ser tan nuestros enemigos, antes se puede entender haber quedado falto en ella que demasiado".
Entonces Cervantes vuelve a la historia de la batalla entre don Quijote y el vizcaíno. Don Quijote gana esta batalla, pero con una lesión en la oreja y la celada rota. Al final de dicha batalla, pone la punta de su espada entre los ojos de su rival y le exige que se rinda. En eso, las señoras del coche le piden a don Quijote que le tenga merced. Don Quijote les responde que le perdonará la vida al escudero vizcaíno si promete irse a Toboso, presentarse ante Dulcinea y hacer todo lo que ella le mande. Sin saber quién es Dulcinea, las señoras le prometen que el escudero cumplirá su petición.
Capítulo 10:

"De lo que más le avino a don Quijote con el vizcaíno y del peligro en que se vio con una turba de yangüeses"
Tras ganar la batalla, Sancho le pide a don Quijote una isla para gobernar, pero don Quijote le responde que ésa no era batalla de islas sino de encrucijadas en las que no se gana más que lesiones, pero que en el futuro vendrán otras batallas que le ofrecerán la oportunidad de gobernar una isla.
Luego Sancho le sugiere a don Quijote que busquen asilo en una iglesia, ya que el vizcaíno podría denunciarlos a la Santa Hermandad (institución armada y tribunal), pero don Quijote le hace esta pregunta retórica: "Y, ¿dónde has visto tú, o leído jamás, que caballero andante haya sido puesto ante la justicia, por más homicidios que hubiese cometido?". También le pregunta: "Pero dime por tu vida: ¿has visto más valeroso caballero que yo en todo lo descubierto de la tierra? ¿Has leído en historias otro que tenga ni haya tenido más brío en acometer, más aliento en el perseverar, más destreza en el herir, ni más maña en el derribar?".
A esto, Sancho le responde que no, ya que no sabe leer ni escribir, y le ofrece un ungüento para su oreja herida. Entonces don Quijote le cuenta del bálsamo de Fierabrás, un ungüento con propiedades milagrosas que aparece en el cantar de gesta francés medieval Fierabrás. Mientras Sancho le cura la herida, don Quijote promete vengarse del vizcaíno: "Yo hago juramento al Criador de todas las cosas y a los Santos cuatro Evangelios, donde más largamente están escritos, de hacer la vida que hizo el grande marqués de Mantua cuando juró de vengar la muerte de su sobrino Valdovinos, que fue de no comer pan a manteles, ni con su mujer folgar, y otras cosas que, aunque dellas no me acuerdo [...]".
En este capítulo, don Quijote, después de una de sus innumerables palizas, menciona a Sancho Panza que él conoce la receta del bálsamo. En el capítulo XVII, don Quijote instruye a Sancho que los ingredientes son aceite, vino, sal y romero. El caballero los hierve y bendice con ochenta padrenuestros, ochenta avemarías, ochenta salves y ochenta credos. Al beberlo, don Quijote padece vómitos y sudores, y se siente curado después de dormir. Sin embargo, para Sancho tiene un efecto laxante, dejándolo cerca de la muerte, justificando esto don Quijote, por ser Sancho un escudero y no un caballero andante.
Fierabrás —del francés: à bras fier, «brazo bravo»— es un personaje de ficción de prolongada existencia que figura en varios cantares de gesta franceses del ciclo carolingio o Materia de Francia también conocido como Fierabrás de Alejandría. Caballero sarraceno de gigantesca estatura, héroe pagano de grandísima fuerza y magnánimo corazón muy diestro en el manejo de las armas, emir de Alejandría y sultán de toda la provincia de Babilonia, hasta el mar Rojo y Jerusalén. Es hijo del poderoso emir Balán, hombre de muy grandes rentas, señor de muchas provincias y gobernador de al-Ándalus, y mantiene constante conflicto con Roldán y los doce pares, especialmente Oliveros, con el que rivaliza en proezas, pero tras ser derrotado por éste, se convierte al cristianismo y en su amigo, y lucha en las filas del ejército de Carlomagno.
El caballero aparece documentado por primera vez en la chanson Fierabras, poema épico y cantar de gesta anónimo francés de finales del siglo XII, Edad Media, en el que juega un papel fundamental el conflicto religioso entre moros y cristianos.
El cantar de gesta es un género narrativo en verso destinado a la recitación o al canto que fue transmitido por los juglares durante la Edad Media.

Como su remoto antecedente la epopeya, este género de autoría anónima narra las hazañas de un personaje histórico que ha alcanzado una reputación legendaria por su heroísmo. El más famoso de España es el Cantar de Mio Cid.
Pero Sancho le recuerda que si el vizcaíno cumple lo prometido y se presenta ante Dulcinea, no merece otro castigo. Don Quijote reconoce que Sancho tiene razón y anula su juramento de venganza, pero dice que quiere quitarle la celada a otro caballero y menciona el yelmo de Mambrino, un tópico de los poemas épico-burlescos italianos.
Don Quijote le pregunta a Sancho si trae algo de comida, y le responde que sólo pan, queso y cebolla, pero que no son comidas propias de un caballero. Don Quijote le contesta que está equivocado y que los caballeros están acostumbrados a no comer por un mes o sólo comer lo que encuentren por allí. Comparten la comida que Sancho traía y luego se dirigen a un pueblo en busca de una venta (o "castillo") para alojarse, pero no llegan antes del anochecer y don Quijote decide que dormirán bajo el cielo, cerca de las chozas de unos cabreros.
Capítulo 11:

"De lo que le sucedió a don Quijote con unos cabreros"
Los cabreros tienden unas pieles de oveja por el suelo e invitan a Sancho y a don Quijote a comer con ellos. Don Quijote está sentado y Sancho está de pie, por lo que don Quijote le dice a Sancho: "...quiero que aquí a mi lado y en mi compañía desta buena gente te sientes, y que seas una mesma cosa conmigo, que soy tu amo y natural señor; que comas en mi plato y bebas por donde yo bebiere; porque de la caballería andante se puede decir lo mesmo que del amor se dice: que todas las cosas iguala".
Sancho le agradece la invitación a sentarse, pero dice que se siente más cómodo comiendo solo en un rincón porque si se uniese a los otros comensales, tendría que masticar despacio, beber poco, limpiarse a menudo y no estornudar ni toser. Aun así, don Quijote insiste en que se sienta.
Después de comer, don Quijote comienza a hablar de la edad de oro (la primera de cinco edades que delineó Hesíodo) en la que "ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío" y todo se compartía. Fue una época de paz y amistad. Pero en estos siglos actuales, dice don Quijote, hay tanta malicia que fue necesario crear la orden de los caballeros andantes para socorrer a las doncellas, viudas, huérfanos y menesterosos. Entonces les dice a los cabreros que él es un caballero andante de esa orden y que agradece su hospitalidad. Los cabreros se quedan maravillados y sin saber qué decir.
Al principio los dioses crearon un estirpe dorada de mortales. Estos existieron en tiempos del reinado de Cronos y vivían como si fueran dioses, es decir, sin fatigas, preocupaciones ni miserias. A su vez eran siempre jóvenes y fuertes, disfrutaban de fiestas y no conocían el mal. Poseían alegrías de todo tipo y la tierra fértil los proveía de manera espontánea de abundantes frutos. Alternaban sus trabajos con muchos deleites. Además eran ricos en rebaños, cercanos y agradables a los bienaventurados dioses. No conocían la muerte sino que, en vez de eso, se sumían un sueño. Se parecían demasiado a los dioses, por eso fueron sepultados.
Entonces llega un músico llamado Antonio y los cabreros le piden que cante para sus invitados especiales. Antonio les canta un romance rústico. Don Quijote le pide que cante otra canción, pero Sancho tiene sueño y dice que seguramente los cabreros también. Antes de irse a dormir, los cabreros ven la herida que tiene don Quijote en la oreja y le ponen un remedio de romero para que se cure.
El capítulo octavo concluía con la sorprendente noticia de que el relato de los hechos del protagonista tenía que interrumpirse porque «el autor desta historia» (I, 8,) no encontró más escrito. Como el lector tiene en las manos un volumen del que no ha leído ni la décima parte, por fuerza supone que alguien habrá continuado la tarea, lo que ya se prometía allí al introducir por sorpresa la novedad de un «segundo autor desta obra» que había dado con el resto.
Este autor toma ahora la palabra, primero en plural («Dejamos») y luego directamente en singular («Causóme»). Parece claro que esta primera persona no debe confundirse con la que hasta ahora había hablado en el libro («no quiero acordarme», I, 1, 35; «lo que yo he podido averiguar», I, 2, 48): esa era la voz del llamado en I, 8 «autor desta historia» o primer autor, una especie de investigador que incluso ha rebuscado en los «anales de la Mancha» (I, 2, 48).
Como en el prólogo C. ha anunciado enigmáticamente que, «aunque parezco padre, soy padrastro de don Quijote» (I, Pról., 10), el lector se ve inducido a identificar al propio C. con este reciente autor segundo que ahora aparece comentando algunas circunstancias de la historia y, al fin, haciéndose con su continuación. Por tanto, nada impide que al «segundo autor» le llamemos Cervantes o, si se quiere evitar las protestas de los narratólogos que amonestan contra una confusión entre personas reales y voces de la ficción, escribamos «Cervantes», en cuanto figura del autor en el texto.
Desde luego, todo lleva a pensar que el C. que verdaderamente escribió el Q. esperaba que las cosas se entendieran así y deseaba que le imaginásemos a él caminando por el Alcaná y leyendo «aunque sean los papeles rotos de las calles».
Salvo su parte final, este capítulo supone un alto en la narración de los hechos de DQ, para abrir un extenso paréntesis metanarrativo, que convierte en personaje al autor (al «segundo autor»), que llegará a pasearse por Toledo. Como cabe esperar en todo paréntesis, se aprovecha la ocasión para reflexionar sobre lo que del libro se ha leído hasta ahora: el «gusto» que produce la «sabrosa historia»; el hecho de ser muy cercana en el tiempo, y no transcurrir en los antaños en que se desarrollaban los libros de caballerías; el tener lugar en un espacio próximo como es el propio país («nuestro famoso español don Quijote»).
Explica luego el autor segundo cómo halló la continuación en una tienda toledana, introduciendo una parodia de los libros caballerescos y de su frecuente recurso al manuscrito hallado y escrito en extraña lengua, al modo como Montalvo relata en el Amadís que le ocurrió con la cuarta parte y Las sergas de Esplandián, «que por gran dicha paresció en una tumba de piedra, que debajo de la tierra en una ermita, cerca de Constantinopla fue hallada, y traído por un húngaro mercadero a estas partes de España, en letra y pergamino tan antiguo, que con mucho trabajo se pudo leer por aquellos que la lengua sabían» (Amadís de Gaula, Pról.). En nuestra obra el texto está en árabe, por lo que hace falta quien lo traduzca: un morisco aljamiado, al que se concederá alguna dimensión en la Segunda parte, pero no en la Primera.
El manuscrito lleva por título Historia de don Quijote de la Mancha —que no coincide con el del libro de Cervantes—, y tiene un autor concreto. Se produce así la invención de Cide Hamete Benengeli, «historiador arábigo». Su figura está latente al menos desde que el propio DQ piensa en el «sabio» que redactará sus hechos (I, 2, 46). En cierto modo, pues, es el personaje quien se inventa a su autor, que en efecto será llamado «el sabio Cide Hamete Benengeli» (I, 15, 159). «Cervantes», lleno de gozo, se apresura a comprar el manuscrito, contrata la traducción del mismo con el morisco y aun se lleva a este a su casa para que apresure su tarea.
A partir de aquí, la disposición del relato ya no variará en lo que resta de la obra: hay un texto inicial en árabe, que es traducido por un morisco y nos es luego transmitido por el segundo autor, que se supone que asume el papel de editor y a veces introduce breves comentarios. Después de una referencia a que el manuscrito original tenía ilustraciones, de las que no se vuelve a hablar, y tras un apunte humorístico sobre la condición mentirosa de los árabes, lo que no obsta para que su historia sea verdadera —se inaugura así una larga serie de reflexiones sobre la fiabilidad de lo narrado y, por tanto, del narrador mismo—, se reanuda el cortado hilo de los hechos de DQ con el desenlace de su batalla con el vizcaíno, el cual le propina con la espada tal golpe que le destruye la celada y le lleva media oreja, aunque el vasco saldrá peor parado de resultas de un mandoble del caballero manchego, que ante su insólita victoria, está presto a rematarlo, cosa que evitan los ruegos de la señora del coche.
Como se puede observar, las aventuras del protagonista en este capítulo ocupan apenas dos páginas. Todo el resto se dedica, pues, no a la historia de DQ, sino a la historia de la Historia de DQ. C. nos ofrece así una narración que no sólo cuenta unos hechos, sino que trata asimismo del proceso de cómo se han contado; ofrece una fábula, pero también el secreto de cómo estas se crean; inventa la novela moderna, pero a la vez la hace nacer sabia, consciente, reflexiva... y plena de humor.
Por ello, dado que el supuesto original árabe que aquí aparece estaba ya dividido en capítulos —como se sabe, por ejemplo, por lo indicado en el enlace entre el final de I, 21 y el comienzo de I, 22—, cabe preguntarse: ¿qué narraba en este Cide Hamete, aparte de las pocas líneas del final? Aun más, si su manuscrito está también dividido en partes, según se dice cuando termina la tercera (I, 27, 316), ¿cuál era la primera de Cide Hamete? Responder que la que hoy encabeza el libro (como se hará al final de la Segunda parte, II, 74, 1221) supondría asumir que, por tanto, tenía que terminar con la interrupción de la pelea con el vizcaíno y la disculpa del «autor» de que no halló más escrito, lo que a su vez implicaría que la Segunda parte que ahora comienza había ya de incluir por fuerza el hallazgo por «Cervantes» del original del árabe. Bromas cervantinas, en fin, que se dirigen al lector discreto, que puede pensar, como el licenciado Peralta al acabar de leer el Coloquio de los perros: «Yo alcanzo el artificio... y la invención, y basta».
Estaba en el primero cartapacio pintada muy al natural la batalla de don Quijote con el vizcaíno, puestos en la mesma postura que la historia cuenta (
historia: ‘relato, crónica’; pero aquí puede significar también ‘dibujo
’.), levantadas las espadas, el uno cubierto de su rodela, el otro de la almohada, y la mula del vizcaíno tan al vivo, que estaba mostrando ser de alquiler a tiro de ballesta (‘
desde bastante lejos’; se opone a tiro de piedra. La ballesta es el arma manual, salvando las de fuego, que lanza el proyectil con más fuerza
.).
Tenía a los pies escrito el vizcaíno un título que decía (
título: ‘rótulo’; aunque el procedimiento identificador es frecuente en los libros historiados o en los pliegos sueltos, no deja de evocar al del pintor Orbaneja (II, 3, y 71
)., «Don Sancho de Azpeitia» (
Azpetia, actual Azpeitia; el nombre de Sancho era proverbial de vizcaínos
.) que, sin duda, debía de ser su nombre, y a los pies de Rocinante estaba otro que decía «Don Quijote» (
El rótulo hace, cómicamente, que se confunda el caballo con el caballero
.).
Estaba Rocinante maravillosamente pintado, tan largo y tendido (
se juega con el doble sentido de largo, de longitud, y largo y tendido, ‘con todo detalle’
.), tan atenuado y flaco, con tanto espinazo, tan hético confirmado (
atenuado: ‘fino, casi transparente’; espinazo: ‘espina dorsal’; hético confirmado: ‘tísico o tuberculoso consumido’
.), que mostraba bien al descubierto con cuánta advertencia y propriedad se le había puesto el nombre de «Rocinante».
Junto a él estaba Sancho Panza, que tenía del cabestro a su asno, a los pies del cual estaba otro rétulo (
‘rótulo’; en C. es la forma normal
.) que decía «Sancho Zancas», y debía de ser que tenía, a lo que mostraba la pintura, la barriga grande, el talle corto y las zancas largas, y por esto se le debió de poner nombre de «Panza» y de «Zancas», que con estos dos sobrenombres le llama algunas veces la historia.
Otras algunas menudencias había que advertir, pero todas son de poca importancia y que no hacen al caso a la verdadera relación de la historia, que ninguna es mala como sea verdadera.
Si a esta se le puede poner alguna objeción cerca de su verdad, no podrá ser otra sino haber sido su autor arábigo, siendo muy propio de los de aquella nación ser mentirosos (
aquella nación: ‘los musulmanes’; C. mantiene la ambigüedad sobre la veracidad de lo que se relata, ya que poco antes (y después: I, 16) trata a Cide Hamete de «historiador muy curioso y muy puntual en todas las cosas». La falsía y engaño de moros, turcos y musulmanes eran proverbiales
.); aunque, por ser tan nuestros enemigos, antes se puede entender haber quedado falto en ella que demasiado.
Y ansí me parece a mí, pues cuando pudiera y debiera estender la pluma en las alabanzas de tan buen caballero, parece que de industria las pasa en silencio (
de industria: ‘adrede’
): cosa mal hecha y peor pensada, habiendo y debiendo ser los historiadores puntuales, verdaderos y nonada apasionados (
‘nada apasionados’
),
y que ni el interés ni el miedo, el rancor ni la afición (
‘el odio ni la amistad’
), no les hagan torcer del camino de la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir (
nótese, sin embargo, el desvío que imprime C
.). En esta sé que se hallará todo lo que se acertare a desear en la más apacible; y si algo bueno en ella faltare, para mí tengo que fue por culpa del galgo de su autor (
galgo y perro eran insultos que se aplicaban recíprocamente cristianos y musulmanes
), antes que por falta del sujeto (
‘asunto, materia’
). En fin, su segunda parte, siguiendo la tradución, comenzaba desta manera:
Puestas y levantadas en alto las cortadoras espadas de los dos valerosos y enojados combatientes(
cortadoras es adjetivo épico
), no parecía sino que estaban amenazando al cielo, a la tierra y al abismo (
‘al mar’; es decir, al universo entero
): tal era el denuedo y continente que tenían. Y el primero que fue a descargar el golpe fue el colérico vizcaíno; el cual fue dado con tanta fuerza y tanta furia, que, a no volvérsele la espada en el camino (
volvérsele: ‘desviársele’
),
aquel solo golpe fuera bastante para dar fin a su rigurosa contienda y a todas las aventuras de nuestro caballero; mas la buena suerte, que para mayores cosas le tenía guardado, torció la espada de su contrario, de modo que, aunque le acertó en el hombro izquierdo, no le hizo otro daño que desarmarle todo aquel lado, llevándole de camino gran parte de la celada, con la mitad de la oreja, que todo ello con espantosa ruina vino al suelo (
ruina: ‘derrumbe, desmoronamiento’
), dejándole muy maltrecho.
¡Válame Dios, y quién será aquel que buenamente pueda contar ahora la rabia que entró en el corazón de nuestro manchego, viéndose parar de aquella manera (
parar: ‘maltratar’
)! No se diga más sino que fue de manera que se alzó de nuevo en los estribos (
de nuevo: ‘ahora y no antes, por primera vez’
) y, apretando más la espada en las dos manos, con tal furia descargó sobre el vizcaíno, acertándole de lleno sobre la almohada y sobre la cabeza, que, sin ser parte tan buena defensa, como si cayera sobre él una montaña,
comenzó a echar sangre por las narices y por la boca y por los oídos, y a dar muestras de caer de la mula abajo, de donde cayera, sin duda, si no se abrazara con el cuello; pero, con todo eso, sacó los pies de los estribos y luego soltó los brazos, y la mula, espantada del terrible golpe, dio a correr por el campo, y a pocos corcovos dio con su dueño en tierra (
corcovos: ‘saltos, botes’
).
Estábaselo con mucho sosiego mirando don Quijote, y como lo vio caer (
‘así que lo vio caer’
), saltó de su caballo y con mucha ligereza se llegó a él, y poniéndole la punta de la espada en los ojos, le dijo que se rindiese; si no, que le cortaría la cabeza (
en los libros de caballerías es la fórmula usual para reclamar la rendición
).
Estaba el vizcaíno tan turbado, que no podía responder palabra; y él lo pasara mal, según estaba ciego don Quijote, si las señoras del coche, que hasta entonces con gran desmayo habían mirado la pendencia, no fueran a donde estaba y le pidieran con mucho encarecimiento les hiciese tan gran merced y favor de perdonar la vida a aquel su escudero. A lo cual don Quijote respondió, con mucho entono y gravedad:
—Por cierto, fermosas señoras, yo soy muy contento de hacer lo que me pedís, mas ha de ser con una condición y concierto (
‘pacto, convenio’
): y es que este caballero me ha de prometer de ir al lugar del Toboso y presentarse de mi parte ante la sin par doña Dulcinea, para que ella haga dél lo que más fuere de su voluntad.
La temerosa y desconsolada señora, sin entrar en cuenta de lo que don Quijote pedía, y sin preguntar quién Dulcinea fuese, le prometieron que el escudero haría todo aquello que de su parte le fuese mandado (
le prometieron: se cruzan aquí los dos sujetos que C. ha utilizado en el episodio: «la señora del coche» (La temerosa...) y «las señoras del coche» (prometieron
)).

—Pues en fe de esa palabra yo no le haré más daño, puesto que me lo tenía bien merecido (
‘aunque lo tenía bien merecido, en mi concepto’
).
La vida de Miguel de Cervantes:

A pesar de ser el escritor más célebre no sólo del Siglo de Oro sino de toda la literatura española, la vida de Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616) no fue una de mucha tranquilidad ni de riquezas.
Infancia:

Nació el 29 de septiembre, 1547, en Alcalá de Henares, Madrid, el cuarto de siete hijos de Rodrigo de Cervantes, cirujano itinerante y Leonor de Cortinas, una familia perteneciente a la clase de los hidalgos, pero de los más pobres. Todo indica que desde joven Cervantes comenzó a usar el segundo apellido Saavedra, que se supone que provenía de algún familiar remoto, pero no sabe el motivo. En 1566 se mudó con la familia a Madrid y el año siguiente, a los 20 años de edad, publica su primer poema: un soneto a la infanta Catalina Micaela.
Cervantes entró como discípulo del escritor y humanista Juan López de Hoyos, quien le encargó cuatro poemas laudatorios para las exequias de la reina Isabel de Valois. En 1569 se trasladó a Roma para ser camarero al futuro cardenal Giulio Acquaviva. El motivo, según indican algunos documentos, fue refugiarse tras herir a otra persona en un duelo y recibir una orden de castigo y destierro.
Carrera militar y cautiverio:

El año siguiente comenzó su carrera militar y en 1571 combatió en la batalla de Lepanto, dejando a su mano izquierda tullida por lo que le quedó el famoso apodo "el manco de Lepanto". Aun así, Cervantes siguió luchando en batallas, incluyendo las de Túnez, Corfú y Mondón.
En 1575, unos corsarios berberiscos apresaron su galera y lo llevaron como esclavo a Argel donde pasó cinco años encarcelado. Tras varios intentos fallidos de fuga, por fin fue rescatado por los padres trinitarios al precio de 500 ducados. Este encarcelamiento dejó una profunda huella en la obra cervantina, especialmente en sus comedias de ambiente argelino (
Los tratos de Argel
y
Los baños de Argel
), así como en el cuento "El cautivo", que aparece intercalado en la primera parte del Quijote.
Retorno a España y casamiento:

Tras su rescate, vuelve a España a los 33 años de edad. Cervantes siempre había oscilado entre las armas y las letras, pero los años que perdió en cautiverio truncaron su carrera militar y no pudo ejercer una carrera en letras por falta de grados universitarios. Por lo tanto solo le quedó aceptar un cargo en la burocracia real.
En 1584, nació su hija Isabel de Saavedra tras una breve relación con Ana Villafranca (o Franca) de Rojas, esposa de un tabernero. Pocos meses después, a los 37 años, se casó con la hija de un hidalgo de Esquivias, Catalina Salazar y Palacios Vozmediano, que tenía apenas 19 años de edad. En 1585 salió
La Galatea
, su novela pastoril. En esta etapa de su vida, sus obras teatrales, su poesía y
La Galatea
son de éxito mediano.
Sevilla:

En 1587, se trasladó a Sevilla, en calidad de Comisario Real de Abastos para la Armada Invencible, dando comienzo a una serie de excomuniones, denuncias y algunos encarcelamientos--por un error de contadores pasó varios meses en la cárcel real de Sevilla en 1597--. En este cargo, viajando de pueblo en pueblo por Andalucía, observó de primera mano pícaros, delincuentes, mercaderes, ricachones, moriscos, gitanos y personas de toda índole que aparecerán en sus obras. Cervantes escribió algunos de sus poemas sueltos, sonetos laudatorios y novelas cortas durante estos 15 años. No se sabe mucho de la vida de Cervantes entre los años 1600 y 1605, aparte de que se mudó con su esposa a Valladolid, pues en estos años estaría redactando la primera parte del Quijote.
El Quijote:

En 1605 se publicó en Madrid la primera parte de
El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
. La novela tuvo éxito inmediato y hasta salieron varias ediciones piratas. Ese mismo año, Cervantes fue encarcelado brevemente en Valladolid por el asesinato de Gaspar de Ezpeleta a las puertas de su casa, herido en un duelo nocturno relacionado con la mala fama de las sus hermanas-- una era monja, pero se sospechan que las otras dos que vivían con Cervantes ejercían la prostitución--.
En 1606 se mudó con su esposa a Madrid. Los años siguientes fueron marcados por desavenencias con su hija Isabel y sus dos yernos por una casa en la calle Montera y asuntos de dinero, así como una sucesión de muertes familiares: su hermana mayor, Andrea (1609), su nieta Isabel Sanz (1609), y Magdalena, su hermana menor (1610).
En 1613 salen las
Novelas ejemplares
, y en 1614, cuando Cervantes ya tenía muy avanzada la segunda parte del Quijote, Alonso Fernández de Avellaneda (seudónimo del autor cuya identidad verdadera se desconoce) publicó una versión apócrifa del segundo tomo del Quijote. Aunque ésta no fue la única versión falsa del Quijote fue la más importante y tuvo éxito entre los lectores (aunque los críticos literarios no lo han valorado). No obstante, le dio tiempo a Cervantes para incorporar crítica a la versión de Avellaneda en la segunda parte del Quijote que se publicó en 1615.
En los años sucesivos, Cervantes participaba en justas literarias con otros escritores como Lope de Vega, el Quijote se tradujo al inglés y al francés, y su fama se disparó, por lo que llegó a ser uno de los españoles más conocidos fuera de España. No obstante, Cervantes siguió viviendo en la estrechez económica y no gozó del mismo nivel de respeto e influencia que su contemporáneo Lope de Vega.
Últimos años:

Si bien en su obra hay cierta actitud laica y hasta crítica a las creencias religiosa, en los últimos años de su vida, Cervantes se volvió más devoto y poco antes de morir pronunció sus votos definitivos a la Orden Tercera de San Francisco.
En 1616, Cervantes cayó enfermo de hidropesía o de diabetes, y el 22 de abril, Cervantes fallece en su casa en la calle del León, en Madrid, una semana después que Shakespeare. Es enterrado en el convento de las Trinitarias Descalzas de la actual calle de Lope de Vega.
Obras:
Novela:
La Galatea (1585)
El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (1605 y 1615)
Novelas ejemplares (1613)
Los trabajos de Persiles y Sigismunda (1617)

Teatro:
El trato de Argel (c. 1582)
La Numancia (c. 1582)
Ocho comedias y ocho entremeses nuevos (1615)

Poesía:
Viaje del Parnaso (1614)
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